Figura 7.4.
3.1. Transcripción de la sesión
Madre: Otro punto que realmente me interesaba era, que tuvimos un peque- ño altercado el otro día (mira al hijo, éste se encuentra sentado en una silla a su lado en una posición “tirada” (piernas extendidas, con
la mano en la boca y rascándose la barriga por debajo de la camiseta),
fui a casa con un amigo y encontré que estaba él con sus amigotes, habían acampado a sus anchas, después de haberle advertido que no lo hiciese, el me prometió muy amablemente, porque me tocó la carita y todo, perdona.
Terapeuta: Después de que se habían ido todos ¿o no?
Madre: Sí se fueron todos porque les dije que se fueran rápido, él no quiere, no sé porque, él no quiere que yo les vea y pretenden que me escon- da, en mi propia casa, yo no puedo entender.
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Terapeuta: Éste punto tiene varios sub-aspectos.
Madre: Y otro punto que me preocupaba es que si me iba de vacaciones a otro sitio pues no querría que mi casa fuera la de Pepe (el hijo ado-
lescente mira al suelo mientras habla su madre y se rasca la barriga),
a ver cuando yo estoy de guardia él tiene la seguridad de que no voy a aparecer y cuando estoy fuera también, con lo cual ahí él puede acampar a sus anchas, porque él tiene el convencimiento de que no voy a abandonar el trabajo ni me voy a mover si estoy fuera.
Terapeuta: Vamos a ver si lo he entendido bien, hay una prohibición clara con
respecto a los amigos en casa cuando tú estás de guardia o estás de viaje.
Madre: Sí, pero en general yo también le prohibí que los trajese a casa, yo le quiero hacer comprender que no tengo ningún problema en relación con sus amigos pero él me demostró la primera vez que los metió sin pedirme permiso que on son de fiar (resaltando “sin pedirme permi-
so”) porque estuvieron fumando porros, eso fue, porque si yo viese
que son unos chicos normales que yo conozco, que conozco a sus familias o tienen cierto grado de confianza en sus andares, él me dice mamá vamos a reunirnos a tomar una pizza y vamos a cenar a mi no me importaría, pero desconozco absolutamente con qué tipo de gente va, y la primera vez que se metieron en casa fue para fumar porros que me dejaron la habitación fatal, entonces yo le dije que a partir de ahí no quería que entraran y menos a fumar porros, él me lo prometió y el otro día no se esperaría que llegara a casa tan pronto y le pillé.
Terapeuta: Y eso está ligado con el tercer punto, si yo me voy de vacaciones
¿cómo va a respetar la norma?
Madre: Claro, cuando él está seguro de que no voy a estar no tengo ninguna confianza en que él vaya a respetar esa norma.
Terapeuta: Ok, ¿cuál es tu opinión? (al adolescente) ¿qué es lo que te gustaría
hablar de éstas cosas?
Chico: (Respira hondo), no sé, (mira al suelo) yo ya le dije que no lo iba a
hacer más.
Terapeuta: Oh, ya lo hiciste la última vez pero, ¿cómo aumentas tu credibilidad
desde la última ocasión a ésta?
Chico: Yo le digo que no lo voy a hacer y ya está (la madre mira fijamente
a su hijo, el cual no la mira, mira al suelo y a la terapeuta, habla con la mano tapándose la boca y con la otra rascándose la barriga por debajo de la camiseta).
Terapeuta: ¿Eres capaz de decir lo que realmente quieres y de negociarlo como
hiciste con las cosas del colegio o está fuera de tu alcance?
Chico: ¿Negociar qué?
Terapeuta: Negociar cómo tener una parte de vida social propia en el tiempo que
compartes con tu madre, negociar los límites.
Chico: Si ella dice que no traiga a nadie yo no traigo a nadie, y ya está, ya negociaré otras cosas.
Madre: Pero es que yo tampoco lo entiendo así de la misma manera que mis amigos vienen a casa yo estaría de acuerdo con que tus amigos vinieran a casa (mientras habla la madre el hijo bosteza).
Chico: (Entre bostezo) Ay, pues entonces por qué no quieres que vengan. Terapeuta: Se ha puesto en plan perezoso, ésa es su especialidad.
Madre: Sabes.
Chico: Joder que pasa mamá.
Madre: Pues que creo que si vivimos juntos y es nuestra casa de la misma manera que han venido amigos a comer y has comido con nosotros de la misma manera pudiera ser al revés, a mi no me gusta tampoco decir que no venga nadie a casa, me gustaría conocer a tus amigos y en determinados momentos verlos y que dijeras, se queda a comer menganito y fulanito (el chico se mira las manos y se muerde las uñas
mientras su madre habla), no me parece natural que sea o todo o
nada.
