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Dialectica Sin Dogma Havemann

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Academic year: 2021

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DIALÉCTICA SIN DOGMA

CIENCIA NATURAL Y CONCEPCION DEL

MUNDO

(2)

Traducción de MANUEL SACRISTÁN EDICIONES ARIEL

Esplugues de Llobregat BARCELONA

Título original: DIALEKTIK OHNE DOGMA?

© 1964: Rowohlt Taschenbuch Verlag GmbH, Reinbek bei Hamburg. © 1967 de la traducción castellana para España y América:

Ediciones Ariel, Barcelona

Printed in Spain - Impreso en España Depósito legal: B. 585 - 1971

1971. Ariel, S. A.,

Av. J. Antonio, 134-138, Esplugues de Llobregat Barcelona

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BIOGRAFÍA...5

PRÓLOGO...7

INTERVENCIÓN EN EL CONGRESO SOBRE «LAS TRADICIONES

PROGRESISTAS DE LA CIENCIA NATURAL ALEMANA DE LOS SIGLOS XIX Y

XX»,...8

ASPECTOS CIENTÍFICO-NATURALES DE PROBLEMAS FILOSÓFICOS...15

1ª Lección: 18/10/1963... 15

IDEALISMO OBJETIVO Y MATERIALISMO MECANICISTA...15

Idealismo objetivo y materialismo mecanicista...17

2ª Lección: 25/10/1963... 21

CIBERNÉTICA Y PENSAMIENTO...21

EL MODELO ESPACIO-TEMPORAL DE NUESTRA PERCEPCIÓN...21

Cibernética y pensamiento...21

El modelo espacio-temporal de nuestra percepción...22

3ª Lección: 01/11/1963... 28

PENSAMIENTO INTUITIVO Y PENSAMIENTO CONCEPTUAL...28

4ª Lección: 08/11/1963... 34

FINITUD E INFINITUD... 34

5ª Lección: 15/11/1963... 40

FINITUD E INFINITUD DEL TIEMPO...40

6ª Lección: 22/11/1963... 46

ELEMENTOS BASICOS Y PROBLEMAS DE LA MECÁNICA CUANTICA...46

Observación previa...46

Elementos básicos y problemas de la mecánica cuántica...46

7º Lección: 29/11/1963... 53

CASUALIDAD Y NECESIDAD. POSIBILIDAD Y REALIDAD...53

8ª Lección: 6-XII-1963... 60

LA INSUFICIENCIA DE LA INTERPRETACIÓN DE LA MECANICA CUÁNTICA POR LA ESCUELA DE COPENHAGUE... 60

POSIBILIDAD, REALIDAD Y CAUSALIDAD...60

LIBERTAD Y NECESIDAD... 60

La insuficiencia de la interpretación de la mecánica cuántica por la escuela de Copenhague...60

Posibilidad, realidad y causalidad...61

Libertad y necesidad...65

9ª Lección: 13/12/1963... 67

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Advertencia previa...67

Libertad, consciencia e ideología...67

10ª Lección: 20/12/1963... 75

CUESTIONES DE MORAL... 75

11ª Lección: 10/01/1964... 82

Observación previa... 82

EL MATERIALISMO DIALÉCTICO Y LAS CIENCIAS...82

El materialismo dialéctico y las ciencias...83

1ª Sesión de seminario: 17/01/1964...91

SOBRE CUESTIONES DE LA MORAL...91

2ª Sesión de seminario: 24-1-1964...98

SOBRE CUESTIONES DE MORAL SOCIALISTA...98

3ª Sesión de seminario: 31/01/1964...104

¿EXISTE UN SISTEMA DE LA DIALÉCTICA?...104

4ª Sesión de seminario: 7/11/1964...110

“DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES”...110

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BIOGRAFÍA

Robert Havemann nació en Múnich en 1910 en el seno de una familia de intelectuales; Havemann estudió y se doctoró en Química en la Universidad de Berlín y fue admitido en el IKW para la Química y Física especializándose en electroquímica en 1933. En 1932, había ingresado al movimiento socialista Neu beginnen (Nuevo comienzo) que comenzó a realizar resistencia al nazismo emergente en Alemania en 1933, adicionalmente estableció contactos con la Internacional Comunista e ingresó al KPD en ese año.

Dentro del IKW estableció un círculo de resistencia junto a Georg Groscurth, Pablo Rentsch y Herbert Richter, denominado Europäische Union teniendo como objetivo el estorbar las maquinaciones del régimen nazi dentro de sus alcances desde sus privilegiadas posiciones. De este modo ayudó a ocultarse a varios científicos e intelectuales con raíces judías, realizó coordinaciones con otros grupos disidentes e intentó además sin éxito en establecer contactos con los aliados. El régimen nazi ofreció a Havemann el poder colaborar con investigaciones dirigidas al desarrollo de armas químicas para el Heereswaffenamt (Werhmacht) y este aceptó solo para poder encubrir las acciones disidentes del grupo y evitar su enrolamiento forzado de soldados de la Werhmacht.

De esta forma Havemann se convirtió en el líder del grupo disidente. Havemann y su grupo organizaron acciones en los campos de trabajo forzado de la región de Orianenburg. En 1943, Havemann y su grupo escribieron una serie de textos programáticos nombrando a su grupo Europäische Union, lo que constituyó un error fatal puesto que cayeron en las manos de la Gestapo al detener a un ingeniero, Paul Hatschek y su esposa intentando traspasar información en la forntera polaca.

El 4 de septiembre de 1943, Georg Groscurth fue detenido por la Gestapo , y al día siguiente le tocó al Havemann siendo enjuiciado por el Volksgerichtshof y condenado a muerte el 16 de diciembre de ese año. Su grupo fue desmantelado. No obstante, a medida que la Gestapo investigaba sus trabajos de colaboración con la industria de guerra nazi y gracias a la intervención de otros colegas del IKW, se le consideró trabajador esencial para el desarrollo de armas químicas y se le suspendió la pena en varias oportunidades mientras permanecía en la prisión de Brandeburg-Görden. Pudo sobrevivir al régimen nazi siendo liberado por el Ejército Rojo en mayo de 1945.

Se convirtió en jefe administrativo del IKW que pasó a llamarse Instituto Max Plank para Química y Física durante la época de la administración aliada en Berlín occidental. Su filiación y colaboracionismo con los soviéticos levantó persecuciones políticas por parte de las autoridades occidentales lo que condujo a su despido en 1948. Siguió como adjunto en el Laboratorio de Química del Instituto hasta que fue despedido finalmente del Instituto en 1950.

Havemann permaneció en la nueva Alemania del Este, RDA, en Berlín y se ganó una cátedra en la Universidad de Humboldt en Berlín. Se convirtió en miembro del Partido Socialista Unificado y miembro de la (Volkskammer) Cámara del Pueblo Alemán en ese año. En 1956, Havemann se convirtió en crítico mediático del régimen comunista a raíz del 20º Congreso Comunista de 1956, en especial de Nikita Jrushchov y su discurso secreto acerca de la Gran Purga.

En 1963 dictó una conferencia sobre Aspectos científicos de los dogmas filosóficos que fue publicado como Dialéctica sin dogmatismos. Esto le atrajo mucha publicidad y cedió una entrevista a periodistas occidentales siendo despedido de sus posiciones en 1964 perdiendo su membresía en el Partido Socialista Alemán (SED). Su hijo Florian (nacido el 12 de enero de 1952 en Berlín Este) huyó a Berlín-Oeste en 1971.

Havemann se radicó en Grünheide y en 1976 fue puesto bajo arresto domiciliario por las autoridades de la RDA y permaneció bajo estas condiciones hasta su muerte en abril de 1982, a causa de un cáncer de pulmón. En 1989 fue rehabilitado políticamente por el Partido Socialista

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Unificado de Alemania. En 2006, Robert Havemann fue nombrado Justos entre las Naciones por su ayuda a los judíos intelectuales durante la persecución del régimen nazi.

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¿Ha ayudado la filosofía a las modernas ciencias de la naturaleza en la resolución de sus problemas?

PRÓLOGO

He dado el curso “Aspectos científico-naturales de problemas filosóficos” en la Universidad Humboldt de Berlín, para oyentes de todas las facultades, durante el semestre de octubre-invierno de 1963-64, y lo di improvisando, sin más ayuda que unos pocos apuntes. De ese curso se preparó un texto poco revisado utilizando una grabación magnetofónica; el texto se facilitaba ciclostilado, como apuntes, una semana después de cada lección, a los oyentes que se habían inscrito en una lista al efecto. El número de estos oyentes inscritos fue de 1.250.

