Jesús como modelo de una masculiniad
3. Su manera de pensar y sentir
Los evangelios de Marcos y de Juan son los que más resaltan los sentimientos de Jesús. No ocurre igual con el evangelio de Mateo. Jesús aparece como un varón que puede expresar sus sentimientos. No sabemos a “ciencia cierta” las implica- ciones que está actitud hubiera podido tener en aquella épo- ca. Lo cierto es que para nosotros que vivimos veinte siglos después, nos puede ayudar a recuperar una de las dimensio- nes más importantes de nuestra común condición humana. El sentimiento que aparece mayormente expresado es el de la misericordia (Mc 1,41; 6,34; 8,2; 9,22; Mt 9,36; 14,14; 15,32; 20,34; Lc 7,13). Tener misericordia implica sentir con las entrañas, lugar donde radican los afectos más profundos como la ternura, la compasión, la benevolencia, el dolor, la indignación frente a las injusticias, etc. Jesús siente especial misericordia por los pobres, los enfermos, los esclavos, los
huérfanos y las viudas: “porque son como ovejas sin pastor” o “porque no tienen que comer”. Jesús se deja impactar por su dolor y sufrimiento (Lc 7,11-17), y se indigna frente a al dolor que resulta como consecuencia de la injusticia y la exclusión social (Mc 10,14; Lc 13,15-16). Desde el punto de vista que queremos desarrollar en estas páginas, es interesan- te subrayar el hecho de que los evangelios resalten de la presencia de muchos varones. Dicho en otras palabras: es importante que nosotros reconozcamos que también necesi- tamos que nos tengan misericordia y compasión, que reco- nozcamos nuestro dolor y el de los demás y nos solidarice- mos con su dolor. Es importante reconocer que también nosotros podemos ser misericordiosos con otros varones, y que otro varón puede ser misericordioso con nosotros, supe- rando un falso orgullo que nos lleva a considerar estas actitu- des como femeninas y contrarias a nuestra identidad como varones (falso orgullo machista).
Muchas veces no aparece explícitamente la expresión miseri- cordia, pero aparecen otros verbos que tienen mucho que ver con este sentimiento: especialmente acciones como ver (Mt 14,14; Mc 6,34), llamar, hablar y gestos como tocar, colo- car las manos. Los evangelios mencionan otros de los senti- mientos expresados por Jesús: tristeza (Mc 3,5; 14,33-34), angustia (Mc 14,33), ira (Mc 3,5; 10,14; Lc 3,7; 21,33; Mt 20,1). En el evangelio de Juan hay un pasaje bien interesan- te que nos muestra a Jesús con toda una carga de emocio- nes y sentimientos muy fuertes: el texto que nos habla de la muerte y resurrección de Lázaro (Jn 13,33.35). Aquí aparece un verbo que tiene el significado de “derramar lágrimas”, que sólo tiene paralelo con el texto de Lc 7,36, donde la mujer moja los pies de Jesús con sus lágrimas. No es común, en esta sociedad, aceptar que un varón exprese sus senti- mientos o que tenga un contacto corporal con otras perso- nas. Esta sería una prueba de debilidad.
