La tripulación del Zebrina desapareció en octubre de 1917, durante una travesía del canal de la Mancha con
14 años, un compañero de colegio le dio una pedrada
en la cabeza. Según el New York Times del 16 de ju- lio de 1927:
Gurney tuvo que ser tranquilizado cuando vio el primer avión, y nunca ha oído jazz. Las personas que lo conocieron antes de su accidente en el vapor le han asegurado que hablaba varios idiomas, pero ahora los ignora, y tampoco sabe nada de su mujer y sus dos hijos mayores, de los que hablaba a bordo.
Sus vecinos del barrio neoyorquino del Bronx veían
al doctor Charles Brancati como un inmigrante que
había triunfado como médico y un inversionista en aquel paraíso de especuladores que era la Bolsa de fi- nales de los años veinte. Pero tras su desaparición el 19 de noviembre de 1928, supieron que en su carrera había algo siniestro, quizá tanto como para que alguien deseara verlo muerto.
Aquella mañana de domingo, Brancati había hecho que su criado lo llevara en coche a una cercana esta- ción de metro. Dijo que tenía prisa por llegar a su con- sultorio de Manhattan. Durante los cuatro meses si- guientes, sus hermanos recibieron cartas suyas con ma- tasellos primero de Nueva Jersey, después de Canadá y por último de Inglaterra. Cuando fue avisada la po- licía, encontraron la casa de Brancati patas arriba, cu- bierta de restos de papel y muebles volcados. Había agujeros de bala en una de las paredes, y una carta amenazadora sin firma referente a una mujer que ha- bía desdeñado al autor.
La policía pensaba ya en un secuestro cuando los federales les informaron que Brancati tenía un largo historial de relaciones con falsificadores y con el gangs- ter Arnold Rothstein, asesinado dos semanas antes de la desaparición de Brancati. ¿Había temido éste que le ocurriese a él otro tanto? ¿Era él quien había trai- cionado a Rothstein? ¿Era la carta amenazadora un indicio real o un torpe intento de crear pistas falsas? Las posibilidades eran tan variadas que difícilmente cabía reducirlas sin conocer primero qué había sido de Brancati, y eso nunca se supo. (Jay Robert Nash,
Among the Missing, pág. 147)
Ninguna desaparición en la historia de los Estados Uni-
dos ha suscitado tantas especulaciones como la de Jo- seph F. Crater, juez del tribunal supremo de Nueva York, el 6 de agosto de 1930. Alto, imponente y vi- vaz, Crater, de 41 años, era una figura ascendente en la corrupta administración municipal demócrata Tam- many, de la ciudad. Coincidiendo con su nombramien- to como juez interino había retirado del banco más de 20 000 dólares. La suma era casi el salario de un año, lo que acostumbraba pagar Tammany por un
Sally Lou Ritz (izquierda) fue una de las últimas per- sonas que vieron al juez Crater (derecha). Al desapa- recer también ella semanas después, se pensó que tal vez "sabía demasiado".
puesto lucrativo. Según los investigadores que más tar- de examinaron su papel como síndico de un hotel en quiebra, la inversión no fue infructuosa. Crater ven- dió el hotel a una firma de fianzas e hipotecas en 75 000 dólares, y dos meses después el Ayuntamiento volvió a comprarlo para la proyectada ampliación de la calle a un precio de expropiación de casi tres millones. En junio de 1930 eI juez Crater y su esposa fueron a su casa de verano en Maine. A finales de julio reci- bió una llamada telefónica y dijo a su esposa que te- nía que volver a la ciudad "para meter en cintura a esos tipos". Hizo un viaje a Atlantic City con una de las coristas a las que frecuentaba y volvió a Maine el 1° de agosto. El 3 de agosto regresó a Nueva York, y el 6 cobró cheques por más de 5 000 dólares y des- pués pasó la tarde recogiendo papeles de su oficina. Esa noche, con un boleto para un espectáculo de Broadway en la bolsa, cenó en un restaurante del cen- tro, en compañía de su amigo el abogado William Klein y de una atractiva corista llamada Sally Lou Ritz. Después paró un taxi, se subió a él y desapareció para siempre.
