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La relación de Jesús con los varones y con las mujeres

Jesús como modelo de una masculiniad

2. La relación de Jesús con los varones y con las mujeres

La crítica feminista de la Biblia ha colocado especial aten- ción, y con sobrada razón, a la relación de Jesús con las mujeres. Igualmente, la crítica exegética, ha resaltado la rela- ción de Jesús con la gente socialmente marginada o excluida por diferentes razones: económicas (los pobres), moralistas (los pecadores), de salud, origen social o por su condición de género (las mujeres). No se trata en general de grupos dife- rentes, pues en la práctica estas razones se entrecruzaban. Por eso, los evangelios prefieren la expresión joclos (con el sentido de plebe o masa de marginados sociales) para deter- minar las características del grupo de personas que rodean y siguen a Jesús (Mt 4,23-5,11). La mujer encorvada, de Lucas 13,10-17, seguramente era al mismo tiempo pobre, parte de este grupo. Es a este grupo a quien Jesús preferente le anuncia la buena noticia del Reino de Dios.

Pero teniendo como referencia fundamental la relación de Jesús con los pobres, también es importante que nos pregun- temos por las relaciones de Jesús con otros varones, hagan parte o no de este grupo de marginados sociales. Pues la manera como se da esta relación, define en gran medida el tipo de masculinidad que Jesús vivió. Lo que más resaltan los evangelios es la relación que tiene Jesús con los varones que representan el poder político, económico o religioso. Estas relaciones están marcadas por la mutua confrontación y por el conflicto, como consecuencia de la actitud de Jesús frente a las instituciones, prácticas, costumbres y ritos marca- damente patriarcales. Jesús se coloca en contra fundamental- mente de la institucionalidad dominantemente patriarcal, que

condena a la mujer a una situación de inferioridad (interpre- tada en términos de pecado e impureza) y que condena a los varones a entrar en un juego por el poder y la riqueza. Los ritos como la circuncisión, las leyes de pureza, etc., estaban en función de fundamentar y justificar la separación entre mujeres y hombres.

Esta institucionalidad dominantemente patriarcal está repre- sentada por varones de “carne y hueso”, que son quienes tienen el poder, quines representan una masculinidad domi- nante y hegemónica, en cuanto se consideran, según el esquema de patronazgo o clientelismo, como el polo superior con relación a las mujeres, los niños y otros varones. La prác- tica de Jesús los confronta. Probablemente Jesús, por su origen social y por sus opciones vitales, queda por fuera de las posibilidades de participar de esta estructura masculina dominante. Él no sólo entra en conflicto con estos varones, sino que rechaza cualquier posibilidad de participar de esta manera de comprender y ejercer el poder (es el sentido que pueden tener las tentaciones).

Jesús se junta con otros varones, especialmente pecadores y publicanos (Mc 2,16ss; Lc 5,30; 7; 34; 15.12), es decir, con personas que están al margen de la institucionalidad domi- nantemente patriarcal. La relación con ellos es diferente, está marcada por la amistad y la misericordia. Hasta el punto de llegar a ser considerado como “amigo de publicanos y de pecadores” (Lc 7,34). Comer con ellos constituía en sí un gesto de amistad y de aceptación (Lc 15.12; Jn 7.49). Recordemos que en aquella época, eran consideradas peca- doras aquellas personas que no conocían la ley o que no la interpretaban como los fariseos (interpretes oficiales de la ley) y por tanto eran considerados como trasgresores. También eran tratadas de la misma manera aquellas personas cuya

profesión, por ley, era considerada como deshonrosa. La amistad con mujeres consideradas pecadoras era aún más escandalosa. Jesús es amigo de hombres y mujeres que sufren el peso de las estructuras dominantemente patriarcales como el templo y la ley.

Merece una reflexión especial la relación que establece con Jairo, el jefe de la sinagoga (Mc 5,22-23.36), que no es con- siderado “pecador”, ni hace parte del pueblo pobre. Esto nos lleva a una conclusión importante, que complementa lo que decíamos anteriormente: Jesús anuncia el Reino también a personas que no hacen parte del joclos o de los marginados sociales (el caso también de Zaqueo, el llamado Joven rico, Nicodemo, el centurión romano, etc.), aunque normalmente encuentra mayor resistencia en estas personas. Jesús mira también el sufrimiento que, por diversas razones, viven los varones dentro de la sociedad. Es solidario con su dolor, liberándolos de él.

