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España a remolque de Francia

Felipe II y su sistema de gobierno

IV. El siglo de las reformas

9. España a remolque de Francia

Godoy, aunque era un político improvisado, no carecía de buen sentido, poseía recursos y habilidad. Pero tuvo que enfrentarse con uno de los momentos más difíciles de nuestra historia, y careció de la suficiente visión en sentido amplio para salir con bien del trance. El tratado de Basilea (paz con Francia) y el de San Ildefonso (alianza con Francia) tienen su explicación y hasta su justificación. En 1795 no podía ya soñarse en aplastar la Revolución francesa. Por su parte, el Gobierno de París estaba ya de vuelta de las demagogias y los terrorismos, y daba síntomas crecientes de moderación: más podía conseguirse por la diplomacia que por la guerra; hasta —quién sabe— la proclamación de alguno de los Borbones españoles en el trono de una Francia restaurada.

En estas condiciones, convenía la alianza francesa, máxime que eran los propios franceses los primeros en buscarla, para hacer frente a un enemigo común: Inglaterra. A ambos países les convenía entenderse.

Hasta aquí el razonamiento de Godoy, que, como vemos, no carecía de cierta lógica. Lo que Godoy no podía prever era la intrusión de Napoleón Bonaparte, bajo cuyas presiones la alianza se fue trocando en algo muy parecido a servidumbre. Francia volvía a convertirse, del modo más inesperado, en un peligro, ahora no como foco revolucionario, sino como gran potencia imperialista. La pequeña habilidad de Godoy no pudo resistir por mucho tiempo a una habilidad superior, respaldada, además, por la fuerza. Al final, preso en las redes que él mismo había ayudado a tender, dejó a España abocada a una de las crisis más tremendas de su historia.

Las guerras con Inglaterra

La política ultramarina de la Gran Bretaña seguía hostilizando las posesiones y el tráfico españoles. La alianza con Francia pareció más indicada que nunca en 1796, y la guerra estalló, como ya hemos dicho, en 1797. Comenzaba el angustioso juego de una guerra inevitable con la única potencia capaz de salvarnos del imperialismo francés, y de una alianza necesaria con un país que progresivamente trataba de dominarnos.

Francia esperaba que la flota española —que seguía gozando fama de ser la segunda del mundo— le sirviese de instrumento contra el poderío naval británico. Pero aquella escuadra había sido descuidada a partir de la muerte de Carlos III, se encontraba envejecida, desentrenada, y las tripulaciones eran de mala calidad. Como se vio en la batalla del cabo San Vicente, en que fue derrotada con facilidad por el almirante Jervis. Nelson fue posteriormente rechazado en Cádiz y Santa Cruz de Tenerife, pero en

América se perdió la isla de Trinidad. La alianza resultaba inútil para Francia y desastrosa para España.

Godoy cayó momentáneamente, y fue sustituido por ministros como Saavedra y Urquijo (1798-1800), más partidarios de los ingleses. Por un momento pareció adivinarse una inversión de las alianzas, pero la indecisión de los gobernantes y los peligros de una invasión francesa no permitieron dar aquel paso.

Mientras tanto, el general Bonaparte se hacía con el poder en Francia. Él mismo influyó para que los reyes volvieran a admitir a Godoy, y no le costó trabajo conseguirlo, porque Carlos IV veía en el político extremeño un consejero imprescindible. El retorno de Godoy vino acompañado, como es lógico, por una vuelta a la alianza francesa… y a una nueva guerra con Inglaterra. Los británicos fracasaron en su intento de apoderarse de Ferrol, en tanto que Godoy se apuntaba un buen tanto militar y diplomático con la intervención en Portugal llamada Guerra de las Naranjas. Fue Napoleón quien indujo a la invasión del país lusitano, pensando en aprovecharse de la situación; pero Godoy fue esta vez más rápido, hizo invadir el vecino reino y llegó con él a la paz antes de que las tropas francesas llegaran a intervenir. España fue generosa, y se conformó con la plaza de Olivenza; pero Napoleón, burlado, trataría en adelante de atar más corto al valido español.

La época de Trafalgar

En 1804 el corso se hizo proclamar emperador. Revolución e imperialismo llegaban así a una extraña y peligrosa síntesis. Casi todas las potencias de Europa se aliaron contra el núcleo expansivo que se dibujaba en Francia. España, sin embargo, se mantuvo fiel a la amistad francesa. Todavía es posible justificar, al menos en parte, los motivos de Godoy. Inglaterra seguía siendo la mayor amenaza a las posesiones españolas, y continuamente daba pruebas de ello. Una guerra contra Francia, en cambio, dejaría a España (a diferencia de los otros países europeos, que podían apoyarse unos a otros) prácticamente sola frente al coloso vecino, y sin otra ayuda posible que la naval de Gran Bretaña…, la cual no estaba en absoluto garantizada.