Las explicaciones propuestas para la desaparición de Crater llenarían un libro: sus turbios amigos polí- ticos se habían librado de él antes de que pudiera ser llamado a declarar en una investigación por soborno; murió en compañía de su amante o de una prostituta; fue atraído a Westchester y muerto en una disputa por cuestiones de dinero, o decidió comenzar una nueva vida en Quebec, el Caribe o Europa. Tras su desapa- rición, su nombre se mencionó durante décadas al ha- blar de alguien que escapaba a sus responsabilidades
(to pull a Crater era huir para siempre). Lo único que
puede decirse hoy es lo que se dijo ya en los años trein- ta: Joseph F. Crater lo mismo puede estar muerto que vivo (andaría ahora por los 90 años), y quizá encan- tado de haber llevado a cabo uno de los números de desaparición más misteriosos e investigados a fondo que se recuerdan. (Harper's, 219:41-47, noviembre de
1959; Life, 47:42-44, 16 de noviembre de 1959) El atracador de bancos John Dillinger fue, según las autoridades, abatido por agentes federales de Chica- go el 22 de julio de 1934. Pero según el historiador del crimen Jay Robert Nash, el informe de la autop- sia demostró que el cadáver era más bajo y fornido que Dillinger, tenía los ojos color café en vez de azu- les y mostraba indicios de una enfermedad cardiaca de tipo reumático que Dillinger no padecía. ¿Fue todo un truco publicitario? Su captura aumentó grandemen- te el prestigio del Bureau of Investigation (más tarde conocido como FBI), de J. Edgar Hoover. ¿Siguió en realidad viviendo Dillinger, seguro al saber que ya "muerto" no iba a aparecer en los carteles de "Se le busca vivo" pegados a las paredes de las oficinas de correos? (Jay Robert Nash, Among the Missing, pág. 394; Julian Symons, A Pictorial History of Crime, págs. 140-42)
En 1936, a pocas cuadras de donde el juez Crater fue visto por última vez subiendo al taxi, el financiero Fred Lloyd dejó a un amigo tras un viaje juntos, también en taxi, y siguió después hacia el centro de la ciudad. No se le volvió a ver. Su esposa seguía creyendo que volvería, y cuando ella murió en 1945, en su suite del hotel se encontraron a su nombre tres pólizas de se- guros sin cobrar. (Jay Robert Nash, Among the Mis-
sing, pág. 395)
El último vuelo de Amelia Earhart
La llamaban Lady Lindy, por Charles A. Lindbergh, pero para ser aceptada como una gran piloto tuvo que vencer una oposición que nunca encontraron ni Lind- bergh ni otros hombres. Amelia Earhart, nacida en 1898 en Atchison (E.U.A.), estudiaba medicina cuan- do le entró el entusiasmo por volar. Aprendió pronto y en 1922 estableció un récord de altitud para mujeres. Al convertirse en 1928 en la primera mujer que hi- zo un vuelo trasatlántico, fue el centro de una enor- me campaña publicitaria orquestada por George Put- nam, con quien se casó en 1931. En 1932 cruzó sola el Atlántico, y emprendió después otras aventuras en solitario, mientras defendía los derechos de la mujer. El pináculo de su carrera iba a ser un vuelo alrede- dor del mundo, yendo hacia el este, en un bimotor especialmente equipado. Saliendo de California el 20 de mayo de 1937, ella y su navegante y copiloto, Fred Noonan, recorrieron Florida, Brasil, África Occiden- tal, Pakistán, India, Birmania, Singapur y Australia. El 2 de julio, con los tanques de combustible llenos, Earhart y Noonan partieron de Lae, Nueva Guinea, para un yuelo de más de 4 000 kilómetros hasta la pe- queña isla de Howland, en el Pacífico Central. Allí los esperaba el guardacostas Itaska para enviarles se- ñales de orientación, mientras otros barcos patrulla- ban la zona.
