LOCH
MONSTER
Las playeras de sir Peter Scott y su mujer lo dicen to- do: "Creo en el monstruo de Loch Ness." Scott es un experto en el escurridizo "Nessie".
después de que su hermano, que iba en la misma bici- moto, fue muerto en la misma calle por el mismo ta- xista que llevaba al mismo pasajero. (John Michell y Robert J.M. Rickard, Phenomena: A Book of Won-
ders, pág. 90)
La otra Wanda Marie Johnson
La siguiente historia apareció en el Washington Post del 20 de abril de 1978:
Wanda Marie Johnson, de Adelphi, en el condado Prince Georges de Maryland, es empleada de equipajes en la Union Station de Washington.
Wanda Marie Johnson, de Suitland, en el condado Prince Georges de Maryland, es enfermera en el D.C. General Hospital de Washington.
Ambas Wanda Marie nacieron el mismo día, el 15 de junio de 1953; ambas se habían ido de Washington, D.C., al condado Prince Georges; ambas tienen dos hijos, nacidos en el mismo
Las vidas casi duplicadas de Wanda Marie Johnson, de Suitland (izquierda), y Wanda Marie Johnson, de Adelphi (derecha), acabaron por reunir a ambas mu- jeres en 1978.
hospital, y ambas poseen un Ford Granada de dos puertas. Las once cifras de los números de serie de sus coches son iguales, salvo las tres últimas.
...y perros llamados Toy
Dos gemelos idénticos, nacidos en Ohio hace unos 40 años, fueron adoptados poco después por dos fami-
lías diferentes. En 1979, al cabo de 39 años de separa- ción, se reunieron. Entonces descubrieron que a los dos les habían puesto James, que los dos habían estu- diado para policías y que a los dos les gustaban el di- bujo industrial y la carpintería. Ambos se habían ca- sado con una mujer llamada Linda, habían tenido un
Cuando los gemelos idénticos Jim Lewis (izquierda) y Jim Springer (derecha) se encontraron al cabo de 39 años, descubrieron semejanzas "tremebundas" en sus vidas, hábitos e ideas.
hijo —uno llamado James Alan y el otro James Allan—, se habían divorciado y habían vuelto a ca- sarse con una mujer llamada Betty. Ambos llamaban Toy a su perro, y además los dos iban de vacaciones a la misma playa de St. Petersburg, en Florida. (Rea-
der's Digest, enero de 1980, pág. 78)
COINCIDENCIAS EN QUE INTERVIENEN OBJETOS
Los objetos que figuran en estos casos de coinciden- cia son tan notablemente diversos como kimonos, re- lojes, armas, budines de ciruela, escarabajos y cajas de cerillos.
Kimono fatal
Un kimono, que perteneció sucesivamente a tres mu- chachas adolescentes que murieron antes de poder lu- cido, fue considerado portador de tan mala suerte que un sacerdote japonés procedió a quemarlo en febrero de 1657. Cuando estaba haciéndolo, se levantó un fuerte viento que avivó las llamas hasta que no pudie- ron ser dominadas. El fuego así prendido destruyó tres cuartas partes de Tokio, reduciendo a cenizas 300 tem- plos, 500 palacios, 9 000 tiendas y 61 puentes, y aca- bando con la vida de 100 000 personas. (Noel Nouet,
Histoire de Tokyo, pág. 98)
El gran incendio de Tokio de 1 657 escapó rápidamen- latió la mayor parte de la ciudad: un auténtico polvo- te al control de sus angustiados pobladores y consumio de casas, templos y puentes de madera.
Un reloj magníficamente decorado es ofrecido a Luis XIV por el científico holandés Christiaan Huygens, que fue el primero en utilizar el péndulo para regular el movimiento horario.
Doble riesgo
Jabez Spicer, de Leyden (Massachusetts), fue muerto por dos balas en el ataque al arsenal federal de Spring- field el 25 de enero de 1787, durante la rebelión de Shays. Llevaba puesta en ese momento la misma ca- saca que había llevado su hermano Daniel cuando tam- bién fue víctima de dos proyectiles el 5 de marzo de 1784.
Las balas que mataron a Jabez Spicer entraron por los agujeros hechos por las balas que habían matado a su hermano Daniel tres años antes. (Official History
of Guilford, Vermont, 1678-1961, pág. 94)
Monsieur de Fortgibu y los budines de ciruela Los budines de ciruela son una especialidad más in- glesa que francesa, y el poeta francés Emite Deschamps recordaba muy bien ese postre: cuando estuvo en un internado de Orleáns hacia 1800, lo invitó a probar una rebanada un tal M. de Fortgibu, que acababa de volver de Inglaterra.
