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LIBERTAD, CONSCIENCIA E IDEOLOGIA

In document Dialectica Sin Dogma Havemann (página 67-75)

Advertencia previa

Querría empezar hoy manifestando mi disgusto por el hecho de que se haya interrumpido la discusión abierta hace algunas semanas, a propósito de este curso, por la revista Humboldt-

Universität. Han aparecido ya dos números sin continuación del tema. Y yo sé que la redacción de

la revista posee toda una serie de artículos de discusión, entre otros un artículo de Manfred Feder y otro del profesor Besenbruch. Hace algún tiempo la redacción me pidió también a mí que escribiera lo más rápidamente posible un artículo. Lo entregué puntualmente, pero no lo han impreso. En el número de hoy aparece un artículo de Byschovski, reimpresión de una publicación de la revista soviética Kommunist de la primavera de 1961, y que muy probablemente se considera hoy día superado en la Unión Soviética. Seguramente lo ha considerado la redacción como una especie de sustitutivo de nuestra discusión, pero, en todo caso, no es en absoluto una continuación de ella. Lo lamento mucho. Me asombró y me produjo admiración hasta ahora la valentía en la discusión.

Este curso se está acercando ya a su final. Aún me propongo hablar de la libertad y de moral en general. Aparte de eso querría exponer al final algunas consideraciones acerca de las categorías dialécticas. Luego me gustaría continuar el curso en forma de seminario. Por eso pido ahora a mis oyentes que piensen en preguntas basadas en los apuntes, las formulen por escrito y me las presenten. Yo escogeré algunas de las preguntas y las trataré en la forma más libre propia del seminario. Ello contribuirá a que nos ocupemos más detalladamente de problemas de interés general. Tampoco me molestará el que, una vez tratadas de este modo las cuestiones más importantes, los oyentes expongan no por escrito, sino oralmente, en el seminario, sus preguntas y sus objeciones. Pues no sólo no temo la discusión, sino que la deseo.

Libertad, consciencia e ideología

Pero volvamos a nuestro tema: la libertad. El camino del hombre desde el reino de la necesidad hasta el reino de la libertad es difícil y contradictorio. La forma de vida de los hombres primitivos ofrecía escasa libertad. Amenazado por las fuerzas naturales, el hombre primitivo vivía en una dura lucha por la existencia. No estaba libre del hambre ni de la necesidad, de la miseria ni de la enfermedad. Más de un grupo de hombres primitivos fue totalmente aniquilado por las fuerzas de la naturaleza. Es verdaderamente asombroso que ese débil ser que es el hombre, comparado con otros seres vivos que le amenazaban, haya podido finalmente imponerse. Cierto que en un respecto aquella primitiva comunidad humana era superior a la nuestra. En aquella sociedad nadie disfrutaba de privilegios. Dominaba una especie de comunismo, pero era un comunismo de la necesidad y la pobreza. Se basaba en la comunidad ante el peligro y en la miseria. Jamás volverá a darse un tal comunismo. El comunismo moderno no puede ser más que un comunismo que ofrezca al mismo tiempo la libertad y cuya comunidad no esté determinada por la miseria, el trabajo y el esfuerzo comunes. La humanidad se irguió por encima de aquella vida en la necesidad y la pobreza, de aquel reino de la necesidad, gracias a su creciente comprensión de la necesidad natural. Al descubrir progresivamente, medios y más medios para alterar las condiciones de su vida y transformar la naturaleza, su entorno natural, en base a las posibilidades yacentes en éste, el hombre fue conquistando más libertad paso a paso. El hombre comió del árbol del conocimiento y así se produjo, como todos sabemos, el “pecado original”.

El hombre conseguía, ciertamente, cada vez más libertad. Pero esa libertad era inevitablemente libertad para pocos. La energía que podía procurarse el hombre mediante su creciente conocimiento, su creciente capacidad de utilizar las fuerzas de la naturaleza, no bastaba aún para asegurar a todos bienestar y libertad. Sólo unos pocos podían disfrutar de ambas cosas. Necesariamente se desarrolló así primero un reducido grupo de explotadores. Eso hizo posible precisamente el progreso de la sociedad. Pues un reparto uniforme de las reducidas ventajas conquistadas las habría anulado prácticamente y hecho ineficaces. Sólo la distribución desigual de los bienes producidos podía impulsar la cultura. Toda la época empezada con el “pecado original”

es una época necesaria. El hombre no habría podido emprender de otro modo el camino del futuro. Por eso en toda esa época de evolución e impulso de la sociedad humana quedaba excluido el mantenimiento de los viejos principios de igualdad, libertad y fraternidad.

