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El aire es el medio propio de la luz, del vuelo, del perfume, del color, de las

vibraciones interplanetarias; es la vía de comunicación entre la tierra y el cielo. «La trilogía de lo sonoro, de lo diáfano, y de lo móvil es... una producción de la impresión íntima del alivio. No nos es dada por el mundo exterior.» Es una conquista de un ser anteriormente pesado y confuso que, por el «movimiento imaginario, escuchando las lecciones de la imaginación aérea, se ha vuelto ligero, claro y vibrante... La libertad aérea habla, ilumina, vuela» (BACS, 74). El ser aéreo es libre como el aire y, lejos de estar evaporado, participa por el contrario de las propiedades sutiles y puras del aire. Ajedrez. Hay que considerar, en el importante simbolismo del juego del ajedrez, por una parte, el juego en sí mismo, y por otra, el arcidriche o  damero sobre el que se desarrolla.

El simbolismo de este juego originario de la India forma parte manifiestamente del relativo a la estrategia guerrera -incluso literalmente hablando— y se aplica, como también el relato del Bhagavad Gita, a la casta de los kshatriyas. Se desarrolla allí un combate entre piezas negras y piezas blancas, entre la sombra y la luz, entre los titanes (asura) y los dioses (deva). El juego de tablillas entre el rey Wu-yi y el Cielo era un combate entre el búho y el faisán: la baza de la batalla es, en todos los casos, la supremacía sobre el mundo.

El arcidriche es una figura del mundo manifestado, tejido de sombra y de luz, alternando y equilibrando el yin y el yang. En su forma elemental es el mandala cuaternario simple, símbolo de Shiva transformador, equivalente también del yin- yang chino. El arcidriche normal tiene 64 escaques o casillas (64 = cifra de la realización de la unidad cósmica), es el Vastu-purushamandala, que sirve de esquema para la construcción de los templos, para la fijación de los ritmos universales, para la cristalización de los ciclos cósmicos. El tablero es pues «el campo de acción de las fuerzas cósmicas» (Burck hardt), campo que es el de la tierra (cuadrado), limitado a

sus cuatro orientes. Por su puesto, siendo el  mandala el símbolo de la existencia, el aludido combate de tendencias se puede transponer al interior del hombre.

Además, el juego pone esencialmente en acción la inteligencia y el rigor. El arte del jugador participa pues de la Inteligencia universal (Viraj), de la que el Vastu-mandala es también un símbolo. El dominio del mundo por la participación en Virzij es un arte de kshatriya: es el arte regia (BURA, BURE, GRAD, GUES). P.G.

El juego de los escaques, literalmente «inteligencia de la madera» en todas las lenguas celtas (irlandés idchell; galés gwyddwyll, bretón gwezbt es practicado por el rey durante un tercio de la jornada, dicen ciertos textos. El compañero de juego es siempre un príncipe o un alto dignatario, jamás un personaje de humilde condición. Cuando hay una apuesta es de gran precio: el rey de Irlanda, por ejemplo, se ve obligado a entregar su mujer Etain al dios Midir, por haber perdido una partida, en que imprudentemente había dejado libre la elección de la apuesta. De hecho, el juego del ajedrez simboliza, en el dominio céltico, la parte intelectual de la actividad regia (0GAc, 18,323-324). L.G.

