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Caducidad S ALMO 89 (90)

Como una oscura corriente atraviesa el mundo antiguo el sentimiento de la caducidad: la vida es breve, todo pasa. Ni siquiera los bienes más abundantes y las experiencias más dichosas lo suprimen. Este sentimiento atraviesa también el Antiguo Testamento. Para entender mejor qué poderosa es su presencia allí tenemos que tener también presente que, durante largo tiempo, la idea de una vida eterna no desempeñó papel alguno en el Antiguo Testamento. Solo entra en la consciencia tardíamente, en los últimos siglos antes de Cristo.

Pero este hecho ha tenido un efecto especial. El Antiguo Testamento quiere entregar la tierra de forma inmediata en manos de Dios, hacerla su reino. De ese modo, la mirada tiene que concentrarse totalmente en esta vida. Es un sentir peculiar, y se lo malentendería si se lo interpretara como una postura centrada en el más acá. El creyente se vuelve hacia la tierra para hacerla propiedad de Dios, para que él sea rey. La mirada no debe ser desviada por la idea de una vida eterna después de la muerte.

Ahora entendemos mejor este salmo, con su melancólica seriedad. Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación. Antes que naciesen los montes

o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre tú eres Dios. Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornad, hijos de Adán». Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó; una vela nocturna. Si tú los retiras son como un sueño,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera y nos ha trastornado tu indignación! Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos ante la luz de tu mirada: y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera, y nuestros años se acabaron como un suspiro. Aunque uno viva setenta años,

y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira, quién ha sentido el peso de tu cólera? Enséñanos a calcular nuestros años,

para que alcancemos la sabiduría del corazón.1

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos;

por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción, y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos. Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos.

Este cántico es uno de los más hermosos del libro de los Salmos. Está lleno de la vivencia de que todo pasa; sobre todo, de que nuestra vida humana pasa. Pero hemos de prestar atención de inmediato al modo en que se ve esta caducidad. No se la ve como

diciendo: todo pasa, los seres humanos tenemos que morir, y ¿qué sucede después con nosotros? No: el salmo comienza con una mirada hacia Dios.

Dice el salmo a Dios: tú has existido siempre. Has estado ahí para cada generación. Y has estado siempre ahí como su refugio. Nuestra existencia ha estado siempre en tu presencia y orientada hacia ti. Sí: tú existías ya incluso antes de que existiese lo más firme y poderoso, los montes; y antes que toda la tierra, y que el mundo entero. «Desde siempre» –es lo inabarcable del pasado, en el que Dios ya existía siempre– «y por siempre» –lo inabarcable del futuro, en el que Dios siempre existirá–. Y también ahora: «tú eres Dios».

Como de un tirón arranca este «eres» el concepto de Dios de todo lo que signifique «tiempo». Simplemente, Dios «es». Como él mismo dijo a Moisés en el Horeb: «Yo soy el que soy», ese es mi nombre (Éx 3,14). Esa palabra lo distingue de todos los dioses míticos, de toda vinculación a la montaña y al mar, a la tierra y al mundo. Él es y vive a su propia manera, diferente de todo lo creado.

Frente a esta eternidad se hace inexorablemente clara la temporalidad del hombre. Pero de manera diferente al modo en que el mito hace entrar en la caducidad al hombre, al mundo y a los dioses. El hecho de que el caduco ser humano eleve la mirada hacia el Dios eterno trae de forma misteriosa un vislumbre de lo eterno también a la vida humana.

Este Dios es persona, yo eterno. De ese modo desaparece la caducidad del mito, a la que todo está sujeto; desaparece el tenor desesperado, la mortal pesadumbre que hay en él. Aquí, la caducidad se ve desde el Dios viviente. Se la ve querida por Dios, con lo cual se le asegura también un sentido divino y es penetrada por una esperanza que aún no puede expresarse, pero que se sospecha. Si se está en la fe como un tú personal frente a este Dios, la caducidad misma contiene ya algo de eternidad.

El eterno ha establecido que los hombres tienen que morir. Pero también quiere que nazcan nuevos hombres. Así, pues, este partir y llegar no sucede en virtud de una muda ley de la naturaleza ni por una mítica reclusión en la muerte, sino como algo que él sabe, que él quiere y de lo que él responde.

Y así es a través de los tiempos. Tampoco los períodos más largos de tiempo pesan algo frente al eterno; no pesan absolutamente nada, como lo que fue ayer, es decir, como lo que ya no es. Frente al poder de eternidad de Dios somos algo sobre lo que pasa la marejada y lo arrastra, como un sueño antes del despertar, que se esfuma en un instante, como una hierba que verdea por la mañana y florece, y por la tarde la siegan y se seca.

