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La construcción simbólica de la masculinidad

Después de ver algunas de las características de una masculi- nidad dominante, es importante que comencemos a transitar hacia una mayor comprensión de esta realidad tan compleja como es la masculinidad. Comencemos a transitar entonces en la primera dirección: la masculinidad como una construc-

ción simbólica. La experiencia personal me ha llevado a una

la masculinidad son más sutiles, inconscientes y arraigados (en nuestros comportamientos o hábitos cotidianos como en nuestras propias maneras sociales y personales de compren- der el mundo) de lo que habíamos pensado o sospechado hasta ahora. Apenas estamos empezando a intuirlos, a ver las manifestaciones de una realidad muy profunda que esca- pa, en muchos casos, a nuestra conciencia y voluntad. Lo grave, en muchos casos, es la consideración de estos meca- nismos y manifestaciones como normales o naturales, expre- siones de nuestra personalidad o fruto de las circunstancias, aunque algo de eso sea verdad. Creemos que lo importante no es sólo constatar las relaciones asimétricas que se dan entre mujeres y hombres en una sociedad patriarcal como la nuestra, con las consecuencias que nos trae tanto para hom- bres como para las mujeres, sino comprender también las

causas y los mecanismos simbólicos que producen y reprodu- cen dichas relaciones.

Creemos que la masculinidad, como la vivimos y compren- demos hoy, es un fenómeno más complejo de lo que pensá- bamos. Ningún estudio puede abarcar toda esta compleji- dad. Se necesita de un acercamiento más interdisciplinario: histórico, social, cultural, filosófico, teológico, psicológico o biológico, ya que sus causas, consecuencias y manifestacio- nes son múltiples. No podemos comprender esta realidad si no tenemos en cuenta este abanico de acercamientos. Pero en un estudio como este sólo podemos abarcar un aspecto muy limitado de esta realidad. Intentaremos comprenderla desde una perspectiva más simbólica, si se quiere antropoló- gica, con sus implicaciones culturales y económicas, teniendo como horizonte la vida de los sectores populares en América Latina, sus culturas y sus prácticas por construir una vida realmente más digna.

Una de las conclusiones a los que han llegado los estudios de género es la consideración de la masculinidad como una

construcción simbólica que tiene su fundamento en las dife- rencias biológicas entre lo masculino y lo femenino (división

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sexual del trabajo) . Esta diferencia fundamental se ha cons- tituido en diferencia semántica y ética, por el significado y el

valor cultural que las sociedades le han dado a los órganos

sexuales. Diferencia que se plantea como superioridad de los varones con relación a las mujeres. De esta manera se consti- tuye el poder masculino dominante. Un dominio que está suficientemente bien asegurado como para no necesitar justi- ficación. Sólo se limita a ser y a manifestarse en todos los espacios de la cultura.

Esta diferencia biológica socializada (o diferencia social natu- ralizada) es valorada en términos de inferioridad / superiori- dad, y aparece en estas sociedades como algo “natural”, hasta el punto de convertirse en algo normal, evidente, obvio e inevitable. Sin embargo, hay que considerar que estas dife- rencias sociales “naturalizadas” son el resultado de una cons- trucción histórica, arbitraria, fundamentada en la autoridad de la tradición y de la ley.

Esta diferencia biológica fundamental adquiere necesaria- mente una carga de significación, sin la cual no es posible ejercer el dominio. La mujer es asociada arbitrariamente a lo interior, lo privado, lo húmedo, lo bajo, lo curvo, lo continuo, lo oculto, lo invisible o lo vergonzoso, a las tareas más monó- tonas, penosas, sucias y más humildes. Los hombres, al con- trario, somos asociados a lo exterior, lo público, lo oficial, la ley, lo seco, lo alto, lo discontinuo, a todos los actos breves, peligrosos y espectaculares.

20 Vamos a seguir en este punto el análisis de Pierre Bourdieu. La domi- nación masculina. En: La masculinidad; aspectos sociales y culturales. Quito: Ediciones ABYA-YALA, 1998.

¿Pero cómo es que se constituye la diferencia biológica nor- mal en una diferencia axiológica o semántica?. La domina- ción masculina, basada en la división de las cosas y de las actividades conforme a la “oposición” entre lo masculino y lo femenino, se constituye fundamentalmente a partir de un sis-

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tema de oposiciones antagónicas y conflictivas u órdenes

simbólicos: alto/ bajo, adentro/afuera, orden/caos, estableci-

dos y valorados desde el punto de vista masculino. Es propio del varón lo “alto”, lo de “adentro” y el orden. El primero se identifica con el poder sea este económico, social, político, militar o religiosos; el segundo con lo público y el tercero con la ley. A la mujer le corresponde lo opuesto.

Estos órdenes simbólicos se concretan y complementan a partir de otras oposiciones que tienen relación con lo especí- ficamente corporal/sexual: pene/vagina, puro/manchado, duro/blando, derecho/revés, seco/húmedo, lleno/vacío, sala- do/dulce, adelante/atrás, derecha/izquierda, derecho/curvo. En este sistema de oposiciones el primer elemento es valora- do positivamente, mientras el segundo negativamente (lo que no es) o como carencia (lo que le falta). El dominio se consti- tuye al designar como “superior” al polo, dentro de los órde- nes simbólicos, que se asigna a los hombres y como inferior al polo que se le asigna a la mujer. A esto se agrega el valor simbólico “positivo” que le damos a lo alto, a lo público y al orden, mientras a lo bajo, lo de afuera (paradójicamente identificado con lo privado e interior) y al caos se le da un valor “negativo” (amenaza, peligro, desorden, inferioridad). Esta división simbólica se constituye en el fundamento desde el cual la sociedad, hombres y mujeres, imaginamos las rela- ciones sociales, las relaciones con el cosmos y las relaciones 21 Ibid., p. 19.

con Dios. Podemos hablar entonces del mito de la masculini- dad, construido a partir de estas oposiciones fundamentales, y constituido como el paradigma que sostiene y fundamenta la cultura patriarcal.