Ajenjo (absintia). Designando toda ausencia de dulzura, esta planta aromática simboliza el dolor, principalmente en la forma de la amargura, y en particular el dolor que provoca la ausencia. Pero, ya entre los griegos, servía para perfumar los vinos y los latinos quitaban con ella la sed a los atletas. El brebaje se tenía por tonificante. En el texto del Apocalipsis, ajenjo sería el nombre dado a un astro llameante como una antorcha y que simbolizaría históricamente al rey de Babilonia que devastó Israel y, proféticamente, Satán: «...Y el tercer ángel tocó la trompeta. Entonces cayó del cielo un gran astro, como un globo de fuego. Cayó sobre un tercio de los ríos y sobre los manantiales; el astro se llama Ajenjo: el tercio de las aguas se convirtió entonces en ajenjo, y muchas gentes murieron de esas aguas vueltas amargas...» (Ap 8,10-12). Según las interpretaciones de exegetas cristianos, la caída de la estrella ajenjo sería uno de los cataclismos cósmicos que preludiarán el Gran Día de Dios, es decir, el fin del mundo y el juicio final. Esta estrella caída «atormentará a los habitantes de la tierra con una mortal amargura». Lo que es singular, es que el tormento y los muertos provendrán de las aguas vueltas amargas. Si se hace intervenir aquí la simbólica general del agua, fuente primordial de la vida, no se inclina a interpretar este ajenjo como una calamidad caída del cielo y corruptora de las fuentes mismas de la vida. Se pensará en Hirosima o en una explosión nuclear, que volvería las aguas terrenas mortalmente radioactivas.

Al nivel de la interioridad, y desde un punto de vista analítico, tal vez diríase que ajenjo simboliza una perversión de la pulsión genésica, una corrupción de las fuentes, las aguas vueltas amargas.

Ajo. Un manojo de ajos colgado en la cabecera de la cama o un collar de flores de ajo alejan a los vampiros, según una tradición de la Europa central. Ya Plinio señala que el ajo aleja las serpientes y protege de la locura. En Siberia, según las creencias de los buriato, la aproximación de las almas de las mujeres muertas en el parto, que regresan por las noches a perseguir a los vivos, se reconoce por el olor a ajo que desprenden (HARA).

Los batak de Borneo reconocen en el ajo el poder de encontrar las almas perdidas (FRAG, 3,46). El mismo autor da cuenta de que en las antiguas costumbres del Var (en Draguignan), dientes de ajo eran asados sobre los fuegos de san Juan, encendidos en todas las calles de la ciudad; estos dientes a continuación se repartían entre todos los hogares (FRAG, 10,193).

La antigüedad clásica concedía al ajo ciertas virtudes de las que se encuentran trazas en el folklore griego contemporáneo. Así, con ocasión de las tesmoforias, como también en la sciroforia, las mujeres comían ajo, pasando esa planta por facilitar la práctica de la castidad impuesta durante la duración de las fiestas (DARS, art. Cérés); por lo demás, los griegos detestaban el ajo. Pero la creencia más persistente, en la cuenca del mediterráneo y hasta la India, es que el ajo protege contra el mal de ojo. Por esta razón, encontramos en Sicilia, en Italia, en Grecia y en la India manojos de cabezas de ajo atados con lana roja. En Grecia, el solo hecho de pronunciar la palabra ajo conjura los maleficios (HASE, art. Evil eye).

Con ocasión de las fiestas rituales de la renovación, de carácter dionisíaco, celebradas aún hoy en la Tracia griega, y recientemente analizadas por la etnógrafa Katerina J. Ka vouri, el principal personaje de la ceremonia, que comprende ordalías con marcha sobre brasas ardientes, lleva en la mano una ristra de ajos (KAKD, 41).

En nuestros días aún, los pastores de los Cárpatos antes de ordeñar por primera vez sus ovejas se frotan las manos con ajo bendito, a fin de proteger el rebaño contra las mordeduras de las serpientes (K0PK, 434).

En todas esas prácticas, el ajo se revela como un agente protector contra influencias nefastas o agresiones peligrosas.

Los antiguos egipcios habían hecho de él un dios, quizás la antiserpiente, por causa de su olor. En Roma estaba prohibida la entrada en el templo de Cibeles a aquellos que acababan de consumir ajo. Horacio, en uno de sus épodos, prorrumpe en violentas imprecaciones contra el ajo, también sin duda, a causa de su olor. Como entraba en la alimentación ordinaria de los soldados romanos, el ajo había llegado a convertirse en un símbolo de la vida militar.

