Felipe II y su sistema de gobierno
IV. El siglo de las reformas
2. El período de política italiana (1716-1725)
Hacia 1716 cambia la orientación de la política española. Terminada la guerra de Sucesión y realizadas las reformas interiores más urgentes, Felipe V se desentiende un poco de Francia, y pone su interés principal en Italia. Su segundo matrimonio con la parmesana Isabel de Farnesio es un índice de este giro: no precisamente la causa, como siempre se ha pretendido, puesto que es la previa atención a Italia la que lleva a este matrimonio, no el matrimonio el que hace a Felipe V fijarse en Italia. El motivo principal hay que buscarlo en el descontento de los italianos ante el tratado de Utrecht, descontento tan grande sin duda como el de los propios españoles. España nunca sojuzgó a los países dependientes de la Monarquía Católica; por el contrario, los austríacos empezaron a explotar Italia como un territorio conquistado. En Nápoles o en Milán se empezó a pensar en los buenos tiempos de la presencia española.
La política de Felipe V se basa en la idea central del revisionismo de los acuerdos de Utrecht. Chocará con una generación pacifista y amiga de mantener incólume el sagrado «equilibrio». Por eso los frutos de la iniciativa del monarca español y sus consejeros van a ser menos brillantes que lo esperado. Pero tal vez esta política italiana —denigrada sistemáticamente por la historiografía— no sea tan inútil como se ha pretendido, y desbordará, qué duda cabe, las simples pretensiones de un interés dinástico.
La política de Alberoni
Curiosa carrera la de Julio Alberoni, aventurero italiano que llegó de monaguillo a cardenal, pasando por ministro de España. Su figura ha sido recientemente reivindicada, aunque no es posible negar su carácter quimerista. Él fue de los que convencieron a Felipe V de la conveniencia de un matrimonio italiano y, por supuesto, de una política italiana. Donde Alberoni se equivocó fue en la suposición de que las potencias no intervendrían en una guerra general y de que los italianos se levantarían en masa contra la opresión en cuanto los españoles se plantasen frente a Italia.
Felipe V, convencido por la habilidad del abate Alberoni, le confió el poder y la dirección de la empresa. Se firmó un tratado con Holanda e Inglaterra y se concedieron a esta algunas ventajas comerciales en América. Al Papa se le halagaba con la idea de una cruzada antiturca. Pero el ejército que preparaba el intendente Patiño y la escuadra que se construía a toda prisa en Barcelona iban a tener una finalidad muy diversa. En 1717 zarpó la flota y, ante la sorpresa general, desembarcó en Cerdeña, donde el marqués de Lede se apoderó de la isla en menos de dos meses. Los sardos recibieron con gusto a los
españoles.
El golpe estaba iniciado, y había que llevarlo hasta el final antes de que las potencias europeas reaccionasen. En 1718 partió la segunda escuadra, espléndidamente organizada por Patiño: 30 barcos de guerra, 340 transportes y 10.000 hombres. Esta vez el objetivo era Sicilia, que fue conquistada en una brillante operación dirigida también por el marqués de Lede. España estaba mostrando una capacidad y un poder que nadie podía suponerle, después de su decadencia en el XVII y de la agotadora guerra de Sucesión.
Entonces sí que reaccionaron las potencias. La flota inglesa alcanzó a la española sin previa declaración de guerra, y la destrozó frente al cabo Pessaro. Se formalizó la Cuádruple Alianza (Austria, Francia, Inglaterra y Saboya), en tanto que franceses e ingleses se disponían a la invasión de España. Alberoni, con sus sueños ilusorios, quiso formar otra coalición con Rusia y Suecia y fomentar rebeliones en Francia e Inglaterra; pero Felipe V comprendió que era preferible desprenderse del peligroso ministro, y despachó a Alberoni. Las tropas españolas abandonaron Sicilia y Cerdeña, bajo la promesa francobritánica de que los ducados de Parma y Toscana serían para el príncipe español don Carlos. Tal fue el sentido del tratado de Cambray, firmado en 1720.
Las gestiones diplomáticas
Fracasado el método de los hechos consumados, Felipe V sustituye la guerra por la diplomacia. No era fácil conseguir territorios italianos para los hijos habidos en su segundo matrimonio. Las promesas de Cambray habían sido demasiado vagas, y durante más de tres años (1720-1723) los políticos españoles trabajaron para verlas cumplidas. Felipe V, hombre activo y nervioso, aborrecía los tratos diplomáticos, pero la reina Isabel de Farnesio, ayudada por expertos políticos, se encargó de llevarlos adelante. España manejó hábilmente el mal entendimiento de la Cuádruple Alianza, pues tanto franceses como británicos tenían roces con el Imperio; así, buscando la amistad de las potencias occidentales, se consiguió la claudicación austríaca. En 1723 el Imperio reconocía al infante español don Carlos como heredero de los ducados de Parma. España entraba en la alianza general.
El reinado de Luis I
En 1724, una vez clausurado definitivamente el congreso de Cambray, abdicó Felipe V del modo más inesperado. No es fácil explicar esta decisión en un monarca de cuarenta años, en la plenitud de sus facultades, casado con una reina de treinta y dos, y ambiciosa por añadidura. Se han conjeturado diversas explicaciones, aunque tal vez no se ha dado aún con la definitiva.
El nuevo rey, Luis I, era un muchacho de diecisiete años, inexperto y muy infantil de carácter. Cierto que sus padres, retirados en el palacio de La Granja, procuraban no
perder del todo los hilos de la política. Con todo, parece que en torno al nuevo monarca se iba dibujando un partido tendente a aislarle de la férula paterna e imprimir a la política directrices nuevas, menos tendentes a Italia que al Atlántico y América: se iba dibujando así una nueva dimensión de las tendencias históricas de España en el siglo XVIII, que
cuajaría poco más tarde.
Pero la política de Luis I quedó totalmente inédita. Murió a los siete meses de subir al trono. Felipe V —contra las leyes, pero de acuerdo con el sentido común— asumió de nuevo las riendas del poder.