Esa historia explica que este texto no satisfaga, al menos lingüísticamente, las exigencias que pueden ponerse a un libro tranquilamente escrito. Pese a lo cual creo que en esta publicación debe darse el texto original sin reelaborarlo, porque ya se han publicado muchos extractos del curso, sin mi autorización y, en algunos casos, con errores, y arrancados del contexto. Por eso me importa mucho que el público pueda, conocer el original sin cortes ni alteraciones.

Éste es un libro comunista. Pero se dirige a hombres de cualquier fe y de cualquier tendencia política. No exige adhesión acrítica, sino que mueve a contradicción y a duda. Sólo mediante la dubitación de lo viejo superamos lo viejo y preservamos su riqueza, y sólo mediante la dubitación de lo nuevo conquistamos lo nuevo y lo mantenemos vivo.

Berlín, 11/04/1964. ROBERT HAVEMANN

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INTERVENCIÓN EN EL CONGRESO SOBRE «LAS TRADICIONES

PROGRESISTAS DE LA CIENCIA NATURAL ALEMANA DE LOS

SIGLOS XIX Y XX»,

Leipzig, septiembre de 1962. Hacia fines del siglo pasado y en el curso del nuestro aparecen en las ciencias de la naturaleza unos cuantos problemas extraordinariamente difíciles, muchos de los cuales no están hoy día resueltos sino parcialmente, y algunos no lo están en absoluto. Mi pregunta es de tenor muy general: ¿Ha sido útil la filosofía para la resolución de esos problemas? Y pienso, al plantearla, en cualquier tipo de filosofía, no en una determinada, sino en el filosofar en general y en cualquier atención a ideas filosóficas del pasado y del presente.

Quiero citar ante todo una sentencia de Friedrich Engels, de la Diálektik der Natur, aunque no me gustaría que ello me hiciera suspecto de tomar citas por pruebas. En ese lugar de su libro se interesa Engels por la relación entre la filosofía y los científicos naturales: “Los investigadores de la naturaleza creen liberarse de la filosofía por el procedimiento de ignorarla o denostarla. Pero como no pueden trabajar sin pensar, y como para pensar necesitan determinaciones del pensamiento, y toman esas determinaciones o categorías de la consciencia común de las personas llamadas cultas, dominada por los restos de filosofías hace mucho tiempo caducadas, o de la pizca de filosofía obligatoriamente oída en la universidad, o de la lectura acrítica y asistemática de toda clase de escritores filosóficos, los investigadores siguen estando sometidos a la filosofía, generalmente a las peores, y los que más gritan contra la filosofía son precisamente esclavos de los peores restos vulgarizados de las peores filosofías”.1

¿Cuáles eran esos peores restos vulgarizados de las peores filosofías, en cuya esclavitud se encontraban los científicos de la naturaleza al llegar ante grandes problemas nuevos y difíciles? Esos pésimos restos vulgarizados eran las ideas y el sesgo mental del materialismo mecanicista. Se trata de una filosofía que tiene aún un pie en la teología, según expresión de Engels. Sólo se la puede honrar con la calificación de materialismo durante el lapso histórico en el cual obró materialísticamente. En realidad, lo que llamamos materialismo mecanicista no es un materialismo. Es una concepción filosófica resultante ante todo de la física clásica. Pero su carácter idealista

objetivo se manifiesta ya en el hecho de que en ella materia y leyes se conciban separadamente.

Según esta doctrina, un sistema de inmutables leyes generales de la naturaleza se encuentra, como principio dominante, por encima de la materia dominada. Por eso el idealismo objetivo es una filosofía que sienten como muy afín los científicos de la naturaleza que se sostienen en el suelo del materialismo mecanicista. Pues a primera vista todo en esta filosofía coincide del modo más armonioso con la metódica de la ciencia de la naturaleza. Uno tiene ante sí la realidad objetiva, nunca puesta en duda por el idealismo objetivo; uno tiene, además, imágenes más o menos claras de los fenómenos, sospecha tras ellos la existencia de las Ideas que los rigen, a saber, las leyes y legalidades universales. Así entra uno en contacto con la superior esencia espiritual del mundo. El investigador de la naturaleza, tan frecuentemente denostado por los representantes del Espíritu porque se ocupa de la ruin materia, debe incluso sentir una satisfacción pacificadora cuando consigue de este modo, y a pesar de todo, vincularse con lo “Superior”. Por eso el materialismo mecanicista le resulta una actitud mental muy agradable, que acoge generosamente todas las perversas peculiaridades de su carácter, y por eso también ese materialismo mecanicista ha llegado a ser, en el período que se encuentra a nuestras espaldas sin que aún hayamos alcanzado del todo su conclusión, el mayor obstáculo filosófico puesto a la resolución de los nuevos problemas. Se trata de la forma de idealismo objetivo más trivial y, al mismo tiempo, más deshonesta intelectualmente. Y es, en el sentido de Engels, la peor y la más vulgar de todas las filosofías por lo que hace a las cuestiones cuya decisión madura hoy en la ciencia.

Surge ahora la pregunta: ¿cuál fue la filosofía, o cuáles fueron las concepciones filosóficas que ayudaron a los científicos de la naturaleza a superar esas concepciones materialistas

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mecanicistas? ¿Fueron las ideas de Kant, Hegel y Mach? Kant debe sin duda citarse, porque con su actitud escéptica ha exhortado a los científicos a no tomarlo todo tal como se les ofrece a la vista en la naturaleza, y ha contribuido a hacerlos críticos respecto de su propio pensar. Con Kant y con sus precursores —Hume, Berkeley, Locke, etc.— llegó al espíritu de los científicos algo muy favorable a la problemática científica, una cierta reflexividad, una prudencia en la interpretación de resultados, la duda sobre lo simple y materialmente real. Es verdad que filosóficamente esto tampoco basta para alcanzar la meta. Pero, a pesar de eso, Kant y los empiriocriticistas obraron como factores de flexibilización. La gran influencia más tarde ejercida por Mach en muchos científicos de la naturaleza se basó también en ese efecto. No se trata de que Einstein y otros que apelaron a Mach recogieran real y consecuentemente sus opiniones filosóficas; pero de ellas les gustaba la disposición a eliminar las ideas recibidas y a abandonar la ingenuidad espontánea, que es inútil cuando se trata de resolver grandes problemas.

Hegel, el filósofo que ha expuesto y elaborado de un modo único la dialéctica, habría podido sin duda ser del mayor valor para los científicos en varias ocasiones durante este siglo. Pero el que haya leído a Hegel y haya estudiado las obras suyas que son relevantes para el científico natural, principalmente la Wissenschaft der Logik [Ciencia de la lógica] entenderá sin más por qué los científicos no han sabido en última instancia aprovechar nada de Hegel. Hoy, a posteriori, puede sin duda afirmarse que algunas concepciones teoréticas a que ha llegado, por ejemplo, la mecánica cuántica se encuentran como profetizadas en la lógica de Hegel. Hegel ha expuesto como un vidente muchas categorías dialécticas de gran importancia para determinados problemas modernos, de tal modo que ahora, ahora que existe ya la teoría científica, al leer sus análisis se tiene la sensación de asistir a una anticipación de conocimiento futuro. Pero el hecho es que el único filósofo burgués auténticamente dialéctico no ha ejercido casi la menor influencia sobre científicos de la naturaleza. Éstos lo recusaron. Sus ideas se consignaron ad acta como juegos intelectuales e ideas caprichosas y desorientadas.

