Jesús como modelo de una masculiniad
4. La actitud de Jesús frente a la ley y a las costumbres
El conocimiento, la interpretación, la enseñanza y el control de la ley, en las sociedades patriarcales, de las cuales el judaísmo no es una excepción, es una función propia de los varones. En Israel en tiempos de Jesús, los maestros de la ley eran todos varones. Jesús mismo en los evangelios es pre- sentado como un maestro que conoce, interpreta y enseña la ley (Mt 5,1-48). Jesús asume una función que es propia de los varones, aunque de una manera diferente, como lo vamos a ver. Si es así, podemos ver, en la manera como Jesús se sitúa frente a la ley y a las costumbres de la época, una nueva manera de vivir la masculinidad.
Nos interesa resaltar, a modo de ejemplo, el texto de Marcos 10,1-12 en que se manifiesta claramente la manera como
Jesús interpreta la ley. La ley de Moisés, así como era inter- pretada, permitía al hombre repudiar (dejar) a la mujer y darle carta de divorcio. Pero, difícilmente podía ocurrir lo contrario: que una mujer pudiera repudiar a su marido. Es indudable el carácter patriarcal de esta ley. La mujer no podía ser sujeto de derecho, al igual que los esclavos o los niños. La base de esta ley es la consideración de la mujer como un ser inferior y como objeto de derecho. Jesús supera esta manera de comprender la ley, recuperando el sentido más original de la tradición (considerada como una ley ética que debía orientar la vida colectiva), interpretando y discer- niendo la escritura desde una perspectiva más humana. Para ello recupera y junta (lo que ya es un atrevimiento frente al legalismo de los maestros de la ley) dos pasajes bíblicos que reivindican la importancia y la igualdad de la mujer frente al varón: “Pero al principio de la creación, hombre y mujer los
hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno”. Por otra parte, radica-
liza la ley al considerar que al igual que la mujer, el varón también comete adulterio al divorciarse y casarse de nuevo. Lo importante para Jesús es que frente a la ley el hombre y la mujer están realmente en igualdad de condiciones.
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Según Joachim Jeremías , la mujer estaba sometida, desde el punto de vista religioso, a todas las prohibiciones de la torá, excepto algunas concernientes sólo a los hombres (Lv 9,27; 21,1-2), y a todo el rigor de la legislación laboral y penal, incluida la pena de muerte. Esta es también una afirmación que podemos deducir de Jn 8,1-11, donde la mujer encontra- da en adulterio es condenada a muerte. Jesús no condena a la mujer, y hace ver a los presentes la participación de ellos en el mismo pecado. En otras palabras, coloca tanto a la mujer como a los varones presentes en igualdad frente a la ley, cues- tionando de esta manera su carácter patriarcal.
La finalidad de la ley era la de reforzar (darle una base legal) y justificar las representaciones autoritarias verticales (arriba - abajo) y excluyentes (dentro -afuera) del oikos patriarcal. Para eso era necesario determinar los grados de participación dentro del sistema de pureza. La condición social de la perso- na, el origen o la pertenencia étnica de las personas, la con- dición de género o generacional, servían como criterios para establecer el grado de pureza, y para exigir el cumplimiento de los preceptos. La ley determinaba bien estos diversos gra-
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dos . Estaba en primer lugar el Israel puro, dentro del cual se encontraban las familias que podían comprobar su origen legítimo (los sacerdotes, los levitas, los israelitas laicos de ascendencia pura), los cuales podían ocupar cargos públicos importantes. Las mujeres, los niños, los enfermos, los extran- jeros, y los esclavos, eran considerados como impuros (con mancha leve o grave).
En este contexto es donde comprendemos todo el alcance y el sentido que tiene el hecho de llamar a la mujer encorvada “hija de Abraham” (Lc 13,10-17). Era, por una parte, el restablecimiento de su condición legítima como parte del pueblo escogido por Dios. En este sentido, todos y todas, estaban en igualdad de condiciones y, por tanto, de dere- chos. Y por otra, la crítica a los criterios que servían para determinar los grados de pureza y, por ende, las razones legales y religiosas que servían para determinar la participa- ción en los espacios de poder y decisión tanto en el ámbito social como religioso. Jesús deja “sin piso” “legal” la división en términos de pureza como se daba en esta época y, al mis- mo tiempo, recupera lo más original de la identidad como 45 Op.Cit. p. 383.
