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10ª Lección: 20/12/1963 CUESTIONES DE MORAL

In document Dialectica Sin Dogma Havemann (página 75-82)

En la última sesión me ocupé del recubrimiento de la realidad social por la ideología: vimos brevemente cómo la ideología de una sociedad nace de ésta misma, cómo se instituye como elemento inherente a dicha sociedad y le sirve para sostener la situación social dominante y protegerla de ataques revolucionarios. La ideología es, en resolución, todo aquello que arraiga y se desarrolla en la cabeza de los hombres como engaño o ilusión acerca de la situación verdadera de la sociedad; y toda formación social necesita un determinado tipo de ideología como condición de su existencia. Pues bien: este tema nos lleva inevitablemente a problemas de la moral; la moral es, en efecto, la más consumada forma de encubrimiento de la verdadera situación y las verdaderas relaciones sociales. La moral es el elemento ideológico que más profundamente interviene en la vida del alma humana.

Las exigencias morales arrancan de las necesidades que hay que imponer a una sociedad para que pueda subsistir. Consideremos, por ejemplo, el decálogo mosaico. Su contenido está muy condicionado históricamente. Algunos de sus mandamientos tienen una vida más tenaz que otros. El mandamiento “No matarás” es una condición muy genérica de la vida social. Si en una sociedad se permitiera matar a voluntad, cada cual estaría en peligro de ser muerto. Por eso se impone la vieja ley de Confucio: No hagas al otro lo que no quieras que te hagan a ti. El mandamiento “No robarás” significa, naturalmente, “no quiero que me roben”. Una sociedad basada en la propiedad privada tiene que insistir enérgicamente en la importancia de este mandamiento. Pues no podría existir la propiedad privada si cada cual pudiera tomar lo que tiene el otro. Pero ¿por qué ocurre que estas exigencias aparentemente tan sencillas y razonables toman el carácter de leyes

morales? ¿Es el hombre malo “por naturaleza”, a pesar de lo que nos dice una mejor comprensión,

de tal modo que tienda a obrar contra esos mandamientos por causa de algún curioso instinto de vida inmoral? ¿Son esas necesidades realmente exigencias “morales”, y no simplemente exigencias racionales? Pues si tales necesidades sociales fueran exigencias razonables realmente fáciles de comprender, no se ve por qué iban a necesitar su proclamación en forma de exigencias morales. Esas exigencias tienen que revestir la forma de leyes morales en la medida en que no valen del mismo modo para todos los miembros de la sociedad. El mandamiento “no matarás” no se proclama como exigencia moral más que en aquellas sociedades en las cuales determinadas personas tienen derecho a matar. Sólo se exige que no maten a aquellos a los que se puede matar. “No robarás” es proclamado como exigencia moral sólo para aquellos a los que se roba constantemente, es decir, para los explotados. Sólo en una sociedad basada en la explotación, en la que se arrebata a los hombres aquello que crean con sus manos, sólo una sociedad de explotadores tiene que proclamar como exigencia moral el mandamiento “no robarás”. Dicho brevemente: las exigencias morales son, ciertamente, necesidades sociales, pero tales que los que tienen que respetarlas no las comprenden sin más. Por eso tienen que creerlas. Y por eso se reconducen como a su origen a fuerzas superiores, divinas o biológicas. Fue típico del racismo nazi el fundamentar la injusticia de la jerarquía social, la escisión de la sociedad en explotadores y explotados, caudillos y subordinados, con la diversa valoración biológica de unos y otros hombres. El hecho corresponde a la mentalidad del hombre de nuestro siglo, dispuesto a liberarse de los oscuros elementos profundos religiosos de la vida moral y a entender pseudocientíficamente —en este caso, biológicamente— las necesidades de su vida.

Así pues, la sociedad tiene que proclamar exigencias morales en la medida en la cual produce necesidades que no pueden aceptar ni comprender la mayoría de sus miembros, o sea, mientras exista la libertad. En la sociedad esclavista el ser esclavo era una necesidad social. Esa sociedad se basaba en la existencia de esclavistas y de esclavos. Y la necesidad de tener esclavos era muy fácil de comprender. Por eso no se disfrazó nunca de exigencia “moral”. Al contrario. Pero la existencia de esclavo, ese destino horrible, no era tan fácilmente comprensible como necesidad por los esclavos mismos. Por eso hubo que prescribirles moralmente su destino. Había que fundamentar con una exigencia moral la necesidad de ser un esclavo. Y por eso encontramos en