Pasando de la filosofía burguesa de aquella época a la filosofía materialista dialéctica, hay que decir que hay poquísimas obras capaces de influir en la evolución de las ciencias de la naturaleza y de ayudar a los científicos a dominar sus problemas teoréticos: el Anti-Dühring y la Dialéctica de la

naturaleza de Engels y Materialismo y empiriocriticismo de Lenin. Pero, por motivos históricos,

estas tres obras no han tenido consecuencias. La Dialéctica de la naturaleza no se publicó. En el año 1925 apareció en la Unión Soviética una primera y malísima edición alemana, y hasta 1952 no apareció la obra en Alemania, en la editorial Dietz, ni se hizo accesible a un número apreciable de lectores. Además, la Dialektik der Natur es un mero fragmento, rechazado por los especialistas; es hasta penoso de leer para el científico; hay largos párrafos que, desde el punto de vista del físico, discuten cosas parcialmente ingenuas, y en todo caso antiguallas. Tal como lo poseemos, no es un libro legible para una persona que haya que empezar por acercar a la filosofía marxista y que se enfrente aún con ella escéptica, desconfiada y recusatoriamente. Por eso ese libro sigue siendo prácticamente desconocido entre los científicos de la naturaleza. En la República Democrática Alemana habrá alguno que le haya echado un vistazo; pero en el resto del mundo, incluida la Unión Soviética, me he encontrado muy pocos científicos que conocieran la Dialektik der Natur de Engels. El Anti-Dühring es un escrito polémico cuyo tema en discusión, Eugen Dühring, no ha suscitado jamás atracción alguna fuera del movimiento obrero. Por eso el libro ha sido siempre insoportable para gentes no interesadas por la historia de dicho movimiento. Y no menos difícil es la situación por lo que hace a Materialismo y empiriocriticismo. Tampoco este libro fue accesible en Alemania sino muy tardíamente, y siguió siendo poco conocido fuera del movimiento obrero ruso. Tampoco se dirigía, por lo demás, a teóricos de la ciencia natural, a físicos, biólogos, etc.

Ninguno de los tres libros se proponía ejercer una influencia en la ciencia natural moderna. Estaban destinados a aclarar importantes cuestiones ideológicas en el seno del movimiento obrero. Pero tal vez habrían podido influir, con el tiempo, en la ciencia de la naturaleza, en la medida en que se desarrollaba la Unión Soviética y la eficacia filosófica del materialismo dialéctico en ella. Pero el hecho es que en aquella época empezó una progresiva decadencia de las doctrinas del

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materialismo dialéctico. Las ideas originarias fueron empobreciéndose y palideciendo, y debilitándose la fuerza de la filosofía marxista. Los caballeros que enseñaban materialismo dialéctico desde las cátedras de la Unión Soviética volvieron a posiciones del materialismo vulgar y del materialismo mecanicista. La palabra “dialéctica” en sus labios y sus escritos debe estimarse como mera coartada vergonzante ante los clásicos. A más de uno esta afirmación le parecerá inaceptable, pero ¿cómo explicar en otro caso todo lo que en el curso de esos años han dicho sobre los más diversos problemas nuevos de la ciencia natural y sobre su solución los representantes oficiales del materialismo dialéctico en la Unión Soviética, y también los cultivadores comunistas de la filosofía en todos los países del mundo? Tal vez no de un modo organizado, pero sí con considerable apoyo del estado y del partido, se condenaron proposiciones decisivas y consecuencias importantes de la teoría de la relatividad, de la mecánica cuántica, de la genética, de la cosmología: propiamente, de casi todos los nuevos sistemas teoréticos y casi todas las nuevas ideas. Así fue posible que escritos tan acientíficos y tan insuficientes desde el punto de vista filosófico como los de Viktor Stern aquí en la DDR2 se discutieran seriamente como trabajos

de materialismo dialéctico. El que no sea un científico natural no podrá apenas apreciar la monstruosidad de este hecho. Daba ya vergüenza tener que enterarse de la existencia de escritos así. Nuestra Zeitschrift für Philosophie [Revista de filosofía] organizó una infinita discusión sobre el libro de Stern. Yo también intervine en ella, considerándolo un deber de cortesía. Pero fue un error, y lo correcto habría sido negarse a intervenir. La ignorancia científica y la insuficiencia filosófica caracterizan muchos trabajos filosóficos publicados estos últimos años aquí en la DDR sobre problemas de las ciencias naturales. Es cosa de preguntarse si puede disculpar a esos autores el haberse orientado ingenuamente según modelos soviéticos. Desde luego, es difícil que esté tomado de algún autor soviético lo que dice R. Gropp sobre el segundo principio de la termodinámica en su librito sobre materialismo dialéctico.3 La apelación a autores soviéticos sirvió,

en efecto, entre nosotros para legalizar científicamente cosas que nadie se habría permitido soñar en la Unión Soviética. Cosa análoga ocurrió con el libro de Stern. Su publicación en la DDR era inevitable una vez que Voprossi filosofii4 publicó un artículo suyo que contenía en forma

concentrada toda la insensatez luego difusamente expandida por su libro. Aún hoy día aparecen en la DDR libros que la mayoría de los físicos soviéticos rechaza desde mucho tiempo por inútiles e ignorantes, como la obra de Omelianovski sobre mecánica cuántica, cuya traducción alemana ha aparecido precisamente estos días. Este libro no tiene la menor relevancia ni da razón seria del problema. Muchos filósofos soviéticos son de esta misma opinión, así como todos los físicos que han leído el libro.

Imposible hacer la lista de las cosas difamadas apelando a las doctrinas del materialismo dialéctico. ¡Qué lucha contra Linus Pauling por la introducción de la teoría de la resonancia en química! La publicación de la traducción de un libro del fotoquímico de Leningrado, Terenin, una celebridad mundial, con las galeradas ya preparadas en la editorial Technik de Berlín, se suspendió en el último momento porque Terenin se apoyaba en algunos puntos en la teoría de Pauling. Hace pocos meses oí la siguiente historia: La revista Voprossi filosofa invitó a Linus Pauling a una conversación. Pauling estaba en Moscú. Los camaradas de Voprossi filosofa le dijeron más o menos: “Querido señor Pauling, es usted un hombre admirable, etc., etc., no le tomaremos ya nunca a mal todas las cosas raras que ha defendido usted hasta ahora”, Pauling les contestó más o menos: “Creo que se equivocan ustedes; la verdad es que durante todo este tiempo me he abstenido de tomarles a mal sus cosas por el gran respeto que tengo a la Unión Soviética”. Puedo perfectamente suscribir palabra por palabra esa declaración de Pauling, con respecto a los resultados enormes de la ciencia natural y la técnica soviéticas.

Si quieren ustedes otro ejemplo, piensen en la cibernética. ¡Qué despiadados ataques contra la cibernética y contra Norbert Wiener! ¡Y cuánta estupidez se ha escrito sobre ella! Todavía hoy tenemos gente que, apelando al materialismo dialéctico, se resiste a reconocer en la cibernética

2 Deutsche Demokratische Republik, República democrática alemana (T.)

3 R. Gropp, Der dialektische Materialismus, Leipzig 1958 (1.* ed.), 1959 (2.* ed.), 1961 (3.a ed.).

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una disciplina científica. Si las cosas hubieran discurrido a gusto de estos representantes del materialismo dialéctico, la Unión Soviética no tendría aún un sputnik. Los tiene, afortunadamente, pero sólo gracias a que los científicos naturales y los físicos siguieron trabajando a pesar de todas las interferencias de los filósofos. Y a pesar de que algunos, como Landau y Lifschitz, perdieron la cátedra en esas escaramuzas.

Me acuerdo de una conversación que tuve hace cuatro años con el entonces titular de la cátedra de materialismo dialéctico en la sección de ciencias naturales de la Universidad Lomonosov de Moscú, Fataliev. Se trataba la cuestión de si el mundo puede tener un volumen finito, y de si esa concepción es compatible con el materialismo dialéctico. Fataliev sostenía que la idea de que el cosmos pueda tener un volumen de magnitud finita es incompatible con el materialismo dialéctico y con la simple lógica. Y me dijo: “Usted mismo reconoce que en esas teorías se habla de un radio del mundo”. “Naturalmente”, le dije. “Es posible indicar la dimensión con ayuda de un radio”. Y entonces él preguntó: “Y ¿qué hay fuera de ese radio?” Es obvio que con eso la discusión había llegado a un punto después del cual no se podía continuar, sino sólo avergonzarse por el otro y desesperarse como científico de la naturaleza y conocedor de la materia. Pues debe recordarse que ese hombre (muy honrado personalmente, simpático y alegre) representaba realmente al materialismo dialéctico desde una cátedra y frente y ante científicos que estudian su especialidad y están además dispuestos a respetar la filosofía. Probablemente han iniciado un cambio en la Unión Soviética las numerosas discusiones organizadas entre filósofos y científicos de la naturaleza. Pero el titular de la cátedra de filosofía de la Universidad Karl Marx de Leipzig, Zweiling, sigue sosteniendo hoy aquel punto de vista de Fataliev, y el titular de filosofía de la ciencia de la naturaleza en la Universidad Humboldt de Berlín, Ley, acaba de declarar que las teorías en las cuales el tiempo tiene un comienzo = 0, caso de ser verdaderas, probarían la creación del mundo por Dios, son por tanto incompatibles con el materialismo dialéctico.

