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Propósito del artículo y argumento a defender

In document Estudios sobre filosofía, política y paz (página 156-160)

De la enorme literatura dedicada al problema de la violencia en Colombia, ninguna otra obra resulta tan pertinente para fijar los propósitos del presente artículo como la de Guzmán, Borda y Umaña, cuya primera edición es del año 1962 (acá utilizo la del 2005). Y aunque son varias las razones que explican tal perti- nencia, me concentro en la que llamaré el mayor de los desafíos para quienes, desde el trabajo intelectual, intentamos contribuir a la paci- ficación de nuestra sociedad. Razón con la que inicio de inmediato.

Tal y como comprendo las cosas, la más crucial de las tareas propias de dicha posibilidad de contribución corresponde a las ciencias sociales.

Es allí donde tiene lugar el reto de construir narrativas que nos permi- tan “[c]omprender la violencia como condición previa para conseguir la paz” (González, 1990, p. 11), de manera que el entender qué pasó

1 Abogado, doctor en Filosofía, profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana seccional Montería y miembro del gru- po de investigación COEDU. Correo electrónico: [email protected].

co. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-3859-134X.

se convierta en alternativa a nuestro ineludible y generalizado sentido común. Ambos vocablos, en tanto que este sentido común no resulta ser otra cosa que la fuente de reconstrucciones indiferenciadas, surgi- das del hecho de que nos enfrentamos a un fenómeno omnipresente (expresión del mismo González), la violencia la hemos padecido casi todas las generaciones de colombianos y en casi todos los aspectos de nuestras vidas. Hay más. En donde los adjetivos con los que tradicio- nalmente cualificamos dicho sustantivo, (violencia) común y (violen- cia) política, parecen perder toda significación.

Eso sí, también estoy convencido de que aplaudir este esfuerzo de reconstrucción de nuestras prácticas violentas ni implica ni puede ser confundido con un caer en la trampa de su cualificación normativa igualmente diferenciada; mientras empíricamente tal diferenciación apunta al ejercicio de distinguir situaciones, motivaciones y contextos en aras de comprender la violencia (González, 1990). En términos normativos se trata básicamente de dos tipos de razones con las que algunas de estas prácticas tendrían acceso al beneficio de la absolu- ción, a saber: el argumento de la necesidad y el de la corrección mo- ral.2 Evitar caer en la trampa, conservar dicha frontera entre el expli- car y el justificar es, pues, lo que propongo denominar el mayor de nuestros desafíos intelectuales.

Y es acá donde aparece la razón para la pertinencia de aquel trabajo de 1962. Sus autores, concentrados en ese período específico que lla- mamos La Violencia, dan un enorme paso en dirección a este desafío, en la medida en que van más allá de la tarea de reconstrucción (ahora puedo decir empíricamente diferenciada) para instalarse también en el ámbito de nuestras emociones políticas. Concretamente, su obje- tivo es servir de escarmiento, de “campanada que al redoblar hiera

2 Maquiavelo (2015) es el gran exponente del primero: “Justa es la guerra cuando es necesaria, y piadosas las armas de quienes no tienen otra es- peranza que ellas” (p. 402). Y Gargarella (2005), quien afirma a) que las personas en condiciones de pobreza extrema están moralmente justifica- das para resistir y b) que este derecho de resistencia, en tanto admite la utilización de medios violentos, debe ser diferenciado de la desobediencia civil, es un claro ejemplo del segundo.

la sensibilidad de los colombianos y [nos] obligue a pensar dos veces antes de volver a estimular el ciclo de la destrucción inútil y sevicia rebosante que se inició en 1949” (p. 27). Basta con transcribir dos pasajes para que quede más que claro a donde apunta este objetivo emocional. El primero, contenido en una carta con la que monseñor Builes denuncia las acciones de los bandoleros:

Muchos han sido asesinados a pedacitos como acaeció, por ejem- plo, al registrador de Caucasia en agosto último, cuando a mache- tazos le iban destrozando primero las manos, luego los pies; y al clamor del infeliz, de “Mátenme de una vez”, contestaban burlán- dose: “Queremos que sufras”. (p. 111)

