El salmo 90 es uno de los más bellos, si es que acaso tiene sentido hablar de más o menos bello con relación a palabras en las que habla Dios. Cuando el lector entra en el salmo se le abre un espacio en que percibe una presencia silenciosa que es todo poder y todo bondad. Es tomado de la mano y se le enseña cómo puede ponerse en avenencia con ese poder bondadoso. Y, si ese acompaña, está, entonces, cobijado. Enseguida escucharemos el texto. Pero, antes, dos breves indicaciones con el fin de facilitar su comprensión.
En el salmo aparecen tres personas, si acaso es lícito contar de esa manera. Enseguida veremos el porqué de esta reserva. Primeramente está el que habla. Ha hecho una profunda experiencia y habla desde ella con autoridad sobre la vida, su penuria y amenaza. Habla también de lo que sucede cuando el hombre se relaciona con Dios en una confianza viva.
Está, después, el segundo. Este no habla, sino que escucha. Pero sabemos cómo la palabra que uno pronuncia solo se completa a partir del corazón y de la mente de quien la escucha. De ese modo, tendría que haber también aquí una escucha buena y profunda en virtud de la cual la palabra de la primera persona alcanzara su plenitud. Y, si leemos correctamente el salmo, diremos –dirá el que lee–: soy yo mismo el que escucha. Y se esforzará por acoger lo que escucha en lo profundo del corazón.
Finalmente, en los tres últimos versículos habla otro más, y este es, absolutamente, el verdadero y propio, aquel que por esencia tiene el derecho de hablar: Dios. Él confirma que lo dicho por el primero era correcto.
Pero hay algo más que señalar. El salmo está constituido por puras imágenes. A cada una sigue siempre otra, pero las muchas imágenes dicen todas lo mismo. Hablan de la tribulación de la vida, de la confianza de aquel que verdaderamente cree y de la infalible bondad del Dios poderoso.
Hay que tomarlas como lo que son: justamente, como imágenes. Hay que evocarlas ante la mirada interior, adentrarse en ellas, palparlas en su integridad. Después se experimenta su mensaje. Pero esto no es posible si el lector o el recitador pasa rápidamente a través de ellas. Tiene que ir despacio, detenerse una y otra vez, depositar las propias tribulaciones en las imágenes y recibir realmente las palabras, que llegan hasta él con tanto poder de consuelo, como dirigidas a él mismo aquí y en esta hora.
Y ahora, el texto:
Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío Dios mío, confío en ti.
Él te librará de la red del cazador; de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás:
su verdad es escudo y armadura. No temerás el espanto nocturno, ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas, ni la epidemia que devasta a mediodía. Caerán mil a tu lado,1
diez mil a tu derecha; a ti no te alcanzará.
Nada más mirar con tus ojos, verás la paga de los malvados. porque hiciste del Señor tu refugio, tomaste al Altísimo por alcázar.2
No se acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas,3
para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. «Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré, porque conoce mi nombre; me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo honraré,4
lo saciaré de largos días y le haré ver mi salvación».
Ya hemos visto: una imagen tras otra, siempre nuevas. Cada una de ellas trae el mismo mensaje. Cada una lo recibe de la anterior, lo refuerza y profundiza, y lo traspasa a la siguiente.
Dios es tan sabio como conocedor, tan bondadoso como poderoso, tan fiel como ningún hombre es capaz de serlo. Por eso, quien se confía a él está verdaderamente cobijado.
Comienza el salmo y de inmediato aparece una imagen: «Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente». Va un caminante por Palestina, una tierra que era en gran medida desierto, cuyo sol abrasaba y en cuyos caminos acechaban peligros. Recordemos que Jesús, en su parábola sobre la verdadera condición de prójimo, narra acerca del camino que iba de Jerusalén a Jericó, en el que los ladrones hacían de las suyas (Lc 10,30ss.). En esa tierra iba de camino este hombre, había soportado muchas fatigas y superado más de un miedo. Ahora llega a casa de un amigo que lo acoge, y respira aliviado. La sombra de su techo lo conforta y la protección de sus paredes hace que pueda conciliar tranquilamente el sueño… Quien ha reconocido en Dios a aquel que quiere su bien y que, lo que quiere, puede hacerlo, experimenta no solo de vez en cuanto su protección, sino que «habita» en ella como en una casa y un hogar, y dice, con profunda certidumbre: «Refugio mío, alcázar mío». Pero en la primera imagen aparece una segunda, evocada rápidamente por una sola palabra. En una tierra atacada por nómadas rapaces hay lugares fortificados en una altura, rodeados de murallas, cerrados por fuertes puertas, en los que uno puede buscar refugio: «Tú eres mi alcázar». Él, Dios mismo, es el alcázar: «en» él habita quien confía.
pájaros y animales pequeños. Del mismo modo hay trampas tendidas para cada ser humano: seducción que acecha, posibilidades de resbalar, ocasiones para el error y la necedad, para el exceso y el odio, insertas en las diferentes situaciones de la vida.
