Torbellinos y trombas marinas
El 3 de junio de 1894, en los condados de Harney, Grant y Union, del este de Oregon, un tornado dejó
a su paso láminas de hielo. Tenían de 50 a 100 centí- metros cuadrados y de 2 a 4 centímetros de grueso. "Su superficie era suave, y al caer daban la impre- sión de un gran campo o lámina de hielo suspendido en la atmósfera, y de repente se rompieron en frag- mentos aproximadamente del tamaño de la palma de
la mano." (Monthly Weather Review, 22:293, julio
de 1894)
Un diluvio de aves muertas cayó de madrugada, de un cielo despejado, sobre Baton Rouge (Luisiana) en noviembre de 1896, "llenando literalmente las calles de la ciudad. Había patos silvestres, tordos cantores, pájaros carpinteros y muchas aves de extraño pluma- je, algunas parecidas a los canarios, pero todas muer- tas, cayendo a montones a lo largo de las vías públi- cas..." La única explicación posible de tan triste su- ceso fue que habían sido arrastradas tierra adentro por una reciente tormenta en la costa de Florida, y habían muerto a causa de un súbito cambio de temperatura 198
que había tenido lugar en la zona de Baton Rouge. No obstante, si las tormentas y los cambios de tempera- tura son comunes, las lluvias de aves no lo son.
(Monthly Weather Review, 45:223, mayo de 1917)
Algo calificado de "lluvia sulfurosa" cayó el 21 de marzo de 1898 sobre Mount Vernon (Kentucky) y va- rios otros lugares del condado de Rockcastle. La sus- tancia era inflamable y olía a azufre. (Monthly Wea-
ther Review, 26:115, marzo de 1898)
El 21 de noviembre de 1898 cayó sobre Montgomery (Alabama) una sustancia parecida a una tela de ara- ña, pero en realidad tenía una textura más semejante a la del asbesto. Parte de esa materia estaba en forma de hebras y parte en copos de varios centímetros de largo y ancho. Aún más curioso: la sustancia era fos- forescente. (Monthly Weather Review, 26:566, diciem- bre de 1898)
DE 1900 A 1910
Centenares de pequeños bagres, truchas y percas ca- yeron en junio de 1901 sobre Tiller's Ferry (Carolina del Sur) durante una espesa lluvia. Más tarde apare- cieron nadando en los charcos que se habían forma- do entre las hileras de algodón de una plantación per- teneciente a Charles Raley. (Monthly Weather Review, 29:263, junio de 1901)
Una serie de curiosos granizos cayeron en 1901 durante una tormenta sobre el río San Lorenzo, cerca del blo de Alexandria Bay (Nueva York). Al principio eran cilíndricos, del grueso de un lápiz y de unos tres centí- metros de largo. Siguieron piedras del tamaño de una nuez, que a su vez fueron seguidas por granizos en for- ma de disco de 5 centímetros de grueso y 7 de diáme- tro. Eran lo bastante duros para rebotar en la roca sin romperse, y cuando estaban ya medio fundidos "mu- chos tenían la apariencia de un ojo humano, con una pupila en el centro y un anillo rodeándola, y finas lí- neas que irradiaban en todas direcciones".
"Durante la tormenta", continuaba el informador, "el río presentaba un hermoso aspecto, con millones de pequeños surtidores que medían desde 30 centíme- tros hasta casi dos metros de alto donde caían los gra- nizos." (Monthly Weather Review, 29:506-07, noviem- bre de 1901)
La noche del domingo de la Santísima Trinidad de 1908, el párroco de Saint-Étienne-les-Remiremont, una parroquia situada unos kilómetros al oeste de los Vos- gos, en la Francia oriental, estaba confortablemente instalado en su presbiterio con "un grueso tratado de geología". Apenas había leído unas cuantas pági- nas sobre la formación del hielo cuando oyó cómo se abría la puerta del presbiterio y Mlle. Marie André gri- tó: ";Monsieur le Curé, venga en seguida, que se derriten!"
En el dibujo se reproducen algunas de las extrañas variedades de granizos observadas en Alexandria Bay en 1901.
A regañadientes, pues sufría de reumatismo, el abate Gueniot fue a ver lo que ocurría. El resto de la histo- ria lo referirá él mismo:
—Mire —me dijo—, aquí está la imagen de Nuestra
Señora del Tesoro, impresa en los granizos. —Vamos, vamos —le dije—, no me vengas con esos cuentos.
Para complacerla, miré descuidadamente dos granizos que tenía en la mano. Pero, dado que no quería ver nada, y tampoco podía hacerlo sin lentes, me di media vuelta para volver a mi libro. Ella me apremió: "Le ruego que se ponga los lentes." Así lo hice y vi muy claramente en la superficie de los granizos, que eran levemente convexos en el centro aunque con los bordes algo gastados, el busto de una mujer con una túnica con el dobladillo levantado, como una capa pluvial. Quizá fuese más exacto decir que era como la Virgen de los Ermitaños. Las líneas de la imagen estaban ligeramente ahuecadas, como hechas con un punzón, pero el trazo era firme.
Mile. André me pidió que me fijara en ciertos detalles del vestido, pero me negué a seguir mirando. Estaba avergonzado de mi credulidad, y seguro de que la Santísima Virgen no se ocuparía de poner so foto en los granizos. Le dije: "Pero ¿no ves que esos granizos deben de haber caído sobre las plantas y de ahí proceden las impresiones? Llévatelos, no los quiero para nada." Volví a mi llbro sin prestar más atención a lo sucedido.