Jesús elige entre sus discípulos a 12 varones para que lo acompañen y para enviarlos a predicar el evangelio (Mc 3,13ss). Es un círculo de personas cercanas a Jesús. Amigos diríamos con otras palabras. Por lo general, los evangelios los presenta como un grupo que no comprende el mensaje y la práctica de Jesús (”duros de corazón” o hombre “de poca fe”), colocándose muchas veces en contra de él y de su men- saje. Por eso es que Jesús es muy “exigente” con ellos (Mc 8,33; 10,14) y les coloca especial atención, principalmente en sus enseñanzas. El conflicto de los doce con Jesús es evi- dente. Ellos expresan, en su forma de pensar y actuar, una manera dominantemente patriarcal de ver el mundo. Jesús busca cambiar esta manera de ser, pensar, sentir y actuar. En las parábolas Jesús coloca generalmente como protagonis- tas a varones (Mc 13,33-37). Son proporcionalmente pocas

las parábolas donde los personajes centrales son mujeres (Lc 15,8-10; 18, 1-8; Mt 15,1-13).

La masculinidad está también definida por la manera como los varones nos relacionamos con las mujeres. Jesús valora las mujeres, reconoce su dignidad e igualdad con relación a los varones. Reconoce su sufrimiento y su pobreza, pero también su fe (Mc 5,34; Lc 7,50; Mt 15,28). Muchas mujeres son el objeto de los milagros de Jesús (Mt 8,14-15; Mt 9.1819, 2326; Mt 9.2022; Lc 7.1117; 13,10-17), devolvién- doles su dignidad como personas, la salud, la pureza, la vida. Las mujeres, especialmente en los milagros, salen transfor- madas (Mc 5,34) y valoradas. Pero al mismo tiempo, Jesús también se deja transformar por las mujeres (Mt 15,21-28). Con muchas de ellas hay una relación afectiva muy cercana (Lc 10, 38-42), algunas de ellas lo siguen como sus discípu- las (Lc 8,1-2; 23,27-31). Jesús las coloca como ejemplo en las parábolas: La mujer y la moneda perdida (Lc 15,8-10) o la mujer y el juez injusto (Lc 18,1-8) o como ejemplos de fe

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(Mc 14,6-9; Mc 12,41-44) .

La lógica patriarcal define también las relaciones del padre con los hijos y las hijas, en términos de superioridad e infe- rioridad. Los niños con relación a los adultos son considera- dos como inferiores y pequeños, con un status jurídico y social semejante a los esclavos (Gl 4,1-3) y a las mujeres. Son personas de segunda clase. Se espera por tanto, que las relaciones del padre con los hijos e hijas estén determinadas por la autoridad y, muchas veces por la violencia física. En algunos casos estaban bajo el cuidado de tutores (epitropos) y administradores domésticos (oikonomos) que, según el derecho helenístico, se dedicaban a administrar todos los asuntos referidos a los niños, hasta que el padre determinara su independencia (llegar a ser considerado como un adulto). La edad señalada en la cultura griega podía ser hasta los

veinte años. En la cultura judía esta era a los doce años. Lo cierto era que no había lugar para unas relaciones verdadera- mente afectivas que considerara a los niños y niñas en igual- dad de condiciones con respecto a los adultos. Por eso habla- mos de una lógica adultocéntrica o patriarcal, como unas de las características que definía la masculinidad dominante en aquella época. Por eso nos interesa plantear, aunque sea brevemente, la relación que Jesús establece con los niños y las niñas, por que eso también nos ayuda a comprender la manera como Jesús vivió su condición de varón adulto. En una sociedad patriarcal se espera que la responsabilidad de criar y cuidar a los hijos sea asumida por las mujeres o, como hemos dicho, por los tutores (la mayoría de ellos escla- vos), mientras que los padres asumían otras responsabilida- des consideradas socialmente “importantes” u “honorables”. Los varones tienen que negar cualquier relación con los niños para poder afirmar su propia identidad como varones adultos. Esta lógica esta expresa, en los evangelios, en la actitud que tienen los discípulos cuando la gente le trae los niños a Jesús (Mc 10,13). Hay cierta incapacidad para rela- cionarse con los niños y de reconocerlos como personas, y aún más para comprender que el Mesías pudiera tener una actitud muy cercana con los niños.

