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Escuela y ajuste en la adolescencia

In document Adolescentes Siglo XXI- Roberto Pereira (página 115-119)

El ajuste en la adolescencia: Las rutas transitorias y persistentes

1. Conductas de riesgo y exploración

1.2. Escuela y ajuste en la adolescencia

La escuela constituye un importante contexto cuya influencia en el desarrollo se lleva a cabo a través de la educación formal. También se trata de uno de los ámbitos donde los chicos y chicas pasan mayor tiempo. Sin embargo, definir este contexto únicamente desde el punto de vista académico sería una excesiva sim- plificación (estéVez y cols., 2007).

El ajuste en la adolescencia: Las rutas transitorias y persistentes 115 En la escuela se transmiten aquellos contenidos, valores y actitudes esen- ciales para el desarrollo del individuo, se interactúa con otros adultos y se desa- rrollan las relaciones de amistad. En la adolescencia, además, cobran mayor relevancia las relaciones sociales que se establecen en la escuela, así como la necesidad de una mayor autonomía y participación en un ambiente que, además, cambia de manera notable en esta etapa.

La incorporación al sistema educativo no sólo incide en el mantenimiento de unas rutinas (horarios de sueño, de comida, de actividades...), también pro- porciona la influencia de otros adultos y de otros iguales, contribuyendo así a la formación de patrones de interacción que los niños y adolescentes utilizan en sus relaciones sociales. La educación formal (aquella que tiene lugar en la escuela) tiene como función fundamental la transmisión de habilidades y la creación de procesos de andamiaje a partir de los cuales el sujeto se comporta de un modo competente en ambientes significativos (oVeJero, 2003). La escolarización debe

guiar al estudiante en la consecución de cinco metas fundamentales: 1) convertir- se en una persona intelectualmente reflexiva, 2) estar preparado para el compro- miso en el mundo laboral, 3) cumplir con sus deberes de ciudadano, 4) formarse como una persona éticamente comprometida y, 5) convertirse o seguir siendo una persona física y psicológicamente saludable.

Además, no podemos olvidar que la escuela como institución social, está regida por un conjunto de normas que representan la cultura del centro educativo y que reproducen las estructuras formales de la sociedad. Así, a través de la edu- cación formal, la sociedad delega en la escuela las obligaciones educativas de transmisión de valores y de preparación de las generaciones jóvenes para la vida adulta en el marco de lo que la sociedad exige. Estas características hacen de la educación formal un proceso de socialización fundamentado básicamente en el conformismo social, donde el profesor es un agente de socialización que inhibe o estimula determinados comportamientos y transmite los contenidos considerados importantes.

Por otra parte, en los centros educativos los adolescentes se integran en nuevos grupos sociales —grupos de iguales o de pares—, experimentan nue- vas relaciones con figuras de autoridad social (profesores) y tienen la posibi- lidad de alcanzar un logro personal socialmente reconocido. Por lo tanto, no es de extrañar que exista un notable consenso entre los investigadores acerca de la relevancia del centro escolar como un contexto que tiene un impacto crucial en el desarrollo de conductas tanto adaptadas como inadaptadas en el adolescente.

En relación con las conductas delictivas y violentas, algunas características estructurales y organizativas de los centros de enseñanza pueden favorecer la expresión de estos comportamientos, como la masificación de estudiantes en las aulas, la carencia de normas de comportamiento claras para el alumnado y la orientación excesivamente autoritaria o excesivamente permisiva del profesora-

do. Cabe añadir también la impotencia que sienten los profesores cuando deben manejar problemas de disciplina en su aula. La falta de apoyo y de estrategias eficientes para hacer frente a los problemas de comportamiento del alumnado suele ocasionar sentimientos de indefensión y falta de motivación en el profeso- rado, lo cual provoca no solo un clima escolar más negativo sino un aumento de comportamientos disruptivos y transgresores (Musitu, y cols., 2009).

Además de estos factores generales relacionados con el centro educativo, CaVa

y Musitu (2002) proponen otros más específicos de la organización del aula relacio-

nados con los problemas de conducta en los alumnos. En primer lugar, el predomi- nio de actividades altamente competitivas entre los estudiantes favorece la distin- ción ganadores-perdedores. La excesiva competitividad genera altos sentimientos de frustración y promueve un planteamiento de la vida en términos de ganadores- perdedores, soslayando que muchas veces todos pueden perder o ganar.

Un segundo factor hace referencia al aislamiento y rechazo social que sufren algunos alumnos en la escuela que, junto con sus pocas posibilidades de integra- ción, crea un sentimiento de marginación y de soledad muy relacionado, a su vez, con otros de insatisfacción vital, de aislamiento y con una mayor participación en conductas violentas como agresor y, sobre todo, como víctima.

En tercer lugar, la tolerancia y naturalidad con la que se perciben las situa- ciones de violencia y maltrato entre compañeros, fomenta los sentimientos de impunidad y la “naturalización” de la violencia en los agresores y los sentimientos de indefensión e impotencia en las víctimas. Todo ello contribuye a la creación de un ambiente donde la violencia se percibe como algo normal e incluso como un modo eficaz (y en algunos casos único) de resolver situaciones conflictivas y lograr aquello que se desea.