Al acercarse la hora de llegada, el Itaska recibió mensajes fragmentarios: "Nubosidad cerrada... no puedo orientarme." No se oyó nada más.
Apenas supo Putnam que su esposa había desapa- recido, acudió a una amiga de Amelia, Jacqueline Cochran, también destacada piloto. Cochran había ya localizado con éxito aviones perdidos, y como Ame- lia estaba convencida de que poseía percepción extra- sensorial, antes de despegar le había pedido que utili- zase esos poderes en su favor si lo necesitaba. En su autobiografía Estrellas a mediodía, Jacqueline recor- daba haber dicho una vez a Putnam que Amelia esta- ba viva. Especificó la zona del Pacífico donde flota- ba su avión y nombró dos barcos cercanos, uno de ellos el Itaska (del que aún no había oído hablar) y el otro un pesquero japonés. Pidió a Putnam
Los admiradores de Amelia Earhart, primera mujer que cruzó sola el Atlántico, se negaban a atribuir a
un error de pilotaje su desaparición, ocurrida en .1 937.
no mezclar mi nombre en ello, sino enviar barcos y aviones a la zona en cuestión. Aviones de la Armada y abundantes barcos recorrieron esa zona, pero sin encontrar rastro. Seguí el curso de su deriva durante dos días. Seguía estando en la zona donde la buscaban.
Una búsqueda masiva no descubrió nada; pero el país, negándose a aceptar la pérdida de su heroína, se aferraba a sus esperanzas. Durante semanas circu- laron rumores de que se habían captado mensajes por radio que decían: "Al suroeste coralino de una isla desconocida." Al pasar el tiempo, se sugirió que Ame- lia tuvo que descender sobre una isla volcánica que más tarde se hundió, o sobre una isla ocupada por los japoneses, fuera del alcance de los Estados Unidos. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, se dijo que la Earhart iba en misión de espionaje militar y había sido hecha prisionera. Según Fred Goetner , autor de The Search for Amelia Earhart, el almirante Chester Nimitz le dijo que ambos pilotos habían sido capturados (y presumiblemente ejecutados) por los ja- poneses. Después de la guerra, un californiano que vi- vía en la isla de Saipan en 1937, aseguró haber visto allí a dos aviadores, uno de los cuales se parecía a Amelia. Es una historia difícil de creer, pero las espe- culaciones en torno a la suerte de Lady Lindy y Fred Noonan aún continúan.
Cuando el joven y acauda- lado piloto A.C. Whitfield desapareció en 1938 duran- te un corto vueló sobre la densamente poblada Long Island, se organizó una in- tensa búsqueda por aire y
tierra. Nunca se encontró rastró de él ni de su avión.
El 17 de abril de 1938 se produjo la inexplicable desa- parición de un avión en una región densamente po- blada. Andrew Carnegie Whitfield, sobrino del mag- nate del acero, despegó del campo de aterrizaje Roosevelt, de Long Island, rumbo a otro, distante unos 35 kilómetros. Tenía 200 horas de vuelo y en su pe- queño avión había combustible suficiente para 240 ki- lómetros, pero ni él ni el aeroplano aparecieron nun- ca. La imaginación del público, alimentada por la ola de desapariciones y raptos que hubo en los años trein- ta, veía al aviador de 28 años perdido en todas partes, incluso en Council Bluffs (Iowa), donde más de un año después los detectives del ferrocarril creyeron verlo a bordo de un vagón de mercancías, con un gastado traje de vuelo, mostrándoles un puñado de billetes grandes y sonriendo. (Jay Robert Nash, Among the Missing, pág. 333)
Richard Halliburton, aventurero y escritor mundial- mente famoso, desapareció con una tripulación de do- ce hombres a bordo de un junco chino especialmente construido, el Sea Dragan, durante un tifón en el Pa- cífico a finales de marzo de 1939. El viaje había co- menzado en Hong Kong el 4 de marzo y debía con- cluir en San Francisco (E.U.A.), donde aquel verano se celebraba la Exposición Mundial, pero su último mensaje se recibió el 23 de marzo.