Y el segundo, referente a los actos del bando oficial y como parte de un suceso que inicia con esta inquietud: “¿Y a quién se la había ocu- rrido propiciar un caso de antropofagia?”; y luego:

La policía se apoderó del cadáver de Sepúlveda… Sacaron los ma- chetes y lo picaron miembro por miembro en raciones pequeñas…

Escogieron luego las raciones y las echaron a la olla donde se cocía el almuerzo de los guerrilleros. No quemaron el cuartel con la espe- ranza tal vez de que la olla quedara en su lugar y los guerrilleros ca- yeran en la trampa de comer carne de su compañero… (pp. 251-252) Vergüenza e indignación; desde luego, miedo; aunque también asco y repugnancia. He acá el cúmulo de sentimientos que florecen con este ir más allá de la reconstrucción empírica. Ahora bien, con toda la fuerza que puedan tener estas emociones, el solo despertarlas no basta para asegurar aquel, nuestro mayor desafío. Y es que tal complemento de lo descriptivo con lo emocional, del hecho con el sentimiento, en aras de que dicho reto de conservación sea exitoso, exige de un nuevo y adicional paso. Hablo de una toma de postura que, como tal, abre el espacio a otro ámbito de reflexión, necesario complemento de las ciencias sociales, la filosofía política.

Para ilustrar este nuevo paso, nada más apropiado que anticipar un poco del ejercicio que me propongo realizar en las siguientes líneas, a

saber: una inmersión en las aguas de nuestras propias reflexiones abs- tractas sobre el poder. Menciono brevemente a Torres, a un par de en- sayos publicados en 1902 durante la Guerra de los mil días y en donde tiene lugar la misma secuencia, lo reitero: reconstrucción empírica, emociones políticas y toma de postura. Como parte de lo primero, Torres (2001c) nos ofrece tres relatos con los que busca describir “el efecto de las guerras sobre las clases desvalidas” (p. 408), donde las víctimas de la crueldad son una niña de 10 años a quien (luego de perder al padre y hermanos, y obligada a abandonar su finca al lado de su madre enferma) las tropas le matan un buey, su única fuente de sustento; una familia de labriegos a quienes el ejército, primero, les destruye su único sembrado (construido durante generaciones), para luego enfocarse en el padre, quien después de huir “es perseguido y cazado como bestia bravía” (p. 409); y una madre a quien los soldados (buscando a su esposo, acusado de complicidad con el bando enemi- go) la obligan a presenciar el degollamiento de todos sus hijos menores de 5 años. Esta reconstrucción da paso a un conjunto de emociones políticas bastante cercano al anterior, que se ubica directamente en tales víctimas, para ser llevado a las siguientes palabras: “¡Oh! ¡estamos dando al mundo un espectáculo de injusticia y horror!” (p. 408). Y desemboca en (adquiere su plena forma con) una toma de postura ha- cia la filosofía política liberal, cuyo principio más noble “es su espíritu de tutelar simpatía por las clases miserables de la sociedad” (Torres, 2001b, p. 407); y afirma que “la guerra civil es, en tesis general, con- traria a la esencia y la tradición de la doctrina liberal” (p. 406).

Así las cosas, mi propósito con tal inmersión será defender el siguien- te argumento: en aras de preservar la frontera entre explicar (com- prender qué pasó) y justificar nuestras prácticas de violencia, la ac- tual filosofía ofrece una toma de postura totalmente ajena a (aún no disponible dentro de) nuestra tradición intelectual, expresada bajo la fórmula (o la invitación para) poner a la crueldad en el primer lugar (en adelante, CPL). Esto, con la vista puesta en posturas como la de Torres, significa que no basta con hablar de liberalismo a secas y sin más especificaciones; se trata de dar el sí a una versión específica del liberalismo (de entrada cualificado con el adjetivo) político, cuya fi- gura gestacional fue Shklar, a la que ella misma denominó liberalismo

del miedo; y que, con todo y el hecho de que en los últimos años pue- da hablarse de su notoria revitalización, aún conduce a ese solitario lugar en el que permanece en compañía de sus héroes intelectuales:

Montaigne y Montesquieu.

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