Entre los salmos hay un grupo de carácter especialmente alegre: los denominados salmos de alabanza. Su poeta siente la gloria de las obras de Dios y, a través de ellas, la grandeza de aquel que las ha creado. Aquello que le embarga el corazón se lo dice a Dios con palabras llenas de solemnidad.
Los salmos de alabanza aparecen a lo largo de todo el Salterio. En el salmo 148, o sea, ya hacia el final del libro, la creación entera de las cosas y del hombre es resumida como en un gran acorde final y llevada hacia Dios. Dice el salmo:
Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto. Alabadlo todos sus ángeles; alabadlo todos sus ejércitos. Alabadlo, sol y luna;
alabadlo, estrellas lucientes. Alabadlo, espacios celestes y aguas que cuelgan en el cielo. Alaben el nombre del Señor, porque él lo mandó y existieron. Les dio consistencia perpetua y una ley que no pasará. Alabad al Señor en la tierra, cetáceos y abismos del mar, rayos, granizo, nieve y bruma,
viento huracanado que cumple sus órdenes, montes y todas las sierras,
árboles frutales y cedros, fieras y animales domésticos,
reptiles y pájaros que vuelan.
Reyes del orbe, y todos los pueblos, príncipes y jueces del mundo,
los jóvenes y también las doncellas, los ancianos junto con los niños, alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime.
Su majestad sobre el cielo y la tierra; él acrece el vigor de su pueblo. Alabanza de todos sus fieles,
de Israel, el pueblo que le está cerca.1
¿Cómo habría que encararlo si se quisiera resumir toda la existencia de tal modo que aparecieran con claridad tanto su profusión como su unidad, y que se pudiese llevar todo ante la presencia de Dios en una alabanza conjunta?
Tal vez, buscando un punto exterior a nuestro mundo vivo desde el cual pudiese visualizarse y sentirse el conjunto entero en sus interrelaciones. Para eso podría sernos de ayuda la idea de los polos del mundo –no la de los polos astronómico-físicos, sino los de nuestro mundo vital–. Estos polos no están arriba ni abajo, sino arriba y adentro, en lo sublime y en lo interior. Son los «lugares» en los que el alma encuentra a Dios: su grandeza y su cercanía.
De ese modo –para mencionar en primer término el segundo camino–, se podría arrojar una mirada al interior, a lo hondo del corazón, como lo hace Agustín cuando, en el relato sobre su primera experiencia religiosa, decisiva en muchos sentidos, dice: «Y por esto, amonestado por aquellos libros –se refiere a san Pablo– de que volviese a mí mismo, penetré en mi intimidad guiado por ti; y lo pude hacer porque tú me ayudaste» (Confesiones VII, 10; trad. de P. Tineo). Y hasta lo último, donde, si se permite la expresión, nuestro ser limita desde dentro con la nada, donde la mano de Dios nos sostiene. Este sería un punto semejante del cual podría decirse: más allá no llego.
Después se podría avanzar desde allí hacia el exterior, estrato por estrato: internarse en las convicciones, las representaciones, los pensamientos; después, en la palabra que sale de dentro; y a continuación, en las relaciones con los hombres, con los allegados y los alejados, grupo tras grupo, hasta el conjunto de los hombres sobre la tierra. Después podría pensarse más allá de la tierra, en el espacio cósmico, con sus órdenes, y obtener así una impresión del enorme conjunto que se amplía desde el centro interior hacia la
amplitud del universo.
Este sería un buen camino. Pero se puede seguir también otro: elevarse hasta la mayor altura alcanzable y, después, desde allí, descender hasta el propio yo y su vida cotidiana. Así lo hace nuestro salmo.
