La combustión humana espontánea era un fenómeno tan conocido ya a finales del siglo XVIII y durante el
xfx que algunos escritores lo utilizaron para acabar con sus personajes de ficción.
En Casa desolada de Charles Dickens, publicada a mediados del siglo pasado, Krook, un viejo comer- ciante en trapos y botellas, cadavérico y atiborrado de ginebra, muere espantosamente por combustión es- pontánea. Krook era el símbolo de todos los males y desigualdades sociales que entonces había en Inglate- rra, y a través de su terrible fin Dickens profetizó la autodestrucción de "toda autoridad allí donde, bajo uno u otro nombre, se cometen fraudes e injusticias". El capítulo que describía la muerte de Krook concluía:
Cualquiera que sea el nombre que deis a la muerte, a quién la atribuyáis o cómo digáis que podía haber sido evitada, es eternamente la misma muerte, innata, congénita, engendrada en los corruptos humores del propio cuerpo vicioso, y sólo ésa: la Combustión Espontánea, y no ninguna otra de las muertes de las que se puede morir.
Cuando apareció esta parte de Casa desolada (no- vela por entregas), el crítico literario George Henry Lewes reprendió a su viejo amigo Dickens por perpe- tuar lo que él creía que era una superstición vulgar y anticientífica. Pero Dickens defendió vigorosamen-
Esta ilustración de Casa desolada, de Dickens, mues- tra la llegada de William Guppy y un amigo a casa de Krook, donde lo encuentran quemado.
te la realidad de la combustión espontánea, citando muchos casos documentados, así como sus propios re- cuerdos de sucesos de su época de joven reportero. Más tarde, al reimprimirse Casa desolada en un solo volumen, Dickens aprovechó el prólogo para seguir defendiendo la autenticidad de la combustión humana:
No renunciaré a los hechos hasta que el testimonio que suele servir de base a la aceptación de los acontecimientos humanos no haya sufrido una considerable Combustión Espontánea.
El primer relato literario de una combustión espon- tánea aparece en 1798 en la novela Wieland, escrita por Charles Brockden Brown, primer novelista esta- dounidense y maestro del género gótico. El personaje principal es un pietista alemán que lleva a cabo los misteriosos y solitarios ritos de su religión en una rui- nosa cabaña de madera a la que llama su capilla. Una noche su mujer ve, sorprendida, brotar una brillante luz sobre la capilla y escucha "una fuerte detonación, como la explosión de una mina". Oye también horri- bles chillidos, pero cuando llega a la cabaña la luz y los gritos han cesado. Encuentra a Wieland "incons- ciente", con la ropa hecha cenizas y el cuerpo horri- blemente quemado, pero la capilla intacta. El desdi- chado muere después de terribles sufrimientos:
...la enfermedad... mostró síntomas terribles. La fiebre y el delirio terminaron en un sopor letárgico. Pero no antes de que emanaciones insoportables y una putrefacción horripilante hubiesen alejado de su habitación y de la casa a cuantos no retenía allí el deber.
(El lector reconocerá aquí una versión gótica del ca- so del sacerdote Bertholi, referido en la página 82.) En la novela Jacob Faithfut (1834), de Frederick Marryat, la madre del protagonista es víctima de la combustión espontánea. Marryat siguió de cerca en su relato los detalles de un caso ocurrido en Londres en 1832. Jacob entra en el camarote de sus padres, a bordo de una casa flotante del Támesis:
La lámpara sujeta al mamparo de popa y protegida por un vidrio estaba aún encendida, y pude ver claramente todos los rincones del camarote, No había nada ardiendo; ni siquiera las cortinas de la cama de mi madre se veían chamuscadas. Parecía haber una masa negra en medio de la cama. Alargué temeroso la mano.
Era una especie de ceniza untuosa y que recordaba la brea. Grité horrorizado... Salí del camarote tambaleándome y me desplomé sobre cubierta en un estado cercano a la locura... Murió de lo que llaman combustión espontánea, una inflamación de los gases
generadospor el alcohol absorbido por el organismo.
En Las almas muertas, de Gogol (1842), hay una apesadumbrada mención de la muerte de un herrero:
Se incendió él mismo. Algo en su interior se prendió fuego. Sin duda había bebido
demasiado. Sólo exhaló una llama azul y ardió y ardió hasta que se volvió tan negro como el carbón. Y era un herrero tan hábil...