46 Ver sobre este punto. E. Morin. Jesus e as estrtutas de seu tempo. Sao Paulo: Paulinas, 1981 4 ed. p. 76-83.
pueblo: la unión y la solidaridad de todos aquellos y aquellas que por alguna razón eran excluidos de la sociedad y que habían experimentado la acción liberadora de Dios en sus vidas. Esta subversión radical propuesta por Jesús, explica la alegría con la cual reacciona la masa de pobres que lo siguen (joclos) y la perplejidad de sus adversarios.
Normalmente los enfermos eran pobres o se empobrecían por causa de las enfermedades (Lc 8,43), pero al mismo tiempo tenían que cargar con el estigma que ser considera- dos “impuros”. Esta situación común de pobreza- impureza los excluía de toda posibilidad de participar en la vida social o religiosa. A la vez, esta condición social de marginación y pobreza, les impedía cumplir con los ritos de purificación, convirtiéndose de esta situación en un ciclo vicioso, que escondía las verdaderas causas de su situación. Jesús rompe con esta concepción de la pureza y de la ley. Los milagros de sanación (Mc 5,25-34; Lc 7,1-10; 11-17; 8,40-56; 13,10-17), que tienen como destinatarios predilectos a las mujeres, los niños, los esclavos, muchos de ellos extranjeros o extranjeras, tienen el propósito de romper con el ciclo vicioso de pobreza - impureza a los que están sometidos por causa de la ley. De esta manera también rompe también con las representacio- nes verticales (arriba -abajo) y excluyentes (dentro -afuera), que fundamentan la estructura del oikos patriarcal.
Frente a la ley, tomada en su totalidad, Jesús coloca por enci- ma de ella al ser humano, hombres y mujeres en igualdad de condiciones. Es más importante la vida (la salud, la digni- dad) que el cumplimiento riguroso de la ley (la pureza). La mujer tiene valor precisamente por que es un ser humano, hija de Abraham (Lc 13,10-17).
Con relación a las costumbres (ethos). Jesús como todo
costumbres y ritos de iniciación propios de los varones (Lc 1,59; 2,41-43), por lo menos así lo dice el evangelio de Lucas. Como todo varón judío Jesús debió ser circuncidado a los ocho días de nacido, como señal del pacto de Dios con el pueblo de Israel (Gn 17, 1012; Lv 12,3). Y como cualquier muchacho cuando llegaba a los doce años, según la costum- bre judía, se debió preparar para incorporarse legalmente a la comunidad religiosa. La incorporación oficial tenía lugar a
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la edad de trece años (Dt 16,16; 1 S 1,3.21; 2,19) . Este era un rito que todo varón debía seguir para ser introducido al mundo de los adultos. Jesús está inmerso desde su niñez en un ethos judío, de tipo patriarcal. Aunque, con mucha proba- bilidad, por vivir en una región helenizada como Galilea, debió conocer y ser influenciado por la cultura griega de las grandes polis, igualmente patriarcal.
Los testimonios que nos ofrecen los evangelios, nos mues- tran a Jesús como un judío de Galilea, que cumple con las costumbres propias de los varones de su pueblo. Participa de la vida de sinagoga, lee las escrituras como “era su costum- bre” (Lc 4,16), enseña en la sinagoga (Mc 1,21; 6,1), partici- pa de las fiestas religiosas, celebra los ritos como el de Pascua (Lc 22,7-ss), preside las comidas en grupo, bendice la mesa según la costumbre judía (Mt 14,19; Jn 6,11), acepta la invitación a comer que le hacen los fariseos (Lc 7,36; 11,37), se sienta a la mesa y come con ellos. Y en general, participa de costumbres que son propias de un varón.
Pero en términos generales Jesús, según el testimonio de los evangelios, se aparta de muchas de estas costumbres, trans- formando o recreando especialmente aquellas que implica-
47 Ver nota de Reina-Valera 1995 - Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
ban de alguna manera la exclusión de las personas. Algunas de las costumbres relacionadas con la mesa y la comida, por ejemplo, son recreadas por Jesús, quien come con pecadores (Mc 2,15-17; Mt 9,10-13; Lc 5,29-32), no condena a sus discípulos por comer sin lavarse las manos, él mismo lo hace. Al contrario, la mesa debe ser un lugar de inclusión solidaria. Simbólicamente presenta la hierba verde (Mc 6,39) en medio de un lugar desértico como la nueva mesa donde los pobres, enfermos, esclavos, mujeres, niños, tienen su puesto; un lugar donde se puede compartir, comer y satisfacer el ham- bre de todos y todas.