Ya el primer versículo se eleva hacia la altura: «Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto». Estas no deben ser meras palabras. Si queremos entenderlas tenemos que sentir algo de lo que constituye «lo más alto». Tiene que cumplirse en nosotros algo del tipo de impulso que empuja al hombre a ir de las zonas bajas hacia las montañas, ascendiendo hasta estar en la cumbre y, desde allí, mirar hacia la lejanía y hacia abajo. En efecto, toda cumbre terrena es un augurio de la altura sin más, que nunca se alcanza pero que está significada en cada altura montañosa.
Los que allí se encuentran deben alabar a Dios. Se trata de los «ejércitos» de Dios, los ángeles, el mundo de los seres espirituales que Dios ha creado antes que las cosas y que prestan servicio a su voluntad.
Sin embargo, en la palabra «ejércitos» resuena un segundo sentido. Se refiere, en efecto, a los ángeles, pero también a los astros. El que aquí habla vive en el Sur, donde las brillantes formaciones del espacio celeste son mucho más claras y corpóreas que aquí entre nosotros, y que, por eso, se adentran con mucha más fuerza en el sentir de los hombres. No debemos olvidar que, para el hombre de la Antigüedad, los astros no son solamente cuerpos astronómicos, como para nosotros. Él los siente como poderes que, con misteriosa majestad, ejercen una acción de gobierno y de guía. Al contemplarlos los asocia a los ángeles, una idea que ha tenido ecos hasta en nuestra Modernidad. Estos relucientes poderes son los que aquí se invoca: ángeles y astros deben alabar a Dios.
«Alabadlo, espacios celestes». Para el que habla en el salmo, la tierra es un gran disco plano, la base firme de su mundo. Sobre ella se eleva la altura del cielo. Esta da al que eleva la mirada un sentimiento de altura inalcanzable y de vastedad interminable.
Tal enormidad está, a su vez, articulada: en el centro hay una bóveda firme, una imagen de la cual todavía se escucha un eco en la palabra «firmamento». Bajo la bóveda se encuentra el mar de aire, que se mueve. Por encima de la bóveda está el mar de las alturas, del que proviene la lluvia. Y aún más arriba se levanta la sala del trono de Dios.
Estas regiones de altura suprema son las invitadas a alabar a Dios.
«Porque él lo mandó y existieron»: he aquí la palabra decisiva. Lo que el salmo entiende por «alabanza» solo es posible si el mundo es obra de Dios. Si el mundo es
«naturaleza», como interpreta este vocablo la Edad Moderna, entonces no hay alabanza. Entonces no hay nada que ascienda desde el mundo hacia un origen eterno y santo. El mundo ya no anuncia verdad ni respira alegría, ni lleva tampoco su esencia con gratitud hacia su autor. Lo que dicen filósofos y poetas de este tipo es un desvanecido espíritu de fe o retórica sin contenido. En verdad, todas las cosas están dadas y nada más, todo es pesado y mudo.
La alabanza solo brota del conocimiento de lo indecible, de que, «primeramente» –no en cuanto al tiempo, pues el tiempo todavía tiene que llegar a ser cuando Dios cree el mundo, sino en cuanto al sentido de la expresión–, no hay nada. «Después», él da la orden, y, «finalmente», el mundo llega a ser y, ahora, en el espíritu y el corazón de aquel que sabe en la fe, se despierta el asombro, la bienaventurada gratitud de poder ser gracias a la magnanimidad del Creador.
Si solo es naturaleza, el espíritu sincero no puede «alabar», como tampoco «pedir» o «dar gracias». En caso de hacerlo, se trata de palabras indebidamente apropiadas y utilizadas solo en un sentido a medias. La naturaleza no espera alabanza ni la percibe tampoco.
«Les dio consistencia perpetua». Dios ha creado el mundo con la profusión de sus esencias y en el entramado de sus órdenes. De ese modo, el mundo es algo lleno de sentido, que contemplamos y reconocemos, donde vivimos y podemos realizar nuestra obra. Y esto es bueno. Pensemos en las palabras del Génesis: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno» y «muy bueno»: válido en sí mismo y digno de existir.