las sociedades esclavistas la idea moral de que el trabajo esclavo es una prestación religiosa, servicio divino. Las espantosas torturas a que han estado sometidos los esclavos que construyeron las pirámides, la miseria y el horror de su vida, se transformaban en un servicio al dios, en un servicio a lo más alto y bueno. Se les prometía —como más tarde siguió haciendo el cristianismo— que su terrible vida terrena quedaría compensada tras la muerte por una vida celeste tan gloriosa, en proporción, cuanto miserable la primera, y premio por su miseria y su esfuerzo. Las leyes morales de todas las sociedades que han existido hasta ahora son leyes que exigen necesidades sociales que no somos capaces de comprender como individuos, porque se encuentran en contradicción con nuestro sentido de la justicia, la libertad y la dignidad humanas. Esas leyes morales son en sustancia las condiciones que permiten sostener la inmoralidad de la sociedad misma.

Las leyes morales están muy lejos de ser principios generales de validez universal y absoluta, independiente de la vida social, expresión, por ejemplo, del bien absoluto en el sentido de una eticidad religiosa. Antes al contrario, son la sátira del bien. Son medios de conservación de la maldad de nuestra vida. La sociedad necesita la moral simplemente porque ella es “inmoral”. Kant ha visto claramente esta situación al ocuparse de los fundamentos de la moral y de la ética. Kant intentaba averiguar cuál es el principio general según el cual toma sus decisiones la voz de nuestra conciencia, esa notable instancia de nuestra profundidad psíquica que tan pocas veces es la voz de una buena conciencia y tantas, en cambio, la paralizadora angustia de la mala conciencia. Como es sabido, Kant ha encontrado como fundamento de la ley moral en nosotros el imperativo categórico. El imperativo categórico es, en la concepción de Kant, la forma más general de exigencia moral que se nos pone. Es un “debes”, y también los mandamientos mosaicos son enunciados de deberes; y eso sólo puede significar que el promulgador sabe que esas leyes son meras exigencias de deber constantemente violadas. También es doctrina de Kant lo siguiente: lo que sentimos como moral, lo que dice la voz de la conciencia, la ley moral en nosotros, corresponde al postulado general: “Obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda ser fundamento de una legislación universal”. Esta formulación pone completamente en claro que las exigencias morales están al servicio del mantenimiento del orden social, al servicio, esto es, de la legislación general necesaria para el orden social. Y esta noción de orden social tiene en Kant un carácter universal. Por eso se plantea la pregunta: ¿Son las exigencias morales necesarias para todo futuro? ¿Habrá siempre una sociedad en la cual se impongan necesidades que no seamos capaces de comprender? ¿O bien será posible crear una sociedad cuyas necesidades pueda ver y entender todo el mundo, de tal modo que todo el mundo obre según esas necesidades de un modo voluntario, por haber comprendido que en ellas se basa su interés humano? ¿Es posible construir una sociedad “moral”?

La idea del futuro comunista, presente en el ideario de los comunistas, es precisamente una imagen en esbozo de la sociedad moral. Ese ideario supone que el objetivo de nuestros esfuerzos tiene que ser una sociedad que no necesite, para mantenerse, preceptos morales algunos, porque todos los miembros de la sociedad puedan comprender qué es necesario, porque la comprensión de la necesidad no quede imposibilitada por la inveracidad y la mentira de las relaciones sociales. El comunismo es el viejo sueño de la humanidad, la imagen de una comunidad en la que ninguna parte disponga de derechos negados a otra parte. Es el sueño de un mundo humano en el cual todos tienen los mismos derechos y las mismas posibilidades, un mundo en el cual el hombre pueda ser bueno sin destruirse a sí mismo, sin sacrificarse necesariamente. Me gustaría citar en este momento unas frases del viejo sabio chino Laotsé en las que brilla la visión de una tal sociedad. Leemos en el Tao Te King:

Arrojad vuestra santidad, despojaos de vuestra agudeza, y el pueblo ganará el ciento por uno.

Abandonad la moral, arrojad lejos los deberes, y volverá el pueblo al sentido de la familia y al amor.

Desprendeos de la riqueza, aniquilad la ganancia, y dejará de haber ladrones y bandidos.

La sociedad comunista no conocerá ladrones y bandidos porque habrá arrojado de sí la riqueza y la ganancia, esto es, la riqueza y la ganancia individuales, como exige Laotsé. Será una sociedad en la cual todos los hombres tendrán ante sí todas las posibilidades de la vida, podrán vivir según sus necesidades, y nadie podrá robar porque cada cual podrá tenerlo todo.