La quintaesencia de todo lo que acabo de decir es lo siguiente: en una larga y decisiva época que puede delimitarse, muy vagamente, con la calificación de época estalinista, el materialismo dialéctico, dentro y fuera de la Unión Soviética, no sólo no ha ayudado a los científicos naturales en la resolución de sus problemas, sino que se la ha dificultado; y al decir esto tengo presente no un auténtico materialismo dialéctico, sino eso que se proclamó y enseñó como tal. Eso que se enseñaba en las cátedras filosóficas oficiales se había reconvertido, a lo largo de un proceso histórico, en materialismo vulgar y mecanicista, en cosa, pues, muy distinta de un materialismo a la real altura de los tiempos. Un físico tan inteligente como Blojinzev se vio así tan desorientado como para afirmar que la mecánica cuántica es una teoría de conjuntos de partículas. Yo le conozco y estimo, y sospecho fundadamente que dejó caer esa afirmación con buena voluntad y con la esperanza de que sus colegas, los físicos, no se lo tomarían a mal, porque la cosa no podía tener malas consecuencias en el trabajo científico real. Pero de hecho ha perdido su considerable reputación ante los físicos serios por haber hecho a esos caballeros de las cátedras filosóficas, para salvarles su teoría de la determinación absoluta de todos los fenómenos, el favor de inventarse la historieta de los conjuntos de partículas y hasta de meterla en un manual. De ese manual copian aún hoy diligentemente gentes que, desde luego, no entienden una palabra de los otros capítulos del libro.

Ha ocurrido una cosa terrible: el materialismo dialéctico ha sido progresivamente desacreditado por sus representantes oficiales ante todos los científicos naturales del mundo, incluidos los principales científicos soviéticos. Max Born dice que se trata de una pura escolástica; Einstein se ha expresado análogamente. Como resultado de todo esto nos encontramos hoy con una resuelta recusación de toda filosofía por parte de los científicos naturales, excepción hecha de aquellos que profesan doctrinas filosóficas de la clase burguesa. Este tipo de científico natural se siente a veces incluso muy a gusto en esos difusos terrenos que permiten moverse sin plan en todas las direcciones; desgraciadamente, nuestra filosofía no ha ofrecido ni ofrece a esos caballeros una tal comodidad. He tenido en Moscú una conversación a este respecto con Landau y Lifschitz. Landau me dijo sarcásticamente que él carece de sentido de la filosofía, igual que otros carecen de sentido musical. Lifschitz dijo que en el cielo de la filosofía soviética no había más que un astro visible,

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Kolman, y que los demás no son más que soles negros invisibles. Pero Kolman enseña ahora... en Praga. La historia de las dificultades de su vida es una prueba inacabable de lo que estoy diciendo.

Werner Heisenberg me ofreció una vez una interesante explicación de la recaída de nuestros filósofos en el pensamiento metafísico y adialéctico. Me dijo más o menos: “La naturaleza nos revela cada vez más su carácter dialéctico, precisamente en el ámbito de las partículas elementales. Pero la mayoría de los hombres no pueden soportar la dialéctica, y tampoco lo pueden los gobernantes. La dialéctica produce intranquilidad y desorden. Los hombres prefieren disponer de ideas inequívocas, de confección. En Nueva York todo el mundo aparece un día determinado con sombrero de paja. Entre nosotros todo el mundo desea recibir instrucciones claras acerca de lo que debe pensar”. Cuando se tiene en cuenta lo dialécticamente que piensa Heisenberg y lo cerca que en el fondo están hoy muchos grandes científicos de nuestra concepción del mundo, se aprecia la inmensidad, del daño causado por los filósofos a que me refiero. Será difícil compensar ese daño.

No se puede ni se debe disimular amablemente la situación en que nos encontramos si no se quiere seguir acumulando daños. El que no quiera capitular tiene que dar una respuesta a la pregunta: ¿cómo puede ayudar realmente a la ciencia de la naturaleza la filosofía del materialismo dialéctico?

Recordemos una vez más lo que los clásicos han dicho al respecto. Ellos han subrayado siempre que el problema capital de las ciencias naturales, como de todas las ciencias por lo demás, consiste en pasar del pensamiento mecanicista, metafísico, a un pensamiento dialéctico cada vez más consciente. Con este fin es útil ocuparse de filosofía, de historia de la filosofía, de toda la filosofía del pasado, de filosofía idealista y filosofía materialista, de filosofía adialéctica y filosofía dialéctica, de los presocráticos, de Laotsé y de Hegel, de Spinoza y de Kant, y de Marx, y especialmente de Engels. La cultura general de nuestros principales científicos de la naturaleza debería incluir profundos conocimientos filosóficos. Conseguido eso, el pensamiento dialéctico no se desplegaría ya de un modo espontáneo y esporádico, siempre oscilante y vacilante, sino que se convertiría progresivamente en el método explícito con el cual resolver los grandes problemas de la ciencia de nuestro tiempo. Pero la solución no puede consistir de ningún modo en que alguien escriba un tratado titulado “El materialismo dialéctico” en el que se encuentre todo lo que dice “el” materialismo dialéctico, con la receta de leer simplemente ese libro, a fondo, eso sí, aprendiendo aplicadamente todas las categorías de la dialéctica contenidas en él —y que compondrán una especie de Lógica de Hegel reelaborada materialísticamente —, con lo que todos los problemas científico-naturales se resolverán por sí mismos. No; las cosas no son así. Los problemas científico-naturales no pueden resolverse empuñando tesis filosóficas generales, cualesquiera que ellas sean, y declarando por ejemplo: “Vamos a ver cómo se aplica a mi problema el principio del paso de la cantidad a la cualidad, o cualquier otra categoría dialéctica”. Ésta es una idea ingenua y estúpida del papel de la filosofía en la resolución de problemas científicos.

Hay que partir de la cosa misma, hay que estudiar la naturaleza misma, hay que descubrir

concretamente su dialéctica en su particularidad, y no en seguida en su universalidad. Ésta no

puede comprenderse sino una vez apresada la particularidad. Hay que haber penetrado directamente en el problema por el planteamiento científico, y no procediendo desde la filosofía. Sólo partiendo de la ciencia empírica puede llegarse a la dialéctica ínsita en las cosas mismas y reflejable en la teoría. No se puede uno acercar a la resolución de cuestiones científicas esgrimiendo un compendio de dialéctica. Si ello fuera posible, si ese fuera un método correcto, eficaz y bueno, los científicos habrían aprovechado hace mucho tiempo tanta comodidad. He ahí, por ejemplo, el problema de la teoría de las partículas elementales, que absorbe del modo más intenso a físicos de todos los países. Ningún filósofo del mundo entero puede decir cómo debe plantearse dialécticamente la teoría de las partículas elementales. Pero esta teoría no podrá desarrollarse sin pensamiento dialéctico, ni se entenderán en toda su profundidad los conocimientos ya adquiridos en ellas sin asimilarse el pensamiento dialéctico. La situación es, en efecto, tal como la describe Engels a continuación de la cita antes aducida: “Los investigadores de

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la naturaleza, aunque se resistan y revuelvan, están dominados por la filosofía. La cuestión es si quieren estarlo por una mala filosofía de moda o por una forma de pensamiento teorético que se base en el conocimiento de la historia del pensamiento y de sus logros. Los investigadores de la naturaleza están facilitando aún una vida vegetativa a la filosofía al servirse de desperdicios sueltos de la vieja metafísica. Sólo una vez asimilada la dialéctica por las ciencias de la naturaleza y de la historia se hace superflua la vieja baratija filosófica —salvo la teoría pura del pensamiento— y desaparece absorbida por la ciencia positiva”.5

Tampoco esta vez aduzco la cita para que Engels me sirva de testigo principal y medio de prueba de mis opiniones, sino para ilustrar e interpretar mis ideas. Engels ha dicho sin duda también cosas que pueden aducir en su favor gentes de muy otras convicciones. Yo lo cito porque ha sabido decir con claridad magnífica y una lengua de mucha vida algo que hoy puede recabar la aprobación de un científico de la naturaleza, que es lo que yo soy. También en el Anti-Dühring se encuentra un texto que aclara perfectamente lo que pienso sobre esta cuestión: “Si no queremos deducir el esquematismo universal partiendo de nuestra propia cabeza, sino sólo mediante la cabeza, a partir del mundo real, y los principios del ser a partir de lo que es, entonces no necesitamos filosofía alguna, sino conocimientos positivos del mundo y de lo que ocurre en él; y lo que así obtenemos no es tampoco filosofía, sino ciencia positiva. Además: si ya no es necesaria filosofía alguna, entonces tampoco lo es sistema alguno, ni siquiera el sistema natural de filosofía.6