Pero, después, se escucha un tono nuevo: «¡Cómo nos ha consumido tu cólera!». Detrás de la vivencia de la caducidad se encuentra la consciencia de una culpa. El recuerdo evoca, tal vez, un acontecimiento histórico: una desobediencia a la conducción divina que trajo consigo una catástrofe, o una impiedad que despertó la ira de Dios. Nuestra interioridad más íntima sabe que muerte y culpa tienen que ver una con la otra, que no habría muerte para el hombre si los hombres no hubiesen pecado, como dice el mandamiento originario del paraíso: «El Señor Dios dio este mandato al hombre: “Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir”» (Gén 2,16- 17). Pero a esta primera culpa se agregó seguramente otra: «Pusiste nuestras culpas ante ti, nuestros secretos ante la luz de tu mirada». La ira de Dios ha hecho que los días hayan pasado tan huecos y fugaces. «Nuestros años se acabaron como un suspiro»: no como un soplo de viento, sino como un suspiro que surge de un pecho oprimido.

«Aunque uno viva setenta años» –referencia a la medida de la vida del hombre, que aparece en todas las lenguas– «y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil»: así le parece al que arroja una mirada retrospectiva a una larga vida. «Porque pasan aprisa y vuelan»: como pájaros espantados, en un instante se han ido todos.

«¿Quién conoce la vehemencia de tu ira?», ¿quién se confronta con todo esto? La mayoría de los hombres no piensa, vive, nada más, y, de ese modo, todo se hace aún más sombrío y vago.

Pero después viene un versículo magnífico, que más tarde trataremos con más detalle: «Enséñanos a calcular nuestros años» –a ponderar, a sentir lo que hay en ellos– «para que alcancemos la sabiduría del corazón». Del sentimiento de caducidad, que al incrédulo le trae solo pesadumbre, debe brotar sabiduría, sabiduría «del corazón».

Los versos que siguen piden a Dios –con insistencia de niño, se diría– que, por todo lo difícil que se ha vivido, él regale con bondad nueva alegría. Tantos días buenos cuantos han sido los días malos, para que la balanza de la vida se equilibre.

Y, al final, encontramos el bello colofón que se levanta como una bóveda por sobre el conjunto: «Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos. Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos».

Es un salmo magnífico. Habría mucho que decir sobre él, pero queremos detenernos en el versículo 12: «Enséñanos a calcular nuestros años». No a calcular con temor cuántos años quedan; tampoco para desesperar del sentido de la vida con ánimo pesimista, sino para que del «ponderar», del pensar y comparar, brote «sabiduría».

¿De dónde surge la sabiduría, la sabiduría «del corazón»? De la confrontación de nuestra vida humana con la vida de Dios. De él se nos ha revelado que, simplemente, es. No brevemente, o largamente, o de forma infinitamente larga, sino: simplemente. El ser verdadero y propio, eso es él. Ser y ser él mismo, ese es su nombre. Con esta tremenda realidad, de la que no se dice que dure mil años, o todos los años de la astronomía, sino que, simplemente, «es», con ella confronta el creyente la breve vida humana.

De ahí surge sabiduría. Don de discernimiento, don de ponderación. Comprensión de lo que tiene sentido y de lo que no lo tiene.

Sabiduría es conocimiento. Sin embargo, hay diferentes tipos de conocimiento. Está, por un lado, el conocimiento de la inteligencia. Este constata un hecho, lo investiga, busca las relaciones, las causas y los efectos, hasta que puede decir: esto es así, ha sucedido así. Tal vez, cuando se trata de cosas en las que interviene la ley de la naturaleza, hasta pueda decir: esto tiene que darse así. Es decir: ciencia. Se pueden saber todas las fórmulas del mundo, ser un gran erudito y, aun así, ser un gran necio. La sabiduría es otra cosa.

Está la forma de conocimiento de la prudencia, que el hombre adquiere cuando vive con los ojos abiertos y procura explicarse por qué las cosas de la vida suceden como suceden. La prudencia significa saber cómo hay que comportarse frente al otro cuando se tiene el deseo de pasar junto a él sin desarmonías ni daños; saber cómo se ha de comenzar para que, en esto, en aquello, o en otra cosa de la índole que sea, se logre alcanzar algo. A una persona susceptible o, tal vez, vanidosa no se puede llegar con una simple exigencia moral: hay que interesar su amor propio; a una persona que exige conocimiento intelectual no se la puede captar por el sentimiento: quiere razones. Y así sucesivamente. Esto es prudencia. No es todavía sabiduría. Se puede ser un político experimentado, tener una habilidad infalible, pero seguir siendo un necio frente a Dios.

¿Qué es, pues, sabiduría? En ella se trata de cómo la vida obtiene sentido, participación en lo perdurable. La sabiduría cuida de que, al final, el hombre no se encuentre con las manos vacías. Se basa en el don de saber discernir entre lo valioso y lo barato, entre lo perdurable y lo caduco, entre lo auténtico y la apariencia. Así lo dice el salmo: la diferencia que funda todo discernimiento es la siguiente: solo Dios es «Dios», que existe siempre, santo y viviente. El hombre es solo hombre, es creado y caduco, pero es capaz de conocer la verdad y de experimentar el valor, está obligado a hacer el bien y es responsable ante Dios por el uso de su vida.