En cuarto lugar, la presión que sufre el profesorado por impartir los conte- nidos tiene como consecuencia que se considere el aprendizaje de habilidades interpersonales y de ciertos valores como algo poco relevante en la escuela. La realidad, desgraciadamente, nos muestra que estos aspectos resultan trascen- dentales; la formación y la educación deben ir juntas en todo el proceso de esco- larización. De hecho, con frecuencia los adolescentes utilizan la violencia porque carecen de habilidades sociales alternativas y, obviamente, desconocen otras formas de resolución de conflictos.

La escuela es un escenario que ofrece características únicas y especiales para la puesta en marcha de intervenciones y programas preventivos. Así, pérez

(2003) propone la puesta en marcha de los siguientes factores de protección y prevención de la violencia escolar, cuya finalidad última es que los alumnos aprendan a convivir:

Crear un buen clima escolar en el centro, un lugar acogedor donde los alumnos se sientan aceptados como personas y se impliquen en activida- des académicas de carácter cooperativo.

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Incluir en el currículum temas y procedimientos que favorezcan las relacio- nes sociales, como por ejemplo la educación en valores o actividades para el desarrollo de habilidades sociales y personales.

Prestar atención individualizada a los agentes de conflicto: la conducta antisocial requiere un tratamiento directo y no debe soslayarse. Hay que ofrecer apoyo a la víctima e informar a los responsables escolares y a los padres.

Implicar a los alumnos en la toma de decisiones en el centro a través de asambleas y adjudicarles responsabilidades, como por ejemplo la de escuchar, mediar o ayudar a sus compañeros en la resolución de con- flictos.

Revisar la organización escolar: crear espacios y tiempos para establecer encuentros, supervisar los recreos y excursiones y capacitar a los docen- tes en el tema de la no violencia.

Además, la escuela debe ofrecer alternativas al uso de la violencia. En este sentido, dos importantes medidas que deberían aplicarse de modo transversal a estructurales y organizativas para prevenir los problemas de conducta serían la transmisión de actitudes y valores de democracia y ciudadanía por el profesorado y la creación de momentos de reflexión con el alumnado sobre los problemas de comportamiento en el aula.

Otra manera eficaz de favorecer la convivencia es a través de actividades de aprendizaje cooperativo. Como hemos comentado antes, muchas veces la diná- mica del aula se fundamenta en la realización de actividades competitivas donde hay ganadores y perdedores, y se adopta una visión de la educación “resultadis- ta”, esto es, se presta atención de modo casi exclusivo al éxito en los exámenes y al rendimiento, en detrimento de la puesta en marcha de actividades cooperativas y de premiar la reflexión individual.

Por el contrario, en las situaciones de aprendizaje cooperativo, puesto que los alumnos interactúan directamente con sus compañeros, se incrementa su conocimiento mutuo y su esfuerzo por ponerse en el lugar del otro. Este hecho permite que el adolescente desarrolle su capacidad para percibir y comprender los sentimientos de los demás, posibilitando así el cambio en la percepción del compañero, lo que resulta un primer paso hacia el logro de la integración social de muchos estudiantes que sufren problemas de victimización. Además, en las actividades de aprendizaje cooperativo existe una interdependencia positiva entre todos los escolares, ya que dependen los unos de los otros y todos parti- cipan y colaboran en el desempeño de la tarea. Esta actividad pone en práctica habilidades como la escucha activa, el respeto del turno de palabra o el apoyo a los compañeros.

Un rasgo común a todas las propuestas de mejora de la convivencia escolar y de prevención de la violencia es el papel fundamental del docente. Éste tiene

mucho que aportar en la prevención de situaciones conflictivas que implican com- portamientos violentos en el alumnado. De hecho, cuando el profesor se esfuerza por establecer contactos positivos con sus alumnos, les ofrece atención individua- lizada, les trata con respeto y les ofrece apoyo, disminuyen los comportamientos agresivos en el aula mientras que, por el contrario, cuando el profesor desatiende a sus alumnos y se comporta irrespetuosamente con ellos, fomenta la agresivi- dad en el aula. Contamos, pues, con una figura esencial para la prevención de la violencia y la mejora de la convivencia pero, naturalmente, para desempeñar esta importante labor necesita recursos y la ayuda de toda la ciudadanía, y muy particularmente de padres y madres.

Finalmente, algunos adolescentes se comportan agresivamente en la escue- la porque se han asociado con amigos que también participan en conductas violentas. Entre ellos definen y crean sus propios códigos y normas y refuerzan sus propias conductas. Los actos antisociales son aplaudidos y aprobados, por lo que la probabilidad de que la desviación se agrave se incrementa. Además, cuando un adolescente pertenece a uno de estos grupos violentos, mantiene menos interacciones positivas con otros compañeros y disminuye sus posibilida- des de aprender habilidades sociales adecuadas. Por otro lado, el agresor sabe que casi con toda seguridad saldrá impune de su conducta, puesto que ni las víctimas ni los “espectadores” suelen denunciar a los profesores estos hechos por miedo a represalias (rodríguez, 2004). Por ello, la tolerancia cero contra la

violencia, el fomento de formas constructivas de resolución de conflictos, la crea- ción de espacios de participación y la integración escolar del alumnado consti- tuyen herramientas esenciales para la mejora de la convivencia y la prevención de la violencia.

In document Adolescentes Siglo XXI- Roberto Pereira (página 115-119)

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