Diez años más tarde, en París, Deschamps pasaba frente a un restaurante cuando vio dentro un budín de ciruela de suculento aspecto. Entró para pedir una rebanada pero le dijeron que acababa de comprarlo otro cliente.
El reloj que se detuvo
Un reloj decorado perteneciente al rey Luis XIV de Francia se detuvo en el preciso momento de su muer- te, las 7:45 de la mañana del I° de septiembre de 1715, y no ha vuelto a funcionar. (Ripley's Giant Book of
Believe It or Mt!)
—Monsieur de Fortgibu —interpeló la dependien- ta al cliente que se acercaba—, ¿sería tan amable de compartir su budín de ciruela con este caballero?
Quien en otro tiempo diera a probar a Deschamps su budín era ahora un hombre mayor, de empolvada peluca y con uniforme de coronel, y que se prestó más que gustoso a volver a compartir su budín con Des- champs. Tras saludarse, ambos recordaron aquel pri- mer budín de ciruela.
Pasaron muchos años, y Deschamps se encontró in- vitado a una cena en la que le dijeron que iban a ser- vir budín de ciruela.
—Entonces sé que estará allí M. de Fortgibu —dijo Deschamps a su anfitriona, y le contó la historia.
Llegada la noche de la cena, y como postre, sirvie- ron un magnífico budín de ciruela a los diez invita- dos. En ese momento se abrió la puerta y entró por ella M. de Fortgibu. Ya muy viejo, y un tanto despis- tado, se había equivocado de dirección y había llega- do a la cena por error. (Camine Flammarion, The
Unknown, pág. 194)
La importancia del budín de ciruela en Navidad se ilus- tra en esta escena de 1838, en la que una familia in- glesa celebra la aparición de ese postre tradicional.
Un papiro oportuno
El Ángel de las Bibliotecas, cuya tarea consiste en ve- lar por los escritores y eruditos que lo merecen, es qui- zá en su interior un egiptólogo, porque una de sus coin- cidencias más valiosas la proporcionó al doctor Tho- mas Young, el físico inglés a quien, junto a Jean
FrancoisChampollion, se debe el desciframiento de la pie-
El desciframiento de la piedra de Rosetta, inscrita en caracteres jeroglíficos, demóticos y griegos, fue la clave que sirvió para comprender los antiguos manuscritos egipcios.
dra de Rosetta, clave primera y principal de nuestra comprensión de los jeroglíficos.
Una noche de 1822 (el año en que Champollion, ba- sándose en las investigaciones de Young, publicó su estudio de la piedra de Rosetta), Young se afanaba so- bre un manuscrito de escritura jeroglífica. A excep- ción de tres nombres escritos en caracteres griegos —Apolonio, Antígono y Antioco, que él leía Antíma- co—, no conseguía encontrarle pies ni cabeza. Lo de- jó de lado, y examinando un nuevo envío encontró otro papiro, que resultó estar escrito totalmente en griego. Mientras lo recorría rápidamente antes de de- jarlo a un lado, su mirada captó los mismos nombres que acababa de leer en el manuscrito egipcio, aunque en forma ligeramente diferente: Portis Apollonii y An- ti machus Antigenis. Asombrado, se dio cuenta de que tenía ante sí una traducción del jeroglífico. El docu- mento había sobrevivido 2 000 años para llegarle, des- de otro confín del mundo, en el momento en que más falta hacía. Tal conspiración de acontecimientos, es- cribió más tarde, hubiese bastado en una época ante- rior para convencer a la gente de que no sólo había aprendido jeroglíficos, sino también los secretos de la hechicería egipcia. (Thomas Young, An Account of Some Recent Discoveries in Hieroglyphical Litera- ture and Egyptian Antiquities, págs. 55-58)
Las cajitas de oro
Cuando el rey Eduardo VII de Inglaterra era joven, y todavía príncipe de Gales, era muy aficionado a la caza del zorro. Uno de sus habituales compañeros de cacería era un actor llamado Edward A. Sothern. Un día, como prueba de estima y afecto, el príncipe rega- ló a su amigo una cajita de oro, para cerillos, diseña- da para ir unida a una cadena de reloj. Sothern la lle- vaba consigo a dondequiera que iba; pero un día, es- tando de caza, lo tiró su caballo, y la cajita, a pesar de todos los esfuerzos por encontrarla, no apareció. Sothern mandó hacer otra igual, que más tarde rega- ló a su hijo Lytton.
