Felipe II y su sistema de gobierno
V. El siglo de las revoluciones
5. La época de la Unión Liberal (1854-1868)
La larga permanencia de los moderados en el poder fue incrementando la impaciencia de los progresistas. Sin embargo, no resultaba fácil sustituirles en el mando, no solo porque los moderados eran un grupo más fuerte, rico y con más influencia que su rival, sino porque los resortes electorales, siempre manipulados por el poder o por los caciquismos comarcales o locales, deparaban invariablemente la victoria a los partidarios del Gobierno. Esta era una de las razones por la que los moderados no querían entregar el mando a los progresistas: porque estaban seguros de que emplearían sus mismas armas y, una vez bloqueado el poder en sus manos, no lo dejarían ya.
En estas condiciones, el partido contrario no tenía otro medio de acceder al Gobierno que la revolución. Durante bastante tiempo fracasaron todas las intentonas a este respecto. Narváez controlaba a la mayor parte del ejército, y los pronunciamientos estaban de antemano condenados al fracaso. Pero los moderados, por el largo ejercicio del poder, se fueron dividiendo, y el propio Narváez se retiró momentáneamente. Los Gobiernos que siguieron al de Bravo Murillo fueron impopulares; se les acusaba de corrupción y de venalidades increíbles en las concesiones de ferrocarriles. Aunque muchas de aquellas acusaciones fueron falsas o exageradas, no les faltaba una parte de verdad. Los moderados, divididos y desacreditados por una administración en gran parte corrompida, eran una fuerza cada vez menos segura.
La revolución de 1854
Los progresistas preparaban de antiguo una revuelta general, en la que pensaban utilizar, fruto de sus prédicas demagógicas y de un creciente descontento social, a elementos de los barrios bajos de Madrid y otras ciudades. Muchos moderados —en especial los llamados puritanos—, veían con disgusto la política de su propio partido, dirigida entonces por Luis Sartorius, y estaban dispuestos a derribar al Gobierno, pero no deseaban en absoluto una revolución popular e incontrolada. Por ello concibieron la idea de adelantarse a esta revolución mediante un pronunciamiento capaz de derribar a Sartorius y su grupo, sin levantar a las masas ni entregar el poder incondicionalmente a los progresistas. El militar que se puso a la cabeza de este movimiento fue el frío y calculador Leopoldo O’Donnell, que se alzó en Vicálvaro en julio de 1854. Pero la batalla con las fuerzas gubernamentales —la llamada Vicalvarada— quedó indecisa, y la situación no cobró un cariz claro hasta el alzamiento de tipo popular que se produjo en Madrid jornadas más tarde.
Gentes del bajo pueblo —no excesivamente numerosas aún, pero suficientes para alterar gravemente el orden— levantaron barricadas, incendiaron el palacio de la reina madre, María Cristina, y asaltaron las casas de los más destacados prohombres moderados. Fue el «hecho de masas» más importante que se había registrado en la España liberal, y venía a demostrar cómo las fuerzas sociales se iban insertando poco a poco en las luchas políticas. La reina Isabel II, asustada, comprendió que aquella turba solo podía calmarse con un giro de la política a la izquierda. El movimiento lo había iniciado O’Donnell, pero el llamado al poder fue el general Espartero.
El fracaso de los extremismos
Espartero llegó en 1854 al poder curado de toda ambición, tras la experiencia de 1841- 43. Su lema era en todo «cúmplase la voluntad nacional», por lo que el bienio
progresista que siguió a su llegada (1854-56) vio alinearse, junto a la libertad, el
libertinaje. Los desórdenes eran continuos, y la organización de una auténtica y constructiva política progresista, mucho más difícil de lo que parecía desde la oposición. Se quiso elaborar una nueva ley fundamental, pero las discusiones en las Cortes constituyentes duraron tanto como el régimen (dos años), por lo que no llegó a ser promulgada. Se reanudó la desamortización eclesiástica, violando el Concordato de 1851, por lo que se rompieron las relaciones con Roma; y se dio un impulso definitivo, por obra del ministro Madoz, a la desamortización municipal. En política económica se abrieron las puertas de España a la inversión extranjera, lo que permitió una visible reactivación de la industria y un ritmo hasta sorprendente en la construcción de ferrocarriles, pero a costa de dejar a la economía española cada vez más en manos del gran capitalismo francés y británico.