Chico: (Tras unos segundos de silencio) Tampoco va a ser así, ¿sabes? (mue- ve la pierna izquierda, está incomodo con la situación que le está planteando su madre).
Madre: ¿Por qué no va a ser así?
Chico: Porque no.
Madre: Porque no quieres que conozca a tus amigos ¿o qué?
Chico: No, estás diciendo que sólo los traiga a cenar o a comer, no voy a traer a nadie estando tú, ¿eh?
Madre: ¿Por qué?
Chico: Porque no quiero.
Madre: ¿Acaso lo ves tan raro?
Chico: Pues sí (moviendo ambas piernas, situación de incomodidad para el
chico).
Terapeuta: Lo que dice tu madre eso podría ser en el caso de que ella conocie-
ra a tus amigos en algún momento, una cosa es que tú compartas el tiempo con tu madre y otra cosa es que los conozca, y lo que tú estás diciendo (a la madre) es que no quiero que tú me traigas gente desconocida a casa y quiero tener la posibilidad de verles la cara y no tener la obligación por parte tuya de esconderme. (El chico mien-
tras habla la terapeuta mira al suelo y le da “pataditas” a la pata de la silla).
El fragmento refleja una pauta de interacción tan frecuente como ineficaz: la conversación misma se convierte en el campo de batalla para la lucha de poder entre los diferentes sub-sistemas de la familia, y puede arrastrar a cualquier tera- peuta al abismo de la impotencia absoluta si se deja contagiar por las reglas del sistema. En este sistema, madre e hijo no pueden estar de acuerdo con el contenido de la conversación, porque su definición de relación es polarizada y simétrica: nosotros somos iguales (tenemos los mismos derechos) tú no (me) mandas, tú no (me) controlas. Trabajar con familias adolescentes es como soplar
¿Kdms l mrts a l 6? Entender a los adolescentes en terapia famililar 143 las brasas: si soplas mucho, corres el riesgo de quedarte sin aliento, quemarte, desmayarte, o como mínimo acabar “negro”, si soplas poco, primero se muere la llama, luego se enfrían las brasas y, finalmente, se te apaga el fuego; como terapeuta, hay que alentar lo justo, hablar lo justo, tanto a los padres como a los adolescentes, para que ellos a su vez puedan hablar lo justo para no perder el vínculo.
Es importante señalar que entre los factores determinantes de la interacción verbal, aparte del factor de edad, se encuentran las diferencias de género: las jóvenes hablan más que los jóvenes, y ambos hablan más con sus madres que con sus padres. Madres unifamiliares con hijos varones, como la de la trascrip- ción reproducida, lo tienen difícil porque sus expectativas de comunicación van a quedar, con toda seguridad, muy frustradas.
Este fragmento transcrito corresponde a una de las sesiones de la Fase de Resolución de una terapia que duró un año, con un total de veintiséis contactos, incluyendo en la Fase de Extensión la familia extensa y una sesión con dos ami- gos “de toda la vida”.
El chico en cuestión A., en aquel entonces abusaba de Cannabis (con sín- drome amotivacional), tenía problemas en el instituto, y se había buscado la peor compañía posible en su vecindad. Su madre, muy atractiva, médico de profesión, buscó ayuda en una terapeuta que había apoyado a una amiga con un problema con su hija adolescente. Ella se había divorciado del padre de A. cuando éste tenía 4 años. El padre, también médico, tenía graves problemas por una politoxicomanía (alcohol, cocaína, barbitúricos), pero mantenía visitas regu- lares con el hijo. La pareja perdió su primer hijo a los 8 meses de vida, víctima de una rara enfermedad genética. A., nació unos años después y había sido un niño “de anuncio” en su infancia: rubio, con el pelo rizado, ojos grandes azules, carita angelical. En el momento de la consulta mantenía un físico muy atractivo, y había decidido aumentar el aspecto llamativo con dos grandes piercings (desde luego en contra de ambos padres) en sendas orejas. En la redefinición inicial la terapeuta les dijo a madre e hijo: “Tienes un gran problema, A., enamoras a la gente que te ve por primera vez. Estás acostumbrado a tener éxito, a que quie- ran estar contigo. La gente te da ‘crédito’. El problema es que la gente espera tanto de ti como se enamora de ti, y cuando no lo cumples, se decepcionan en igual magnitud. Y eso te traerá muchos problemas”. En varias ocasiones, el padre había puesto en peligro a su hijo al conducir bajo los efectos de tóxicos. El chico llegó a temer por su vida, pero mantenía estos episodios en secreto y no le contaba nada a su madre. Ella no podía entender por qué se negaba a ir con el padre, y lo achacaba a que éste tendría normas más estrictas, y a que querría “campar a sus anchas en casa”, lo que también era verdad, claro. En el momento de consultar empezaba a pensar que “hacía todo lo posible para fastidiarla, y que no tuviera vida propia”. Ella, hija única, no tenía apoyo de familiares directos. El entramado entre las necesidades de la madre (iniciar otra relación de pareja,
tener vida social a pesar de ser madre monoparental) y su hijo era delicado. El chico había sido “la única razón de su vida” durante años. El sustento real de autoridad residía en el abuelo paterno, militar, y muy cercano al chico, quien en este momento, por razones de edad, empezaba a tener serios problemas de salud. (Vease Genograma rudimentario.)
