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Valor soteriológico de la Encarnación

2. Los dos momentos del “Admirable Intercambio”

2.2 El hombre se ha hecho (partícipe de) Dios

2.2.1 Valor soteriológico de la Encarnación

Es necesario que, en este segundo acto del Admirable Intercambio, redescubramos y enfaticemos la profunda relación en el único misterio de Cristo, el Verbo Encarnado, de la irrupción de lo divino en el mundo y de la salvación del mismo.

Saenz, por ejemplo, refiere que la unión hipostática, misterio tan querido por san León, no es solo un misterio teológico susceptible de la contemplación, sino que también;

es un misterio económico, ordenado a la salvación de los hombres. La Encarnación, nos dice, es el misterio de las distancias salvadas:

Si la naturaleza divina y humana se desposaron en el lecho nupcial de la persona divina del Verbo, no fue sino para nuestra salvación. El hombre de por si no era capaz de cubrir el foso que separaba la humanidad de la divinidad335.

Nos presenta la elocuente figura del desposorio de las dos naturalezas para dar como fruto nuestra salvación. Era necesario, reconciliar la humanidad y la divinidad y la unión hipostática ha hecho posible derribar aquello que los separaba.

334 Hom.23,3; PL 54, 201: “ipse ad nos descendit, ad quem nos non poteramus ascendere”.

335 SAENZ, Alfredo: San León Magno y los misterios de Cristo; p.119.

85 A este respecto, Sesboüé por su parte se pregunta: ¿Qué debería ser Cristo para que la mediación que asume en provecho de nuestra salvación sea real?, y él mismo responde:

Es preciso que sea Hijo de Dios en sentido fuerte y eterno de este término, a fin de poder comunicarnos la vida de Dios; es preciso que sea verdaderamente hombre como nosotros, a fin de poder llegar a nosotros; es preciso que sea uno y el mismo, como Dios y como hombre.

De lo contrario la distancia radical que hay entre Dios y el hombre volvería a introducirse dentro de sí misma y quedaría aniquilada su mediación336.

Hay un lazo indestructible entre el esse y el operari, entre cristología (en sentido ontológico) y soteriología. No es posible llegar a una recta comprensión del misterio desde una acentuación unilateral.

El Papa León en su segunda homilía de Navidad del 441 nos habla del plan secreto de Dios para restaurar y salvar al hombre señalando los remedios ya desde el principio del mundo, cuando declaró a la serpiente, que nacería de la mujer un hijo que la quebrantaría

Cristo, el cual tomaría nuestra carne, siendo a la vez Dios y hombre; y naciendo de una virgen (…)337 y así continua:

Ha sido, pues, necesario, amadísimos, el plan de un profundo designio para que un Dios que no se muda, cuya voluntad, por otra parte, no puede dejar de ser buena, cumpliese, mediante un misterio aún más profundo, la primera disposición de su bondad 338.

Cantalamessa, al hablar del misterio de la Navidad nos dice que el inicio contiene la carga más grande de la novedad. El inicio, es decisivo, en el sentido que decide todo el resto, pone la premisa, así la novedad más grande no es sino la Encarnación. Y continua diciendo que en ella, así como ha ocurrido, está ya in nuce (el centro) como siempre lo ha dicho la teología y la liturgia de la Iglesia, el Misterio Pascual, no solo porque en la Encarnación se ha constituido la persona del Redentor, sino porque en Navidad es anticipado el modo con el cual este Redentor salvará al hombre: con pobreza, con humildad y obediencia339.

El Pontífice León en la tercera homilía de Navidad, respondiendo a los que se lamentan de la tardanza de la Encarnación la llama incluso sacramento de salvación: “Lo que aporta la Encarnación del Verbo mira tanto al pasado como al futuro y ninguna época pasada fue privada del sacramento de la salvación de los hombres”340 , además no es cierto que Dios ha cambiado de plan o haya tenido una tardía misericordia como algunos afirman,

336 Cf. SESBOÜÉ, Bernard: Jesucristo el único mediador; Vol. I, p.223.

337 Hom.22,1; PL 54, 194.

338 Hom.22,1; PL 54, 194.

339 Cf. CANTALAMESSA, Raniero: Il mistero del Natale. Festa della giogia; Milano, Ancora, 2016, p. 25.

340 Hom.23,4; PL 54, 202.

86 sino que “Desde la creación del mundo decretó para todos una sola y misma causa de salvación”341.