44 Es importante resaltar las posturas y las expresiones corporales que tienen las mujeres frente a Jesús, pero que al mismo tiempo expresan corporalmente su situación de inferioridad y silencio a la que una sociedad patriarcal las somete. “Entonces la mujer, temiendo y tem- blando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él y le dijo toda la verdad” (Mc 5,32, ver: Mc 7,25). Particularmente es significativa la situación de la mujer en Lucas 13,10-17: “y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada y en ninguna manera se podía enderezar” (Lc 13,10). Hay una somatización de una situación social de la mujer. En estos textos es clara la actitud de Jesús: transforma radicalmente su situación.

Jesús, al contrario de sus discípulos varones, establece una relación muy cercana y afectiva con los niños, los reconoce como personas, con una serie de valores muy importantes:

“Y abrazándolos, puso sus manos sobre ellos, y los bende- cía.” (Mc 10,16). Para él los niños no pasan desapercibidos

(Mt 21,16). Entre la multitud de gente marginada que seguía a Jesús había con mucha seguridad niños. Eso explica la presencia de muchos de ellos/ ellas en los momentos impor- tantes en la vida “pública” de Jesús (Mt 14,21). En las “sana- ciones” y enseñanzas de Jesús están también presentes y, en muchos casos, ellos con objeto de las acciones de Jesús (Mc 5,35-42; 9,14-29). Jesús los coloca como ejemplos, como modelos de vida, para entrar en el reino de Dios (Mc 10,14- 15; Mt 18,3-5), como modelos de seguimiento y de fe (Mt 21, 16). Para Jesús Dios se revela esencialmente a los que son como niños (Lc 10,21-22), por que son ellos los que tienen un corazón limpio (Mt 5,8) y, por consiguiente, pue- den percibir la acción de Dios en lo que Jesús hace y dice, y pueden alabarlo (Mt 21,15). Cuando los discípulos entran en discusión sobre cual de ellos era el más grande (lógica mas- culina basada en el paradigma superior inferior), Jesús toma un niño pequeño, lo coloca junto a él, y les dice que cual- quiera que recibe a un niño, lo está recibiendo a él y al que lo envió. La razón: “el que es más pequeño entre todos voso-

tros, ése es el más grande” (Lc 9,47-48). Jesús cambia la

lógica, para él los niños están en el centro, ocupando el lugar que tradicionalmente tenía la ley, son ellos y ellas realmente importantes y, por tanto, hablando teológicamente, imagen de Jesús y de Dios.

Los evangelios no nos proporcionan más detalles acerca de la relación de Jesús con los niños, pero podemos inferir por lo dicho anteriormente, que debió ser muy cercana y afecti- va. De lo contrario no se puede comprender la visión tan

clara y profunda que Jesús tiene de los ellos y ellas. Cabe entonces preguntarnos, ¿no esta actitud de Jesús un indicio claro de una manera diferente de ser varón dentro de una sociedad patriarcal?

De cualquier manera, la actitud de Jesús con las mujeres y con los varones, con los niños y niñas, se sale de los “mol- des” o “limites” y de las “competencias” establecidas e impuestas por la sociedad fuertemente patriarcal, para definir las relaciones de las personas entre sí. Para él, las relaciones están determinadas por un amor verdadero que parte del reconocimiento del “otro” o la “otra” como persona, con dignidad, como hijo o hija de Dios, sin importar su condición social, sexual, la edad o la pertenencia étnica. Esta actitud resulta escandalosa (Jn 4,27). Jesús vive su propia masculini- dad de una manera profética y solidaria.