Lo notable es que, a medida que se levantaba por encima de la igualdad de la sociedad primitiva, el hombre fue perdiendo claridad acerca de las relaciones reales de su vida social. En la sociedad primitiva la constitución política del grupo y las relaciones entre los hombres estaban abiertamente a la vista de todos. No había dudas acerca de la posición de cada cual. El jefe, tal vez el primero en erguirse por encima de la comunidad, no era más que un primus inter pares. En cualquier momento tenía que dejar su lugar a otro de más éxito, más experiencia o más inteligencia. Pero en la medida en que se desarrollaba la estructura social, en la medida, pues, en que el hombre cobraba comprensión de la necesidad de las conexiones naturales y aumentaba su capacidad de utilizarlas, en esa misma medida se le fueron oscureciendo las conexiones internas de su propia vida social. Cuanto más aprendía el hombre a manipular las cosas, cuanto más aumentaban sus capacidades productivas en su actividad creadora, tanto más sucumbía a una servidumbre respecto de esas cosas mismas. Se produjo entonces lo que Marx y otros antes que él llamaron la alienación del hombre. Los objetos de su producción se le convierten en una especie de poder superior. El poder sobre hombres empezó a presentarse bajo la forma de un poder sobre cosas, con lo cual quedaban encubiertas las conexiones reales de la vida social, cada vez más difícilmente cognoscibles. Las imágenes de sí mismo y de su vida que se pintaba el hombre fueron haciéndose cada vez más engañosas. Pero eran un autoengaño que la misma sociedad necesitaba para vivir. La creciente libertad y la creciente desigualdad de los hombres en la conexión social se erigieron, verdaderamente, sobre la base de una creciente libertad en el dominio y el aprovechamiento de la naturaleza. Esta comprensión de la necesidad de las vinculaciones naturales fue el motor decisivo de la evolución. Pero frente a ese motor se encontraba, en el otro lado de la medalla, el encubrimiento cada vez más profundo de la situación y las relaciones sociales, encubrimiento que se convirtió progresivamente en el principio de la sociedad humana y de la vida social. Como eran tan incomprensibles la inhumanidad de la explotación y de todas las necesidades vinculadas con las diversas formas y estadios de la misma; como ese carácter barbárico de las relaciones humanas contenía su necesidad, imposible de comprender, esta sociedad tenía que hacerse cada vez más opaca a sí misma, y el hombre tenía que alienarse progresivamente de sí mismo. La transformación revolucionaria de la sociedad no cambiaba más que la forma de la libertad, y se mantenía el encubrimiento de la explotación de un modo cada vez más completo.

Existen groseros esquemas aproximados de periodización de la historia humana. Creo que esos esquemas no tienen una validez universal, aunque nuestros científicos sociales los consideren aún absolutamente válidos. Me refiero a la periodización: sociedad primitiva, sociedad esclavista, sociedad feudal, sociedad burguesa-capitalista. Hay regiones del mundo en las cuales probablemente no ha existido nunca una sociedad esclavista propiamente dicha, y otras en las cuales el feudalismo ha tomado formas muy distintas de las que alcanzó entre nosotros. Me parece también que la evolución de la sociedad burguesa, y del capitalismo moderno por consiguiente, está vinculada a la coincidencia de presupuestos sumamente improbables. El que Europa se convirtiera en cuna de la sociedad moderna es un hecho que ha tenido como presupuesto una entera serie de causas ya de por sí de poca probabilidad (frecuencia), y aún menos probables, naturalmente, en su coincidencia. En general, el progreso de nuestra evolución cultural se hace tanto menos probable y seguro, tanto menos normal estadísticamente, cuanto más procede hacia adelante. En esto también radica la dificultad del reconocimiento de las leyes de la evolución humana. El proceso histórico se diferencia del proceso natural —de los fenómenos de la naturaleza — por su unicidad. En este carácter único y definitivo del proceso histórico hay que ver una de las principales dificultades de la comprensión de sus leyes. Y ésta es también una de las razones de las dificultades que se oponen a la consecución de la libertad mediante la comprensión de la necesidad de las relaciones sociales y al reconocimiento de las posibilidades de transformar dichas relaciones produciendo conscientemente —sin lesión ni desprecio de aquellas leyes internas de la sociedad, sino con su ayuda— una transformación y un ulterior proceso.

