El gran salmo 138 es el cántico sobre el saber de Dios. Pero, antes de leerlo, y como hacemos a menudo en nuestras meditaciones, vamos a aproximarnos a él desde nuestra propia experiencia. Y queremos hacerlo a través de esta pregunta: ¿Qué relación guarda, para el hombre actual, el mundo con el conocimiento, con la verdad?
La naturaleza contiene una inmensa profusión de formas, cosas y acontecimientos en número y variedad incalculables. Estas realidades llegan a magnitudes inalcanzables y se dan también en dimensiones de pequeñez indistinguible, se encuentran en relaciones y órdenes de la más variada índole, están determinadas por leyes y están llenas de sentido. Todo esto ¿existe con conocimiento? Tal vez, la pregunta resulte extraña para quien vive en la actualidad. Para este, el mundo existe, pero no tiene saber alguno sobre sí mismo, ni se encuentra presente por principio en una consciencia conocedora. Esencial y originalmente, el mundo no tiene nada que ver con verdad, sino solo con realidad. De la verdad solo puede hablarse cuando el hombre conoce el mundo: es él quien, por vez primera, introduce la verdad en el mundo.
Pero ¿cuánto hace que existe el hombre? La ciencia dice: aproximadamente un millón de años. ¿Y por cuánto tiempo más existirá? La misma ciencia puede intentar una estimación: tanto tiempo cuanto el enfriamiento de la tierra no la lleve a helarse por completo… O, como tenemos que decir hoy según el curso de la historia: mientras la voluntad de poder de la política, el hambre de saber de la investigación y el laborioso impulso de la técnica no hayan destruido las condiciones necesarias para la vida…
Durante ese lapso de tiempo –¡qué breve en comparación con la duración del universo!–, la luz del conocimiento que encuentra la verdad destella y llega hasta donde llega la existencia del hombre. Pero ¿qué es esto sobre el trasfondo de la oscuridad de espíritu que reinaba antes y que reinará después?
Además, ¿dónde hay hombres? En el corpúsculo de la Tierra, que desaparece en el universo. Y allí, solo en las partes habitables y habitadas de su superficie. ¿Y en los demás cuerpos celestes? ¿En los espacios inimaginablemente grandes y vacíos que se
abren entre los astros?
¡Y qué débil es el conocimiento cuando afirma haber conocido! Si alguien ha trabajado honestamente al servicio de la verdad y ha sido capaz de formarse un juicio, y escucha a su alrededor de cuántas cosas realmente esenciales se habla en las conversaciones de la gente, en los artículos de los periódicos, en los discursos, las conferencias y los informes, ¿con qué se encuentra? ¿Quién lo hace y no se siente a continuación desanimado, ofendido y hasta asqueado por la liviandad con la que se afirma que hay verdad donde no la hay?
¿Qué sabe el hombre de aquello que él mismo debería conocer sobre todo? Primeramente parece ser muchísimo. La antropología, tomando la expresión en su sentido más amplio, avanza incesantemente, y la cantidad de los hallazgos se hace inabarcable. Pero ¿tiene ella claro qué es «el hombre»? A veces parecería que, a mayor ciencia antropológica, menor penetración hay en la verdadera esencia del hombre.
¿Qué sabemos, cada uno de nosotros, sobre los demás? Lo suficiente como para poder tratar con ellos en la calle, en la vida profesional y en la sociedad, en lo superficial, de forma aproximativa, y cuántas veces ni siquiera eso, pues, de otro modo, las cosas andarían de forma diferente. Y además: ¿sabemos más profundamente qué hay en los que van por la calle, junto a los cuales estamos en los talleres, en las oficinas, en los despachos oficiales? ¿Sabemos acerca de su vida interior? ¿De su destino? Un poco de la superficie, algunos rasgos del carácter, algunas costumbres… y, debajo de eso, oscuridad.
Sin duda, el que tiene un vínculo de mayor cercanía a otra persona ve más: el padre, la madre, el que ama, el amigo. Pero ¿penetra su mirada hasta la interioridad real, hasta la intención del corazón, hasta la profundidad de las convicciones, hasta las dificultades ocultas? ¿Y no sucede que, a veces, justamente el amor yerra en su visión, porque es egoísta y quiere tener al otro como le parece bien, porque es sensible, negligente, cobarde, y no quiere ver? En el fondo, no hay mirada que llegue hasta aquella dimensión donde el ser humano es persona y donde se anuda su destino.
Si así están las cosas, el «conocimiento» constituye en el mundo una pequeña isla de claridad mental. Pero nos rodea una inmensa oscuridad.
¿Piensa así la Revelación? ¿Piensa que el mundo es una tiniebla sin fin de una realidad que nadie conoce, una realidad en la que, donde vive un ser humano, se forma un poco de luz, esforzada y vacilante, pero en poco tiempo se extingue, y todo está de nuevo
mudo y oscuro?
