El adolescente en “3D”: Convivencia, conflicto y competencias
3. La proyección de nuesras frustraciones y la reformulación del poder
3.1. La proyección de nuestras frustraciones
La proyección es un mecanismo de defensa que nos hace situar en el otro sentimientos o comportamientos que despreciamos en nosotros mismos. La persona se convence de que el problema no está en ella y lo identifica en otro individuo. Creo que en gran medida nuestra juventud está siendo deposi- taria de nuestros miedos y frustraciones. Me centraré brevemente en los dos aspectos que considero más relevantes en esta consideración: la violencia y
la autoridad.
Echemos una mirada a nuestro alrededor. ¿Quiénes son los actores de la violencia en nuestra sociedad? ¿Quiénes deciden las guerras y quiénes matan? ¿Quién ejerce la violencia intrafamiliar, la violencia de género, el abuso a meno- res? ¿Quiénes son los guionistas de series televisivas, películas, videojuegos, en los que la violencia es la principal protagonista? Resulta tan amenazante reco- nocer que somos nosotros los adultos los que convertimos en chivo expiatorio a nuestros jóvenes y aparecen en nuestro contexto las mal llamadas, a mi enten- der, violencia juvenil y violencia escolar.
El poder viene funcionando como la ley del más fuerte, oscilando entre el autoritarismo y la violencia. Cuando el adulto considera que ha perdido su poder frente al joven, que no tiene autoridad, se siente impotente ante él. No sabe cómo controlarlo e imponerle límites, no es el más fuerte. Se asusta cuando el joven no responde a su poder. Bajo la ira, la rabia, la tristeza... siempre subyacen dos emociones primarias, el miedo y/o el dolor. He reflexionado mucho sobre esto y me pregunto, ¿cuando afirmamos que un joven no respeta a sus padres, a sus profesores, estaremos proyectando en ellos nuestra incapacidad para ejercer la autoridad?
3.2. La autoridad resiliente, nuestro mayor poder
ante el adolescente
La crisis de la autoridad es, en parte, fruto del abuso de la autoridad que se dio en el mundo político, social y religioso del pasado siglo, lo que produjo miedo y rechazo a la autoridad, y un descrédito generalizado de todo lo que tuviera que ver con las institucio- nes y el poder.
(Marina, 2007.)
Nuestra autoridad, tanto institucional como personal está siendo cuestionada. Lo curioso es que el propio adolescente la reclama, porque necesita contar con
El adolescente en “3D”: Convivencia, conflicto y competencias 73 ella. No podemos dejar de ejercerla. ¿La estamos transformando como camino para superar esta crisis?
Como escribe Ciceron en su Discurso contra Pison “lo que aun no podía conseguir con poder lo consiguió con autoridad”.
(Marina, 2001, pág.1.)
Pasemos del plano retórico a un plano práctico. Yo creo que estamos reco- rriendo la distancia que hay desde esperar la obediencia de nuestros jóvenes, su sumisión a las órdenes de quien tiene dominio y poder para darlas (autoridad impuesta), hasta llegar a construir un vínculo confiable y seguro basado en el
respeto entre ellos y nosotros, surgiendo el reconocimiento de la dignidad, la
capacidad y el valor intrínseco de las personas vinculadas, donde el adulto signifi-
cativo adquiere poder como autoridad moral pudiendo influir en las conductas del
adolescente y éste, a su vez, le infiere legitimidad para permitirle esta influencia. Llegar a este punto es lo que yo llamo disponer de una autoridad resiliente. Es una distancia larga, pero muchos ya han llenado el vaso y otros lo tienen medio lleno. Estamos en el camino.
3.3. Una sociedad pacífica es la sociedad más poderosa
Paz: entre familiares, grupos, naciones. No es sólo ausencia de conflicto (armado o no), sino respeto mutuo y capacidad de convivir y cooperar con quienes piensan de otro modo.
(segura, 2005, pág. 5.)
Hace unos años, y no son tantos, cuando una amiga lloraba porque su marido la insultaba o pegaba , ¿qué le decíamos?, mi niña aguanta, es el padre de tus
hijos, es el que trae el sueldo a casa. Cuando un alumno venía a decirnos: es que siempre me insultan y no me dejan jugar ¿recuerdan qué le respondíamos?