Este fue el primer movimiento de la sinfonía santa que se despliega en el salmo: la alabanza a Dios desde lo alto.
Después, la alabanza desciende: «Alabad al Señor en la tierra, cetáceos y abismos del mar».
Tras la primera gran impresión que tenía que recibir el habitante de Palestina, la de la «enorme cantidad de estrellas», la segunda fue la proveniente de la misteriosa plenitud del mar. A los hombres familiarizados con el mar, este les ha parecido siempre el seno primordial de la vida. Cuando el Génesis habla de la creación de los animales, menciona primeramente a los peces –una verdad que se ve confirmada por la ciencia–. El seno primordial de la vida en la profundidad del mar y en la altura del cielo, donde se encuentran las estrellas y los ángeles: dos ámbitos insondables que se llaman y responden mutuamente, y ambos deben entonar la alabanza divina.
dirige al ámbito aéreo: «rayos, granizo, nieve y bruma, viento huracanado que cumple sus órdenes», todos ellos deben entonarla.
Después, los convocados son los «montes y todas las sierras», las formaciones del ámbito vital del hombre, en las que la tierra se eleva hacia arriba, arranques en dirección hacia aquello que constituye «lo alto». ¿Y acaso no ha tenido lugar la revelación del nombre de Dios en el Horeb? ¿No se ha realizado la ratificación de la alianza y la proclamación de la ley en el mismo monte, que también se llama Sinaí? ¿No ascendía Jesús siempre de nuevo «al monte, solo», para mantener un diálogo santo con el Padre?
«Árboles frutales y cedros»: los seres misteriosos, tan silenciosos y, sin embargo, tan llenos de vida, que crecen desde la hondura de la tierra hacia la amplitud del espacio, verdean, florecen y dan fruto. Entre ellos, los que el hombre planta y cultiva, y de cuyos frutos come, pero también aquellos que crecen espontáneamente. En especial se mencionan los cedros, criaturas magníficas que en la Escritura aparecen como símil de la fuerza vital y de la belleza. Todos ellos deben alabar a aquel que los ha creado.
Y lo mismo los animales de la tierra: los libres, «salvajes», del mismo modo que los domesticados y cercanos al hombre, los rebaños. Todo lo que vuela y repta, todo debe alabar a aquel por el que existe cada cosa.
Por fin, la andadura del canto llega al ser humano. Primeramente a los grandes seres vivientes, llamados «pueblos», que se constituyen en torno a sus «reyes»; después, a los «jueces», que administran justicia, para bajar a continuación a «los jóvenes y también las doncellas, los ancianos junto con los niños». Todos ellos, el hombre en la multiplicidad de sus modos de ser, de sus órdenes y atribuciones, de sus obras y destinos, deben alabar el nombre de Dios y llevar, en la alabanza, su existencia de regreso al Creador.
Se nos ha enseñado que Dios tiene un nombre. Él mismo lo ha nombrado en el Horeb: «el que soy» (Éx 3,14). Una historia jasídica narra acerca de un discípulo que termina su aprendizaje y, dejando a su maestro, parte a su propia vida. Un día lo visita de nuevo y llama, al caer la tarde, al postigo de la ventana, que estaba cerrada. El maestro pregunta: «¿Quién está ahí fuera?, y el recién llegado responde: «Soy yo». Entonces, se produce un largo silencio. Finalmente, dice el maestro con grave seriedad: «¿Quién puede decir “soy yo” fuera del Único, Dios?».
Nadie, sabiendo lo que hace, debe decir, simplemente: «Yo soy», ni tampoco «yo soy este y aquel». Solo él, Dios, puede hacerlo. Ser es su esencia; y su nombre, en forma de palabra, es él mismo: es a él a quien deben alabar los hombres, que solo son porque él ha querido que sean.