Pero había más todavía. Napoleón halagaba los oídos de Carlos IV con las más tentadoras propuestas. Hablaba incluso de la configuración de dos imperios mundiales, uno continental —Francia—, otro ultramarino —España—, a base de destruir el poderío naval británico y arrebatarle sus posesiones. La aventura era tremendamente peligrosa, pero Godoy, lanzado ya sin posible vuelta atrás al vértigo de su política exterior, se decidió a correrla. La flota hispano-francesa —que reunida era teóricamente tan fuerte como la británica— engañaría a esta con una falsa maniobra, y después de derrotarla apoyaría la invasión de las Islas Británicas por la Grande Armée de Napoleón. Luego, ya todo sería fácil.

Los planes, más teóricos que otra cosa, resultaron un completo fracaso. El almirante Nelson no se dejó engañar, y aprovechó el mal entendimiento entre españoles y franceses

para destrozar a la escuadra en la decisiva batalla de Trafalgar (1805). Napoleón no podría cumplir su propósito de invadir Inglaterra, y España perdió en unas horas toda su escuadra, que era ya lo único que podía hacer valer su condición de gran potencia.

La historia española se adentraba en cauces angustiosos. La alianza francesa había resultado fatal, y lo peor era que no resultaba fácil desprenderse de ella, ni tampoco arrojarse de pronto en brazos de los enemigos de la víspera. El descontento contra Godoy se hizo total, y el valido, en peligro de caer en desgracia, hubo de luchar a la vez con los dos angustiosos peligros, el interior y el exterior. Pero no era de los hombres que fácilmente se retiran.

Una buena ocasión de dar el esquinazo a los franceses era la cuarta coalición que se estaba formalizando en toda Europa contra el expansionismo napoleónico (1806). España figuraría entre los vencedores, y el mismo Godoy podría vanagloriarse de salvador del país. El ministro español se puso en contacto con las cancillerías extranjeras, movilizó el ejército y lanzó una proclama invitando a los españoles a la defensa de la patria. La hora de la gran lucha había sonado. Casi al mismo tiempo se conoció la noticia de la batalla de Jena, en la que el corso había derrotado a las fuerzas de la coalición. El vencedor se volvió airado hacia Godoy: ¿contra quién se disponían a luchar los españoles? No había más que una respuesta: «contra los enemigos de Vuestra Majestad Imperial y Real». España, más que nunca, quedaba atada de pies y manos a los pies de Napoleón.

La crisis final

Parece que los planes de Napoleón sobre España pasaron por tres fases sucesivas:

intervención, desmembración, sustitución. Primero utilizar a España, luego sacar alguna

tajada de su territorio y, finalmente, vistas las favorables circunstancias, sustituir la soberanía de los Borbones por la de los Bonaparte. Mientras, Godoy, en el desesperado juego de la alianza, trataba por todos los medios de distraer de España al emperador. En 1807 no le quedaba otra cosa que ofrecer sino el reparto de Portugal, esta vez sin poder ya impedir la presencia de tropas francesa. El propio Godoy, comprendiendo su creciente impopularidad en España, se reservaba, como príncipe, una parte del territorio portugués. Tal fue el sentido del tratado de Fontainebleau (1807).

Las tropas francesas atravesaron los Pirineos para ayudar a las españolas en la invasión de Portugal, pero pronto se vio que no tenían la menor intención de abandonar las plazas que, de paso, iban ocupando en España. Pronto se conocieron los planes de Napoleón; estaba dispuesto a consentir que Carlos IV se proclamase soberano de todo el centro de Portugal, pero a cambio todo el territorio español comprendido entre los Pirineos y el Ebro pasaría a Francia. Carlos IV y Godoy estaban desolados. ¿Qué se podía hacer? Al valido no se le ocurría otra solución que la huida de la familia real y órganos de Gobierno a América.

Fue al saberse este plan de huida cuando estalló el motín de Aranjuez (17 de marzo de 1808), que provocó la caída de Godoy a la abdicación de Carlos IV. El príncipe heredero,

Fernando VII, subía al trono. El motín de Aranjuez ha sido con frecuencia mal interpretado. Hoy se sabe que no fue popular, aunque respondiese, en el fondo, a un sentir popular. Con el nuevo rey subían a flote nuevos gobernantes. ¿Qué sentido iba a tener, en adelante, la política? ¿Qué actitud adoptarían Fernando VII y sus consejeros ante los problemas interiores y exteriores?

Todo quedó rigurosamente inédito. El nuevo rey entró en Madrid al mismo tiempo que las tropas francesas de Murat. Napoleón hizo llamar a Bayona tanto a Carlos IV como a Fernando VII, para arbitrar el pleito sucesorio, y forzó la renuncia de ambos. En lugar de los Borbones reinaría en Madrid José Bonaparte. España entraba en una de las crisis más graves de su historia.