Enseguida se menciona otro peligro que amenaza de forma terrible al hombre de los países cálidos: la «peste funesta». La terrible epidemia que puede abatirse tan rápido sobre un pueblo y contra la cual los tiempos antiguos solo conocían tan débiles medicinas.
«Te cubrirá con sus plumas». La imagen del ave que con sus fuertes alas protege a sus polluelos es familiar para la Biblia: pensemos en el águila, que vigila su nido (Dt 32,11); y en la imagen utilizada por Jesús cuando se encuentra a la altura de Jerusalén y ve frente a sí la ciudad: «¡Jerusalén, Jerusalén! […] cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas […]» (Mt 23,37s.). Esta imagen aparece aquí, en el salmo, referida a Dios mismo: «Te cubrirá con sus plumas, bajo sus alas te refugiarás».
Pero en esta imagen interviene de nuevo otra: una lucha está en curso; alguien corre peligro de sucumbir, está tal vez herido; pero entonces viene un amigo y coloca un escudo frente a él. Así hace Dios: «Su verdad es escudo y armadura».
«No temerás el espanto nocturno, ni la flecha que vuela de día». Espanto nocturno puede ser todo lo que amenaza en la oscuridad. Puede ser también lo ominoso de la misma tiniebla, que al hombre le paraliza el corazón.
Pero, para hacer una interpretación más precisa, tenemos que tener en cuenta la modalidad de la poesía sálmica. Pues sus versículos están formados por dos versos, cada uno de los cuales dice lo mismo pero con un giro diferente, con otra acentuación, otra imagen: es el llamado paralelismo, la coincidencia de sentido entre los versos. De ahí proviene la modalidad serena, suspendida, como también penetrante y persuasiva del lenguaje de los salmos. En circunstancias, cuando el significado de un verso no está claro, sobre la base de esta coincidencia de sentido puede comprenderse a partir del otro qué quiere decir el primero. Aquí dice: «No temerás […] la flecha que vuela de día», es decir: no temerás el ataque enemigo que ocurre de día, como tampoco «el espanto nocturno», el asalto que irrumpe en la oscuridad, tanto más peligroso.
«Ni la peste que se desliza en las tinieblas». Una vez más aparece el terrible enemigo que amenaza siempre en el Antiguo Testamento y que ha producido ya devastaciones semejantes en el pueblo, el mismo enemigo que Dios promete a los apóstatas a través de Moisés y los profetas.
«Ni la epidemia que devasta a mediodía». Tal vez, con esto se hace referencia nuevamente a la peste, que se hace más peligrosa cuando aumenta el calor. Quizá la referencia alude también a los rayos del sol, que pueden resultar mortales para el hombre durante el día.
«Caerán mil a tu lado, diez mil a tu derecha». Ambas veces se menciona el lado derecho, pues es el costado desprotegido en la batalla. El guerrero lleva el escudo en el brazo izquierdo: por ese lado está protegido. En la derecha lleva el arma, y por allí corre peligro de ser herido. Pero el salmo habla de un peligro tan grande que, de ese desprotegido lado derecho, caen miles y decenas de miles, o sea, un número incontable. Pero a él, al único, el mal «no lo alcanzará», pues allí está Dios.
«Nada más mirar con tus ojos, verás la paga de los malvados»: de los que confían en sus propias fuerzas, que se rebelan contra Dios, o que, tal vez, lo niegan. En su destino se hace tanto más claro qué diferente es el del hombre que está en una alianza de confianza perfecta con Dios.