«Su majestad sobre el cielo y la tierra; él acrece el vigor de su pueblo». Él está «sobre» todo, por el hecho de que es más poderoso, más sabio, más permanente que todo, Creador y Señor de todas las cosas. Entre los muchos pueblos hay uno que es «su pueblo». Él lo ha elegido, lo ha llamado y lo ha hecho propiedad suya por la fiel unión de la alianza. A él le ha conferido la alabanza: le ha concedido poder alabarlo como gracia y como prerrogativa especial.
¿Qué significa, entonces, alabar? Regresemos a la realidad más simple. Cuando alabamos a un ser humano ¿qué decimos? Decimos, por ejemplo: «Lo has hecho bien» – una alabanza dirigida a su obra–. O: «Eres inteligente» –una alabanza a su persona–. De modo que alabar significa que lo capaz, lo bueno, lo bello, es reconocido y estimado en cuanto tal, y se lo manifiesta también a la persona a la que pertenece. Es una alegría para quien lo escucha, al igual que para quien lo expresa con corazón desinteresado.
¿Puede darse esto también frente a Dios? Al parecer, sí. Y él mismo lo ha hecho. En el relato de la creación (Gén 1) dice, cada vez que concluye un día y la obra realizada se yergue en su perfección y grandeza: «Vio Dios que era bueno». Pero, al final: «Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno». Con ello aprueba lo que ha surgido de su acción creadora, le da derecho a ser. Declara que es bueno que exista, y haberlo creado es honra para Dios. Su honra es la gloria que proviene de que él es el que es, de haber creado lo que ha creado. «No cedo mi gloria a ningún otro», ha dicho él (Is 42,8). Nunca se debe decir que alguien distinto de él ha creado el mundo, ni tampoco que el mundo sea increado y subsista por derecho propio. Nunca se debe decir que el mundo carece de sentido o está trastocado en la esencia que él ha creado, del mismo modo como Dios pedirá cuentas a todo aquel que, por culpa o desidia, pervierta su obra.
Cuando el hombre alaba, asume en libertad esa honra de Dios. Reconoce la magnificencia de la obra de Dios y se la presenta por la palabra. En realidad, el mundo debería alabar. Pero no puede: los árboles y animales, el mar y las estrellas son mudos. Deben ser conocidos y sentidos en el espíritu y en el corazón del hombre, y, por los labios del hombre, deben ser llevados a Dios.
¿Nos resulta fácil a los hombres de hoy considerar estos pensamientos? ¿Nos parece «justo y necesario, nuestro deber y salvación» alabar a Dios por el cielo, la tierra y el mar, por el árbol y el animal? Difícilmente. Pero ¿por qué?
Algo lo obstaculiza, algo que determina desde hace algunos siglos la consciencia del hombre moderno: el concepto de naturaleza. Esta es para el hombre moderno lo simplemente dado, lo obvio, lo que tiene validez en sí mismo y está fundado en sí
mismo, aquello para lo cual no puede pensarse comienzo ni fin y por cuyo fundamento no tiene sentido preguntar. Quien tenga el espíritu dominado por esta visión solo podrá decir: ¡qué grandioso es el mundo! Podrá sentir su plenitud y exclamar: ¡Qué bueno es que exista! Podrá sentirse exaltado de entusiasmo. Nada de esto es la alabanza de los salmos, pues el mundo, pensado de este modo, reivindica existir por gracia de sí mismo.
Pero el mundo no es «naturaleza», sino «obra». Por supuesto, en este concepto está contenido también todo aquello que la filosofía, la poesía y la ciencia han dicho siempre sobre la naturaleza, pero eso mismo adquiere un carácter diferente. El concepto de obra devuelve el mundo a las manos de Dios. Quien intente pensar realmente este concepto, experimentará también qué difícil es hacerlo. Pero hay que hacerlo, pues, de otro modo, caemos en dependencia de la incredulidad, vivimos en las ideas de una generalidad que nada sabe de Dios y nos limitamos a colocarle algunos acentos cristianos. Solo en la medida en que pensemos el mundo como su obra podemos rezar el salmo en su verdadero sentido.