Sus siete libros y la columna que publicaba en gran número de periódicos habían proporcionado a Halli- burton millones de lectores de sus hazañas en escena-
Tras recibir la bendición sacerdotal, Richard Hallibur- ton zarpó de Hong Kong en 1939 para cruzar el Paci- fico en un junco, y al parecer se perdió en el mar.
misteriosa que tantos otros en misiones de guerra, pe- ro dejando tras de sí la estela de aquella poesía del vue- lo que siempre lo envolvió. (LeRoy Hayman, Thirteen
Whó Vanished, págs. 49-60)
Como ayudante de confianza de Adolfo Hitler, Mar- tin Bormann estaba con él en el bunker de Berlín cuan- do el dictador y una mujer que se cree que era Eva Braun se suicidaron el 30 de abril de 1945. Bormann ayudó lealmente a sacar de allí los cuerpos y a que- marlos en el jardín batido por la artillería. A la noche siguiente, él y otros del grupo de Hitler llegaron por una serie de túneles a una estación de ferrocarril, y des- pués caminaron junto a los tanques alemanes por las calles iluminadas por los incendios. Uno de los que formaban el grupo declararía más tarde que había visto a Bormann caído en el suelo, ileso pero sin respira- ción. El tribunal de crímenes de guerra de Nuremberg, escéptico, lo condenó a muerte in absentia.
Circularon rumores de que Bormann había sido muerto en Dinamarca mientras intentaba llegar hasta el almirante Karl Doenítz, sucesor legal de Hitler, y también de que había huido a Italia y un submarino lo había llevado a América del Sur. Simon Wiesen- thal, el conocido cazador de criminales de guerra na- zis, cree que Bormann cambió botín nazi por pasapor- tes falsos y una nueva identidad en Argentina, y des- pués en Chile. El escritor Ladislas Farago afirmaba haberlo visitado en un hospital de Bolivia en 1973. Si Bormann estuviera vivo, tendría hoy más de 80 años, y le sobran razones para no dejarse ver. (Hugh Trevor- Roper, The Last Days of Hitler, págs. 212-17)
Seis personas desaparecieron en el Long Trail (Cami- no Largo) de Vermont o en sus cercanías entre noviem- bre de 1945 y diciembre de 1950. Sólo apareció el cuer- po de una de ellas.
La primera desaparición fue la de Middie Rivers, de 75 años, un cazador de ciervos que conocía bien la región del Trail cercana al monte Glastenbury. Po- licías, soldados, boy scouts y vecinos peinaron los bos- ques cuando no regresó de una jornada de caza el 12 de noviembre de 1945, pero sin resultado.
Un día de diciembre de 1946, Paula Weiden estu- diante del Bennington College, dijo a su compañera de cuarto que iba a dar un paseo. La última persona que vio viva a esa muchacha de 18 años fue un vigi-
El Long Trail de Vermont, que vemos en este mapa, discurre por la cresta de los móntes Green. Nó se ha en- contrado explicación algu- na para la desaparición de seis personas en ese cami- no o en sus cercanías a lo largo de un periodo de cin- co añós.
dos románticos y exóticos, desde el Helesponto (don- de pasó nadando de Europa a Asia, como había he- cho lord Byron) hasta Yucatán (donde nadó en un ce- note, estanque sagrado usado en otro tiempo para el culto y los sacrificios por los sacerdotes mayas). Su viaje en el Sea Dragon debía dar color de autentici-
dad a un nuevo libro sobre la posibilidad de antiguas travesías por el Pacífico hasta América, pero el mar dispuso otra cosa. Los esfuerzos por localizar el jun- co de desafiantes pinturas fueron al fin abandonados. (Say Robert Nash, Among the Missi ng, pág. 93-96)
DE 1940 A 1960
Las víctimas de la Segunda Guerra Mundial incluyen, naturalmente, los millones de soldados y civiles que murieron, las decenas de millares de niños que que- daron huérfanos y los amnésicos a causa de neurosis de guerra. Fueron también incontables los desapare- cidos inexplicablemente, entre ellos Glenn Miller, Les- lie Howard y otros famosos. Tanto para los mayores como para los niños, una de Vas desapariciones más conmovedoras fue la de Antoine de Saint-Exupéry, el aviador y escritor francés cuyo libro El principito, hoy
ya un clásico de la literatura moderadamente fantás- tica, fue publicado en 1943.