La combinación de estas oposiciones simbólicas engendra la oposición entre las partes nobles y públicas. La parte alta y pública (paradójicamente correspondiente al “exterior” del cuerpo), representada en el cuerpo y expresada en la estruc- tura social, le corresponde exclusivamente al varón. Es com- prensible así que la palabra (logos) y la razón sean monopo- lizadas exclusivamente por el varón. Mientras la parte baja y noble le corresponde a la mujer, lo que está “abajo” o “den- tro”, el deseo y los sentimientos. El varón le corresponde lo “exterior”, lo objetivo (lo que tiene que ver con la palabra y la razón) y lo real, lo público. A la mujer le corresponde lo “interior”, el corazón, el silencio, el deseo, el placer, la casa. La diferencia que tiene su origen en el cuerpo se convierte entonces en una diferencia simbólica (semántica) y ética. Pero esta última, a la vez, se convierte en el “fundamento” simbóli- co para definir la división sexual del trabajo, inscribiéndola en el cuerpo y especialmente en los órganos sexuales. Convir- tiéndose en un ciclo vicioso que esconde las verdaderas cau- sas de la dominación. Así las funciones que cumplen (espe- cialmente con relación a la reproducción) se convierten en los fundamentos para determinar la diferencia entre los sexos, y están predispuestos a simbolizar, en el caso de los varones, la virilidad, según los imaginarios simbólicos y los esquemas prácticos de los hábitos sociales. Es posible plantear una dife- rencia cuando se le da un significado valorativo (en términos de superior/inferior) al cuerpo. En una visión dominante mas- culina del mundo (falocéntrica), es el falo el que adquiere indiscutiblemente un significado y un valor superior, convir-

tiéndose en el elemento que se va a servir para determinar la “superioridad” del varón frente a la mujer. Se legitima así una relación de dominio inscribiéndola en lo biológico, que a su vez es una construcción social biologizada. Este valor que se le da a los órganos sexuales masculinos y los principios que se derivan de él (el pundonor, el valor, el honor, etc.) se convier- te en capital simbólico.

La mayoría de ritos, de iniciación, de paso o de separación, tienden a reforzar estas diferencias simbólicas. Los ritos que involucran especialmente a los varones (el “hacernos hom- bres”) buscan abolir las relaciones y los afectos con la madre, la tierra, la humedad, la noche y la naturaleza. Se trata de despojar de aquello que socialmente se considera como femenino (proceso de virilización, o paradójicamente de cas- tración) o como una interferencia o una distorsión en la bús- queda de la virilidad: el miedo, la debilidad, los afectos, etc. En este punto es clara la relación (y la mutua dependencia) que existe entre una visión masculina dominante del mundo y la dominación de la razón sobre los afectos, de la ciencia sobre el arte, de la economía de producción (en sí) sobre la gratuidad, de la ley sobre el ser humano. La ilusión que es constitutiva de la dominación masculina es el fundamento de todas las formas de dominación, es decir, de todas las formas de ilusión que se generan en todos los campos. En otras palabras, la diferencia biológica fundamental, se convierte en una diferencia simbólica y, al mismo tiempo, en una diferen- cia antropológica, ética, política y económica.

Las diferencias simbolizadas definen a la vez las competen-

cias que le corresponde a cada sexo. La competencia es una

especie de “destino” e “identidad” social que, a través de la ley, le asignan tanto a hombres como mujeres. Socialmente estas competencias son reconocidas y puestas en práctica

(hábito) como algo obvio o natural. Pero, al mismo tiempo, la sociedad facilita la propensión a adquirir la competencia técnica (habilidades, posturas físicas, disposiciones, deseos, etc.) correspondiente y, por eso las posibilidades de poseer- las. Esta es una pretensión que no siempre se cumple. Allí vienen las frustraciones y el dolor. Esto también explica las dificultades que tenemos los hombres para asumir las com- petencias que la sociedad le asigna a la mujer (los sentimien- tos, lo interior, lo estético, etc.).

Este reconocimiento inconsciente de las diferencias, normal- mente impone los límites entre las competencias asociadas a los varones y a las mujeres. Lo que excluye la posibilidad de la trasgresión, espontáneamente rechazada en el orden de lo impensable. Esto explica la razón por la cual el varón debe tener el control de la ley y su interpretación.

La competencia dominante masculina es entonces el resulta- do de una construcción social mediante un arduo trabajo de socialización (educativo) y reconocimiento (aceptación), tan indispensable como el que condiciona la competencia domi- nada de las mujeres. Por eso resulta difícil deshacerse de esas competencias. Una vez definidas y trazados los límites, se convierten y funcionan como un fundamento ley (institucio- nalización) que va a determinar todas las relaciones y com- portamientos sociales.

4. La interiorización y somatización de las