Ahora escuchamos su dolor y comprendemos que ha sido causado por el uso de la violencia y sobre ella vamos a intervenir para pararla y asegurarnos de que no se repita, porque no la toleramos en nuestra convivencia.
Hemos casi erradicado algunas formas de violencia. Por ejemplo, los pro- fesores no usan la violencia física con su alumnado, “la letra con sangre entra”, ¿recuerdan cuando esto era una conducta aprobada y respetada por la socie- dad? Nuestros padres sí que lo recuerdan. Pero no hemos erradicado todas sus manifestaciones. Hemos avanzado, ahora las reconocemos, las denunciamos e intervenimos para frenarlas. Siempre ha habido acosadores y víctimas de su maltrato entre el alumnado, aunque no prestáramos atención a este tipo de situa- ciones, hoy no solo las atendemos, sino que procuramos prevenirlas o cuando menos detectarlas lo antes posible para pararlas.
Ha sido en este siglo cuando advertimos y trabajamos con los niños y jóve- nes para que reconozcan la violencia y aprendan a rechazarla. Es considerada un factor de riesgo en nuestra sociedad y sabemos que potenciar la paz es el mejor modo de protegernos de ella. De igual modo en la década de los noven- ta, afrontamos con prioridad la prevención del consumo de drogas, considerado entonces uno de los principales factores de riesgo para nuestra juventud. Cuando los padres preguntaban: ¿qué puedo hacer para evitar que mi hijo tenga contacto
con las drogas?, la respuesta era evidente: tendrá usted que meterlo en una urna.
A lo que sí podemos responder es a la cuestión siguiente: ¿qué puedo hacer para
que mi hijo, en su contacto con las drogas, sepa decir NO? Nuestros jóvenes han
convivido y siguen conviviendo con las drogas, pero ahora lo hacen con actitudes que les protegen ante ellas.
De igual modo, nuestros jóvenes conviven con la violencia y es nuestra res- ponsabilidad acompañarlos en el proceso de aprendizaje necesario para que lo que piensan (habilidades cognitivas), lo que sienten (desarrollo moral y habi-
lidades emocionales) y lo que hacen (habilidades sociales) en relación a ella,
les haga competentes como ciudadanos pacíficos. En este punto recuerdo a mi admirado maestro, el profesor Don Manuel Segura cuando comentaba su trabajo con menores infractores y decía: ¡cuidado con trabajar centrados sólo en
las habilidades sociales, porque entonces estaríamos formando hábiles delin- cuentes!
El adolescente está en estado de hacerse, de transformarse, está frágil, como un árbol en pleno desarrollo y es más vulnerable ante los riesgos que el adulto que ya se ha hecho. Pero la historia nos muestra que siempre hemos sabido
acompañarlos en el camino que construyen hacia la etapa adulta.
He utilizado a lo largo del texto varias veces el término acompañar de forma muy intencionada. Creo que es en esta competencia social, saber acompañar al
adolescente, donde radica el poder del adulto ante él y donde éste legitima su
autoridad. Supone un gran cambio que poco a poco se está produciendo en los educadores, padres y profesorado, en cuanto a su estilo educativo o manera de educar. Antes, como cantaba Juan Manuel Serrat: “nos empeñamos en dirigir sus
vidas...” En este empeño nos tropezamos con la impotencia. Ahora se trata de
conseguir que el adolescente sienta que no está solo, que tiene quien le quiere y le acepta, le exige con firmeza y le da seguridad, le protege y, sobre todo, que puede contar con ese acompañante cuando lo necesite.
Nuestra sociedad se fortalece, adquiere poder, en la medida que sus dos ins- tituciones básicas, la familia y la educación, asumen el valor de la paz. Integrar en nuestras vidas este principio, significa que nuestros más consolidados pen- samientos y nuestros más fervientes deseos se ponen de manifiesto al sentirla como guía-conductora de nuestros mensajes y acciones y al reaccionar para protegerla ante cualquier situación que la ponga en peligro. En esto radica el poder positivo de una sociedad. Tenemos que ser autoridades en esta materia.
El adolescente en “3D”: Convivencia, conflicto y competencias 75 Esta idea de poder social como cultura de paz, está alineada en dos dimensiones fundamentales, la relacional y la educativa, y se va consolidando como concepto social que implica, códigos, valores, normas... y como proceso individual, trans- formador y constructor de la persona.