Lytton Sothern era también actor, y durante una gi- ra por Australia regaló el duplicado de la cajita a un amigo de allí llamado Labertouche.
De regreso en Inglaterra, el hermano de Lytton, George, cazador de zorros como su padre, corría un día tras la jauría cuando se topó con el viejo granjero por cuyas tierras transcurría la cacería. Al saber que George era hijo de Edward A. Sothern, el granjero le dio la cajita de oro perdida veinte años antes y que había sido encontrada aquella misma mañana por un mozo que estaba arando.
El hermano de Lytton y George, Edward H. So- thern —el tercer actor de la familia—, estaba de gira por América cuando ocurrió esto, y George creyó que
Eduardo, príncipe de Gales, que fue coronado rey de Inglaterra a los 59 años, era un entusiasta deportista. Esta pintura nos lo muestra en una cacería de zorros.
valía la pena escribirle contándole el caso. Cuando Ed- ward leyó la carta viajaba en tren con otro actor, Ar- thur Lawrence, a quien había conocido ese mismo dia. Le contó la curiosa historia y se preguntó en voz alta qué habría sido del duplicado. A lo cual, y para su asombro, respondió Lawrence haciendo oscilar una ca- dena. De ella colgaba la cajita de oro, que Labertou- che había regalado a Lawrence. (Edward H. Sothern,
My Remembrances: The Melancholy Tale of "Me",
pág. 341)
Escrito en el viento
Camine Flammarion, el célebre astrónomo francés del siglo XIX, era también estudioso del ocultismo, y en especial de cómo puede relacionarse la aparición de fantasmas con el problema de la vida después de la muerte. En su libro Lo desconocido, publicado en 1900, refiere que cuando estaba redactando el capítu- lo sobre el viento de su gran obra L'Attnosphére, una ráfaga abrió de golpe su ventana, levantó las cuarti- llas que acababa de escribir y se las llevó. Pocos días más tarde le asombró recibir de su editor las pruebas del capítulo desaparecido. El viento habla llevado los papeles a una calle por la que pasaba el portero del editor, que a menudo hacía de mensajero para Flam- marion. El portero se había limitado a recoger las cuar- tillas voladas y llevárselas al editor como de costum- bre. (Camille Flammarion, The Unknown, pág. 192)
Una pistola perseverante
La siguiente historia la cuenta sir Harold Nicolson en su ensayo "Coincidencias":
En mayo de 1866, cuando eI príncipe Bismarck iba a caballo por Unter den Linden, se le acercó un estudiante llamado Cohen Blind, quien sacó un revólver y le disparó cuatro tiros a quemarropa. Dos de las balas fallaron el blanco, otra penetró en
el hombro de Bismarck y otra en el pulmón. El Canciller de Hierro no era hombre a quien
perturbase una pequeñez como ésa, y a los seis días
pudo vérsele de nuevo, erguido y dominante, cabalgando por Unter den Linden. Entretanto, Herr Blind había sido detenido y le habían quitado el revólver, que fue ofrecido a Bismarck como recuerdo de la ocasión.
En 1886, el padre de mi amigo Leopold estaba pasando una temporada con Bismarck, con quien había emparentado por su matrimonio. Había en la casa varias señoras, y después de la comida la princesa Bismarck las llevó a recorrer las
habitaciones, para mostrarles los objetos históricos que contenían. Bismarck y los invitados varones se
Camille Flammarion, astrónomo francés, escribió co- piosamente acerca de su especialidad, como sugieren los papeles que tiene ante sil En años posteriores se dedicó a la investigación parapsicológica.
El artista que hizo este grabado del intento de asesi- nato de Bismarck se tomó algunas libertades, como la de mostrar al príncipe y canciller alemán a pie en vez de a caballo.
quedaron saboreando sus puros de Hamburgo. Desde el despacho del Canciller podían oírse las voces de las damas. "Y ésta", dijo una voz, "es la pistola que usó Blind en 1866." Hubo un murmullo de interés seguido de un fuerte estampido. Bismarck saltó de su asiento y se precipitó al cuarto contiguo: las damas se miraban asombradas, mientras había en el aire un fuerte olor a pólvora. La pistola, aún humeante, estaba tirada en el suelo. El Canciller tuvo uno de sus raros accesos de cólera, ¿Cómo podía alguien, tronó, haber sido tan tonto como para tocar aquel revólver? Era un milagro que nadie hubiese resultado muerto. No debía permltirse que nadie volviera a tocar esa arma.