En el verano de 1856 hubo grandes desórdenes en Cataluña y en las zonas agrícolas de la cuenca del Duero; el Gobierno se dividió y entró en crisis. Isabel II no quiso esperar más para llamar de nuevo a los moderados. Narváez subía al poder una vez más. Pero el moderantismo era ya una fuerza vieja que no se había renovado a tiempo. Sus programas aparecían gastados, y las inconsecuencias entre la libertad proclamada y las medidas autoritarias del Gobierno volvieron a quedar en claro. Los moderados tampoco consiguieron consolidarse en el poder ni aclarar el sentido de su política. Se iba dibujando como solución un partido intermedio, la Unión Liberal, que dirigía O’Donnell; el fracaso de las tendencias extremas avalaba cada vez más la salida por el camino del centrismo. En junio de 1858 la reina encargaba al general O’Donnell la formación de un Gobierno.
La Unión Liberal
Fue el «Gobierno largo». Duró cinco años (1858-1863), plazo superior al de cualquier otro gabinete del siglo. La Unión Liberal no poseía unos principios políticos profundos, aunque sí lógicos; síntesis de libertad y de orden, unión de los españoles bajo el común
denominador del liberalismo, repudio de los extremismos y de las posturas cerriles. La concordia pareció estar de moda, y el radicalismo, después de tantas desgraciadas experiencias, desacreditado. Políticos moderados y progresistas venían a engrosar, a bandadas, las filas de la Unión Liberal.
O’Donnell, hombre un tanto simple de ideas, pero metódico y bien aconsejado, gobernaba con acierto y sin complicaciones. Una de sus ideas dominantes era la de vitalizar la política exterior, para que las potencias europeas tuviesen que contar con España y para que los españoles se desviaran un poco de sus endémicas querellas internas. Diversos incidentes ocurridos en Ceuta aconsejaron la guerra de África, en la que España intentó granjearse una zona de influencia en Marruecos. Las campañas, en las que se distinguió el propio O’Donnell, lo mismo que el audaz general Prim, fueron brillantes y relativamente fáciles, aunque la victoria apenas fue útil, por la oposición británica a que España ampliara su poder en el norte de África. Con todo, las noticias de los triunfos militares y el regreso de los vencedores en medio de románticos festejos dieron prestigio y popularidad al régimen de la Unión Liberal por espacio de varios años.
El Gobierno de O’Donnell coincide también con un período de prosperidad económica. No puede decirse que fueran los políticos los autores de la buena coyuntura, porque lo que pudiéramos llamar planificación o técnica de desarrollo era una actividad casi totalmente ajena entonces a la dirección del Estado. Pero la paz, la tranquilidad, con la consiguiente dosis de confianza, un cierto sentido común en el Gobierno y una cierta euforia en el ambiente, animaron a la inversión y crearon el clima propicio al auge económico. La construcción de ferrocarriles —cierto que casi siempre con predominio de capital extranjero— alcanzó por aquellos años su ritmo más activo. En cinco años fueron tendidos casi 3.000 km. de nuevas vías férreas. La industria metalúrgica se desarrollaba, sobre todo, en el norte, haciendo ventajosa competencia a la andaluza, gracias al carbón mineral, abundante en el Cantábrico y escaso en el sur. La Bolsa conoció un momento de esplendor.
La prosperidad se hizo patente en el mismo tono social de la época. Los años de la Unión Liberal fueron alegres y divertidos. Resurge el género lírico en forma de zarzuela. La burguesía de negocios charla y discute en los cafés, que adoptan ahora la forma de terrazas o veladores al aire libre. La fiesta de los toros alcanza su máxima popularidad gracias a las faenas de Cúchares, y toda España baila a los sones del ritmo de moda, el
chotis.