Lo dicho no debe entenderse en el sentido de que los hombres del pasado hayan carecido de toda comprensión de las relaciones sociales y de que sólo hoy —en base al marxismo— hayamos conseguido por vez primera comprensión de las conexiones sociales. Esto sería una esquematización grosera y soberbia. Naturalmente que los hombres han tenido en todas las épocas, incluso en el más reciente pasado, una compleja comprensión de las relaciones sociales; pero ha sido siempre una comprensión muy incompleta y defectuosa. Ni tampoco es completa y exhaustiva la comprensión que nos procuramos hoy con la ayuda de una teoría moderna muy desarrollada. Sería ingenuo creer que de golpe hayamos descubierto, sin dejarle más velos, la complicada realidad social, sin problemas ni dudas. Lo que sí hemos hecho es dar un gran paso hacia la mejor comprensión de nosotros mismos y de la sociedad. Pero también en el pasado, como ha dicho Marx, hacían los hombres su propia historia. El hombre ha obrado siempre basándose en representaciones acerca de la conexión interna de la sociedad y acerca de los fines alcanzables. Así ha ocurrido en todas las épocas. No se puede entender la historia pasada como un proceso en el cual los hombres no intervinieran más que como elementos pasivos, meros objetos de leyes superiores que les eran plenamente desconocidas, como las moléculas de una reacción química. Tales imágenes de la acción de las leyes sociales en el pasado son científicamente insostenibles. El hombre ha sido capaz de comprender en todas las épocas y siempre ha conquistado nuevas posibilidades de libertad en la medida en que conseguía aquella comprensión. Pues que la libertad es comprensión de la necesidad significa también que mediante la comprensión se procede siempre adelante en el proceso histórico general que lleva del reino de la necesidad al reino de la libertad. El principio indica que hay que utilizar las posibilidades materiales siempre crecientes para procurar a más hombres cada vez más posibilidades de acción. Y que el hombre comiera del árbol del conocimiento significó también una subversión de su concepción del mundo. Para el hombre primitivo la naturaleza aparecía poblada por numerosas y notables divinidades, fuerzas naturales personificadas. Los dioses de la naturaleza y los demás geniecillos eran seres caprichosos, de conducta arbitraria e imprevisible, muy humanas figuras en el fondo; pero disponían de las fuerzas de la naturaleza, representaban de un modo fantástico lo que el hombre no había comprendido aún como efectiva conexión natural. Las divinidades naturales fueron destronadas a medida que el hombre conseguía aquella comprensión. Siguieron, ciertamente, vivas en el pueblo. Sólo una minoría que obtuvo de los nuevos conocimientos los correspondientes privilegios y pudo desarrollar nuevas técnicas y nuevos modos de producción se anticipó al pueblo en la posesión de aquella comprensión. Pero no le interesaba difundir el saber al que debía su poder. El sacerdote, el gran brujo taumaturgo, tenía que aterrar al pueblo con maravillas y milagros para mantenerlo en la impotencia por medio de la ignorancia. La mala consciencia del sacerdote se debe desde entonces a la necesidad de enseñar algo en lo que no cree. Y esto sea dicho no sólo de la religión, sino respecto de todos los tiempos. Hay que tener presente que en esas épocas pasadas —las cuales penetran en el presente— obran en la sociedad leyes que imponen con ineludible necesidad el engaño y el autoengaño del pueblo. El sabio, ante el pueblo ignorante, reviste sus ideas con parábolas adecuadas al entendimiento vulgar, pero suficientemente ambiguas, al mismo tiempo; pero no lo hace porque sea una mala persona que se propone engañar o tomar el pelo a sus prójimos. Esos engañados son elementos del proceso evolutivo mismo. Una importante comprensión debida a la teoría marxista es la de que los procesos históricos no se basan en última instancia ni en la maldad humana ni, más en general, en las cualidades morales individuales de determinadas personas. Por eso tampoco los inhumanos fenómenos producidos en la época de Stalin pueden explicarse simplemente por las personales peculiaridades del carácter de Stalin. Los procesos que ocurren en la consciencia de los hombres —tomados en masa individualmente— tienen que comprenderse en su necesidad. Esto no significa que todo lo que ocurrió tuviera por fuerza que ocurrir. La evolución atravesada durante la época de Stalin surgió sin duda de una necesidad histórica, pero sólo como una trágica posibilidad de la evolución histórica; desde luego, como una posibilidad contenida según leyes en la evolución histórica: como una posibilidad que resultaba de esas leyes. Pero a pesar de ello las cosas habrían podido ser de otra manera. Pues no en todos los países son idénticas las formas de manifestación de aquellas leyes. Pero a pesar de todas esas diversas peculiaridades no debemos deducir los

fenómenos históricos a partir de factores extrasociales e individuales. Tenemos, por el contrario, que comprenderlos en su profunda conexión.