Pero la extraña formación de esos granizos no se me iba de la cabeza. Recogí tres, para pesarlos, sin
mirarlos con atención. Pesaban entre 170 y 200
gramos. Uno de ellos era perfectamente redondo, como las canicas con que juegan los niños, y tenía alrededor una rebaba como si lo hubieran fundido en un molde. [Nota: las noticias de granizos con rebabas no son raras.]
Durante la cena (estaba solo) me dije: "De todos modos, esos granizos tiene una forma extraña, y lo impreso en los dos que examiné estaba tan bien hecho que difícilmente puede deberse a la
casualidad."
Pero pronto reprimí todo pensamiento acerca de algo sobrenatural, y me avergonce de haber pensado en ello un solo momento.
Cuando el párroco terminó de cenar había cesado la tormenta, y fue al jardín para comprobar los da- ños. Para su sorpresa, encontró las plantas sin nove- dad, pero más tarde supo que el granizo había roto unos 1 400 vidrios de ventana en la zona. (Al parecer, la tormenta había descargado dos tipos de granizos: los que llevaban la imagen milagrosa y otros más gran- des y dañinos.) "Lo que parece más digno de men- ción", continuaba el sacerdote, "es que los granizos, que debían de haberse precipitado violentamente a tie- rra de acuerdo con las leyes de la aceleración de la ve- locidad de los cuerpos en caída, parecían proceder de una altura de pocos metros y haber adquirido única- mente la velocidad inicial del cuerpo que cae." El clé- rigo cotinuaba:
Hacia las siete y media se había extendido por la vecindad de la casa parroquia} la noticia de que muchas personas habían observado en los granizos la efigie de Nuestra Señora del Tesoro, y que algunos de ellos tenían forma de medallones. Los niños los habían recogido en sus delantales y se los habían enseñado a sus padres, que habían
comprobado la presencia de la imagen. Algunos advirtieron incluso detalles como la corona de la Virgen, el Niño Jesús, los bordes del vestido... ¿Sería todo ello pura imaginación?
Pero, excepto esos detalles, no cabe duda de que la mayor parte de los granizos examinados llevaban claramente la efigie de Nuestra Señora del Tesoro.
A la mañana siguiente, los lecheros, al volver de Remiremont, contaron que también en la ciudad muchas personas habían observado lo mismo.
Al domingo siguiente, después de vísperas, el pá- rroco recogió firmas de cincuenta personas ."plena- mente convencidas de la verdad de sus observaciones". Él no concedía "importancia a esas firmas, en las que se puede sospechar que he influido, pero fueron da- das espontáneamente".
El cura concluía observando que, aunque el ayun- tamiento de Remiremont había prohibido una "mag- nífica procesión que estaba preparándose" para el do- mingo de la Santísima Trinidad, "la artillería celes- tial organizó una procesión vertical que nadie pudo
prohibir". (English Mechanic and World of Science,
87:436, 12 de junio de 1908)
Una granizada parecida tuvo lugar en 1552 en Dor- drecht (Holanda). He aquí la traducción del informe original de aquel suceso, que vemos en la página opuesta:
Un granizo prodigiosamente grande En el año de 1552, el viernes 17 de mayo, entre las 4 y las 5 de la tarde, hubo una tormenta
especialmente violenta en cierta ciudad holandesa llamada Dordrecht, que hizo a los habitantes
refugiarse aterrados en sus casas como si fuese a acabarse el mundo, porque durante más de media hora hubo un continuo bombardeo de horribles granizos, hasta el punto de que jardines y huertos quedaron deshechos. Algunos de los granizos eran gigantescos y de una forma muy curiosa.
Centenares de personas los vieron, entre ellos un pintor que los dibujó como vemos arriba. Algunos granizos tenían la forma natural de un sol. En otros aparecía una corona de espinas. Algunos pesaron hasta un cuarto de kilo. El agua de esos granizos olía como si estuvlese hirviendo. Esa granizada fue seguida por una nube maloliente. Es un misterio lo que tales signos puedan significar. Pero eso es algo que sólo Dios Todopoderoso sabe. Que él nos proteja en Cristo. Amén.
DE 1910 A 1950
Cientos de anguilas de arena (Ammodytes tóbianus)
cayeron el 24 de agosto de 1918 sobre una zona de unas trece áreas en Hendon, un suburbio de Sunderland (In- glaterra). Llovía mucho, y los peces estaban no sólo muertos, sino rígidos y duros, cuando fueron recogi- dos al dejar de llover. (Nature, 102:46, 19 de septiem- bre de 1918)
En julio de 1921 empezaron a caer piedras del cielo sobre el pueblo de Chico (California), y aún seguían cayendo intermitentemente en noviembre. El fenóme- no no despertó gran atención sino hasta enero siguien- te, cuando el jefe de policía J.A. Peck inició una in- vestigación. Sus conclusiones fueron publicadas en el
Examiner de San Francisco el 14 de marzo. Había visto y oído caer las piedras, pero era incapaz de explicar- lo; sospechaba que "el culpable es alguien que tiene una máquina". El origen de las piedras siguió siendo un enigma. Según el profesor C.K. Studley, que es- cribió en la misma edición del Examiner, "algunas de las piedras son tan grandes que no podrían ser lanza- das por medios comunes. Una de ellas pesa casi me- dio kilo. No son de origen meteórico, como parece que se ha apuntado, pues dos de ellas muestran señales de cementación, natural o artificial, y nunca se ha rela- cionado ningún factor meteórico con una fábrica de cemento".
En marzo de 1922, el Chronicle de San Francisco
publicaba una serie de relatos del suceso. Decía que 200