Gogol es famoso por sus sátiras sociales, en las que ridiculizaba a la sociedad y la burocracia rusas. Las al- mas muertas, una de sus mejores obras, contiene un episodio en el que un hom- bre se incendia. Gogol su- ponía que las llamas, pre- sumiblemente causadas por el alcohol, eran el justo cas- tigo de este vicio.
También Herman Melville utilizó este recurso. En
Redburn (1849), Miguel, un marinero enrolado a la fuerza, es encontrado sobre cubierta medio atontado, borracho y apestando. Mientras el resto de la horro- rizada tripulación lo contemplaba,
nosotros exactamente igual que un tiburón fosforescente en un mar de medianoche. Y Thomas de Quincey, en la edición revisada en 1856 de sus Confesiones de un comedor de opio in- glés, incluía entre los "sufrimientos del opio" el te- mor a que el narcótico pudiese provocar, como el al- cohol, combustión espontánea y a que llegase él mis- mo a despedirse así del mundo literario.
Esa misteriosa y feroz muerte fue también utiliza- da por Mark Twain en su Vida en el Mississippi (1883):
Jimmy Fina no fue quemado en el calabozo, sino que murió de muerte natural en una tina para curtir, a consecuencia de una combinación de delírium tremens y combustión espontánea. Cuando digo muerte natural me refiero a que era natural que Jimmy Finn muriese así. Por Ultimo, en la novela de Emile Zola El doctor Pascal (1893), uno de los miembros de la degenerada familia Macquart, sentado medio inconsciente a cau- sa del alcohol, se incendia con el fuego de su pipa mientras su hermana lo observa horrorizada:
Al principio Felicité pensó que era su ropa interior, sus calzoncillos o su camiseta, Io que estaba ardiendo, pero después ya no hubo duda de que era su carne la que ardía con una vacilante llama azul, ligera y danzarina como la que se extiende sobre la superficie de un plato con alcohol... Iba creciendo, extendiéndose rápidamente, y la piel iba agrietándose y la grasa empezaba a fundirse. Ahora la grasa líquida goteaba de las grietas de su piel, alimentando la llama, que iba extendiéndose hasta su vientre. Y Felicité se dio cuenta de que estaba consumiéndose pos completo, como una esponja empapada en alcohol.
...dos hebras de fuego verdoso, como una lengua bífida, salieron disparadas de entre sus labios y en un momento su rostro cadavérico estuvo cubierto por un enjambre de llamas
como gusanos... El cuerpo desnudo ardió ante Émile Zola, creador de laescuela naturalista france-
sa, subrayó en muchas de sus obras la influencia do la herencia en el individuo. En El doctos Pascal, una de las veinte novelas de su famosa serie Los Rougon- Macquart, pintó gráfica- mente la muerte de Amai- ne Macquart, que ardió mientras dormía borracho.
Redburn, de Herman Mel- ville, se basa en su primera experiencia en el mar como grumete de un mercante que iba a Liverpool. ¿Pre- senciaría algún caso de combustión espontánea?
de la señora Reeser. Excepto el sillón y la mesita que estaba al lado, el mobiliario apenas había sufrido da- ños, pero el apartamento había experimentado algu- nos curiosos efectos:
El techo, las cortinas y las paredes estaban cubiertos de un hollín maloliente y grasiento a partir de un punto situado exactamente a 1.20 metros por encima del suelo. Por debajo de esa línea no había ninguno. La pintura de la pared contigua al slllón aparecía levemente oscurecida, pero la alfombra donde descansaba el slllón no estaba ni siquiera perforada por el fuego. Un espejo de pared situado a unos 3 metros se había roto, probablemente a causa del calor. Sobre un tocador, a unos 4 metros de allí, dos velas color de rosa se habían fundido, pero sus mechas estaban intactas en los candelabros. Por encima de la línea de 1.20 metros se habían derretido las tapas de plástico de los contactos eléctricos de las paredes, pero los fusibles no se habían fundido y seguía habiendo corriente. Los contactos del zoclo estaban intactos. Un reloj eléctrico conectado a uno de los contactos derretidos se había parado a las 4:20 en punto... pero volyió a funcionar perfectamente al conectarlo a uno de los del zoclo.
Ni los periódicos que había cerca sobre una mesa ni .la ropa a mano en el sofá cama —todos inflama- bles— habían sufrido daños. Y aunque los pintores
y la señora Carpenter sintieron una oleada de calor al abrir la puerta, ninguno de ellos había notado humo ni olor a quemado, ni visto ascuas o llamas en las cenizas.