No. La Revelación dice: el mundo es conocido. Todo en él es conocido. Cada cosa individual, cada interrelación, y también el conjunto. Se conoce su plenitud de esencia y de valor, su ser y su sentido, su surgimiento y subsistencia. No existe ese mundo del que habla la incredulidad y que consiste en la oscuridad del mero existir. Es un concepto de rebeldía. Por el contrario: el mundo es conocido desde el comienzo y desde el fondo, pues es creado. Es conocido por aquel que lo creó. Su conocimiento no se agrega a su ser, de modo que, primero, el mundo existiese y, después, la mirada de Dios se dirigiese a él, sino que es conocido incluso antes de ser. Más aún: cuando llegó al ser, el acto de omnipotencia que lo creó fue al mismo tiempo un acto de omnisciencia que lo sostuvo en la luz. Absolutamente hablando, el mundo solo existe a partir del conocimiento de Dios.
Dice el primer capítulo del Evangelio de san Juan: «En el principio existía la Palabra». No dice: «la acción», como piensa Fausto, en su postura de rebelión. Tampoco señala el oscuro impulso del que habla el idealismo, sino la verdad que se abre en la palabra. Pero «palabra», logos, es solo otro nombre para designar al Hijo eterno de Dios. Él es la verdad en esencia, pues, en él, el Padre se hace manifiesto a sí mismo. «Y la Palabra estaba hacia Dios», el Hijo eterno está vuelto hacia el Padre, ha sido engendrado como verdad y da respuesta como verdad. «Y la Palabra era [ella misma] Dios», existiendo eternamente. «Por medio de ella se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de cuanto se ha hecho».
Frases poderosas, insondables, inagotables. Pero cada chispa que recibimos de ellas esclarece el espíritu e ilustra el corazón. En ellas se dice que, desde el «principio», desde la primera realidad del mundo, no hay tiniebla alguna, porque todo se encuentra en la luz del conocimiento de Dios. Y que está en el hombre asumir en su consciencia esa luz u olvidarla. Pero justamente eso es lo que puede suceder, y por completo, si la obra del Logos se transforma en la oscura impenetrabilidad de la «naturaleza» tal como la concibe la Edad Moderna.
También nosotros mismos somos luz, pues hemos sido creados por el poder de Dios, que es uno y lo mismo con su verdad. También nosotros estamos penetrados del conocimiento de Dios, lo estamos desde el fondo de nuestra condición de criaturas, sepámoslo o lo hayamos olvidado, querámoslo o nos rebelemos contra ello.
¡Qué pensamiento! Todo lo que es, es conocido. Todo se mueve dentro del espacio de la luz de Dios. Todo expresa a través de su esencia y subsistencia la imagen de verdad que Dios, al crear, ha proyectado en todo con su pensamiento.
Pero nuestro propio conocimiento no constituye un esclarecimiento del mundo desde un pretendido señorío propio sobre él, sino que se esfuerza por seguir las líneas de sentido que el conocimiento de Dios ha trazado con su pensamiento y su acción creadora. Del mismo modo, nuestro autoconocimiento es el esfuerzo por evocar con nuestro propio pensamiento lo que Dios sabe de nosotros. Mi verdad está en su saber, y lo que realmente sé de mí es lo que sé a partir de él.
Se trata de un pensamiento que brinda paz. Paz y amplitud. ¡Qué magnífico es que todo esté en la verdad! Que la ausencia de verdad sea solo una capa de sombras entre mí y «el que es». Que, en realidad, y desde la esencia, todo se encuentre en la verdad: las cosas, y también yo. Mi espíritu y mi cuerpo, mis fuerzas y mis cualidades, mi obra y mi destino, todo está en la luz de Dios.
Pero, entonces, puede producirse un vuelco en el sentimiento: que todo lo mío sea conocido, que sea sabido todo lo que soy, hago y pienso, ¿no es acaso de temer?
De esta lucha de sentimientos proviene el salmo 138, del que hemos de ocuparnos. Es extenso, no podemos meditarlo por entero ni en todos sus detalles. Escuchemos la primera parte:
Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco. ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora,
allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.
Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra, que la luz se haga noche en torno a mí», ni la tiniebla es oscura para ti,
la noche es clara como el día, la tiniebla es como luz para ti. Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras:
mi alma lo reconoce agradecida, no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mis ser aún informe,
todos mis días estaban escritos en tu libro, estaban calculados antes que llegase el primero.
Si hemos escuchado atentamente las palabras del salmo, habremos percibido un poder: un poder de luz que lo ha penetrado todo.
Solo entenderemos la piedad del Antiguo Testamento si tenemos presente que, en él, todo está penetrado por la experiencia de la realidad de Dios. Para aquellos hombres, Dios no era una mera idea, un ser indeterminado, ni tampoco solamente una vivencia: era para ellos más real que el suelo en el que se afirmaban. Y real no solo en general, sino en cada caso concreto, aquí, ahora, en la hora que se vive, porque toda su historia no debía ser sino historia a partir de la presencia actuante de Dios. Y esta presencia significa ser conocido.