Por supuesto, este salmo no habla de la prueba más difícil que puede ponerse a la confianza: que los impíos y los que niegan a Dios prosperen, que parezcan estar en consonancia con los poderes de la existencia, de modo que todo les resulta. Otros salmos hablan de eso, por ejemplo, el 72 (73). Estos salmos muestran a las claras qué difícil es la prueba, y no puede decirse que realmente se la supere desde un conocimiento más elevado. Solo se le opone una acentuación tanto más decidida de la confianza, que ya demostrará su valor, aunque solo sea más tarde. La verdadera respuesta debería partir de una comprensión del poder de maduración y transformación que tiene el sufrimiento. Pero esta solo se adquirirá en la escuela del Crucificado. El Antiguo Testamento no ha podido aún con el problema del sufrimiento –y del mal en general–.
«Porque hiciste del Señor tu refugio, tomaste al Altísimo por alcázar». Una vez más la imagen de la ciudad fortificada en lo alto, a la que los habitantes de las tierras circundantes se retiran cuando se acerca el enemigo, donde también el caminante, que está lejos de su patria, puede pedir acogida.
«No se acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda» cuando, estando de camino, duermas por la noche en la tienda, cuyas débiles paredes no ofrecen protección alguna.
Y ahora viene la hermosa imagen, incorporada ya de forma tan completa en nuestro uso del lenguaje y del pensamiento que casi no tenemos consciencia de dónde proviene: «Porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos» –los santos
mensajeros y luchadores que cumplen con alegría y exactitud la voluntad de Dios y protegen al hombre que confía en su Señor–.
Y hacen aún más, extremándose: «Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra». En los caminos mal allanados hay cantos filosos. Puede suceder, entonces, que el hombre que vaya descalzo o con sandalias se haga daño. Eso no debe suceder: los ángeles colocan sus palmas bajo los pies del caminante.
Supera también cosas peligrosas, áspides y víboras, leones y dragones, sin saber qué letal era la amenaza, pues está protegido.
Y ahora dice Dios: «Se puso junto a mí, lo libraré». La fidelidad a Dios es fidelidad a aquel que es la fidelidad misma. De ese modo, la fidelidad es verdad, y la verdad no sojuzga, sino que libera.
«Lo protegeré, porque conoce mi nombre»: esta palabra conduce a honduras cada vez mayores si se la sigue. Al final de esta meditación queremos volver otra vez sobre ella.
«Me invocará y lo escucharé». La llamada de Dios no se dirige hacia el vacío. El Omnipotente, comienzo antes del cual no hay nada, Señor como nadie puede serlo, tiene una disposición amistosa hacia el que lo invoca en la fe y lo «escucha»; él «inclina su oído y lo escucha», como dice el profeta. Percibimos el misterio de la inclinación de Dios. El que todo lo sabe posee un saber múltiple: como creador, desde el origen del ser; como juez en su juicio insobornable; también como providente, amoroso y clemente. Su atención ya es ayuda. Ella continúa en aquella cercanía en la que Dios está «con» el que lo invoca. Una vez más se hace referencia al misterio de que el Omnipresente no solo está presente con su omni-realidad, no solo sostiene al ente en el ser y lo gobierna, sino que también está como persona allí donde vive su criatura; o, mejor dicho, indica su lugar propio a la criatura a fin de que, con su existencia finita, esté «frente» a aquel y «con» aquel que es simplemente y en sí mismo.
Dios lo «defenderá» y lo «honrará»… ¡Qué pensamiento! ¡Qué grande, pero también qué necesario, que el Señor honre al ser humano! ¿Qué sucedería con nosotros si él solamente estuviese frente a nosotros con su poder? Pero él es noble, tan noble en su ánimo como es en su poder. No quiere tener que ver con esclavos. Ha colocado las cosas según su sentido propio y se alegra de lo que son. Ha dado vida a los animales, y cada uno de sus impulsos es regalo suyo. Ha llamado al hombre al ser –no lo ha colocado en el ser, sino que lo ha llamado al ser– y lo sostiene en su llamado constante. Así, la actitud de honrar se encuentra ya en el fondo de su acto creador y aparece después en la Providencia en todas partes, para hacerse pleno por fin en aquel misterio que en el
Nuevo Testamento se llama filiación divina.
«Lo saciaré de largos días». En el Antiguo Testamento, la idea de la vida eterna no desempeña todavía ningún papel especial. Durante mucho tiempo ni siquiera aparece. Pero tampoco después tiene una repercusión decisiva. De lo que se trata es de la vida aquí en la tierra, con Dios y por su causa. Así, la promesa reza: Tendrá una larga vida, y solo morirá después de haberse saciado de vida.