La comprensión de que la totalidad de los procesos naturales se encuentra en una conexión sistemática mueve a la ciencia a mostrar esa conexión sistemática en todas partes, en el detalle y en su totalidad. Pero la correspondiente exposición científica exhaustiva de dicha conexión, la confección de una exacta reproducción mental del sistema del mundo en que vivimos, es para nosotros y será por todos los tiempos una imposibilidad. Si en algún momento de la evolución de la humanidad se produjera un tal sistema definitivo y concluso de las conexiones del mundo, físicas, espirituales e históricas, se cerraría con ello el reino del conocimiento y se interrumpiría el ulterior desarrollo histórico a partir del momento en que la sociedad se organizara según aquel sistema: lo cual es un absurdo y un puro contrasentido. Los hombres se encuentran pues ante la contradicción siguiente: conocer, por una parte, el sistema del mundo exhaustivamente en su conexión total y, por otra parte, tanto por su naturaleza propia cuanto por la del sistema del mundo, no poder jamás cumplir plenamente esa tarea. Pero no sólo yace esa contradicción en la naturaleza de los dos factores, el hombre y el mundo, sino que es, además, el principal motor de todo el progreso intelectual, y se resuelve cotidiana y constantemente en el infinito desarrollo progresivo de la humanidad”.7

Dice Engels más adelante: “La filosofía antigua fue materialismo originario y espontáneo. Como tal, fue incapaz de aclararse la relación del pensamiento a la materia. Pero la necesidad de comprender ese punto dio lugar a la doctrina de un alma separable del cuerpo, y al final llevó al monoteísmo. Así el viejo materialismo fue negado por el idealismo. Pero en la ulterior evolución de la filosofía también el idealismo resultó insostenible, y fue negado por el moderno materialismo. Éste, la negación de la negación, no es la mera reinstauración de lo viejo, sino que inserta en los permanentes fundamentos del viejo materialismo todo el contenido ideal de una evolución bimilenaria de la filosofía y de la ciencia natural, así como el de esa misma historia bimilenaria. Este materialismo nuevo no es ya una filosofía, sino una mera concepción del mundo, que tiene que confirmarse y obrar no como una ciencia de la ciencia puesta aparte y por encima de ésta, sino en el interior de las ciencias reales. La filosofía está aquí, pues, “superada”, esto es, tanto rebasada cuanto preservada: rebasada según su forma, y preservada según su contenido real”.8

Con todo eso queda claro que el materialismo dialéctico no es una filosofía en el sentido de los anteriores sistemas y doctrinas filosóficas. Es una concepción del mundo, una básica actitud del espíritu y un modo de pensar que concibe el mundo como unidad pese a verlo en su indisoluble

5 Friedrich Engels, Dialektik der Natur, Berlín 1952, p. 223.

6 Esta es la calificación dada por Eugen Dühring a su sistema.

7 Friedrich Engels, Herrn Eugen Dühring Umwalzung der Wissenschaft [La subversión de la ciencia por el señor Eugen

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contradictoriedad. Pero no es un catecismo filosófico zurcido con tesis y afirmaciones generales acerca de la conexión del mundo y presentadas como inmutables, eternas y vinculatorias. Cuando se dice que la materia y su movimiento son eternos e indestructibles, eso no significa que desde el punto de vista de nuestra filosofía tengan que ser falsas teorías físicas en las que el tiempo tenga un comienzo t = 0. Esas teorías pueden desarrollarse, probarse, ejemplificarse, refutarse o confirmarse; pero la filosofía materialista dialéctica no es una instancia que pueda tomar una decisión sobre esas cuestiones antes de que estén decididas científicamente. El mundo puede perfectamente tener un volumen finito, y nuestra concepción dialéctica y materialista del mundo no se encontrará por ello sin fundamento, sino al contrario: todo conocimiento nuevo y más profundo del mundo nos revela algo más de la dialéctica de todo ser. Los que sostienen que las teorías en las cuales el mundo tiene un volumen finito y una duración finita son incompatibles con la dialéctica materialista, falsean el materialismo dialéctico y nos desacreditan en el mundo entero.

En términos generales, no hay que sobrestimar la importancia de tesis que sean muy generales; siempre se comprobará que su contenido, o lo que los hombres entienden al pronunciarlas, se determina por lo que saben, y no por lo que no saben. El contenido veritativo de las generalizaciones muy amplias es siempre relativo. Como resultado final de un largo proceso de abstracción, esas generalizaciones son siempre retrospectivas; un nuevo progreso del conocimiento no las anula, pero descubre su limitación y su unilateralidad y asegura su real contenido veritativo precisamente al suprimir su validez universal. Ahora bien: nuestra filosofía no debe estar fijada por lo que ya sabemos, sino que tiene que ser la clave para obtener nuevo conocimiento.

Con la dialéctica materialista se supera la relación de servidumbre entre la ciencia y la filosofía. Ni la ciencia tiene la tarea de confirmar las tesis de la filosofía, ni la filosofía es el guardián intelectual e ideológico puesto para preservar a la ciencia de errores y confusiones.

Superaremos la estrechez y la esterilidad en la filosofía en cuanto nuestros filósofos sientan la mayor satisfacción cada vez que en el mundo se descubra algo incompatible con sus anteriores opiniones.

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ASPECTOS CIENTÍFICO-NATURALES DE PROBLEMAS

FILOSÓFICOS

1ª Lección: 18/10/1963

IDEALISMO OBJETIVO Y MATERIALISMO MECANICISTA

Los problemas filosóficos tienen muchos aspectos. Voy a interesarme principalmente por los aspectos científico-naturales, aunque al hacerlo tropezaré inevitablemente con cuestiones que tal vez no sean de la competencia de un científico de la naturaleza. Hace ya muchos años que doy este curso, pero diciendo cada año algo nuevo. Esto debe tener sus raíces en la manera de ser de la ciencia natural, que se interesa más por conocer cosas nuevas que por repetir siempre lo que ya se sabe. Seguramente no me equivocaré suponiendo que el interés tan grande que ha suscitado esta vez el curso tiene que ver con una intervención que tuve hace algún tiempo en Leipzig a propósito de la cuestión de si la filosofía ha ayudado de algún modo a las modernas ciencias de la naturaleza en la resolución de sus problemas. En lo esencial contesté entonces negativamente. Pero esto no significa —y así lo dije claramente en Leipzig— que considere a la filosofía como incapaz por razones de principio de ayudar a las ciencias particulares. Creo, por el contrario, que la filosofía tiene una gran relevancia para la resolución de cuestiones teoréticas, también en la ciencia natural. Pero algunos lectores del manuscrito de mi conferencia, y especialmente los lectores de ciertos extractos que se han publicado —muy limitados, y no preparados por mí —, han tenido una impresión parcialmente falsa, a saber, la impresión de que no sólo considero a la filosofía en general inadecuada para prestar alguna ayuda en la resolución de problemas teoréticos de las ciencias naturales, sino que, además, contemplo especialmente al materialismo dialéctico como una filosofía totalmente inadecuada en este punto. Para caracterizar esta equivocada impresión voy a leer unas líneas de una carta que me ha escrito Max Born al respecto: “Para persona ajena, es desde luego difícilmente comprensible que rechace usted todos los rasgos esenciales del materialismo dialéctico y en cambio siga declarando profesarlo”. Querría aclarar en esta clase que Max Born sucumbe aquí a un equívoco ciertamente muy comprensible. La razón es que en amplios ambientes de científicos naturales y en todo el mundo en general se considera materialismo dialéctico algo que no lo es. La culpa de esa falsa idea de la naturaleza del materialismo dialéctico no es, desde luego, de los científicos, sino precisamente de aquellos a los que hay que llamar representantes “oficiales” del materialismo dialéctico. Por eso, en mi conferencia de Leipzig no he actuado en absoluto contra el materialismo dialéctico, sino que, por el contrario, me he comprometido para que se le facilite su real validez. Yo considero al materialismo dialéctico como la forma de filosofía más alta de nuestra época. Pero lo que hace falta es precisar en qué consiste esencialmente esa filosofía, y cómo han podido producirse estas transitorias deformaciones y desfiguraciones suyas.