Jesús valora el mundo interior de la persona, simbolizado en el corazón, que además de los sentimientos es el lugar donde simbólicamente se representan, como hemos dicho los pensa- mientos y deseos, en contra de una lógica masculina que valora lo exterior (la pureza exterior por ejemplo. Ver Marcos 7,1-ss: Mt 5,8; Lc 11,37ss. Jesús propone la “irracional” lógi- ca del corazón (Mc 8,2-3; 14,6). Es importante darle “rienda suelta” a los deseos y a los sueños. No se trata de matar esos deseos en función de una lógica demasiada “racional”. Jesús desenmascara esa “lógica racional”, para mostrar su irracio- nalidad, cuando se trata de “satisfacer” las necesidades (el hambre) y los deseos de la gente que lo acompaña. El pasaje de Mt 26,6-34 es claro en este sentido: frente a la lógica “eco- nómica” de sus discípulos, Jesús antepone la lógica del deseo. La irracional lógica del corazón tiene que ver también con los pensamientos o lo que hemos llamado como estructuras simbólicas o cosmovisiones, que no es otra cosa que la mane- ra como nos imaginaos el mundo que nos rodea, en donde los pensamientos no se separan de los deseos y de los senti- mientos. Es una sola realidad senti-pensante. Las estructuras patriarcales generan sus propias estructuras simbólicas que son adoptadas y adaptadas por cada grupo social y por cada persona en particular. Podemos decir que a los varones nos es impuesta culturalmente una manera muy particular de ver el mundo, la que vamos a llamar como lógica “masculina” tradicional. Sin embargo, cada persona, grupo social o cultu- ra recrea esta lógica a su manera. Aquí intentaremos descu- brir la manera como Jesús se sitúa frente a esta lógica tradi- cionalmente presente en la cultura de su época. En otras, palabras, intentaremos de ver la manera como Jesús com- prende los valores que tradicionalmente la cultura le asigna a los varones.
“Venid a mí todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar. Carguen mi yugo sobre ustedes, y apren- dan de mí, que soy apacible y humilde de corazón; y halla- rán descanso para vuestras vidas; porque mi yugo es llevade- ro, y liviana mi carga” (Mt 11,28-30). Pensemos en todo lo
que significa para los varones llevar sobre sus hombros la carga de una masculinidad dominante, con el esfuerzo diario que hay que hacer para cumplir con ese ideal, con todos los sacrificios y renuncias que ello implica. Pero también con el peso que implica el hecho de asumir la lógica y los valores asociados a los varones como el afán por la riqueza, el poder y el honor. Este ideal de masculinidad en torna en una carga que no nos deja vivir libre y humanamente. Jesús se identifi- ca a sí mismo a partir de su interior, como apacible y humil- de corazón. Libre frente a los valores propios de una masculi- nidad dominante.
La hombría en las sociedades patriarcales se mide mucho por la participación de los varones en la guerra. Lo que supo- ne resaltar ciertos valores como la agresividad, la valentía, la intolerancia, la dureza, la inmisericordia, la victoria y la auto- ridad (Lc 7,8). Precisamente, en tiempos de Jesús, se espera- ba a un mesías guerrero, con poder y con los honores pro- pios de un rey (Mt 21,1-11; Lc 24,21; Jn 6,15). Sin embargo, Jesús rechaza esta imagen del mesías guerrero y los valores asociados a ella, para proponer la imagen totalmente opues- ta: la del mesías niño (Lc 2,11-12; Mt 2,1-12), que es la que expresa mejor la imagen de un rey apacible, no guerrero (Mt 21,1-5). Este rechazo es, al tiempo, una condena a ciertos valores propios de una masculinidad dominante. Jesús en varios pasajes se identifica con la apacibilidad (el deseo de no-violencia y de no-venganza), “aprendan de mí que soy apacible y humilde de corazón” (Mt 11,29), llama de biena- venturados a los apacibles (Mt 5,4), coloca al apacible como
modelo de vida y la apacibilidad como la pedagogía para resolver los conflictos (Mt 5, 38-48).
Jesús recrea el significado de la autoridad y el poder, valores también asociados a la masculinidad. La autoridad para Jesús no está fundamentada en la legalidad del poder domi- nante, sino en la práctica de un amor solidario o del servicio. Hoy diríamos que la autoridad está dada por la ética perso- nal y colectiva. Esto hace comprensible la pregunta de los escribas y sacerdotes sobre la autoridad por la cual Jesús actúa (Mt 21,23-27).