Saint-Exupéry encantaba y arrastraba con su ener- gía y entusiasmo a cuantos lo conocían. Era el primo- génito de una familia noble y se inició en la aviación militar en los años veinte; después fue piloto de co-
rreo aéreo en África del Norte y a través del Atlánti- co. Sus libros Vuelo nocturno y Tierra de hombres tu-
vieron una acogida entusiasta. Tras la caída de Fran- cia en 1940, pasó tres años en los Estados Unidos, y después —a los 43 años y con el brazo izquierdo inca- pacitado por un accidente aéreo— consiguió ser admi- tido en las fuerzas aéreas de la Francia Libre y empe- zó a volar en misiones de reconocimiento sobre Italia y el Mediterráneo. El 31 de julio de 1944, mientras es- taba en contacto por radio con su base de Córcega, Saint-Exupéry desapareció, quizá de manera no más
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Antoine de Saint-Exupéry, cuyo exuberante amor por la aviación lo llevó a con- vertirse en piloto de correo aéreo en África del Norte, nos dejó en sus escritos to- da la poesía del vuelo sobre lugares extraños y lejanos. El aviador francés desapa- reció durante una misión al servicio de la Francia Libre en 1944.
lante del diario local, que le indicó por dónde podía ir al Long Trail. A pesar de la intensa búsqueda y la publicidad que recibió a nivel nacional, no hubo mo- do de dar con Paula Welden, y empezaron a exten- derse los rumores de un "asesino loco".
La tercera víctima (si ésta es la palabra), James Tel- ford, fue vista por última vez en el Trail el 1° de di- ciembre de 1949.
A principios de 1950, Frieda Langer, de la que se dijo que tenía gran experiencia en los bosques, desa- pareció cuando iba de excursión por el Trail. Su cuer- po fue encontrado finalmente el 12 de mayo de 1951, en un claro del bosque que al parecer había sido pasa- do por alto en rastreos anteriores.
Cuando el 6 de noviembre de 1950 desapareció Mar- tha Jones, se pensó que se había fugado para ir a reu- nirse con su novio en Virginia. Al ver que no era así, se inició su búsqueda, sin resultado.
El último de los seis fue Frances Christman , que sa- lió el 3 de diciembre de 1950 para visitar a un amigo que vivía cerca de allí y no volvió a ser visto.
Si los seis casos no tenían más relación que la del sitio, la coincidencia funcionó a gran escala. Pero si hubo un "asesino loco del Long Trail", nunca sabre- mos por qué empezaron ni por qué terminaron los crí- menes: el bosque de Vermont no ha revelado su se-
creto. (Paul Begg, Into Thin Air, págs. 19-30) La leyenda del Triángulo de las Bermudas, la zona al este de Florida donde se dice que barcos y aviones desaparecen en número demasiado grande para ser ca- sual, aumentó con la pérdida de la Patrulla 19 el 5 de diciembre de 1945. Cinco bombarderos torpederos TBM Avenger salieron de Fort Lauderdale para un ejercicio de navegación de unos 500 kilómetros que de-
Las desapariciones de barcós y aviones en diversos lu- gares de la zona delimitada arriba han creado un temor supersticioso al llamado Triángulo de las Bermudas.
hería haberlos llevado al este, después al norte, sobre la isla Gran Bahama, y finalmente al suroeste, de vuel- ta a la base.
Comandaba la Patrulla 19 el teniente Charles Ca- rroll Taylor, uno de los dos tripulantes con experien- cia que iban a bordo. Los otros doce pilotos, radiote-