Enfrentadas a semejante misterio, las autoridades de St. Petersburg llamaron al FB1. El laboratorio en- contró que los 80 kilos de peso calculados a la señora Reeser se habían convertido en menos de 4.5, inclui- dos el pie y la cabeza reducida. El informe final con- cluía que ningún agente químico conocido ni otros ace- leradores habían intervenido en la iniciación del fue- go, y terminaba diciendo que el caso era "insólito e inverosímil".
Un famoso especialista en incendios provocados, del Consejo Nacional de Aseguradores, no se mostró me- nos perplejo. "Sólo puedo decir", admitió, "que la víctima murió a causa del fuego..." Por último se re- currió al ya mencionado doctor Krogman, autoridad en diferentes tipos de quemaduras, para que ayudase a aclarar el misterio. Tras revisar los hallazgos de sus predecesores, empezó a eliminar posibilidades. Con- sideró el rayo como una de las posibles causas, pero un ingeniero especializado en sus efectos sobre el cuer- po humano rechazó de plano tal conjetura. Además, no se sabía que hubiesen caído rayos en la inmediata vecindad la noche del accidente. Otra posibilidad era que los sedantes que tomó la señora Reeser le hubie- ran impedido darse cuenta de que el cigarro que esta- ba fumando había incendiado su camisón o el sillón. Pero ninguna de las dos cosas era particularmente in- flamable, ni tenían material suficiente para producir el intenso calor necesario para reducir a cenizas un
cuerpo humano. El doctor Krogman ha quemado ca- dáveres con gasolina, aceite, leña y todo tipo de agen- tes. Ha experimentado con huesos cubiertos de carne y pelados, húmedos y secos. En sus experimentos ha utilizado aparatos de combustión que van desde ho- gueras al aire libre al más moderno equipo cremato- rio a presión. Ha demostrado de modo concluyente que hace falta un calor enorme para consumir un cuer- po, y que sólo por encima de los 1 650 grados se hace el hueso lo bastante volátil para perder su forma y de- jar sólo cenizas. "Ésos son calores muy grandes", de- cía, "que abrasan, carbonizan, chamuscan, estropean o afectan de algún modo todo lo que se encuentra den- tro de un radio considerable. Dicen que la verdad es a veces más extraña que la ficción, y este caso lo prue- ba." El pie izquierdo calzado era ya por sí solo un mis- terio. Se averiguó que la señora Reeser tenía la cos- tumbre de estirar la pierna izquierda a causa de una molestia que padecía en ella. Al parecer, el pie no se quemó porque estaba fuera del misterioso radio de in- cineración de 1.20 metros.
Otra especulación, la de que el fuego podía haber sido causado por alguna falla en el sistema eléctrico, fue también descartada por los expertos: se hubiesen fundido los fusibles. Por último se consideraron el cri- men y el suicidio. El primero fue eliminado porque no se sabía de ningún sospechoso, no habían revuelto el apartamento y ninguna hipótesis podía explicar có- mo era posible cometer un crimen así. También se des- cartó el suicidio. La señora Reeser no carecía de nada ni estaba deprimida, y además ¿cómo hubiese podido provocar un incendio semejante?
Al fin el doctor Krogman admitió la derrota, e in- formó al jefe de policía Reichert:
Me he planteado una y otra vez el problema de cómo la señora Reeser pudo quedar totalmente destruida, hasta los huesos, mientras los objetos cercanos no eran afectados materialmente. Siempre termino rechazándolo en teoría, aunque los hechos sigan ahí.
Tampoco podía comprender la reducción del crá- neo de la señora Reeser:
...en la incineración normal la cabeza no queda completa, y desde luego no se encoge ni se reduce simétricamente a un tamaño mucho menor. En presencia de calor suficiente para destruir los tejidos blandos, el cráneo explota literalmente en pedazos. No he conocido ninguna excepción a esta regla. Nunca he visto un cráneo reducido de esa manera ni un cuerpo consumido tan completamente por el calor,
(Vincent H. Gaddis, Mysterious Fires and Lights, págs. 245-59; Michael Harrison, Fire From Heaven:
A Study of Spontaneous Combustion in Human Beings, págs. 120-36; Francis Hitching, The Myste- rious World: An Atlas of the Unexplained, pág. 21;
True, mayo de 1964, págs. 32, 106-07, 112)