Merece una atención especial la cuestión del poder. Mientras los discípulos sueñan con ser los mayores (paradigma supe- rioridad-inferioridad), con estar a la derecha e izquierda (Mc 9,33-37; 10,35-45), Jesús propone el servicio y la humildad como el valor que debe fundamentar el poder, la lógica con- traria a lo que la sociedad patriarcal le exige a los varones. El ideal no está en la grandeza (endiosamiento de la grandeza) del poder como dominio sino en el poder que da el servicio o, en otras palabras, en la capacidad de empequeñecerse solidariamente con los que sufren. Por eso, a Jesús no se ve rodeado de gente considerada importante y rica, normal- mente está acompañado por un grupo de gente pobre, senci- lla (niños, mujeres, enfermos, extranjeros, locos, etc.), enfer- ma o con hambre.
Otro de los valores asociados “culturalmente” a la masculini- dad es la codicia, o lo que podemos llamar como la lógica del “mercado” (racionalidad basada en la compra y venta, para sacar siempre una ganancia). La riqueza se convierte en el ideal de esta lógica, pues de alguna manera ella se identifi- ca con el prestigio, la grandeza (“lo alto”) y el honor, valores asociados a los varones. En otras palabras, se es más varón entre más “alto” se llegue, entre más riqueza se tenga. Es
posible encontrar este tipo de racionalidad en los discípulos de Jesús. En el texto llamado de la multiplicación de los panes, los discípulos le proponen a Jesús, frente al problema de la multitud, que no tenía que comer, la lógica del merca- do: “Despídelos para que vayan a las haciendas y aldeas de
alrededor, y compren pan, pues no tienen qué comer” (Mc 6,
36-37). Esta mentalidad está presente en otros pasajes bíbli- cos (Mc 8, 14-21; 14,3-5; 14,10-11).
Con respecto a esto hay que recordar la fuerza con la que Jesús condena la riqueza (Mt 6,19-21; 24; Mc 10,17-31; Lc 12,13-21; 32-34; 16,19-31). “Miren, y cuídense de toda codi-
cia; porque la vida del hombre no consiste en la sobreabun- dancia de los bienes que posee” (Lc 12,15). El sentido de la
vida del ser humano no está en poseer y acumular, sino en el repartir y compartir. “Jesús, al oír esto, le dijo: Aún te falta
una cosa: vende todo lo que tienes, y repártelo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y luego ven y sígueme. Entonces él, oyendo esto, se puso muy triste, porque era muy rico. Al ver Jesús que se había entristecido mucho, dijo: ¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el reino de Dios!”
(Lc 18,22-24).
Otro de los valores que están asociados a los varones es el
honor, como el resultado de la riqueza y el poder que una
persona tenía, pero no era sólo eso. El honor tenía su razón de ser en el origen social de la persona, el sexo y la edad. Recordemos que el esquema honor/ vergüenza, patrón/ cliente, extendido en todas las instancias de la vida social, tenía su fundamento “ideológico” o simbólico en las relacio- nes asimétricas entre varones y mujeres, adultos y niños. El honor, en términos negativos, estaba garantizado en primer momento en el hecho de no ser mujer, no ser niño y no ser de origen pobre. Sobre esta base se construía el honor. Esta
condición social se expresaba simbólicamente en las maneras de vestir, comer y en las relaciones sociales que se tenían. Jesús condena ese falso honor. Les pide a sus discípulos que se cuiden de los escribas que les gusta andar con largas ropas, ocupar las primeras sillas en las sinagogas y en la comidas. Mientras el honor está en función del reconoci- miento individual, Jesús propone como ideal “negarse a sí mismo” (Mc 8,34).
Frente a la lógica culturalmente definida como “masculina” que pone el ideal en el poder, la riqueza y el honor, Jesús propone otra lógica, culturalmente definida como “femeni- na” e “infantil”, como una exigencia para entrar en el Reino de Dios. Pero también podríamos decir que Jesús, consciente o inconscientemente nos propone una nueva manera, más humana y humanizadora, de vivir los valores considerados como “masculinos”.
4. La actitud de Jesús frente a la ley y a las