En el Génesis hay un pasaje magnífico que narra cómo Agar, la criada de Sara, huye de su señora al desierto. Allí se sienta junto a una fuente, sin saber qué es lo que ha de hacer. Entonces se le aparece Dios y le dice que debe regresar a su lugar de pertenencia. Dice después el texto: «Agar invocó al Señor, que le había hablado, con el nombre de El Roi (Dios que me ve), pues se dijo: “¿No he visto aquí al que me ve?”». Por eso se denominó aquel pozo Beer Lajay Roi (Pozo del Viviente que me ve). Está entre Cadés y
Bared» (Gén 16,13-14). Sentimos el poder que se esconde en las palabras: «El que me ve». Es el poder de la verdad, y nada puede detenerlo. De este poder habla nuestro salmo.
En el silencio de una hora propicia queremos meditar sus palabras, hacernos uno con el hombre que en él se expresa. Tal vez se nos regale vislumbrar la mirada de los grandes ojos silenciosos.
El poeta ha tomado consciencia de que Dios lo conoce, y este pensamiento de despliega de forma cada vez más potente. ¿Sería posible resistirse a ese conocimiento? Pero lo penetra todo… ¿O huir de él, por ejemplo, a lo alto de los cielos? Pero allí está Dios desde siempre. ¿O a lo hondo del abismo? «¡Allí estás tú!»… O bien, el poeta podría volar «hasta el margen de la aurora». Si el sol se eleva en el aire claro del Oriente, la claridad se desplaza de una vez por sobre el territorio: si acaso pudiese huir muy lejos y tan rápido como corre por las mañanas la luz sobre el territorio, o «hasta el confín del mar» –y no del mar con el que linda Palestina, sino del mar universal, que no tiene orilla opuesta—… También allí «me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha». No podría dar un solo paso sin que él lo sostuviera. Caería fuera de todo lugar si así no fuese, pues solo se puede ir de camino porque Dios da el camino y el caminar.
El reflexivo salmista procura entonces medir qué tan hondo llega el conocimiento de Dios, y tiene que decirse que Dios no ve solamente el cuerpo, sino también el alma. Y, en el alma, el curso de los pensamientos, y estos pensamientos ya «de lejos», es decir, cuando todavía van de camino, ascendiendo desde el fondo del alma hasta la claridad de la consciencia, cuando todavía están lejos en ese camino: ya allí, Dios los ha conocido.
Y una vez más, con mayor osadía aún: cuando él todavía no había nacido, cuando se «iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra» –la imagen de la madre de este hombre, y la de la madre de todos los vivientes, la tierra, se funden en una sola–, ya entonces los ojos de Dios veían lo que el ser en ciernes habría de hacer después en su vida.
No hay distancia en el espacio, lejanía del espíritu ni ocultamiento en lo aún no sucedido que sea capaz de sustraer cosa alguna a la mirada de Dios.
Según la forma en que uno se sitúe frente a Dios, la verdad del saber divino será para él consuelo, o bien temor, pues ese saber es por sí mismo también juicio. Si Dios lo sabe todo, sabe también mi actuar, el bueno y el malo. Y no solo lo que hago, sino también la razón: por qué motivos y con qué fines, manifiestos y ocultos. Él sabe todo eso, y no solo lo sabe, sino que lo juzga, lo compara con su medida, y la medida es válida, sin
fallos ni inseguridad. De modo que no solamente estoy expuesto a la luz de su mirada, sino también a la sentencia de su juicio. En él se manifiesta con claridad cómo están las cosas conmigo, con independencia de la postura que los hombres tengan hacia mi persona o de lo que yo mismo pueda pensar de mí. En esto estriba la seriedad última de la existencia, ¡y cuánto puede pesar en nuestra interioridad!
Pero no solo existe el amargo fracaso ante el juez a quien no puede influenciarse, sino también la concordancia con aquel que es todo bondad. En esta concordancia dice el hombre: Señor, sé que no me sostengo frente a ti. A dondequiera que mires en mi persona, encontrarás cosas malas. Yo mismo lo veo. ¡Cuánto más las encontrarás tú, ante quien «están abiertos los corazones de los hombres»! Y, sin embargo, estoy de acuerdo en que me veas. Quiero estar a la luz de tu mirada. Todo lo que soy lo hago lo deposito en el seno de tu verdad.
No hay saber que sea solo saber, solo constatación de hechos y de conjuntos de sentido. Tal cosa es despiadada. Pensemos en el modo en que un investigador orienta sus aparatos hacia el objeto que investiga, o cómo un juez sin compasión averigua lo que ha hecho el acusado. El conocimiento de Dios no es así: está en unidad con su amor. Pues aquello a lo que se dirige ha sido creado por él mismo, y él mismo lo sostiene continuamente en el ser. La verdad de Dios es pensamiento, pero también corazón; es luz, pero también ardor.
El hombre que se une con Dios, cree –y «creer» significa comprometerse solemnemente con él–; el que así actúa, dice: tú debes saberlo todo. Mi ser, mi actuar y mi pensar. Mi alegría y mi dolor. Lo logrado y lo malogrado. Lo que soy, como también lo que he perdido. Lo bueno y noble, pero también lo malo, feo, vil y vergonzante. Todo tiene que entrar en el ámbito de tu luz. Allí estará a buen recaudo. Todo, también lo peor.