Querría citar a este propósito unas palabras de Engels que me parecen muy importantes para todo este tema. Escribe Engels en su libro Dialektik der Natur: “Los investigadores de la naturaleza creen liberarse de la filosofía por el procedimiento de ignorarla o denostarla. Pero como no pueden trabajar sin pensar, y como para pensar necesitan determinaciones del pensamiento, y toman esas determinaciones o categorías de la consciencia común de las personas llamadas cultas, dominada por los restos de filosofías hace mucho tiempo caducadas, o de la lectura acrítica y asistemática de toda clase de escritores filosóficos, los investigadores siguen estando sometidos a la filosofía, generalmente a las peores, y los que más gritan contra la filosofía son precisamente esclavos de los peores restos vulgarizados de las peores filosofías”.9 Desgraciadamente, nuestro pensamiento

está siempre dominado por hábitos mentales, cristalizaciones de muchos prejuicios que encima tomamos por verdades evidentes. Estos hábitos mentales levantan los mayores obstáculos a la resolución, precisamente, de los problemas hoy maduros. Pero querría citar otras palabras de Engels que siguen en su texto a las que acabo de aducir. Dicen así: “Los investigadores de la naturaleza, aunque se resistan y revuelvan, están dominados por la filosofía. La cuestión es si

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quieren estarlo por una mala filosofía de moda o por una forma de pensamiento teorético que se base en el conocimiento de la historia del pensamiento y de sus logros. Los investigadores de la naturaleza están facilitando aún una vida vegetativa a la filosofía, al servirse de desperdicios sueltos de la vieja metafísica. Sólo una vez asimilada la dialéctica por las ciencias de la naturaleza y de la historia se hace superflua la vieja barajita filosófica —salvo la teoría pura del pensamiento— y desaparece absorbida por la ciencia positiva”.10 Estas palabras de Engels se entienden muy a

menudo como positivistas, entendiendo por positivismo la tesis de que la filosofía es superflua y sin sentido, que lo único que importa es nuestro conocimiento positivo de la realidad, y que todas las generalizaciones que rebasen ese nivel carecen de fuerza probatoria científica y de importancia para el ulterior desarrollo de la ciencia. Pero esta interpretación positivista es incompatible con lo que Engels dice acerca de la importancia que tiene para la actividad creadora del hombre el que el pensamiento dialéctico sea consciente. Pues la dialéctica consciente debe significar entre otras cosas la liberación de nuestro pensamiento respecto de la limitación del especialismo.

Expondré en estas lecciones algunos ejemplos de cómo es posible penetrar con pensamiento dialéctico hasta conexiones más profundas y hasta la esencia de los fenómenos. El que se trate de una dialéctica materialista moderna, correspondiente a nuestra ciencia natural, se debe simplemente al grado de desarrollo de nuestra sociedad. Cierto que el materialismo es tan antiguo como la filosofía; pero en el curso de la evolución histórica del pensamiento humano se vio transitoriamente negado por el idealismo. La originaria e ingenua filosofía de los antiguos, de los presocráticos y de los filósofos jonios de la naturaleza, fue en lo esencial materialista. Cuanto más atrás nos remontamos en la historia de la filosofía, tanto más claramente hallamos una unidad de todas las ciencias con la filosofía, y hasta una identidad de ésta con todas aquéllas; y esa unidad fue al mismo tiempo materialismo ingenuo, espontáneo. He aquí otras palabras más de Engels: “La filosofía antigua fue naturalismo originario, espontáneo. Como tal fue incapaz de establecer claramente la relación del pensamiento con la materia. Y la necesidad de aclarar este punto dio lugar a la doctrina de un alma separada del cuerpo, y finalmente al monoteísmo. El viejo materialismo fue pues negado por el idealismo”.11 Desde un punto de vista filosófico, el idealismo

nació de la irresolubilidad del problema de la relación entre el ser y la consciencia. Luego el mundo se ha transformado radicalmente gracias al fantástico desarrollo de la ciencia moderna. Es completamente distinto el aspecto que presenta el mundo de hoy. Los aspectos que hoy ofrece la realidad a nuestra mirada son incompatibles con una escisión idealista de la imagen cósmica. Exigen imperiosamente el establecimiento de una nueva unidad. Como dice Engels, tiene que surgir un nuevo materialismo que niegue a su vez el idealismo: “Éste, la negación de la negación, no es la mera restauración del viejo (materialismo), sino que inserta en los fundamentos permanentes del mismo todo el contenido filosófico de una historia bimilenaria, junto con el de esa historia misma. No es ya una filosofía, sino una simple concepción del mundo que tiene que ponerse a prueba y obrar no en una ciencia de la ciencia puesta aparte y por encima de las demás, sino en las ciencias reales. La filosofía queda aquí pues “superada”, es decir, tanto rebasada cuanto preservada; rebasada según su forma, preservada según su contenido real”.12

Este nuevo materialismo surge de la unión del materialismo con la dialéctica, la cual también es de origen antiquísimo y se ha desarrollado progresivamente en el curso de toda la historia de la filosofía, incluso cuando en lo esencial era idealista. No es, desde luego, casual que el principal filósofo del idealismo, cuyas obras representan la coronación de toda la filosofía idealista del pasado, Hegel, haya sido uno de los dialécticos más finos y agudos de la historia de la filosofía. Como dialéctico no ha sido Hegel hasta hoy superado ni alcanzado por nadie. Los escritos de Hegel, especialmente su Wissenschaft der Logik [Ciencia de la lógica], pero también los demás, siguen siendo hoy una fuente inagotable para todo el que se interese por los problemas filosóficos modernos. Lo mostraré con varios ejemplos durante este curso. También los clásicos del marxismo han apelado a Hegel para el desarrollo de su moderno materialismo. A Hegel, y no a la forma del llamado materialismo vulgar que entonces existía, representado, por ejemplo, por Vogt o

10 Ibid.

11 Friedrich Engels, Herrn Eugen Dühring Umwälzung der Wissenschaft, Berlin 1948, p. 42. 12 Ibid.

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Moleschott. Estos materialistas vulgares no han sido los padres espirituales del materialismo dialéctico. Su pensamiento era una manifestación del mecanicismo metafísico, el cual, ciertamente, representaba desde Newton aproximadamente el fundamento filosófico del moderno progreso científico-natural. Voy a ocuparme con cierta insistencia de este “materialismo mecanicista” porque ha tenido una extraordinaria importancia histórica en el desarrollo de la ciencia natural, tanto en sentido positivo cuanto en sentido negativo. En el curso de los últimos cien años este materialismo mecanicista tuvo, desde luego, efectos muy dañinos y paralizadores. Desde que la dialéctica materialista vio la luz del mundo, aquel materialismo se convirtió en el obstáculo principal puesto al pensamiento filosófico en las ciencias particulares. Y no sólo ha paralizado a los filósofos y a los teóricos de la ciencia natural, sino que en el fondo ha resultado en todos los terrenos una verdadera camisa de fuerza ideológica puesta al desarrollo histórico. También esto lo he dicho brevemente en mi conferencia de Leipzig. El pensamiento mecanicista es incompatible con la dialéctica. Lenin ha dicho que el nacimiento del materialismo dialéctico en la ciencia de la naturaleza ha sido tan doloroso porque ésta no consiguió “levantarse directamente y desde el principio desde el materialismo metafísico hasta el dialéctico”.13 La física moderna tiende hacia el

materialismo dialéctico, “pero no en línea recta, sino en zigzag, y no consciente, sino instintivamente, por lo que no ve su ‘objetivo final’ sino que se acerca a él tanteando y vacilando, y a veces hasta de espaldas”.14

Toda solución de algún gran problema en la ciencia natural de los últimos cien años ha sido una irrupción de pensamiento dialéctico; pero siempre se trató de un laborioso proceso hecho de choques entre el modo dialéctico de pensar y las costumbres mentales materialistas mecanicistas y metafísico-mecanicistas. Para liberarnos de lo que son hoy para nosotros, en el sentido de Engels, los peores restos vulgarizados de la peor filosofía, es de gran valor un análisis del materialismo mecanicista y una determinación de su lugar epistemológico. Como hemos indicado, se trata mucho menos de un “materialismo” que de una variedad vulgarizada y pudorosamente desfigurada de idealismo objetivo.

