La insuficiencia de la interpretación de la mecánica cuántica por la escuela de Copenhague
Voy a empezar por resumir brevemente una vez más lo que se entiende por efecto inhibitorio del materialismo mecanicista en el desarrollo de la mecánica cuántica. Éste es, en efecto, un ejemplo especialmente significativo del perjudicial efecto de esta filosofía en la evolución de la ciencia. Ya la larga disputa entre la escuela de Copenhague y el grupo primero dirigido por Einstein y luego renovado con el equipo de Vigier y Bohm no ha sido más que la crítica de la mecánica cuántica desde las posiciones del materialismo mecanicista. Los contrincantes de Bohr querían eliminar el “indeterminismo” de la mecánica cuántica mediante una ampliación de la teoría que consistiría esencialmente en construir los parámetros ocultos. La escuela de Copenhague, a la que se fueron adhiriendo al final casi todos los físicos teoréticos del mundo, declaraba, por el contrario, que el indeterminismo de la mecánica cuántica es ineliminable, porque va implícito ya en la constante natural h, el quantum de acción de Planck. De todos modos, Bohr interpretaba el indeterminismo de la mecánica cuántica como un límite de nuestra capacidad cognoscitiva. Heisenberg dio la siguiente formulación de la situación: el hecho de que la mecánica cuántica sea indeterminista significa que, por principio, no podemos conseguir un conocimiento completo de lo fáctico. De este modo, también la interpretación de Copenhague identificaba lo casual de la naturaleza con la supuesta imposibilidad de conseguir un conocimiento completo de las conexiones naturales. Cuando muchos representantes del materialismo dialéctico atacaron a la escuela de Copenhague porque de su interpretación se desprendía una especie de agnosticismo y porque esos materialistas oficiales defendían abiertamente los intentos de Broglie, Vigier y Bohm, los filósofos que se encontraban al lado de la escuela de Copenhague opinaron que la mecánica cuántica había refutado al materialismo. Quedaba, según ellos, probado que las “filosofías realistas” tenían una base metafísica apriorística. La idea de la materialidad del mundo, o de su unidad material, resultaba, según eso, inargüible, y la realidad misma no era material.
Pero la negación de la plena cognoscibilidad de lo “fáctico” por la escuela de Copenhague se debe al mismo tiempo al materialismo mecanicista, y no a una tendencia al positivismo o al agnosticismo. Bohr y Heisenberg, ciertamente, han rechazado los parámetros ocultos y han declarado que la mecánica cuántica, en la forma en que está construida actualmente, es una teoría imperfectible ya. Un día, ciertamente, quedará incluida en una teoría más amplia que dé razón de fenómenos más complejos; pero no variará con eso la forma en la que hoy se encuentra la teoría cuántica. En este sentido han negado la existencia de parámetros ocultos.
Pero con su afirmación de que no podemos obtener un conocimiento pleno de lo fáctico, estos dos autores han vuelto a introducir, por la puerta trasera, la tesis de los parámetros ocultos. En efecto: los hechos, por lo que hace al movimiento de las micropartículas, son los datos con los cuales puede describirse ese movimiento de un modo exacto según la física clásica. Conocidas las coordenadas espaciales y las de impulso y dada una determinada ley del movimiento, es, en efecto, posible una descripción completa y exacta de la trayectoria. Y como, según la relación de indeterminación de Heisenberg, se tiene, precisamente respecto de esas magnitudes canónicamente conjugadas, la indeterminación h, parece como si no pudiéramos conseguir un conocimiento completo de las coordenadas de espacio y de impulso. Está, pues, claro que la tesis agnóstica de la escuela de Copenhague tiene como trasfondo la descripción de la situación según los criterios materialistas mecanicistas de la mecánica clásica.
Por eso el pasar ad acta y eliminar también esa nueva forma disimulada de la tesis de los parámetros ocultos es un importante paso en la interpretación de la mecánica cuántica. Lo que por
principio no es cognoscible es algo pensado, no real. Y la realidad no se rige por lo que nosotros pensamos, sino a la inversa: lo que pensamos tiene que poseer como contenido lo que existe en la realidad.
Se encuentra aquí la misma situación que en el caso de la teoría de la relatividad por lo que hace al espacio absoluto. En ese caso se reconoció que el espacio absoluto no es sino cosa pensada, nada real, y que, consiguientemente, como no es nada real, no se puede ni probar ni medir.