Y: «Le haré ver mi salvación». La salvación es la cercanía misma de Dios, el hecho de que Dios es y se vuelve con su gracia hacia su criatura. Esto es lo que contemplan los ojos que están entregados a él en la seriedad de una fe semejante.
Es un salmo profundo y hermoso. Tal vez ya hemos sentido alguna vez el deseo de tener algunos buenos textos de oración para nuestro uso personal. A veces sucede que uno quiere rezar y no sabe cómo. Y rezar siempre solo «un padrenuestro» no tiene tampoco mucho sentido. Por el contrario, pone en peligro la santa oración del Señor, embota el sentimiento para captar su misterio. En ese caso sería bueno que nos eligiéramos algunos salmos, que nos apropiáramos plenamente de ellos y, de ese modo, los tuviésemos a disposición para nuestra oración. El salmo 90, que aquí meditamos, podría ser uno de ellos.
Regresemos una vez más a una expresión que se encuentra en el versículo 13 y que reza: «Lo protegeré, porque conoce mi nombre».
Esto significa, para empezar, que aquel de quien se está hablando sabe distinguir al Dios viviente y su servicio respecto de los dioses de los mitos y cultos paganos. En efecto, Palestina estaba rodeada de enormes culturas paganas: Egipto, Babilonia, Persia, Siria –dioses y más dioses–. Algunos de ellos eran figuras poderosas, otros, gloriosas, otros a su vez, terribles o también repugnantes. Ellos rodeaban al hombre que habla en el salmo. De él dice Dios: en medio de todas las figuras aparentes, pero que penetran con tanto poder en el corazón del hombre, este solo reconoce al Dios verdadero, al Dios viviente.
La frase del salmo puede tener un segundo significado. El nombre de Dios es Dios mismo. Es así como Dios dice, acerca del santuario de Silo: «allí hice que habitara primeramente mi nombre» (Jer 7,12). Y a David le dice: será él, tu hijo, «quien construya una casa a mi nombre [es decir, el templo]» (2 Sam 7,13). Por tanto, quien conoce el santo nombre, conoce a Dios, tiene familiaridad con él.
cómo se llama Dios? Si le planteamos esta pregunta a alguien, en la mayoría de los casos se sorprenderá. ¿Acaso tiene Dios un nombre? Lo tiene, y él mismo lo mencionó –ya hemos hablado al respecto– en aquella hora en que el Antiguo Testamento comienza más propiamente: en el Horeb. Allí, él envía a un hombre, Moisés, a que vaya a Egipto y libere al pueblo. Moisés replica: «“Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: ‘El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros’. Si ellos me preguntan: ‘¿Cuál es su nombre?’, ¿qué les respondo?” Dios dijo a Moisés: “‘Yo soy el que soy’; esto dirás a los hijos de Israel: ‘Yo soy’ me envía a vosotros”» (Éx 3,13-14). De modo así se llama Dios. «Yo soy el que soy». Ese es su nombre.
En ese nombre se expresa primeramente la majestad que no asume nombre alguno que provenga de fuera… Pero con él se dice también que Dios es el único que es real a partir de sí mismo y posee todo poder. Los seres humanos «somos», pero no de manera verdadera y propia. Sin duda, somos, pero solo «frente» a él y «hacia él». Dios, en cambio, es aquel cuya esencia significa que él es. Un abismo de nombre. Abismo para el espíritu que lo piensa. Y abismo aún mayor para el corazón que lo experimenta. Si eso sucede, se abre en el hombre mismo, en el ser finito, una dimensión insondable que da respuesta y que, de otro modo, el hombre desconoce.
Cuando nos ponemos de rodillas y rezamos nuestra oración, cuando lo hacemos como se debe, después de habernos recogido y alcanzado el silencio en nuestro interior –pues, de otro modo, no hay oración, sino una sucesión de palabras–, cuando, de esa manera, estamos en silencio vigilante y nos decimos a nosotros mismos: «Aquí está Dios», podría ser que nos sintiéramos tentados a proseguir diciendo: «y también yo estoy aquí». Pero si así lo hacemos, nuestro corazón nos lo objeta: «¡No es así! Tú no puedes decir: Dios está aquí, y yo también. Porque, si él «está aquí», tú no estás «también», sino solo «frente a él». Entre vosotros está la insalvable distancia de su majestad. Entonces se puede obtener la gracia de experimentar el nombre de Dios.
Este Dios que es pura realidad a partir de sí mismo y en sí mismo es el mismo con el