Idealismo objetivo y materialismo mecanicista

Empecemos por los más sencillos criterios del idealismo objetivo. Veremos entonces si esos criterios pueden servir también para caracterizar el materialismo mecanicista. El más puro representante del idealismo objetivo ha sido sin duda Platón. Lo que sigue se refiere en lo esencial a su filosofía, pues todas las formas posteriores de idealismo objetivo son variantes de la fundamental actitud platónica. Esencial al idealismo objetivo es el reconocimiento de la existencia de la realidad objetiva independiente de nuestra consciencia. Pero se supone al mismo tiempo que las cosas de la realidad no son más que realizaciones más o menos perfectas de ideas, ellas sí absolutas en su perfección, de esas mismas cosas. Un árbol, por ejemplo, puede ser de muy diversas formas. En la naturaleza hay muchos, muchísimos árboles de figuras diversísimas. No hay dos iguales. En cambio, el concepto “árbol”, que se aplica a todos ellos, es siempre el mismo. El concepto “árbol” abarca pues todas las especies de formas fenoménicas que encontramos como árboles en la realidad. El concepto “árbol” contiene la esencia del fenómeno árbol. La realidad es imperfecta, deficiente en la realización de esa esencia. Ningún árbol es un árbol pleno y absoluto, sino sólo una ejemplificación parcial de la esencia “árbol”. De eso se infiere que la idea “árbol” existe independientemente de los fenómenos que son los muchos árboles distintos. La idea “árbol” es, pues, lo primario, lo absoluto, y los árboles individuales no son más que lo secundario, la realización más o menos perfecta de esa esencia. Se infiere también: esa esencia tiene que existir independientemente de nuestra consciencia igual que la realidad misma. La realidad es previa a nosotros, que la encontramos como fenómeno o apariencia. Pero al conocerla, al aprender a clasificar sus múltiples apariencias, vamos captando paulatinamente algo más de su esencia, avanzamos hacia el conocimiento de la idea absoluta de los fenómenos. Y podemos hacerlo porque nuestro pensamiento no es sólo material, sino también un algo espiritual, algo que participa del ser espiritual del mundo. Esto nos procura la posibilidad de penetrar paso a paso, a través de

13 V. I. Lenin, Materialismus und Empiriokritizismus, Berlín 1949, pp. 303-304. 14 Ibid.

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los fugaces fenómenos de la realidad, hacia el ser más profundo de la realidad, hacia el ser de las ideas absolutas. Nunca llegaremos del todo hasta esa esencia de las cosas, hasta la “cosa en sí”, como la llamó Kant. Sólo la captaremos imperfectamente, como a una sombra deformada por nuestra mirada y por nuestra imperfecta, humana, capacidad de comprender. Pero hay una cosa que podemos averiguar y reconocer con toda claridad: que por detrás de los múltiples fenómenos materiales existe un mundo espiritual, una realidad espiritual con la que vamos logrando contacto progresivamente.

Esta concepción se amplía casi por sí misma. No se limita al ser de las cosas, sino que abarca también las relaciones legaliformes entre los fenómenos. También estas relaciones son “más puras” y “más absolutas” que cada una de las instancias fenoménicas sometidas a ellas. Todas las cosas y todos los procesos reales están, respecto de la esencia que obra en ellos, empobrecidos por casualidades y particularidades, como deformados y alejados de la pureza de la esencia originaria. Las mismas legalidades de la naturaleza no se conocen sino mediatamente en los fenómenos dominados por esa esencia espiritual. La ley, lo armónico, lo simétrico, la belleza de la lógica de la naturaleza son ese algo espiritual hacia lo cual avanzamos gracias a que en nosotros mismos vive esa espiritualidad, gracias a que nuestro espíritu es una parte de la profunda esencia espiritual del mundo.

En esa concepción filosófica encuentran justificación muchas representaciones que, por de pronto, no pueden deducirse de la pura experiencia. Y todo ello desemboca en los aspectos teológicos de nuestra vida. La idea de la existencia de una esfera soberana de lo espiritual en el mundo está en perfecta armonía con todas las representaciones religiosas y hasta les da propiamente su primera fundamentación filosófica. Este fundamento, además, es mucho más maduro y amplio que las especiales formas de las doctrinas religiosas concretas, las cuales generalmente han recibido su particular impronta de determinadas circunstancias históricas, como puede apreciarse muy fácilmente. Los teólogos modernos saben muy bien que el contenido de la Biblia, o del Corán o de otros textos religiosos tienen en gran medida el carácter de meras comparaciones y parábolas confeccionadas por la inteligencia nada desarrollada de hombres muy simples acostumbrados a pensar por imágenes intuitivas, de tal modo que hoy día estamos sin duda expuestos a muchos equívocos al leer esos textos.

Me bastará por ahora con esto por lo que hace a la esencia del idealismo objetivo y pasaré a la cuestión siguiente: ¿en qué medida se aplican también al materialismo mecanicista estas caracterizaciones del idealismo objetivo? Y a esta pregunta hay que contestar por de pronto lo siguiente: también en el materialismo mecanicista el mundo se concibe como realidad objetiva independiente de nuestra consciencia. Es importante dejar en claro que esta caracterización no es aún inequívocamente materialista, pues vale también para el idealismo objetivo. Pero el materialismo mecanicista concibe esa realidad material como una especie de gran máquina mecánica. La máquina es muy ingeniosa y funciona sin interrupción una vez que se la ha puesto en movimiento. Es un refinado sistema de leyes incorporadas en ella. Para descubrir esas leyes tenemos que partir de la observación de los fenómenos materiales mismos. Gracias a nuestra investigación natural conocemos las leyes a que está sometida esa realidad. La realidad material se presenta como el sustrato de las leyes. Gracias a éstas se estructura la materia informe. La materia “en sí” es el caos, el desordenado vacío en el que las leyes de la naturaleza han impuesto su orden. Esta escisión entre las leyes como una esfera propia y el sustrato material, el objeto de la realidad, como esfera “complementaria”, es típica del materialismo mecanicista: el materialismo mecanicista concibe el mundo como una especie de reloj universal que, una vez dada la cuerda y puesto en movimiento, tiene que funcionar durante toda la eternidad según sus propias leyes. No tiene la posibilidad de comportarse, ni siquiera en su más diminuta parte, más que como las leyes lo determinan desde el principio. El materialismo mecanicista establece una analogía entre la realidad del mundo y las máquinas mecánicas construidas por el hombre, las cuales, desgraciadamente, no tienen propiedades tan ideales como las que el materialismo mecanicista introduce en la naturaleza. Pues nuestras máquinas no funcionan sino temporalmente según nuestros planes. Antes o después empiezan a dar señales de desgaste. Se producen en ellas muy

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varias deficiencias, y al final se paran, porque ya no son lo que deberían ser. La naturaleza, en cambio, es para el materialista mecanicista una máquina no sometida a fenómenos de desgaste, una máquina que funciona por toda la eternidad según un plan previo y tal como le fue prescrito. El determinismo metafísico de Laplace es característico de este modo de pensar: todo lo que ocurrirá en el futuro está predeterminado plenamente y sin la menor excepción por lo que ha ocurrido en el pasado. No puede ocurrir nada que no tenga necesariamente que ocurrir, y todo lo que tiene que ocurrir ocurrirá.