Posibilidad, realidad y causalidad
Como he expuesto con detalle, sobre la base del materialismo dialéctico es posible una interpretación plena de la mecánica cuántica que corresponda en todo punto a la experiencia. En la dialéctica materialista lo casual se entiende realmente como una categoría objetiva de la realidad. No como algo simplemente debido a la imperfección de nuestros conocimientos. La realidad es objetivamente casual. Esto no significa, naturalmente, que sea plenamente indeterminada o acausal. Pero dentro de los límites puestos en cada caso por las leyes de la naturaleza —expresos en la mecánica cuántica por la imagen ondulatoria como imagen de lo posible—, es casual el hecho de la posibilidad que concretamente se realice. En la dialéctica marxista la casualidad nace de la dialéctica de la posibilidad y la realidad. Como lo posible es precisamente posible porque puede ocurrir o no ocurrir, no puede ser más que casual. No es casual, en cambio, el marco de la posibilidad —la respuesta a la pregunta: ¿qué es posible?—, sino que se desprende con necesidad de la realidad. Lo posible está determinado.
En este contexto surge la pregunta de si con el concepto de realidad se entiende propiamente toda la realidad, lo cual obligaría a entender lo posible como una categoría de la irrealidad. ¿Es la realidad que encontramos sólo un aspecto del todo, por así decirlo, mientras que en el otro aspecto habría algo espiritual, lo necesario bajo la forma de lo posible? Si escindimos el mundo de este modo caemos realmente en el peligro de una concepción idealista. Es necesario comprender que lo posible es un elemento de la realidad tan imprescindible como lo que en cada caso se realiza. Posibilidad y realidad constituyen en base a la dialéctica una unidad contradictoria. Esa unidad no se escinde más que conceptualmente; pero en la realidad subsiste como tal unidad. Constantemente salta la chispa de lo real en el seno de lo posible, y constantemente también surge nueva posibilidad de la realidad en desarrollo. La realidad entera, el ser entero de nuestro mundo, es al mismo tiempo posibilidad y realidad.
Laotsé, el gran filósofo chino, ha pronunciado una frase admirable: “Todo lo grande nace de lo pequeño. Hay que obrar sobre lo que aún no existe”.19 En esas palabras está ya básicamente
expresada la idea de la profunda importancia de lo posible. Tenemos que obrar sobre lo posible antes de que llegue a realidad. Damos forma y modificamos el mundo alterando sus posibilidades. Así conseguimos que sea real aquello a lo cual aspiramos. Si consideramos aislada la frase “Todo lo grande nace de lo pequeño”, puede parecemos una confirmación de la tesis de las pequeñas causas y los grandes efectos. Hegel se ha opuesto decididamente a esa idea, diciendo que una causa no es nunca más pequeña, menos importante que su efecto, sino que es idéntica con él. Causa y efecto se encuentran en la relación de identidad, pero también y al mismo tiempo en la relación de no-identidad, porque la causa no sólo se continúa en el efecto, sino que también se supera y transforma en él, porque todo se transforma al obrar.
¿Qué significa entonces “todo lo grande nace de lo pequeño”? ¿No tenemos bastante experiencia de que lo grande nace de lo pequeño? En la evolución del ser vivo a partir del huevo fecundado surge de una diminuta cantidad de materia todo el ser vivo con todas sus propiedades hereditarias. El ser vivo está determinado por todo lo que está de un modo u otro impreso en aquella pequeña célula, impreso, como sabemos hoy, con ayuda de un complicado código que contiene en el núcleo de la célula la información de la herencia. ¿Puede decirse que en este caso una causa pequeña tiene un gran efecto? No lo creo. Es incorrecto contraponer a la pequeña
ovocélula el gran individuo adulto ya plenamente organizado. Hay que pensar más bien que este todo es un proceso de evolución. Evolución significa siempre aumento constante, ampliación, extensión y transformación de lo que se encuentra en devenir. En cualquier evolución encontraremos ese paso de lo pequeño a lo grande. Por otra parte, el huevo es producto de un individuo ya completamente organizado. El huevo es simplemente la concentración de todas las informaciones hereditarias en la porción de materia más pequeña posible. El huevo fecundado está muy protegido contra perturbaciones e influencias del mundo circundante. Es una célula viva protegida contra el mundo circundante para poder producir un ser vivo en el que se continúe la especie.