En 1906, mi amigo Leopold estaba invitado en casa de sus primos, en Friedrichsruh. La tarde era lluviosa, y a la comida habían asistido algunos jóvenes. Mi amigo les enseñó el despacho del Canciller. Tomó la pistola del escritorio. "Ésta", dijo, "es la pistola con la que Blind disparó contra Bismarck en 1866. Veinte años más tarde, estando aquí mi padre, había unas damas visitando la casa y una de ellas agarró la pistola y tontamente apretó el gatillo, así..." Hubo un relámpago y un estampido. Retrocedieron de un salto y se miraron, pálidos. Una de las muchachas había resultado levemente herida en la mano. El propio Leopold sangraba por el dedo, y tenía la mano quemada y negra de pólvora. La bala, sexta y última del revólver de Herr Blind, estaba incrustada en su bíceps. [Harold Nicolson, Small Talk, págs. 99-101]
La bala que al fin dio en el blanco
En 1883, Henry Ziegland, de Honey Grove (Texas), dejó plantada a su novia, que desesperada se mató. Su hermano trató de vengarla matando a Ziegland, pe- ro la bala sólo le rozó la cara y fue a incrustarse en un árbol. El hermano, creyendo que había matado a Ziegland, se suicidó.
En 1913, Ziegland estaba talando el árbol donde se había alojado la bala. Era muy difícil, de modo que decidió usar dinamita. La explosión incrustó la vieja bala en la cabeza de Ziegland y lo mató. (Ripley's Be-
lieve It or Not!, pág. 133)
Sin escapatoria
Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, varios agentes de la inteligencia francesa detuvieron a un es- pía alemán, Peter Karpin, cuando acababa de entrar en el país. Mantuvieron la detención en secreto, y du- rante los tres años siguientes, hasta la fuga de Karpin en 1917, enviaron informes falsos a los superiores de éste, e interceptaron todos los fondos enviados a Fran- cia para él. Esos fondos fueron utilizados para com- prar un automóvil que, en 1919, atropelló y mató a un hombre en el Ruhr, en esa época todavía ocupado por los franceses. La víctima del accidente no era otro que el espía que se había fugado, Peter Karpin. (Ri-
pley's Giant Book of Believe It or Not!)
Reunión en París
Cuando la novelista Anne Parrish visitó por primera
vez París en los años veinte, ella y su marido acostum- braban curiosear en los puestos de libros de viejo que hay a orillas del Sena, cerca de la lie de la Cité. En uno de ellos encontró un viejo ejemplar de Jack Frosr
and Other Stories, libro que había alegrado sus días
de infancia en Colorado Springs y que no había vuel- to a ver desde entonces. Emocionada al volver a en- contrar a aquel viejo amigo al cabo de tantos años, se lo mostró a su marido. Éste lo abrió, y en la guarda encontró una anotación: "Anne Parrish, 209 N. We- ber Street, Colorado Springs." (Alexander Woollcott,
While Rome Burns, págs. 20-23)
Anne Parrish, nacida en 1888 y muerta en 1957, se hizo famosa en los años veinte con novelas hábil- mente escritas, como The
Perennial Bachetor, pre-
miada en 1925. Atesoraba en su memoria los libros de cuentos de su infancia, y colaboró en dos libros pa- ra niños, uno de ellos Knee
High To a Grasshopper.
Un libro con vistas
Durante la Segunda Guerra Mundial, Arthur Butterworth, originario de Yorkshire, estaba destinado en
un campamento situado en terrenos de Taversham Hall, cerca de Norwich. Había pedido un libro sobre música a un librero de viejo de Londres, y cuando al fin llegó el paquete lo abrió en su barracón, asomado a la ventana. Al hacerlo, del libro cayó una postal, evi- dentemente puesta allí como señal por el anterior pro- pietario. Butterworth vio que había sido escrita el 4 de agosto de 1913 y le dio vuelta para ver la ilustra- ción. Para su asombro, la fotografía mostraba exac- tamente lo que podía ver desde su ventana, Tavers- ham Hall.
Dado que durante la guerra los campamentos mili- tares sólo tenían clave postal, no dirección, el librero no podía saber adónde enviaba el paquete, ni pudo por tanto incluir deliberadamente la postal como ges- to amistoso. Así, en un libro de música, Arthur But- terworth encontró un regalo fuera de lo común: una desconcertante resonancia de tiempo y espacio. ( The
Sunday Times de Londres, 5 de mayo de 1974)