Jesús como modelo de una masculiniad
1. La actitud de Jesús frente a los espacios y funciones culturalmente asociadas a los varones
Los evangelios nos muestran a Jesús actuando en lugares y en espacios identificados específicamente como públicos, y culturalmente asignados a los varones. Jesús es presentado como un profeta y un maestro que actúa preferiblemente en las ciudades (Lc 4,43), en las sinagogas (Mc 1,21; 1,39; 3,1) , en el templo (Mc 11,11;12,35), en la mesa (Mc 2,15; 14,3) y en los caminos (Mc 8,27; 10,46; Lc 9,57; 13,22).
Las ciudades, específicamente aquellas que fueron el resulta- do del proyecto de dominación de la polis griega, eran consi- deradas como espacios tradicionalmente masculinos, el lugar por excelencia de lo público (del ágora), donde se definía y se
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desarrollaba el poder en todas sus manifestaciones . La polis era la expresión esencial del proyecto de dominación greco
romano y, por tanto, símbolo del estilo de vida griego, preo- cupado por las riquezas, el poder, los lujos (en las formas de comer, vestir, adornar las casas, etc.) y los placeres ilimitados. Estas preocupaciones, definidas culturalmente como compe- tencias o preocupaciones exclusivas de los varones, también definen la polis griega como un espacio y un proyecto esen- cialmente masculino-patriarcal. No es por casua-lidad que la polis griega fuera considerada como una patria (Mt 13,53; Lc 4,23), palabra derivada del griego pater (padre). Por tanto, el lugar donde se nacía, fuera la ciudad, región o el país (Jn 4,44), o el linaje al que se pertenecía (Lc 2,4), eran compren- didos, en un sentido patriarcal, como un “padre” que le otor- gaba todos los derechos y la legitimidad a los hijos propios. Este proyecto tiene en la época de Jesús una clara influencia en las ciudades ubicadas en la región de Palestina, incluida Jerusalén y las ciudades de la región Galilea. El templo y la sinagoga, en Israel, hacen parte del proyecto de la ciudad desde la época de la monarquía davídica, siendo también por excelencia espacios dominantemente masculinos.
La otra cara del proyecto de la polis griega, era conformada por la realidad de aquellos y aquellas que eran considerados como “apátridas” (sin patria, sin padre), como huérfanos desde el punto de vista legal, político o religioso: los esclavos, los extranjeros, las viudas y los huérfanos. Era la realidad social de las clases subalternas de la sociedad, con todas las consecuencias sociales como la prostitución, la pobreza, la explotación de los trabajadores, la esclavitud, los robos, y otros “vicios” urbanos.
41 Sobre las ciudades en el N:T. ver: Francisco Reyes A. Y Jesús recorría todas las ciudades. En: Voces del Tiempo Nº 36. (Oct-Dic. del 2000), Guatemala. p. 26-37. Sobre las ciudades como una realidad atravesa- da por las relaciones de género, ver: Carmiña Navia. La nueva
Jerusalén femenina. Bogotá: Dimensión Educativa, 1999 (Colección
Las acciones y palabras de Jesús no buscaban justificar estos espacios como lugares consagrados a una práctica social y religiosa dominantemente masculinas. Al contrario, con sus acciones, Jesús busca romper los órdenes simbólicos dentro/ fuera, arriba/ abajo y, por tanto, las relaciones que ubican al varón exclusivamente “dentro” de espacio de lo público y a la mujer “fuera” de él. Es lógico, en este sentido, esperar la crítica a estos espacios, como una de las características princi- pales de la práctica de Jesús. En los evangelios, es evidente la condena que Jesús hace tanto al proyecto griego de la polis como a sus consecuencias sociales, especialmente en la vida de las mujeres, los niños y los extranjeros (Mt 11,20-24; Lc 19,41-44): No es una condena a la ciudad en sí misma, sino al modelo griego de ciudad. En esta perspectiva hay que leer la crítica al templo, presente en las diversas perícopas que se encuentran entre Marcos 11,15 - 13,2, y las relaciones de Jesús con la sinagoga (Mt 10,17; 12,9ss; 23,34; Lc 13,14). Estamos de acuerdo, que esta crítica no significa que Jesús rechace “totalmente la validez del templo y de la torá como símbolos de la elección de Israel, pero ofrece una interpreta- ción alternativa al centrarse sobre el pueblo mismo como
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lugar de poder y de la presencia de Dios” . No es tampoco el rechazo a la ciudad en sí, como un espacio alternativo de vida para mucha gente. Pero, si creemos que su crítica cuestiona los elementos patriarcales que caracterizan estos espacios. Para Jesús estos espacios deberían ser incluyentes. Un ejem- plo claro es la mesa. Recordemos que la mesa se consideraba con un microcosmos donde se configuraban social y simbóli- camente los órdenes simbólicos arriba/abajo, dentro/fuera. La mesa es el mismo sistema de la polis y del oikos (casa) 42 Elisabeth Schüssler F. Op. Cit. p. 164.