Jesús no legitima ni justifica las costumbres que se derivan de la división sexual del trabajo, en donde la mujer se dedica a los servicios de la casa y los varones a los oficios públicos como participar de las enseñanzas. Tampoco valora estas costumbres o trabajos de acuerdo a los criterios con los cua- les lo hace la sociedad patriarcal. Esto lo podemos inferir, por una parte, del valor positivo que Jesús le da al servicio (dia-
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conía ). Jesús mismo se presenta como quien sirve, hacien- do participes a los discípulos varones de esta costumbre pro- pia de los esclavos domésticos y, especialmente, de las muje- res (Lc 9,16; 22, 27; 24,30; Mc 6,41; 10,45). Para Jesús el servicio, una competencia culturalmente asociada a la mujer, es importante, es símbolo de solidaridad y del verdadero amor. El servicio era considerado como una humillación, como un trabajo sucio, que sólo le correspondía a las muje- res y a los esclavos. Por eso le exige a sus discípulos varones algo que no es fácil de asumir, por toda la carga simbólica- femenina que tiene el servicio: “el que quiera hacerse grande
entre ustedes será el servidor (diákonos) de los demás, y el que quiera ser el primero, será esclavo de todos” (Mc 10, 43-
44). Contrariamente a las costumbres de la época donde los gobernantes, como las personas importantes (normalmente
varones) estaban acostumbrados a ser servidos y, al mismo tiempo, a dominar y a ejercer autoridad sobre sus súbditos (Mc 10,42). Igual el varón, padre o hijo, en su casa.
Por otra parte, en el relato de la visita a la casa de Marta y María (Lc 10,38-42), Jesús valora la actitud que tiene María como discípula, la que escucha las palabras del maestro, (costumbre que en esta época estaba generalmente reserva- da sólo a los varones), y no tanto la actitud de Marta, que se dedicaba a los servicios (diaconías) u oficios propios de la casa. Hay una subversión de la división sexual del trabajo, y una valoración diferente de los trabajos que se derivan de ella. Los varones están llamados también a servir, las mujeres a participar de las enseñanzas.
Otras costumbres que tenían que ver con la relación que debía mantener un varón con las mujeres, son cuestionadas por la práctica de Jesús: sana a las mujeres en día sábado (Lc 13,10-ss), tiene un contacto físico con mujeres considera- das como impuras (enfermas, extranjeras), tiene entre su grupo de seguidores, algunas mujeres (Lc 8,1-3), acepta la invitación de entrar a la casa donde viven mujeres (Lc 10,38- 42), habla con ellas en lugares públicos, etc. Igual ocurre con muchas de las costumbres que tienen ver con la manera como los varones adultos se relacionaban con los niños, con los enfermos y con los extranjeros.
Algunas de las costumbres relacionadas con el día “sábado”, muchas de ellas planteadas negativamente como prácticas ilícitas o como prohibiciones (era prohibido hacer cualquier 48 Diaconía se traduce por servicio. Originalmente se refería al trabajo de servir en las mesas (Hch 6,1-6), realizado normalmente por las muje- res o los esclavos. Después adquirió en la iglesia un sentido diferente. No sólo se institucionalizó como un servicio ministerial, también se “masculinizó”, perdiendo su sentido original.
cosa, incluido: perdonar los pecados, sanar, trabajar, etc. Ver: Lc 6,1-ss; 14,1-ss), son quebrantadas por Jesús. Termina afir- mando que el día de reposo fue hecho por causa del hombre y no al contrario (Mc 2,27). De esta manera Jesús legitima aquello que según la ley y las costumbres estaba prohibido hacer en el día de descanso, recuperando su sentido original.
5. Conclusiones
En términos generales, podemos hablar de que Jesús vivió en el marco de una cultura esencialmente patriarcal. Él nace y crece dentro del ambiente de la cultura campesina “judía” de la época, en Galilea, aunque en constante interacción con la cultura helenista propia de las grandes ciudades.
