Formas de convivencia
NIVELES DE LIBERTAD DE LOS JÓVENES EN CASA DE LOS PADRES
En porcentaje
De las siguientes actividades, ¿cuáles puedes (o podías) realizar en casa de tus padres?
Puede No puede
(o podía hacerlo) (no podía hacerlo) NS/NC
Levantarte cuando te apetezca 61 38 1 Reunirte en casa con un grupo de amigos 82 16 2 Llegar por la noche a la hora que quieras 58 40 2 Estar en casa con tu novio/a 64 27 9 Pasar la noche fuera de casa 60 38 2
Nota: Población de 16 a 29 años. Fuente: CIS, Estudio 2262.
La mayor tolerancia de la generación actual de padres influye indirec- tamente en la más larga permanencia de los hijos en la casa familiar, que per- mite la prolongación en el tiempo de estas formas de relaciones estables de pareja sin matrimonio. En ello influyen varias cuestiones además de la libera- lización de las costumbres de los jóvenes y la mayor apertura de la mentali- dad de sus padres. Por una parte, esta situación suaviza el compromiso, cosa que va acorde con los estilos de vida dominantes en los tiempos actuales: hay un compromiso de fidelidad, hay una exclusividad en las relaciones, pero no se ha firmado un acuerdo de por vida. Por otra parte, la dificultad de adquirir o comprar una vivienda es uno de los grandes frenos que tienen los jóvenes españoles para casarse o irse a vivir juntos, y a esto se añade, como factor fundamental, la inseguridad del mercado laboral. La incidencia del paro es muy alta, los contratos laborales indefinidos muy poco frecuentes y tanto para las mujeres como para los hombres es muy difícil tomar la decisión de emanciparse sin saber muy bien cómo van a seguir manteniéndose económi- camente.
Por todo ello, consideramos que las parejas estables que se mantienen separadamente viviendo en las casas de sus padres respectivos es la versión española del living apart together de los americanos. Se sienten indepen-
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dientes y tienen pareja, lo mejor de los dos mundos, la libertad y el amor. En el caso español, lo mejor de tres mundos: son libres, tienen pareja y tienen familia.
Hay que tener en cuenta a los padres en este acuerdo tácito de los jóvenes de no decidirse a la emancipación y de continuar viviendo con ellos. Esta permanencia conlleva aspectos de mantenimiento económico mientras los hijos se preparan laboralmente o ahorran para establecerse por su cuenta. A menudo presenta aspectos complicados por tener que armonizar una con- vivencia prolongada entre personas ya adultas. Sin embargo, creemos que, en el ámbito cotidiano, las familias españolas son bastante acogedoras, no sólo porque apoyan y mantienen a sus hijos sino porque, gracias al enorme sacrificio doméstico de miles de mujeres de mediana edad, los hogares espa- ñoles están bien cuidados y organizados. Demasiado bien, desde algún punto de vista, porque encontramos a muchas mujeres jóvenes que se quejan de que debido a la atención tan generosa que han recibido de la generación de sus madres ni ellas ni su pareja sirven para nada domésticamente.
Juntos pero no revueltos
Una parte de las mujeres jóvenes que viven solas tienen pareja esta- ble. Pareja que a su vez también vive de forma independiente. Esta es la for- ma más innovadora en cuanto a formas de convivencia alternativas al matri- monio. Se trata de una forma de vida que pretende salvaguardar las ventajas de la libertad individual sin renunciar a la pareja y a las relaciones amorosas. Desde una perspectiva individualista, ésta es la opción que se perfila como el óptimo en cuanto supone tener libertad y también tener pareja, que permite poder compaginar libertad con intimidad, que ofrece la posibilidad de mantener relaciones personales y amorosas pero sin que el otro interfiera mucho en las costumbres propias y el estilo de vida. Es una forma de vida minoritaria, pero que se ha hecho más frecuente entre gente joven, de clases acomodadas, en las grandes ciudades europeas y americanas. Es un arreglo, o forma de convivencia, que aporta los beneficios de tener un compañero, una pareja estable, sin muchas de las limitaciones que implica vivir constan- temente juntos.
«Hasta hace poco vivía en pareja, ahora vivo sola, vivo en un ático, muy a gusto y tengo novio pero ninguna intención de vivir con nadie.»
En cierta manera, supone la quintaesencia del individualismo. Cada miembro de la pareja mantiene su trabajo, su apartamento, incluso sus ami- gos, a la vez que se relacionan entre ellos como pareja sexual estable y apa- recen como tal socialmente. Son una pareja con algunos de los compromisos que ello implica, pero se reservan para cada uno un máximo de independen- cia personal en el día a día. Esta forma se presenta incluso como una aspira- ción desde la perspectiva de las mujeres que, viviendo en pareja, soportan con dificultad las limitaciones que tiene la convivencia.
«A ver, si algún día cambio de pareja, yo hago esto; puerta por puer- ta, este es mi territorio, ese es el tuyo, allí calzoncillos, ropa por el suelo, pasta de dientes, todo en tu casa. Pondría dos casas separadas: la tuya y la mía, y pienso que funcionaríamos mejor.»
Los LAT ya mencionados parecen ser uno de los grupos en los que se concentran mayores niveles de recursos económicos. No es casualidad, ya que vivir en común permite un gran ahorro de recursos, y poder seguir viviendo de forma independiente supone el mantenimiento por duplicado de todos aquellos bienes domésticos necesarios para el bienestar, empezando por el piso y siguiendo por la cocina, la nevera, los muebles, etc. Es decir, en términos generales, esta forma de vida requiere un cierto nivel económico, pero sobre todo supone que el nivel económico de la mujer sea similar a la del hombre y es sobre todo desde este presupuesto desde el que es más fácil entender las formas en las que aparece esta peculiar manera de mantenerse establemente como pareja, con convivencia sexual pero sin convivencia do- méstica.