Al esbozar esa imagen visionaria de la sociedad comunista sé perfectamente que se trata sólo de un objetivo el cual, precisamente por su bienaventurada ausencia de contradicciones, es una pura utopía. ¿Cuál es entonces su sentido? Éste: jamás existirá una sociedad plenamente moral sin contradicciones de ninguna clase entre los intereses del individuo y los intereses de la totalidad social. Jamás será posible una tal sociedad moral absoluta, libre de contradicciones. Siempre estaremos, siempre y sólo, en camino hacia ella. Pero la época comunista que ahora empieza, cuyo comienzo estamos viviendo todos en este siglo, esta época comunista terminará desde luego con todas las necesidades y contradicciones que han sido el fundamento, la base contradictoria de las pasadas épocas sociales, es decir, de las sociedades de explotación. Las contradicciones de la época de la explotación sí que se superarán efectivamente en el comunismo. Nacerá ciertamente una sociedad en la cual nadie va a poder enriquecerse a costa de los demás. Esto transformará radicalmente las relaciones sociales entre los hombres.

Lo único que hace inmorales las relaciones entre los individuos humanos es la dependencia material de los hombres los unos respecto de los otros. Esto puede afirmarse no sólo respecto de las grandes categorías “explotadores” y “explotados”. El esquema explotador-explotado no es la única forma de comprensión de la situación real. Aparte de eso, es un esquema grosero todavía. Y porque es un esquema grosero y porque muchos lo consideran, además, el contenido único de la crítica social comunista, numerosos críticos del marxismo han encontrado en él la base de sus objeciones. De hecho, las relaciones entre los hombres tienen muchos más niveles, son mucho más variadas, a causa de sus diversas dependencias materiales, de lo que ese grosero esquema permite reconocer. Todos nos encontramos insertos en esas relaciones materiales. Ninguno de nosotros está excluido de ellas, y tampoco en este país. En la medida en que están determinadas por la dependencia material, nuestras relaciones interhumanas son inmorales, mendaces, inveraces. Y esas relaciones son las que tan gustosamente justificamos con principios morales.

Uno de los problemas más serios que destacan en este contexto se refiere a las relaciones entre el hombre y la mujer. Desde hace milenios se encuentra la mujer en dependencia social respecto del hombre. Pero no siempre fue así. En la sociedad primitiva todos —hombres y mujeres — eran miembros equiparados en el grupo. Existía lo que se ha llamado a veces matrimonio de grupo, o sea: en el seno del grupo no existían inicialmente preceptos acerca de qué individuos pueden tener relaciones sexuales entre ellos. El único principio al que se subordinaba todo era la cohesión del grupo mismo. La única moral era la determinada por el mantenimiento y la garantía de la vida y la seguridad del grupo humano que vivía en comunidad. No había ninguna dependencia material entre los miembros del grupo. Pero a medida que el hombre, por su espíritu de inventiva y por su experiencia, consiguió procurarse ventajas naturales, arrancárselas a la naturaleza y luego imponerlas respecto de otros hombres y contra ellos, a medida que se desarrolló la escisión de la sociedad, la división del trabajo, empezaron a desarrollarse también una diferenciación y una modificación progresivas en la relación entre los miembros de la sociedad según su posición social y también, y al mismo tiempo, una alteración de las relaciones entre el hombre y la mujer. Surgió así lo que en nuestra terminología puede llamarse la moral de esas relaciones. En la sociedad primitiva dominaba el matriarcado. Aún hoy existe el matriarcado en pueblos primitivos y en grandes zonas de la tierra. En extensas regiones del África vive aún la población en régimen de matriarcado, el cual, ciertamente, no es ya el matriarcado originario que pudo existir en la sociedad primitiva. Este matriarcado actual está ya, por una parte, desnaturalizado en sus formas, y, por otra parte, no es a veces más que la forma ya meramente externa de una vida social que se encuentra en transición hacia el patriarcado. Pero la línea materna sigue siendo aún la propiamente

