todos sus niveles, desde el elemental hasta el místico— el árbol se asimila a la madre, al manantial, al agua primordial. Tiene toda su ambivalencia: fuerza creadora y captadora, nutritiva y devorante.
Se comprende la utilización amplísima que se hace de este símbolo por los psicoanalistas. «Del miembro viril del ancestro acostado, observa C.G. Jung delante de una imagen, se eleva el tronco de un gran árbol. Los árboles tienen carácter bisexual simbólico, pues en latín su desinencia es masculina, aunque sean femeninos. La higuera es el árbol fálico... Pero no se puede considerar el árbol como puramente fálico a causa de su forma; puede igualmente significar mujer, útero o madre, y es en buen número de ocasiones una imagen solar» (JUNI, 212-213).
El mito de Cibeles y Atis procura al analista un excelente esquema para ilustrar sus pensamientos. Considera en primer lugar que Cibeles, madre de los dioses y símbolo de la libido maternal, es andrógina tal como el árbol. Pero una andrógina ardiente de amor para con su hijo. Como, por el contrario, el deseo del joven dios lo lleva hacia una ninfa, Cibeles, celosa, lo vuelve loco. «Atis, en el paroxismo del delirio con que lo ha azotado su madre, locamente enamorada de él, se castra bajo un pino, explica C.G. Jung, árbol que desempeña un papel capital en el culto que se le rinde. (Una vez al año, el pino era cubierto con guirnaldas, se le colgaba una imagen de Atis y después se abatía el árbol para simbolizar la castración.) En el colmo de la
desesperación Cibeles arranca el árbol del suelo, lo lleva a su gruta y llora. Así, he aquí la madre ctónica que esconde a su hijo en su antro, es decir, en su regazo; pues, según otra versión, Atis es metamorfoseado en pino. Aquí, el árbol es ante todo el falo, pero también la madre, visto que se le suspende la imagen de Atis. Esto simboliza el amor del hijo atado a su madre» (JuNI, 41 1-412). En la Roma imperial un pino cortado, recuerdo, símbolo o simulacro de Atis, se transfería solemnemente al Palatino el 22 de marzo, para la fiesta llamada del Arbor intrat.
Otro mito se interpreta, con una cierta libertad en cuanto a los detalles de las leyendas antiguas, en el mismo sentido y pone en causa el mismo árbol, el pino. El héroe es Penteo hijo de Equión, la culebra, él mismo serpiente por naturaleza. Curioso por espiar las orgías de las Ménades, trepa a un pino. «Pero su madre, apercibiéndose, alarma a las Ménades. El árbol es abatido y Penteo, tomado por un animal, es desgarrado en jirones. Su propia madre es la primera en lanzarse sobre él... Así se encuentran reunidos en este mito el sentido fálico del árbol (pues su tala simboliza la castración) y su sentido maternal, figurado por la subida al pino y la muerte del hijo» (JuNI, 413).
Esta ambivalencia del simbolismo del árbol, a la vez falo y matriz, se manifiesta más nítidamente aún en el árbol doble: «Un árbol doble simboliza el proceso de individualización en el curso del cual los contrarios en nosotros se unen» (JUNS, 187).
Pero el árbol de la vida, con sus frutos, con su utilización genealógica, evoca la mayoría de veces la imagen de la madre. «Según numerosos mitos, el hombre desciende de los árboles; el héroe está encerrado en el árbol maternal; por ejemplo, Osiris muerto yace dentro de la columna, Adonis dentro del mirto, etc. Muchas diosas fueron veneradas en forma de un árbol o de un palo, de donde el culto de los árboles, de los bosques sagrados y de los montes» (JuNI, 210).
Maternal también, el motivo del enlazamiento de las ramas, de la absorción y del renuevo por las raíces y por el follaje; los árboles reengendran; son comparables a los monstruos legendarios que tragan y escupen de nuevo sus víctimas, después de haberlas transfigurado, como la ballena que devuelve a Jonás a la orilla, o el dragón que vomita a Jasón delante de Atenea, o el vellocino de oro suspendido de una rama. Muchas obras de arte muestran por otra parte esos monstruos, erguidos como árboles u hombres, en el momento en que regurgitan a su víctima. Así lo vemos por ejemplo en esa copa ática del siglo y a.C., conservada en el museo del Vaticano, que muestra a una Atenea con casco, llevando un collar y flecos de serpientes, teniendo en una mano su lechuza y en la otra su lanza, frente a un inmenso dragón con la cabeza erguida y como eructando de sus fauces abiertas y dentadas a un Jasón que cae prosternado ante la diosa.
En suma, el árbol de la vida es también el árbol de la muerte, e inversamente. El árbol del conocimiento del bien y del mal, es decir, de la universalidad del saber, por el cual Adán comete el primer pecado, tiene como correspondiente al árbol de la sumisión del espíritu a la voluntad del Padre, la Cruz, por la cual este primer pecado es redimido. A los ojos del analista, este misterio de las correspondencias religiosas simbolizadas por los dos árboles, el del Paraíso y el del Gólgota, se convertirá en éste: «Para expiar la falta de Adán, se ata una víctima humana sangrienta al árbol de
la vida. Esta concepción se encuentra también en un Pasional silesiano del siglo xv, en donde se ve a Jesucristo expirando sobre el árbol contra el cual Adán había pecado» (JuNI, 255).
La cruz se eleva en el cielo de los símbolos como el árbol típico, árbol de la vida y madero de muerte a la vez. «El contraste no tiene nada de sorprendente, escribe C.G. Jung, pues no solamente la leyenda pretendía que el hombre desciende del árbol, sino que una costumbre prescribía el enterramiento en árboles huecos (de donde la expresión alemana Totenbaum, árbol de la muerte, para designar al ataúd). Por ser el árbol ante todo un símbolo maternal, se adivina el sentido mítico de tal enterramiento: el muerto es devuelto a la madre para ser de nuevo engendrado» (JuNI, 225).
Lo mismo que el primitivo a veces liga su destino a un árbol sagrado al que reza y venera como si contuviera en depósito las fuerzas de su alma, de su voz o de su vida, así el creyente se ata a la Cruz, como a la fuente de su vida sobrenatural. El árbol de los di versos países cristianos ha llegado a identificar al Cristo mismo con el árbol; se lo ve bajo forma de árbol perennifolio; como para destacar que se sitúa en el solsticio de invierno, es decir, en la fase ascendente del sol y en la renovación del año; se lo ve también crucificado sobre el árbol de la ciencia, el mismo árbol que hizo caer a Adán en la muerte del pecado.
Resulta inútil multiplicar los ejemplos para mostrar el lugar que ocupa el árbol en la simbólica analítica contemporánea: simboliza la evolución vital, de la materia al espíritu, de la razón al alma santificada; todo crecimiento físico, cíclico o continuo, y los órganos mismos de la generación; toda maduración psicológica; el sacrificio y la muerte, pero también el renacimiento y la inmortalidad.