Figura 7.5.
La negociación de reglas consensuadas con ambos padres, la re-elaboración de la separación, la puesta a prueba de las “amistades” (los “amigos” le llegaron a robar al chico en su casa, y no le socorrieron en un leve accidente) fueron esen- ciales para que A. cambiara su conducta de riesgo. Él tuvo suerte. Esencialmen- te, la adolescencia es benigna cuando las experiencias negativas tienen unas consecuencias limitadas, no catastróficas. Los resultados de investigaciones son concluyentes: la buena relación con los padres y otros familiares es el factor pro- tector más importante para sobrevivir la adolescencia sin mayores daños físicos ni psicológicos. Cuando los padres e hijos “se comunican”, los padres pueden cuidar, guiar y controlar. Sabemos por los estudios neurobiológicos actuales, que el cerebro de los adolescentes y jóvenes carece todavía de algunas estructu- ras que permiten calibrar el peligro con exactitud: literalmente no ven el peligro. La gran plasticidad neuronal que permite la enorme cantidad de aprendizaje en la infancia sigue todavía intacta, progresivamente se llega a una integración de todas las zonas neuronales. La última zona a integrar es el lóbulo frontal que ayu- da a regular procesos de “insight”, juicios de valor y juicios sobre la peligrosidad, y
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V. 8 ms A. Abuso de Canabis,Probl. Escolares “mala compañía 2005-2006; 26 sesiones
¿Kdms l mrts a l 6? Entender a los adolescentes en terapia famililar 145 permite pensamientos secuenciados de razonamiento. Así que los adolescentes son extremadamente rápidos, capaces de aprender nueva información, pero no tienen todavía toda la capacidad de evaluación del adulto. La extrema plasticidad neuronal hace también que todo abuso de sustancias sea mucho más peligroso. En el seguimiento (último contacto después de cuatro años de terminar las sesiones) A., (ahora 19 años) estaba estudiando una carrera, y comentaba: “antes decía que la terapia le había ayudado a mi madre, y a mi padre. Ella cam- bió, y entre ellos, (refiriéndose a los padres) sobre todo, pero vamos, por qué no decirlo, a mi también me ayudó”.
No hay adolescentes problemáticos, sino niños sufrientes que crecieron; al crecer, evidencian su malestar y sus rígidas estrategias de supervivencia. “El sufrimiento infantil se produce por dos factores: una baja parentalidad y la inclusión del menor en dinámicas disfuncionales de los adultos, tanto en la familia nuclear como en la extensa (sistema trigeneracional)”.
(Lamas, 2007.)
La vida emocional de los adolescentes se caracteriza por la polarización afectiva; los estados pueden cambiar en cuestión de minutos, oscilando entre: Dependencia-Independencia; Amor-Odio; Idealista espiritual-materialista exigen- te; individualista exagerado-miembro sumiso de su grupo; energético imparable- “pasota” pasivo; austero-exquisito. El trabajo de los padres es escuchar, atender, entender, comprender y consecuentemente cuidar, guiar, apoyar y controlar. Los terapeutas tienen que trabajar con la polarización de las emociones en sesión (GreenberG, 2000)(14).
El segundo cuadrante del Modelo Fásico implica evidenciar lo que significan las experiencias descritas en modo de “mosca en la pared”: son los significados emocionales, que adscribimos a lo que pasa, lo que determina el clima familiar. Expresar las emociones, modularlas y cambiarlas consiguiendo estados aními- cos que permiten la elección entre varias alternativas de comportamiento es la meta de toda terapia exitosa. Esa flexibilidad permite el acople dinámico al con- texto cambiante y complejo que nos acompaña en el ciclo vital personal, sobre todo en la fase de cambio normativo que llamamos adolescencia.