hereditaria. No son los padres los que transmiten el nombre de familia, sino las madres. “Pater semper incertus”, dice una vieja sentencia latina. En este principio se basa el matriarcado. Vale la pena saber que el matriarcado es en África compatible con la poligamia. Pues el matriarcado no es la simple inversión del patriarcado, no es un “descuido” de la sociedad que consista en conceder a la más débil el puesto de dirección, “descuido” que más tarde haya corregido la historia. El matriarcado tiene una estructura totalmente diversa de la del patriarcado. En el matriarcado es perfectamente posible la acumulación de riqueza en manos de hombres. Esa riqueza consiste entonces en el hecho de que tales hombres tienen muchas mujeres, pero como fuerza de trabajo. Con esto empieza la dependencia material, la sumisión de la mujer aún en régimen de matriarcado. Hay cabecillas con 30 mujeres, y otros personajes ricos en la misma situación, que no tienen relación conyugal alguna con sus muchas mujeres. Tales relaciones se dan siempre sólo con unas pocas. Por su parte, esas mujeres tienen todas sus propias relaciones conyugales con otros hombres; y todas tienen sus propios hijos —hijos de ellas. No existen en el matriarcado las condiciones restrictivas del matrimonio que conocemos en nuestra forma habitual, desarrollada mucho más tarde y bajo régimen de patriarcado. En el patriarcado, el hombre ha conquistado definitivamente y ha impuesto su superioridad social sobre la mujer. La mujer se convierte en esclava, en servidora al menos, y cobra finalmente sentido el viejo mandamiento: “No desearás de tu prójimo la mujer, el siervo, la sierva, el ganado ni nada de lo que es suyo”. Nunca hemos oído, en cambio: “No desearás el hombre de tu prójima”, sino sólo la mujer de tu prójimo. En ese mandamiento se expresa muy claramente el hecho de que el fundamento del matrimonio patriarcal es la sumisión social de la mujer, su dependencia material respecto del hombre. La mujer se ha hecho esclava del hombre. Y en la medida en que se va imponiendo el orden familiar viril hay que asegurarse de que quede invalidada la regla “pater semper incertus”. El hombre necesita ya ser realmente el padre de sus hijos. El hecho es nuevo: hasta entonces afectaba sólo a la mujer, la cual era realmente madre de sus hijos, por la circunstancia de que esa relación no puede ponerse en duda. Pero ahora, comprensiblemente, van a desarrollarse nuevas representaciones morales.

En el matrimonio patriarcal —esa institución tan artificial, basada en la explotación del hombre por el hombre en general, y en la de la mujer por el hombre en particular— es absurdo creer que los principios morales se basen en otros cualesquiera principios de orden natural, biológico o universalmente éticos. Las reglas morales de las relaciones entre los sexos se basan exclusivamente en las relaciones internas sociales del pasado. Las exigencias morales vinculadas con esas relaciones en nuestra consciencia no representan más que el encubrimiento de los motivos reales de la forma de esas relaciones.

Hace poco intervine en una discusión a la que asistieron también algunos filósofos. Discutíamos acerca de cómo puede ser la vida de la humanidad dentro de unos siglos. Yo dije que en la sociedad futura se producirá una enorme transformación precisamente en el terreno de las relaciones personales entre los hombres, y específicamente en el matrimonio. Cuando añadí que probablemente dejará de existir el matrimonio en su actual sentido, uno de los filósofos declaró que yo me dedicaba a propagar la poligamia. El equívoco es muy característico. Indiqué al filósofo que estoy perfectamente convencido de que seguimos viviendo en una sociedad poligámica, en una sociedad que declara, ciertamente, como principio la monogamia, pero que tiene como práctica la poligamia en realidad, y ello precisamente porque la dependencia material de la mujer respecto del hombre determina las exigencias morales y, además, hace inmorales las relaciones mismas. Desde luego que también en nuestra sociedad hay —y en masa— relaciones de amor auténticas, naturales, humanas. Pero esas relaciones existen exclusivamente mientras no se dan relaciones de dependencia material entre las dos partes. En la medida en que la dependencia material penetra en la relación personal y empieza a operar en ella, la relación queda lesionada primero, y finalmente destrozada y disuelta. Con esto no quiero decir que queden sin más eliminadas las formas externas de la relación conyugal. Frecuentemente, por el contrario, se mantiene como suprema relación inmoral el matrimonio durante toda la vida, cuando ya está internamente corroído y vaciado. La dependencia material es el auténtico enemigo de las relaciones morales entre los hombres. La dependencia material convierte relaciones puras y humanas en relaciones inmorales. Me atrevería a decir que el matrimonio como institución en la cual se manifiestan tales relaciones

materiales es incluso el enemigo mortal del amor real entre los seres humanos.

Cierto que en toda sociedad hay excepciones, pero también hay reglas. Recuerdo un célebre y breve drama de Brecht, La excepción y la regla. En él describe cómo un hombre rico atraviesa el desierto con un guía pobre. Se pierden y se encuentran en peligro de morir de sed. El guía pobre —pagado por el rico, y maltratado y acosado por él durante el camino— ofrece al rico la última botella de agua para que beba. Pero el rico se cree que la botella es una piedra y que el pobre se dispone a matarle. Entonces mata él al pobre.

Luego tiene lugar el proceso. Y el juez hace la siguiente sabia declaración: no puede considerarse

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