La soberanía del sistema de las leyes sobre el sustrato material se expresa particularmente en este carácter absoluto e ilimitado de la eficacia de las leyes naturales. En este mundo materialista mecanicista los hombres individuales no somos ni siquiera espectadores. Sólo somos elementos pasivos de ese mundo. Todo nuestro hacer está absolutamente determinado y predeterminado. Cuando creemos ser personas que obran con una voluntad libre estamos en realidad sucumbiendo a una ilusión. No es posible influir en los fenómenos de la naturaleza ni en ningún fenómeno del mundo en general, pues en una realidad absolutamente determinada no queda lugar alguno para ninguna influencia, a menos que esa influencia llegara de fuera, de un mundo independiente del nuestro. En sustancia, el materialismo mecanicista no puede dar respuesta a la cuestión básica de la filosofía, el problema de la relación entre ser y consciencia. Ni siquiera puede plantearlo, en todo caso no sin degradar la consciencia a mero fenómeno ilusorio. ¿Qué puede ser nuestro saber de la naturaleza, en un mundo absolutamente determinado, sino un fenómeno concomitante de procesos necesarios? Para el materialismo mecanicista todas las cuestiones relativas a la naturaleza de nuestro conocimiento son en el fondo metafísicas. Esta filosofía no tiene nada que ver con el materialismo moderno. No es más que una variedad del idealismo objetivo, una forma, además, inconsecuente, superficial, primitiva y vulgarizada. Y es que resulta muy difícil fundamentar epistemológicamente el materialismo. En su antigua forma ingenua el materialismo existía de un modo espontáneo y sin sentir la necesidad de una especial fundamentación. El idealismo, negación de ese materialismo ingenuo, es mucho más fácil de justificar. De hecho, la concepción filosófica idealista nos es mucho más familiar que la materialista. Es un gran error creer que los hombres siguen siendo hoy espontáneamente materialistas. Y para el científico de la naturaleza el idealismo objetivo es una filosofía cómoda que le protege además de varios conflictos. El investigador de la naturaleza ha sido tratado desde muy antiguo con cierta despectiva condescendencia por los cultivadores de la ciencia del espíritu, a causa de que el primero se ocupa de la sucia materia mientras los otros viven en esferas más puras. El materialismo mecanicista y la filosofía idealista objetiva eliminan esos escrúpulos, porque según ellos el investigador de la naturaleza consigue también acceder a la esencia espiritual del mundo al descubrir las leyes de bronce de los fenómenos y poner así de manifiesto el trasfondo espiritual del mundo. Es, en cambio, extraordinariamente difícil fundamentar el materialismo moderno. La tarea filosófica y epistemológica que hay que resolver en este punto consiste —por anticipar una formulación de la dialéctica materialista— en conceptuar la unidad dialéctica de esencia y fenómeno. Hay que comprender que la esencia, la esencia más profunda y rica de las cosas, no existe separada de los fenómenos, no es independiente de ellos, y que tampoco los fenómenos son independientes de su esencia, sino que más bien esencia y fenómeno constituyen una unidad plena e indisoluble. Y es además necesario poner en claro la relación entre el pensamiento y el ser. Como seres que piensan, los hombres somos, por una parte, elementos de esa realidad material, y lo somos precisamente con nuestro pensamiento. Representamos formas muy desarrolladas de la naturaleza. Formas en las cuales la naturaleza ha conseguido informarse acerca de sí misma. Esta concepción se nos ha hecho mucho más comprensible desde que conocemos los modelos cibernéticos. Éstos son, en efecto, dispositivos construidos por nosotros, pero capaces en determinada medida de interpretar las informaciones que, con ayuda de sentidos artificiales, consiguen de su entorno y determinar su comportamiento según el contenido de dichas informaciones. Podemos, pues, producir cosas artificiales que se comportan en principio como seres pensantes —aunque de las formas más primitivas imaginables—, seres que son también materia dotada de la capacidad de informarse acerca de fenómenos materiales de su entorno y de comportarse de acuerdo con el resultado de la interpretación de esas informaciones. También

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nosotros los hombres, aunque en medida muy superior —propiamente incomparable con esos dispositivos cibernéticos—, somos materia dotada de la capacidad de orientarnos en el mundo y conseguir conocimiento sobre él. Pero, por otra parte, tenemos evidentemente que dar respuesta a la pregunta: ¿qué es lo primario, el conocimiento y la información conseguidos por esos seres, junto con su interpretación, o la realidad sobre la cual nos informan? ¿Existe en la realidad objetiva lo mismo que existe en nuestra cabeza a título de información sobre ella? Al tratar esta cuestión nos encontramos con el problema de la relación entre la forma y el contenido, es decir, con la pregunta: ¿es la imagen igual o idéntica a lo reproducido? Ésta es la célebre cuestión a que responde la llamada teoría del reflejo de Lenin. La teoría del reflejo formulada por Lenin se entiende por muchos como si nuestra consciencia fuera una especie de aparato fotográfico en el que se reprodujera la realidad. En realidad, tampoco una reproducción fotográfica es idéntica a lo reproducido; pero aún menos lo es lo que en nuestra consciencia se constituye como reproducción de la realidad. Forma y contenido, imagen y realidad reproducida se contraponen y son al mismo tiempo una sola cosa. Averiguar cómo puede ser esto significa aprender a entender cómo tiene realmente lugar en nuestra consciencia la reproducción de la realidad. Ésta es la cuestión central de cuya aclaración depende la fundamentación epistemológica del materialismo moderno.

No he aducido esos ejemplos más que para mostrar a ustedes lo difícil y complicada que es una fundamentación realmente científica del materialismo moderno, del materialismo dialéctico. En las siguientes lecciones intentaré analizar y aclarar, en relación con concretos ejemplos de las ciencias de la naturaleza, todas las cuestiones que acabo de rozar. No me será posible darles una respuesta completa. Pero tal vez consiga aclararles que el intento de conseguir una fundamentación absoluta es completamente ajeno a la esencia del materialismo moderno.

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2ª Lección: 25/10/1963

CIBERNÉTICA Y PENSAMIENTO

EL MODELO ESPACIO-TEMPORAL DE NUESTRA PERCEPCIÓN

La fundamentación epistemológica del materialismo moderno es un proceso infinito que consiste prácticamente en comprender cada vez más plenamente las conexiones del mundo. Y como jamás podremos concluir ese proceso, tampoco podremos conseguir nunca una fundamentación absoluta. Siempre tenemos que volver a examinar nuestras propias posiciones filosóficas básicas, siempre tenemos que volver a ponerlas en discusión y siempre tenemos que estar dispuestos a permitir que las pongan también otros. Creo que el materialismo moderno exige la dubitación de sí mismo y que para su ulterior desarrollo histórico le son imprescindibles discusiones que tengan en cuenta la duda respecto de sus posiciones básicas.

Más de uno puede considerar, con razón, insuficiente lo que he dicho hasta el momento sobre el materialismo mecanicista. Ruego a esas personas que consideren también desde ese punto de vista lo que se acaba de decir acerca de la imposibilidad de una fundamentación plena y absoluta de las cuestiones filosóficas. Por lo demás, el problema del materialismo mecanicista será ulteriormente concretado en estas lecciones con ejemplos concretos. Pero antes deseo aún ocuparme de otros cuantos aspectos científico-naturales de los problemas epistemológicos.

Cibernética y pensamiento

He aludido ya al íntimo parentesco que existe entre las funciones de los modelos cibernéticos y los procesos mentales. Es claro que, a medida que retrocedemos en la historia de la vida, esos modelos cibernéticos van convirtiéndose en imagen cada vez más fiel del aparato nervioso de los seres vivos. La presencia de tales aparatos cibernéticos —nerviosos— ejerce, obviamente, una importante influencia rectora en la evolución de la vida. Para entender la naturaleza de la evolución biológica no basta con la hipótesis que la ve causada por una selección de meras casualidades, selección que consiste en que sólo se sostiene lo más apto. Este viejo principio de la teoría darwiniana de la selección —la naturaleza somete simplemente a prueba todos los casos posibles y en ese proceso sucumben todos los inadecuados— no basta ya para entender la evolución. Necesariamente hay que admitir, para entenderla, un aspecto teleológico. Este aspecto teleológico ha sido generalmente rechazado con energía por los materialistas. Para ellos, el hecho de que los seres vivos obren según fines o estén construidos según ellos no puede interpretarse en modo alguno en el sentido de que existan leyes que produzcan la cristalización de tales finalidades o adaptaciones, si no es mediante pura puesta a prueba ciega de todas las posibilidades. El concepto de fin era sospechoso por subjetivo, antropomórfico o hasta teológico. Me parece, empero, que nunca puede entenderse cómo ha podido producirse la evolución de la vida si no se empieza por admitir que la vida es un proceso orientado por fines, tanto en lo individual cuanto en el todo, en el curso del desarrollo de cada individuo igual que en la evolución histórica de la vida en su totalidad. Probablemente hasta hoy no hemos empezado a entender de un modo realmente materialista cómo se produce esa evolución, cómo es posible esa orientación según fines. La herencia es la transmisión de una información almacenada, conseguida en el curso de la anterior evolución. Esta información misma es resultado de la interpretación de informaciones primarias para la adaptación del individuo a su mundo circundante. Es cierto que para interpretar la información que le llega directamente por los sentidos, el aparato central no puede sino poner sucesivamente a prueba toda una serie de comportamientos diversos. Pero mediante la rápida transmisión inversa (realimentación, feed back) por los sentidos, ya poco después de que empiece esa actividad, se comprueba si se ha producido el efecto deseado. Cuando, por ejemplo, un animal busca alimento o, tras haber por de pronto establecido la presencia de dicho alimento por percepción sensible de naturaleza química o física, el ensayo o puesta a prueba muestra cuál de los movimientos del animal le acerca a la comida o le aleja de ella, porque el estímulo provocado por el alimento se intensifica o debilita. Los modos de comportamiento que resultan tener éxito en esos ensayos se almacenan y son los primeros que se ensayan al repetirse situaciones parecidas.

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