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ACEPTACIÓN DE LA CONVIVENCIA SIN MATRIMONIO

In document Las mujeres jóvenes en España (página 116-120)

Formas de convivencia

ACEPTACIÓN DE LA CONVIVENCIA SIN MATRIMONIO

En porcentaje

De las opiniones sobre personas que conviven sin casarse, ¿cuál de ellas se acerca más a tu modo de pensar?

Yo nunca lo haría y desapruebo que la gente lo haga 4 Yo personalmente, nunca lo haría, pero acepto y comprendo que otros lo hagan 37 Yo puedo imaginarme a mí mismo viviendo en pareja sin casarme

Yo podría hacerlo / Yo actualmente vivo así 57

NS / NC 2

Nota: Población de 16 a 29 años. Fuente: CIS, Estudio 2262, 1997.

Salvo en ciertos medios sociales muy religiosos, o entre algunas per- sonas un tanto conservadoras, se ha desdramatizado mucho la cuestión de la institucionalización matrimonial. La pauta, que comenzó entre los grupos

más vanguardistas y se abre paso en todos los medios y todas las clases sociales, es la de comenzar conviviendo por un tiempo y pasar al matrimonio posteriormente. Y la aceptación por parte de los familiares es creciente.

«Me fui de casa con mi pareja, sin casarme, y conté con el apoyo de mis padres.»

«Es lo mismo casarte que vivir en pareja, en el ámbito psicológico es lo mismo.»

«En el ámbito burocrático quizás no, no tienes unos derechos, es una estupidez, pero bueno. A la hora de convivir y demás, es lo mismo.»

«Es lo mismo casarte que vivir en pareja. Lo único que cambia es el estado civil.»

De esto ya hablaban los primeros estudios sobre la cohabitación en España, en los que se reflejaba un sentido de superioridad moral en cuanto a la relación que unía a los cohabitantes (Alabart et al., 1988). Las parejas no casadas creían tener una vinculación más profunda y estrecha que los matri- monios por la razón de que, al gozar de la totalidad de su libertad social para separarse, tenían que reiterar constantemente su voluntad de vivir en común. En este sentido, también aparece entre nuestras entrevistadas, repetidamente, la observación de que las relaciones de pareja son mejores, más libres o espontáneas o satisfactorias, que las que pueden tener esos mismos indivi- duos una vez contraigan matrimonio.

«Hay gente que ha estado en pareja muy bien, y se ha casado y lo ha fastidiado todo.»

Matrimonio

Algunas de las jóvenes más rupturistas rechazan el matrimonio por- que lo asocian a la relación de dependencia tradicional. Al constatar todo el sacrificio y la entrega de sus madres piensan «ésto yo lo voy a evitar», y no porque no deseen una relación amorosa sólida y estable, sino porque tienen miedo a repetir los problemas que vieron en la situación de sus madres. Mie- do de que el anillo se convierta en cadena, y sobre todo miedo a que se esta-

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blezca entre ellas y sus parejas el mismo tipo de dinámicas que han visto. Si casarse implica ser «mujer de» para siempre, desde luego no ofrece ningún beneficio que les pueda motivar.

Además pueden permitirse esta opción, cosa que no pudieron hacer sus madres. Estas jóvenes no necesitan la protección institucional que antaño proporcionaba el matrimonio, a modo de protección material, ni la «tarjeta verde» para convivir con sus parejas, a modo de permiso. Son jóvenes que no tienen urgencia de qué escapar, ni del control paterno, ni del posible estigma social de quedarse «solteronas», ni de la carencia de recursos mate- riales.

Por todo ello, al haber perdido el matrimonio buena parte de su signi- ficado de garantía social y libertad sexual que tuvo para mujeres de otras generaciones, el casarse puede, por el contrario, tener un significado de pér- dida, pues significa consagrar su vida a alguien en vez de vivir todas las posibilidades que la vida les ofrece a ellas.

«El matrimonio es lo mismo en realidad, pero no, un día tienes ganas de ver a las amigas y claro, no puedes. Yo no me veo casada.»

La idea de estar casada es, para algunas de ellas, equivalente a haber renunciado, a haber tenido que elegir y haber seleccionado una entre las dis- tintas opciones vitales y haber excluido muchas otras. Todas las decisiones que implican renunciar a otras cosas asustan, hay un miedo al compromiso. Mayor será este sentido de pérdida cuanto mejor sea su vida independiente y mayores oportunidades les ofrezca la vida. Esta perspectiva nos puede ayudar a explicar por qué las mujeres con mayores niveles educativos y mejor posi- ción socioeconómica se casan más tarde y se casan menos.

A nivel agregado, el matrimonio es la forma mayoritaria de realiza- ción de pareja entre un hombre y una mujer, tanto en la realidad concreta de las formas de convivencia como en la imagen de cuál es la relación mejor aceptada como símbolo de una vida completa. Contraer matrimonio sigue siendo la forma más habitual y más aceptada socialmente de formar una familia. El matrimonio concita buena parte de las ilusiones de amor y de esta- bilidad de la pareja y se sigue viendo como la forma más comprometida de apostar por esa estabilidad.

Las ventajas que ofrece el matrimonio frente a la alternativa de la convivencia sin papeles son muy diversas. Por una parte, socialmente plantea menos problemas en cuanto que es la forma más convencional de vivir jun- tos un hombre y una mujer y, también, es la forma que ofrece más garantías de carácter social en cuanto a derechos y reconocimiento de la pareja. Podría- mos decir que, desde un punto de vista práctico, casi todo son ventajas para el matrimonio en contraste con la convivencia.

Sin embargo, entre la gente joven aparecen una serie de reticencias al matrimonio por esas mismas razones, por ser muy convencional, por estar mejor visto por la gente conservadora y por ser más comprometido y estable, es decir porque produce una unión algo más difícil de romper.

Por otra parte, el matrimonio forma parte de las imágenes de una vida completa. Se habla de él como de un aspecto de logro y de plenitud.

«La ilusión de mi vida es casarme, tener hijos, tener un piso en el centro.»

Todavía existen presiones por parte de las familias, de los padres y madres, de la pareja, para que se casen. Se ha suavizado el estigma público de la convivencia sin matrimonio, pero todavía para muchos padres y madres es un trauma aceptar que su hija o su hijo no se casen.

«A mi madre le haría feliz, me lo dice. Quiere que me case. Cuando me fui a vivir fue un trauma.»

Las presiones familiares son muy diversas, desde las posiciones más intolerantes de los padres que condicionan su ayuda económica o incluso el mantenimiento de las relaciones con los hijos a que contraigan matrimonio, hasta aquellos que ven más prudente o aconsejable la convivencia, pasando por los que la aceptan aunque no les guste. En todo caso, las situaciones evo- lucionan y no es infrecuente el caso de aquellas parejas que se van de casa inicialmente con la reprobación paterna o materna y posteriormente, ya sea debido a las presiones que no cejan o a que ellos mismos le quitan importan- cia, contraen matrimonio para dar gusto a sus padres.

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Cuadro 3.3

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