El vivir solas es para muchas mujeres jóvenes la forma de garantizar que nadie les imponga su autoridad. En estos casos, no están dispuestas a tener que soportar lo que consideran como abusos anacrónicos, puesto que tienen su propio espacio que quieren proteger a toda costa. Lógicamente, hay pocas mujeres que tengan la posibilidad de disponer de casa propia y sabién- dose afortunadas no quieren renunciar a ser «dueñas y señoras» de su terri- torio.
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«Es mi casa, tengo mi vida y no necesito a nadie que venga a mi casa y se ponga a hacer zapping.»
El control del mando del televisor adquiere una connotación de auto- ridad de la que estas mujeres, independientes y autónomas económicamente, no quieren abdicar dentro de su casa. Los estudios de mercado nos hablan de la simbología de autoridad y poder del mando del televisor y la posibilidad de hacer zapping con él. Hace muchos años, el mundo entero supo que los hábitos de ver la televisión con el control en manos masculinas fue una de las causas del divorcio de Margaret Troudeau y del primer ministro cana- diense. Actualmente la posibilidad del zapping está al alcance de miles de hogares familiares y en ellos el control del mando sigue teniendo connota- ciones de poder masculino.
En este sentido, tiene un gran interés escuchar las explicaciones que sobre estas formas de arreglos de parejas expresan las mujeres, y cómo justi- fican y explican las ventajas o los problemas que en ellas se plantean. Al igual que en las grandes urbes americanas, aunque en mucha menor cuantía, una de las formas emergentes de relación de pareja es la de aquellos que no establecen de forma estable su convivencia.
«Vivo sola con una gata, y mi pareja con otra gata.»
«Tengo pareja estable, no convivo con ella. Pero, bueno, es igual.»
Convivencia
La decisión de casarse o de vivir juntos supone un cambio muy gran- de en cuanto a los hábitos de vida diaria. Las mujeres anticipan que la convi- vencia con su pareja va a suponer una serie de obligaciones que antes no tenían y, sobre todo, que buena parte de esas obligaciones no son recíprocas. Las ideas de control acerca de sus actividades y las del aumento del trabajo doméstico son las que más se asocian al cambio de las mujeres que pasan de vivir solas a establecer una convivencia estable.
«Pasar de no tener que dar una explicación a tener que compartirlo todo.»
«Yo he notado un cambio muy fuerte, porque al vivir sola a mi rollo, a mí no me controlaba nadie nada, si como, si hago la faena o no. Ahora, al casarme.»
«Cuanto más tiempo lleves viviendo sola, más cuesta.»
La diferencia mayor entre las parejas casadas y las no casadas es pre- cisamente eso, que no tienen papeles y ello significa un menor compromiso social y una mayor libertad para ambos en cuanto a poder finalizar sus rela- ciones.
«La presión psicológica es menos fuerte cuando dices que te vas a vivir con tu pareja que cuando te casas. El momento de la decisión es menos fuerte.»
Algunas veces esta perspectiva de mantener la libertad de modo potencial está muy clara desde el principio.
«Si vives en pareja parece que tienes la puerta abierta para salir.» «Mi intención no es separarme ni nada, pero el día que nos vaya mal no hay porqué meter abogados, ni nada. Cada uno tiene su trabajo, tiene su dinero, tiene todo y ya está.»
Otras veces no se anticipa la ruptura, sino que simplemente se tiene miedo a un compromiso muy fuerte. La sensación de exclusividad y la bús- queda de estabilidad son muy similares con matrimonio o sin él.
«El sentimiento cuando te vas a vivir con una pareja es para que dure, no es para ver qué pasa.»
Bajo cierta perspectiva, las relaciones sin matrimonio se consideran más igualitarias, ya que el convivir sin matrimonio implica, en la mayoría de los casos, que tanto el hombre como la mujer trabajan y tienen unos ingresos económicos, y este es otro de los aspectos que se señalan en las relaciones de convivencia, la autonomía.
El compromiso es lo que más atemoriza del matrimonio. En esta épo- ca de relaciones y experiencia efímeras, la idea de estabilidad y compromiso vitalicio produce grandes temores.
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Sin embargo, la fuerza del compromiso es mucho más personal. De alguna forma, las relaciones interpersonales en la pareja casada y en la de aquellos que no están casados pueden ser similares, pero la relación estruc- tural de convivencia marca una serie de diferencias, fundamentalmente esa precariedad en cuanto a la continuación, que exige un mayor compromiso cotidiano. El matrimonio es un compromiso tan potente que no tiene porqué ser reconsiderado diariamente. Por el contrario, la convivencia sin matrimo- nio es tan precaria que requiere una actualización constante. Es en este senti- do en el que muchas parejas de hecho se ven a sí mismas como parejas más auténticas y más firmes.
Las parejas de hecho
Muchachas jóvenes, y no tan jóvenes, que tienen la edad a las que sus madres ya tenían hijos, nos dicen que se están planteando comenzar la vida en pareja. El vivir juntos aparece como una etapa, quitándole toda la carga de novedad o protesta. Se ponen a vivir juntos porque les parece más natural, pero no hay reivindicación sobre ello: se casarían si fuera necesario, se casarían si a sus padres les pareciera importante.
Cuadro 3.2