No es la primera vez en la historia que a una revolución librada por la libertad, la igualdad y la justicia social sigue un período de poder absoluto de un solo individuo. A la Revolución Francesa sucedió Napoleón Bonaparte. El bonapartismo es un peligro que amenaza a toda revolución. Lenin había reconocido ya en los últimos años de su vida la amenaza del bonapartismo sobre la Unión Soviética, y por esta razón había puesto en guardia contra la gran acumulación de poder en manos de Stalin. La revolución, que lucha por la libertad, experimenta siempre una transformación una vez conquistado el poder. Su finalidad principal es en aquel momento consolidar el contenido de la revolución. Amenazada constantemente desde fuera y desde dentro, la revolución lucha ante todo por mantener y consolidar su poder, el cual es, dicho con toda concreción, el poder de los revolucionarios. De aquí nace el riesgo del bonapartismo. Los métodos militantes de lucha de los períodos prerrevolucionario y revolucionario subsisten en el período post-revolucionario. Y así puede ocurrir que la lucha contra los opresores se transforme temporalmente en una nueva opresión.

También en eso se manifiesta la dificultad de la comprensión de las necesidades sociales. Pues las representaciones que alimentamos los hombres no son arbitrarias, simplemente explicables y comprensibles por la psicología. No son sólo cualidades individuales de individuales seres humanos, sino también, al mismo tiempo, un fenómeno social. Lo que piensan los hombres nace de la sociedad en la que viven. Una parte de eso que piensan puede ser comprensión, consciencia; pero la mayor parte es ideología. Son ideología las representaciones acerca de sí misma que la sociedad produce en las cabezas de sus miembros, representaciones que carecen de carácter científico, pero corresponden a esa sociedad como una de las condiciones de su existencia. Marx y Engels, como es sabido, se han divertido bastante con la ideología de los alemanes de su época. Sobre ella escribieron un libro bastante grueso, Die deutsche Ideologie, en el que critican de un modo muy refrescante la tendencia de los alemanes a huir del valle de lágrimas refugiándose en el pálido cielo de la ideología. En realidad, al usar hoy la palabra ‘ideología’ en un sentido positivo cometemos un abuso. Consiguientemente, dar el nombre de “Comisión ideológica” a un instituto cuya función es la promoción de la consciencia social es una verdadera contradictio in adjecto. El objetivo del movimiento comunista es la supresión de toda ideología. En el lugar de la ideología, del engaño de la sociedad sobre sí misma, tiene que aparecer la consciencia. Nuestro objetivo es una comprensión científicamente fundada de nosotros mismos y de nuestras relaciones sociales. Creemos que sólo puede transformarse de un modo realmente básico a la sociedad si se hacen conscientes a los hombres las relaciones y situaciones reales, fácticas, de la sociedad en que viven. Y esto vale tanto de nuestra sociedad, que se encuentra en la fase de transformación del socialismo, como respecto de la sociedad del Oeste. Pues unos y otros constituimos una gran unidad desde el punto de vista histórico. En la contraposición entre capitalismo y socialismo, que hoy aparece en primer término como si no existiera más que ella, yace además una unidad. El proceso histórico que estamos atravesando en este siglo no significa sólo que allí hay un mundo en decadencia y aquí uno en ascenso. No. Las dos partes del mundo se influyen recíprocamente —y no sólo mediante perturbaciones—, y en cierto sentido se necesitan la una a la otra; no sólo son dependientes históricamente la una de la otra sino que, además, su evolución, su ulterior transformación, es un unitario proceso total de la historia humana.

Un contacto intenso y constante entre esas dos partes del mundo, en vez del aislamiento y la separación, acelerará aquella transformación. En esto veo el sentido más profundo de la coexistencia pacífica. Esto no significa, naturalmente, que la revolución deba abandonar su actitud partidista: por el contrario, los revolucionarios tienen que medirse en el terreno de las ideas. Pero jamás ha podido realmente transformarse un mundo cuando los revolucionarios han empezado por cerrarse y aislarse del resto de la tierra. Las ideas realmente revolucionarias no se detienen ante ninguna frontera.

Las fuerzas espirituales de la revolución socialista nacen de la consciencia de clase del proletariado. A menudo se confunden los conceptos de consciencia de clase e ideología de clase. Lenin se ha ocupado muy detalladamente de esta cuestión. Él ha indicado que la ideología de clase de los obreros en el capitalismo es el tradeunionismo, o sea, el pensamiento puramente sindical, que se pone como objetivo único la consecución de la ventaja económica dentro de las existentes relaciones sociales, o sea, la consecución del precio máximo de venta de la fuerza de trabajo, mediante la unión sindical. El objetivo de los sindicatos no es transformar el mundo y llevar

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