patriarcal pero desdoblado o desplazado hacia dentro. Por tanto, la mesa reproduce las mismas relaciones de domina- ción presentes en la sociedad. La comida es un sistema orde- nando (microcosmos) que representa todo el sistema al que
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pertenece , que excluía o marginaba a la mujer (reducida a las funciones del servicio) y a todas las personas (esclavos, sirvientes, publicanos, pecadores, etc.) que no pertenecían al status social del comensal. En la mesa se expresaba la forma como la sociedad o un grupo social dentro de ella imagina y establece las jerarquías y los límites dentro las relaciones sociales existentes en una sociedad, así como las condiciones para acceder o ascender en el ámbito social. La mesa es entonces un espacio dominantemente masculino.
Jesús se sienta en la misma mesa a comer con pecadores y publicanos, acepta la presencia de mujeres (Mc 2,15-16; Mt 15,26-27; Lc 7,34-50; 14,7-24). Este gesto es bastante signi- ficativo, si se tienen en cuenta las costumbres que giraban alrededor de la mesa. Al colocar Jesús la mesa como lugar de inclusión, está cuestionando este mismo sistema. Así lo van a comprender las primeras comunidades, al convertir las iglesias en verdaderos espacios incluyentes, donde precisa- mente los pobres, los pecadores, los enfermos, y dentro de ellos los extranjeros, las mujeres y los niños, pueden encon- trar un lugar, y puedan ejercer su protagonismo asumiendo funciones que eran reservadas únicamente a los varones. Esto lo podemos inferir tanto de las cartas paulinas como de algunas perícopas de los evangelios como Lc 13,10-17. De esta perícopa llama la atención la presencia en la sinagoga, en el día sábado, de gente considerada como la plebe de la sociedad. Este es el sentido de la expresión griega joclos que
43 M. Douglas “Deciphering a meal”, citado por Rafael Aguirre. Op. Cit., p. 31.
aparece en los vv 14 y 17 (que se traduce equivocadamente por gente o multitud), y dentro de este grupo la mujer enfer- ma. Parece ser que esta situación corresponde más a la reali- dad de las primeras comunidades cristianas que a la realidad de las sinagogas en tiempos de Jesús.
Jesús también actúa en lugares normalmente asociados a la mujer, como la casa (Mc 1,29; 2,1-12; 9,28; Lc 10,38-42). Esta es otra manera de romper con el dualismo que identifi- ca al hombre con los espacios públicos y a la mujer con los espacios privados. Lo privado también debe ser lugar del varón. En el evangelio de Marcos, las enseñanzas reservadas a los discípulos las recibían de Jesús en la casa (Marcos 7,17; 9,28.33; 10,10), pero igualmente la multitud de la gente pobre que lo seguía (Mc 2,1-12). Aunque hay que decir que los evangelios no enfatizan mucho este aspecto. La casa adquiere una función importante en la vida de las primeras comunidades cristianas.
Jesús hace o ejerce funciones, según su cultura, propias de los hombres: enseñar (Mc 2,13; 4,1; 6,2; 12,35), curar o sen- tarse a la mesa para ser servido (Mc 2,15ss, 14,3; 14,18; Lc 7,36ss). Normalmente no hay testimonio que nos muestren a Jesús haciendo tareas o ejerciendo funciones propias, cultu- ralmente hablando, de las mujeres, lo que se puede explicar por todo su trasfondo cultural. Sólo el evangelio de Juan (cfr. 13,1-ss), nos muestra a Jesús lavando los píes de sus discípu- los, una tarea realizada por los esclavos, especialmente por las mujeres (Ver Jn 12,1-ss), como símbolo de servicio.
Aunque Jesús se relaciona con los espacios culturalmente considerados como masculinos y ejerce funciones considera- das culturalmente masculinas, la manera como lo hace se ubica en contravía a la forma tradicional como se vive la masculinidad, rompiendo los esquemas y los órdenes simbó-
licos que justificaban y fundamentaban las estructuras patriarcales.
2. La relación de Jesús con los varones y con las