No sólo funcionalmente es el huevo una célula omnipotente de la cual surgen, por las divisiones posteriores, formas cada vez más especializadas. En su sustancia hereditaria contiene todas las posibilidades del futuro desarrollo del ser vivo. La teoría de la herencia distingue entre el genotipo y el fenotipo. Pues nunca llegan a desarrollarse todas las posibilidades contenidas en un huevo. Nunca llegan a pleno despliegue en ningún individuo concreto. Cada individuo realiza simplemente una sección de la totalidad de las posibilidades hereditarias. El fenotipo, único tipo fenoménico, no es nunca un reflejo completo de la información hereditaria. La influencia del mundo externo y de la evolución reprimen en él muchas posibilidades e impiden que se desarrollen; otras muchas varían y se modifican por obra de las circunstancias externas. Si queremos obtener un conocimiento pleno de lo posible almacenado en la célula madre tenemos que procurarnos datos estadísticos acerca de un gran número de diversos individuos crecidos en circunstancias y condiciones externas lo más diversas posibles. Entonces vemos lo extenso que es el ámbito del genotipo comparado con lo que se realiza en cada caso particular.
También este ejemplo biológico nos enseña pues que lo posible es lo más rico, lo más general, lo no-casual, mientras que la realidad —que no realiza en cada caso más que una sección de lo posible— es lo más pobre y lo casual. El fenotipo no es nunca más que un intento de realizar lo posible. Y ese intento lleva siempre en sí el sello de lo casual. Aquí en el ámbito de la biología — como antes en el de la mecánica cuántica— encontramos la dialéctica de la posibilidad y la realidad como fundamento profundo de lo casual, como fundamento del hecho de que lo Iegaliforme, lo necesario, no puede presentarse más que bajo la forma de lo casual. Ya Engels ha indicado en la Dialektík der Natur que precisamente los biólogos —que estudian los procesos evolutivos, trabajan con la gigantesca multiplicidad de las especies y los individuos y, sin embargo, encuentran en ella lo legalmente necesario, lo universal— son los que tropiezan con la escala más amplia de lo casual, pero no tardan en entender lo que en esa casualidad es universal, ley. Alude en ese contexto a Darwin, que ha sido el primero en formular la idea moderna de evolución: “Darwin... parte de la base casual más amplia. Se trata de las infinitas y casuales diversidades que se incrementan hasta la irrupción del carácter específico y cuyas causas, incluso las más inmediatas, no son comprobadas sino en poquísimos casos; esas diversidades le obligan a poner en tela de juicio el fundamento anteriormente reconocido de todo tipo de ley en biología, el concepto de especie en su anterior rigidez e inmutabilidad metafísica 20
No deben concebirse como relación causal las relaciones que median entre la posibilidad y la realidad, la conexión de realización de lo posible. La forma en la cual se realiza lo posible es sin duda siempre la constante producción de causas y efectos. Pero causas y efectos son limitados extractos tomados de la escala de lo posible, mucho más amplia y rica. La causalidad es en la realidad una relación unilateral, única, transitoria y fugaz. Lo real aparece en la relación causal como desprendiéndose de sus causas. En lo posible, en cambio, no aparece la causa, sino el fundamento de los fenómenos. Y el fundamento es lo que permanece en el flujo de los fenómenos.
Partiendo de ese mundo de ideas debemos intentar conseguir una nueva noción de lo que llamamos causalidad. En la mecánica clásica causalidad significa la relación absolutamente necesaria entre las causas y los efectos. En la concepción del mundo mecanicista y clásica, una causa, dadas las circunstancias de un caso concreto, no puede tener más que un efecto a saber, el
efecto de esa causa: “X produce necesariamente Y”: así define Georg Klaus la causalidad en su libro Jesuiten, Gott, Materie.21 En esa formulación se expresa con toda claridad la vieja noción
materialista-mecanicista de la causalidad. Nuestra concepción de la causalidad tiene que ser distinta. Toda relación entre acaecimientos es una relación causal. Esa afirmación es verdadera. Ningún acontecimiento se produce de la nada y sin causa. Tampoco discute la mecánica cuántica esta afirmación. Pero la cuestión es otra: ¿cuál es el tipo de conexión entre la causa y el efecto? Según la concepción materialista mecanicista, de una causa no puede seguirse más que un efecto perfectamente determinado. Pero, en realidad, las causas producen diversas posibilidades efectuales. Sin duda en cada caso no procede de una causa más que un efecto: pero para cada causa había varios efectos posibles. ¿Cuál de los efectos posibles es el que se presenta? Esto es lo objetivamente casual. Sin duda también esta casualidad está determinada según leyes, a saber, según el grado de su posibilidad, o sea, según su probabilidad. Si una misma causa se presenta frecuente y repetidamente y en las mismas circunstancias, todos los efectos posibles irán realizándose en los diversos acontecimientos. Toda la amplia escala de lo posible puesto por la causa aparecerá también en la realidad. Pero en cada caso particular aparece, de un modo plenamente causal, sólo una de las muchas posibilidades. Al cabo de centenares de miles y millones de casos aparecen finalmente todas las posibilidades, y precisamente con la distribución de frecuencia que indica la estadística sobre la base de la teoría de que se trate. Si observamos y estudiamos con detalle los hechos, podremos averiguar cuáles de las posibilidades tienen mucha probabilidad y cuáles tienen poca.