Esta causa de salvación, y que el mismo León llamaría “ayuda esencial” en la décima homilía, es que Él se haya dignado ser hijo de hombre, consubstancial a los hombres según la carne. Lo expresa así:

La ayuda esencial que se ha concedido a los hombres para su justificación es, pues, que el Unigénito de Dios se haya dignado ser también hijo del hombre, de suerte que Él es Dios, ομουσιος al Padre, es decir, consustancial a Él; ha sido también hombre verdadero, consustancial a su madre según la carne 342.

De esta forma, la perspectiva soteriológica está en el punto de partida de toda reflexión cristológica, como lo demuestra claramente el desarrollo del dogma343.

Un aspecto que cabe mencionar dentro de sus homilías, es el considerar la Encarnación del Verbo como el remedio suficiente y necesario para la humanidad. La Ley, prefiguración del Verbo, no bastó para sanar las heridas del hombre. Si los primeros remedios fueron insuficientes, Dios enviaría un remedio mayor y más eficaz; no ya la sombra de lo que había de venir, sino la realidad misma; el Papa en la tercera homilía natalicia lo expresa así: “No eran suficientes las enseñanzas de la ley, ni tampoco podía ser restaurada nuestra naturaleza por las solas exhortaciones de los profetas”344.

La Encarnación del Verbo, es presentada por tanto, como el único remedio, de tal forma que no es un elemento más dentro de una lista de posibilidades; nos dice en la cuarta homilía: “La naturaleza, corrompida a causa de las heridas de los mortales, no habría encontrado remedio, ya que era incapaz de cambiar su condición por sus propias fuerzas”345.

La mirada del Pontífice a la economía salvífica, descubre en la ruina de todo el género humano una razón por la que el Verbo toma una humanidad como la nuestra. Nos dice en la novena homilía:

En vista de la ruina general de todo el género humano, no había en los secretos de la sabiduría divina más que un solo remedio (…) esto es, que naciese un hijo de Adán ajeno a la culpa original e inocente, que pudiese ayudar a los otros con su ejemplo y con su mérito. Pero esto no era posible según la generación natural, y la descendencia, viciada en su raíz, no podía existir sin este semen, del cual dice la escritura: ¿Quién podrá sacar pureza de lo impuro?

341 Hom.23,4; PL 54,202.

342 Hom.30,6; PL 54,233.

343Cf. SESBOÜÉ, Bernard: Jesucristo el único mediador; Vol. I, p.20.

344 Hom.23,3; PL 54, 201.

345 Hom.24,2; PL 54, 205.

87 Nadie (Job 14,4). El Señor de David ha sido hecho hijo de David, y del fruto del germen prometido ha brotado una prole sin defecto346.

La curación de los hombres requería que Dios actuará a través de la humanidad del Verbo, totalmente ajeno a la culpa. Había que curar las heridas humanas desde dentro de la misma humanidad.

Finito en su origen creado, infinito por su vocación de ver a Dios, es incapaz de dar por sí mismo el paso de un término al otro, porque el hombre no puede salvarse por sí mismo347.

En efecto; es en el misterio de la Encarnación donde reside la condición de posibilidad de la mediación divinizante de Cristo. Los grandes debates de esta época giraron, no en torno a la cruz y la Resurrección, sino en torno a la identidad de Cristo, tal como se realizó en su Encarnación. La Encarnación, cumple en nosotros dos cosas: la primera es que Dios nos llena de amor; la segunda que se hace cierta nuestra salvación348. La Encarnación se presentará como la presencia definitiva de Dios entre los hombres que implica la restauración y elevación del mismo.