Es indudable que lo que Jesús es, hace o dice, hay que ubi- carlo en este contexto. Jesús culturalmente es un judío de Galilea y, como tal, es hijo de su ambiente cultural. Jesús, por consecuencia, no puede desentenderse, sea conciente- mente o no, de las relaciones de dominio en la que los hom- bres mantenían a las mujeres. De hecho, asume prácticas y costumbres, participa de lugares y ejerce funciones “propias” de los hombres, aunque de manera diametralmente diferen- te. La manera como se relaciona con las mujeres y con los demás varones también rompen con las costumbres de la época (los hábitos sociales y personales) y lo que es más importante, con las estructuras simbólicas (arriba/abajo; den- tro/fuera) que sostienen y fundamentan unas relaciones en términos de superioridad inferioridad, en el que los varones representaban el primer polo. Esta práctica es coherente con su manera de pensar y de sentir, contraria a una práctica tradicionalmente masculina centrada en el ejercicio del poder, la acumulación de bienes y las manifestaciones de honor o prestigio. Podemos entonces decir que Jesús rompe con la manera dominante de ser varón dentro de esta sociedad, y
nos da pautas para vivirla de una manera totalmente nueva, para construir unas relaciones más justas entre los hombres y las mujeres, entre los adultos y los niños.
La crítica que Jesús hace, con palabras y acciones, a la lógi- ca tradicionalmente masculina, es al mismo tiempo una críti- ca a las estructuras simbólicas de carácter patriarcal que sir- ven como fundamento y justificación a las estructuras socia- les y económicas tributaristas y esclavistas que condenan a los pobres a un futuro totalmente incierto e inhumano.
Es muy probable entonces que Jesús, haya sido visto por la mayoría de los varones contemporáneos, especialmente por aquellos que participan del poder social y religioso, como alguien que no representaba la imagen de aquello que se esperaba de un varón. Al contrario, debió aparecer igual-
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mente como un varón “insignificante ” de Galilea, como un varón del montón, como un campesino pobre e ignorante (Jn 7,45-52), que andaba con lo que la sociedad considera- ba como “basura”, con los pobres de este mundo (St 2,5), con los “apátridas” o con la plebe (joclos) de la sociedad, a los que les anunciaba que el reino de Dios sería de ellos. Pero también debió llamar la atención, por la acogida que encontró entre los más “pequeños” de la sociedad, que lo consideraban como un profeta, un maestro y como el mesías que los podía liberar de toda opresión. Debió significar una amenaza, pues era un varón que “transgredía” la ley (era entonces un pecador) y las costumbres, que se hacía amigo de las mujeres, de los niños, de los extranjeros, de los locos y de los enfermos, etc. (era considerado como un impuro). Debió resultar una persona que ponía en peligro la imagen de aquellos varones que representaban el poder social o religioso, que cuestionaba de raíz las estructuras simbólicas
fundamentales de tipo patriarcal, con el interés de hacerlas más humanas, incluyentes y justas.
Jesús entonces, nos sirve como ejemplo y como modelo de una masculinidad realmente humanizadora, especialmente para nosotros los varones que nos confesamos sus seguido- res. La necesidad de construir un nuevo imaginario de mas- culinidad, que tenga su coherencia en la práctica cotidiana y que tenga su fundamente en las leyes e instituciones real- mente justas e incluyentes de todo el género humano, tiene en la figura de Jesús un aliciente y un modelo. Realmente Jesús nos ayuda a recuperar y a recrear los valores asociados culturalmente a la masculinidad como el poder, la autoridad, la agresividad, la ley, el dinero, de tal manera que nos ayu- den a construir y un mundo más humano y humanizador. Valores que ya no sean asociados únicamente a los varones, sino a toda la humanidad, y resignificados desde una la pers- pectiva ética comunitaria donde la persona, su dignidad y la vida plena, sea el centro y el criterio para discernir la eficacia de estos valores.
49 En griego se utiliza la expresión elaquistos ( Mt 5,19; 25,40; Ef 3,8), para referirse también a una persona que es considerada como la más pequeña entre los pequeños. Insignificante.
Esta publicación se terminó de imprimir en el mes de febrero de 2004, en los Talleres de Dimensión Educativa
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