También en nuestra vida práctica procedemos constantemente según ese método en nuestro trato con la realidad. Pues nuestra vida es siempre un riesgo. Siempre intentamos calcular por anticipado cuáles son nuestras posibilidades de salir con éxito de una empresa. Hay personas que nunca llegan a la verdadera acción porque no acaban jamás de calcular sus probabilidades, y no serán pocas las chicas que se procuran así más de una rabieta. El que no quiere arriesgar nada no puede tampoco conseguir ninguna felicidad. Así son las cosas en nuestra vida. Sabemos muy bien que no tenemos una sola posibilidad, sino varias y muchas. Entonces elegimos las que nos son agradables, siempre que presenten al menos alguna probabilidad de realización.
La dialéctica de la posibilidad y la realidad tiene además mucho que ver con otra importante e interesante dialéctica que se desprende también, por su parte, de la mecánica cuántica, a saber: la dialéctica de la continuidad y la discontinuidad. En efecto: la imagen ondulatoria, la imagen de lo posible, es una imagen del continuo. Con ella se hace física del continuo, como con la mecánica clásica. En cambio, la imagen de lo real, la imagen corpuscular, es un mundo de lo discontinuo. Pues las partículas individuales son discontinuas. La esencia de la mecánica cuántica —que es esa discontinuidad del efecto— se basa precisamente en que el quantum mínimo tiene una dimensión finita. La física clásica se obtiene de las ecuaciones de la mecánica cuántica en cuanto que consideramos a la constante h infinitamente pequeña. Éste es el sentido del “principio de correspondencia”. Como existe el quantum de acción, ese “átomo” de la acción, el mundo tiene en sí mismo la discontinuidad. Lo discontinuo, en vinculación con la continuidad de lo posible, arroja lo casual como resultado.
Esto de que la casualidad resulte de la dialéctica de la continuidad y la discontinuidad es en el fondo ya un antiquísimo conocimiento humano de experiencia. No ha sido la mecánica cuántica la que lo ha suministrado por vez primera. Cada uno de nosotros ha tenido y tiene esa experiencia. En realidad, todos los juegos de azar se basan en ella. En las ferias de aldea jugamos aún con esas ruedas de la fortuna, círculos dentados entre cuyos dientes se introduce una pluma o un fleje metálico; esta pluma va frenando, chirriando, a la rueda en movimiento y acaba por detenerla en un determinado lugar. El lugar tiene que ser por fuerza una de las posibles zonas discontinuas, y no un punto cualquiera de la circunferencia. El “continuo” aparece en el giro de la rueda, el cual puede tener cualquier dimensión, sin discontinuidad alguna. Nos sentiríamos, con razón, engañados si el hombre que da vueltas al aparato dispusiera de una máquina calculada de tal modo que él pudiera
predecir el resultado de la jugada, o sea, si también el giro fuera discontinuo, calculado según la posibilidad de la posición final. No aceptaríamos jugar con una rueda de esas características, porque en ella no obraría la casualidad real. Lo mismo puede decirse de la ruleta y de otros juegos de azar en los cuales, del modo que sea, se hace coincidir a la continuidad con la discontinuidad para producir perceptiblemente lo casual. Lo discontinuo de la realidad y lo continuo de la conexión producen juntos lo casual. Éste no es sino otro aspecto de la dialéctica de la casualidad y la necesidad.
En el fondo se expresa en esos ejemplos el hecho de que con cualquier acción se produce al mismo tiempo una transformación. En el momento mismo de la acción se muta la forma. Con muchos ejemplos naturales podemos documentar cómo surge con la acción y el efecto algo, incluso, completamente nuevo, o se suprime completamente algo, como a sí mismo, cuando entra