Álamo. Según leyendas griegas el álamo está consagrado a Heracles. Cuando el héroe desciende a los infiernos se hace una corona de ramos de álamo. La cara de las hojas vueltas hacia él queda clara, el lado vuelto hacia el exterior toma el color sombrío del humo. De ahí procede el doble color de sus hojas, y en esta diferencia se funda la simbólica del álamo. Significa la dualidad de todo ser. Observación divertida: este árbol, que crece en terrenos húmedos, sirve hoy en día para fabricar cerillas; agua y fuego.

Las Helíadas, hermanas de Faetón, que habían confiado sin autorización a su hermano la conducción del carro solar, quedan transformadas en álamos. Igualmente, una Hespéride queda convertida en álamo por haber perdido las manzanas del jardín sagrado. La madera de álamo blanco es la única que está permitido utilizar en los sacrificios ofrecidos a Zeus. Hades transforma a Leuce en álamo y la sitúa a la entrada de los infiernos, para tener cerca suyo a esta mortal querida.

Este árbol también aparece ligado a los infiernos, al dolor y al sacrificio, así como a las lágrimas. Árbol funerario, simboliza las fuerzas regresivas de la naturaleza, el

recuerdo más que la esperanza, el tiempo pasado más que el porvenir de los renacimientos.

Alas (plumas). 1. El simbolismo de las alas, de las plumas, y en consecuencia del vuelo, se manifiesta en diversas formas, que traen consigo siempre la noción general de ligereza espiritual y elevación de la tierra al cielo. Esta segunda interpretación es sobre todo la de los chamanes. La primera —que sólo se diferencia por su nivel de comprensión— es común al budismo y al taoísmo. Por una transposición natural, el tocado de plumas de los indios de América evoca el Espíritu universal, y el revestimiento con un manto de plumas, en la China antigua, una investidura de orden celestial. A fin de cuentas la elevación chamánica hacia el cielo, aun si manifiesta poderes efectivos, no puede ser la mayoría de veces sino de orden espiritual; como demuestra trágicamente la aventura de Icaro.

La obtención de la ligereza, tan netamente evocada en los textos hindúes como, por ejemplo, en Chuang-tse, es la liberación del peso del cuerpo, es decir, del apego a la manifestación formal: es pues el fruto de la contemplación. El vuelo búdico permite alcanzar el lago Anavatapta, o el paraíso, que son símbolos del dominio sutil.

La ligereza y el poder de volar son lo propio de los Inmortales taoístas, que pueden así alcanzar las  «Islas de los Inmortales». La etimología misma de los caracteres que los designan hace aparecer el poder de elevarse en los aires. La dietética que les es particular les hace crecer sobre el cuerpo plumones o plumas. Sus hábitos se parecen a veces a los de las aves.

La acción de alzar el vuelo se aplica universalmente al alma en su aspiración al estado supraindividual. Levantar el vuelo, salir del cuerpo, se realiza por la coronilla, según un simbolismo que examinaremos a propósito de la  cúpula. De forma parecida considera el taoísmo que alza el vuelo el cuerpo sutil, que no es sino el embrión del inmortal.

Las alas indican también la facultad cognoscitiva: «el que comprende tiene alas», precisa un Brühmana. Y el Rig Veda: «La inteligencia es la más rápida de las aves.» Es por ello además que los ángeles, realidades o símbolos de estados espirituales, son alados.

También naturalmente el ala y las plumas están en relación con el elemento aire, elemento sutil por excelencia. Y es con ayuda de sus brazos guarnecidos de plumas el arquitecto celestial Vishvakarma, como con un fuelle de fragua, realiza su obra demiúrgica (cooH, EL!Y, ELIM, GRIF, KALL, SiL!). P.G.

2. En la tradición cristiana, las alas significan el movimiento aéreo, ligero, y