Dorada prosperidad y tranquilidad ambiente no podían durar indefinidamente. La Unión Liberal carecía de un programa concreto, y sus hombres se fueron separando a la hora de enfrentarse a los problemas concretos. En febrero de 1863, abandonado por muchos de sus partidarios, y en malas relaciones con la reina, dimitía el general O’Donnell.
El fracaso de la Unión Laboral por constituir una fuerza política capaz y coherente señala el comienzo del camino que conduce a la caída de Isabel II. En este proceso hemos de distinguir un factor negativo, la desintegración de las fuerzas constitutivas del régimen, y un factor positivo, la aparición de fuerzas nuevas, capaces de articular un régimen distinto.
El moderantismo, agarrado aún a los viejos principios del liberalismo doctrinario, sin hombres nuevos ni nuevas ideas, había perdido ya su papel de columna vertebral del sistema. El unionismo, como hemos dicho, se resentía de la vaciedad de su programa. No andaban mucho mejor los progresistas, anclados en los mismos principios de las Cortes de Cádiz —libertad, soberanía del pueblo, Milicia Nacional—, y muchas veces ya con sabor de tópicos manidos; eso sí, los progresistas seguían contando con un cierto apoyo popular en los núcleos urbanos de importancia. La reina Isabel II no disimulaba su simpatía hacia los moderados, a los que siempre encargaba el formar Gobierno; es cierto que el moderantismo tenía un mayor respeto al símbolo real y a la persona de Isabel; pero esta no se dio cuenta de que la alianza entre la reina y el partido podía hacer que aquella revolución que consiguiese derribar al partido podría derribar también, por lógica consecuencia, a la reina. El descontento fue en aumento a partir de 1863, lo mismo en los ambientes intelectuales que en los del proletariado urbano. Las violentas manifestaciones estudiantiles de la noche de San Daniel (10 de abril de 1865) iniciaron un proceso revolucionario que no haría más que culminar en el movimiento de 1868.
En cuanto a las nuevas fuerzas, capaces no ya de hacer la revolución, sino de darle un programa concreto, hemos de contar a las corrientes intelectuales que se desarrollaron en España a partir de mediados de siglo. La filosofía krausista, que comenzó como una ética tendente a la renovación del hombre, generó muy pronto aplicaciones políticas. De aquella corriente ideológica y del descontento en las filas del progresismo nació un nuevo partido, el demócrata, dispuesto a elaborar una ideología política más profunda y coherente que las existentes entonces en España.
Los demócratas propugnaban la estricta soberanía nacional, lo que equivalía a la proclamación de la República; el sufragio universal («un hombre, un voto»), que vendría a sustituir al sufragio censitario propio del liberalismo histórico; y la declaración enfática de los derechos del hombre, aspecto bastante descuidado, desde las Cortes de Cádiz, por los teóricos del régimen liberal español.
Unos demócratas, como Figueras o Castelar, aplicaban su ideología a fórmulas exclusivamente políticas, esperando que por el ejercicio de su libertad y su soberanía el hombre pudiese alcanzar sin más la felicidad en este mundo. Otros, como Garrido o Pi y Margall, creyeron necesaria la extensión de la doctrina a fórmulas sociales, y se dedicaron a adoctrinar al proletariado. Garrido puede considerarse como el fundador de la socialdemocracia española, y su idea central era el acceso de todos los españoles a una propiedad bien repartida, aun cuando no pudo explicar satisfactoriamente cómo se podía llegar a la igualdad sin contrariar la libertad. Pi y Margall establece el principio del federalismo, un sistema de pactos mediante los cuales «el poder corre de abajo arriba» agrupando a sociedades progresivamente más amplias (la familia, la comunidad, la
comarca, la región, la nación) en órganos de convivencia constituidos conforme a las necesidades sociales.
Los demócratas practicaron activamente la demagogia, rompiendo el aislamiento de los partidos políticos españoles. Hablaron, predicaron, imprimieron. Sus ideas eran muchas veces demasiado abstractas, y no fueron siempre bien interpretadas; pero calaron lo suficiente para hacer de la revolución de 1868, más que de ninguna otra anterior, un hecho de masas.