Quien ataca la verdad de Dios condena a los hombres a la necedad. Por eso es tan terrible el experimento que se realiza en la actualidad: formar hombres sin Dios, pueblos

sin Dios. Por primera vez en el mundo se emprende tal cosa. Nadie sabe cómo saldrá. Pero una cosa es segura: eso destruirá el don del discernimiento, la sabiduría y el núcleo más íntimo del hombre; el afincamiento de la persona en sí misma se enfermará.

Cuando leemos los versículos del salmo sentimos la caducidad de todas las cosas y se suscita en nosotros la pregunta: ¿qué hago contra ella? ¿Cómo puedo detener esta inquietante corriente o, por lo menos, hacer que fluya más despacio?

Uno dice, por ejemplo: tengo que traer a mi vida sucesos impresionantes: cosas interesantes, excitantes; tengo que tener vivencias, ver, disfrutar, acaparar para mí mismo… A eso responde la sabiduría: ¡Necio! De ese modo, la corriente no hace más que fluir más rápido. Cuanto más cosas introduces en tu vida, cuanto más fuertes son las excitaciones con que la llenas, tanto más insustancial se hace, y se escapa.

Otra respuesta reza: tengo que traer cosas importantes a mi vida: fundar negocios, intervenir en política, asumir cargos, tener responsabilidad. El que así responde se dedica a trabajar, organizar, hablar, luchar. ¿Con qué efecto? ¿No se subsiguen con rapidez aún mayor las obligaciones de la agenda? ¿No se hacen los días cada vez más cortos, cada vez más recargados? ¿No estás al final ahí, echándote las manos a la cabeza y preguntándote dónde ha quedado todo ese esfuerzo?

Pero si preguntamos a la sabiduría: ¿Qué he de hacer, pues? ¡Aconséjame tú!, ella me responde: tienes que aprender a discernir. Tienes que introducir en tu vida cosas de la índole de Dios. Que no solo se acumulen, que no solo exciten, sino que sean válidas.

¿Y qué es válido? La sabiduría responde: ¡El bien! Cuando he cumplido una obligación a pesar de que me resultaba desagradable, la situación pasa, la acción termina, pero algo permanece: el bien realizado. Esto es de la índole de Dios.

O si voy con amor al encuentro de un ser humano que, tal vez, no me cae bien, si intento comprenderlo, si le ayudo, en este cumplimiento del mandamiento divino se da algo que permanece. Muchas cosas se deshacen a su alrededor: el encuentro pasa, la excitación se aquieta, el ser humano –tanto yo como el otro– morirá alguna vez. Pero el hecho de que, en ese momento, se practicó el amor, eso permanece, pues es de la índole de Dios.

O bien: tengo un amigo que, como toda otra persona, tiene cualidades buenas y malas. Algunas de sus cosas producen alegría, otras, rechazo. Supuestamente, habría que pensar: quiero lo que causa alegría, lo otro no lo quiero. La sabiduría dice: ¡No puedes actuar así! No puedes escoger en una persona, pues en ella todo está relacionado: hasta en su mejor cualidad se filtra su debilidad más profunda. Si no aceptas por completo a

una persona, la pierdes. Esta aceptación es paciencia. Es de la índole de Dios. Él lo hace contigo y con cada uno. También tú debes hacerlo de ese modo. Solo entonces se hará permanente tu amistad. Podrás intentar influir en tu amigo, acentuar una cosa, moderar la otra. Pero primero hay que decir sí al conjunto.

Lo más hermoso que puede darse en el mundo se realiza cuando un ser humano ama a otro. No se hace aquí referencia a la pasión, a pesar de que ella tiene su sentido bueno. Se hace referencia a la maravilla de que un ser humano, que por naturaleza piensa sobre todo en sí mismo, se abra y reciba al otro en su corazón. Que el otro se vuelva para él tan importante como él mismo, tal vez hasta más importante, y así, cada uno se sepa cobijado en el otro.

Pero la sabiduría dice: es necio querer forzar este amor. Exigir que surja, requerir que permanezca; insistir cuando el otro vacila; pretender comprarlo con méritos y deferencias… Todo eso sería necedad, pues el amor solo puede vivir en libertad. Tiene que regalarse, y regalarse siempre de nuevo. Y que haya sido regalado durante diez años no significa que vaya a serlo otro año más. La meta es que así sea, pues a la esencia del amor pertenece la eternidad. Pero una eternidad que no proviene de aseguramientos, sino que brota siempre de nuevo de la libertad del corazón. Por eso, el amor muere cuando no se lo mantiene en el honor de la libertad. Cuando surge el sentimiento de que se lo toma por evidente y de que no hace falta esforzarse por él. No se lo puede forzar, pero se puede servir por él, rodearlo de consideración, de cortesía. Entonces, prospera. Entender esto es sabiduría.

De igual modo, habría más cosas que decir. También esta, seguramente no secundaria: que parte de la sabiduría es tratar con cautela con la propia sabiduría. Es una virtud que se corrompe con facilidad. Si se está demasiado consciente de ella, si se la acentúa, ella misma se convertirá en necedad, y de un tipo peor que la que ella misma quería superar.

Lo oscuro en el corazón del hombre