La amenaza fantasma: Luces y sombras en la adopción
2. Asumir los procesos como parte de la paternidad adoptiva que acompaña
a la responsabilidad institucional de garantizar la adecuación de la familia al niño.
El niño o la niña, cuando es adoptado, trae consigo una información de vida que debe ser tomada por los padres adoptivos como algo propio e inherente a él. Éstos, en el momento previo a la entrada del niño en su vida, deben tener la plena conciencia que esa parte suya es una realidad de la que no puede ni debe ser separado. El niño es un todo y como tal, debe ser recibido en su nueva familia. El anhelo de pertenencia que trae el niño y su necesidad de establecer vínculos en el nuevo sistema familiar, es la ocasión de crear lazos en transparencia, donde las dudas y temores del niño sean, si no resueltas, adecuadamente acompaña- das por sus nuevos padres. El niño podrá sentir que él y su historia —así como las personas que han formado parte de su vida— son reconocidos y aceptados, desapareciendo o disminuyéndose el riesgo de la presentación de ambivalencias afectivas entre los miembros del nuevo sistema.
La construcción de sombras en las relaciones, frutos de información callada, no permite la entrega confiada a lo que es. Requiere la creación de un mapa de cauces relacionales destinados a evitar el paso por ese territorio oculto y prohi- bido. Puede observarse, en algunos de los ejemplos descritos, paseos familia- res desde la elección velada. El mantenimiento de los secretos dentro del relato familiar, exige la coexistencia de dos historias —la real y la ficticia— en un mismo espacio físico y temporal. Cuando existe coherencia entre las dos historias, la analogía es la palabra y la palabra es la analogía. En las situaciones de existen- cia de historias distintas en un mismo plano, la palabra no guarda coherencia con la analogía, y los niños perciben que andan en terreno resbaladizo.
Si bien la responsabilidad parental se encuentra en los padres adoptivos, ellos en muchas ocasiones se encuentran solos ante situaciones más grandes de lo que ellos pueden sostener y mucho menos resolver.
Afortunadamente, la sociedad, con sus nuevas formas de familia, va abriendo cauces de legitimidad a las nuevas manifestaciones, todas en el mismo plano de igualdad. Aunque la adopción no es una situación nueva, requiere un nuevo modo de ser mirada y comprendida socialmente, ofreciéndole el espacio y la respuesta que le corresponde por su propio modo de ser. Desde ese espacio, se entiende como respuesta social aceptable a la creación y apoyo institucional de contextos profesionalizados de atención a la post-adopción que atienda a los tres sub-sistemas (familia adoptiva, hijo adoptado y su familia de origen) y se acompa- ñen por los caminos que, por su propia existencia y necesidad, les correspondan.
Para terminar queremos dejarles dos citas: la primera es el testimonio de una madre adoptiva hecho a la primera autora, un comentario confirmando
La amenaza fantasma: Luces y sombras en la adopción 185 todo lo que acabamos de concluir; la segunda es un aviso sobre lo que no podemos olvidar cuando, como terapeutas, trabajamos con estas familias. Y así, como profesionales nos vamos moviendo entre Escila y Caribdis, en un juego de luces y sombras, intentando todo cuanto nos es posible iluminar las sombras...
“Habría sido maravilloso si yo hubiese tenido un libro que abordara todos estos proble- mas cuando me debatía entre ellos. Tenía miedo de expresar mis sentimientos a alguien. No queremos que otros sepan que estamos deprimidos después de haber recibido un niño, el niño que esperamos durante tanto tiempo. Ni siquiera queremos admitir que somos madres normales y no tenemos todas las respuestas (...) En cierto modo, quererles tanto aún vuelve las cosas más difíciles”.
Una madre adoptiva. “Atendiendo a los aspectos potencialmente complejos asociados a la adopción, en el trabajo terapéutico con sistemas adoptivos no se debe olvidar lo siguiente: en pri- mer lugar, todas las adopciones son casos únicos (...). Cada caso de adopción necesita ser comprendido desde el punto de vista de los individuos envueltos en él. Segundo: ‘la adopción debe ser vista como un proceso y no como un acontecimiento fechado en el tiempo’ (...) Los significados e impacto de las adopciones son fluidos, no estáticos. Tercero: alegría y tristeza son inherentes a todas las adopciones (...). La tendencia de los profesio- nales para patologizar o convertir en románticas las adopciones es restrictiva y ‘ofensiva porque trivializa las experiencias de vida de todos los involucrados’ (...). Cuarto: trabajar con sistemas adoptivos exige formación y entrenamiento clínico intensos y especializados. Quinto: es importante estar atento a los aspectos comunes a las familias biológicas y adoptivas. Ambas experimentan crisis, sufrimientos y una intensa pérdida. Finalmente, los terapeutas deben siempre considerar que las relaciones inherentes a la adopción son, ante todo y como todas las relaciones ‘espirituales’ (...). Estése atento primero a las perso- nas y después a su historia de adopción”.
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Introducción
El término “adolescencia” viene del latín adolesco, que significa crecer, desa- rrollarse, fortalecerse, y se ha considerado como una etapa de crecimiento y transición entre la niñez y la juventud. Actualmente empieza a hablarse de una “adolescentización” de la juventud, convirtiendo la adolescencia como etapa de tránsito entre la niñez y la madurez.
A diferencia de otras, la adolescencia es la etapa de transición por antono- masia, si bien las características de dicho tránsito son muy diversas según el enfoque con el que se analiza, pudiendo entenderse desde una corta etapa de cambios hormonales y biológicos, hasta una etapa de adaptación prolongada en todas las dimensiones humanas, desde la biológica hasta la social, pasando por la emocional, cognitiva, moral y actitudinal.
Nuestro interés ahora es la perspectiva de la adolescencia como etapa de capacitación para el desarrollo moral, es decir para la libertad y la responsabili- dad. Nos proponemos reflexionar sobre el proceso de tránsito de niño a persona responsable, capaz de vivir autónomamente, y descubrir la influencia de las insti- tuciones educativas en el mismo.
Los seres humanos somos seres conscientes en un doble sentido psicológico y moral. La conciencia psicológica nos capacita para “darnos cuenta” de lo que nos ocurre y de lo que ocurre alrededor e interpretarlo como más o menos valioso para nuestra vida. La conciencia, en su vertiente moral, nos obliga a “dar cuenta” de nuestras decisiones y acciones ante nosotros mismos y ante los demás. De
1 Experta en ética asistencial. Profesora de Ética y de Intervenciones en Psicología de la salud
en la Universidad de Deusto. Presidenta del comité de ética en intervención social de la diputación foral de Bizkaia.