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RAZONES PARA CONTRAER MATRIMONIO EN LUGAR DE VIVIR JUNTOS

In document Las mujeres jóvenes en España (página 120-122)

Formas de convivencia

RAZONES PARA CONTRAER MATRIMONIO EN LUGAR DE VIVIR JUNTOS

¿Hasta qué punto crees que influyen las siguientes razones para elegir casarse en lugar de vivir juntos?

% de los que creen que influye mucho o bastante

Presiones familiares 72

Tener hijos o pensar tenerlos 70 Comodidad (a la larga se evitan problemas de todo tipo) 62

Estabilidad de la pareja 61

Ventajas económicas 55

Presiones sociales 53

Creencias religiosas 50

Ventajas fiscales 42

Fuente: CIS, Estudio Barómetro, enero 1999.

No son solamente las presiones de la familia las que pueden influir en la decisión de casarse de una pareja; también tienen importancia otros factores como el trabajo, los cambios en este, como por ejemplo si a uno de los dos le ofrecen un trabajo en otra ciudad o en el extranjero, (porque no hay que olvidar las ventajas laborales del matrimonio), el ambiente social en el que se relacionen, etc.; las razones posibles son de todo tipo. Eso sí, en términos generales pasar de la convivencia al matrimonio cobra el perfil de una claudicación.

«Algunas vivían en pareja (las amigas), pero la gran mayoría se están casando. A lo mejor yo al final también caeré.»

Este mismo sentido de convencionalidad y de estabilidad es lo que hace del matrimonio un peligro desde el punto de vista de las relaciones «auténticas» de pareja; al estar casados y tener en cierta forma asegurada la continuidad de la relación, muchas mujeres se plantean la posibilidad de la rutina, de la monotonía, de perder la perspectiva del interés mutuo.

«Que no dejes perder eso. Que no te apalanques en el matrimonio.»

El cambio en las costumbres ha sido enorme. Los modelos de com- portamiento reflejan el cambio de las relaciones sexuales y la mayor separa-

ción entre relaciones sexuales y procreación, y entre procreación y matri- monio.

Cada vez más se acepta como una opción posible el casarse o no, el convivir o no cuando se tienen hijos. Aun así, la pauta dominante en España es la de casarse, sobre todo cuando se tienen hijos.

«Yo me casé cuando estaba de siete meses.»

Los rituales

Respecto a cuáles pueden ser las formas de institucionalizar el acuer- do de pareja, no dejan de tener importancia las formas de celebración y los festejos y modos de conmemorarlo.

La diversidad es creciente. La homogeneidad que ha dominado la sociedad española hasta hace pocos años va dejando paso a una gran varie- dad de acuerdos y, sobre todo, de formas de celebrarlos.

Las razones para unos y otras suelen ser las preferencias de los dos miembros de la pareja pero también entran en el juego las preferencias de los padres de cada uno de ellos. Muchas jóvenes deciden casarse o no según las presiones familiares. Otras lo hacen para dar gusto a su pareja.

«Si hubiera supuesto una tragedia familiar hubiera accedido al matrimonio.»

Cada vez tienen menos dramatismo, pero todavía son cuestiones rele- vantes para la familia, los amigos y los mismos interesados. Las opciones van desde la menos institucionalizada, la de aquellos que comienzan a vivir juntos sin pasar por ninguna formalidad ni hacer celebración, pasando por la de aquellos que celebran el momento en que comienzan su vida en común como pareja de hecho, hasta la de aquellos que contraen matrimonio. Unas hacen un matrimonio civil, generalmente con celebraciones familiares e in- vitaciones, y otros lo acompañan con boda religiosa en una iglesia.

Las razones para unirse según una modalidad u otra son múltiples. Por interés, por principios, por comodidad, por no darles un disgusto a los padres. Hay todo tipo de razones para casarse de una y otra manera.

120 ■ LA AUTONOMÍA PERSONAL

«Yo me casé un poco por esto, para no dar el disgusto, por la iglesia y todo.»

Una regla no escrita de la sociedad española es que es más elegante casarse por la iglesia. Otro acuerdo tácito que le acompaña es que hay que hacer un regalo más importante cuanto más solemne sea la celebración de la boda religiosa. Sumadas ambas ideas, vamos a encontrar que, además de las parejas que genuinamente se sienten católicos y creen que su compromiso es más firme y más adecuado si lo celebran religiosamente, hay gran cantidad de situaciones en las que los contrayentes se deciden por la boda religiosa sin que sus razones sean estrictamente religiosas. Además, en las posibles razones religiosas, de prestigio o de interés que influyen en esta decisión, intervienen en mayor o menor grado al menos seis personas: él, ella, el padre y la madre de él y el padre y la madre de ella. Y esto cuando no haya un jefe, una madrina con recursos o unos tíos con lazos de cariño o importantes recursos económicos que traten de intervenir en la decisión acerca de cómo realizar y cómo celebrar la unión de la pareja. El juego de posibilidades es enorme, dependiendo de las opiniones y posiciones ideológicas, religiosas y sociales de todos ellos. Hemos advertido que la boda tradicional ya no des- pierta sentimientos unánimes entre las mujeres. Para muchas de ellas es un momento de satisfacción y felicidad, mientras que para otras está asociado con imágenes anticuadas y poco deseables.

«Me veo saliendo de la iglesia con velo de novia y me parece un mal sueño.»

Lo interesante a señalar es la enorme cantidad de variaciones que se producen y la creciente tolerancia del entorno social y familiar a los deseos y a las decisiones de la pareja.

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