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Imágenes y discursos sobre los jóvenesNuestra escuela prescinde de la dimensión estética. No tenemos como premisa que un estudiante, después de su paso por la escuela primaria y la secundaria, tenga que saber cantar, representar una obra teatral, describir o narrar. Eso en nuestra cultura no está presente, sino la idea de que lo que hay que saber es acerca de lo real, la ciencia y sus alrededores. Paradójica- mente, la relación con la ciencia es débil como cultura, basta considerar el nivel de ignorancia de los medios de comunicación con respecto a ello. Véase lo que ocurre cuando hay una epidemia o noticias ambientales –por ejemplo, el accidente nuclear en Japón–; el nivel de la cultura científica pro- medio de la prensa es muy bajo. Pero no se trata de ello, tampoco se sabe que no se sabe y no tiene ninguna relevancia el no saber.
Aludo a quienes comparten responsabilidades editoriales y presu- men la interlocución con un público que no requiere ser tratado de otra manera que con una simplicidad asombrosa. Algo semejante ocurre también con intelectuales humanísticos de la mayor jerarquía, capaces de interpelar culturalmente a sujetos políticos y dejarlos avergonzados y, sin embargo, no tienen prurito ni escrúpulo en exhibir la mayor igno- rancia sobre lo que atañe al conocimiento científico. Es decir, no piensan que hay cercanía entre tener una cierta idea de lo que es la teoría de la evolución y el hecho de conocer a Shakespeare.
Vale aclarar que no estoy señalando esto como un problema de co- nocimiento o desconocimiento, sino como un problema cultural que tiene que ver con el modo en que pensamos las cosas colectivamente. El modo en que la historia de nuestra escolaridad y la historia de la cultura constituyeron ciertos valores sobre cómo definir la relación que tenemos entre nosotros y con nuestro entorno.
La obturación del problema de la estetización de la política y de la estetización de la cultura se constituyó en la primera mitad del siglo
xx. Un experimento pionero, de interés para esta problemática, tuvo
lugar cuando, en 1938, en los Estados Unidos, Orson Welles hizo un programa de radio sobre la famosa novela, La guerra de los mundos, de Herbert George Wells, acerca de la invasión de la tierra por los mar- cianos. No obstante tratarse explícita e inequívocamente de una ficción, produjo un importante efecto de realidad.
“Todos los días nos invaden los marcianos”, decíamos hace unos pocos años, como un gesto crítico a los medios que atemorizan a la
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población de manera sistemática y permanente; ahora deliberada, no involuntaria como sucedió con los marcianos de 1938. Cuando se ate- moriza a la población –y es lo que también importa con respecto al caso de Welles– la cuestión no es del orden de la verdad o de lo real, no es si los marcianos están o no invadiendo la tierra, sino cómo se cuenta eso, qué efecto se produce sobre el público, qué tipo de consecuencia tie- ne respecto a los estados de conciencia. Es decir, resultaba equivalente atemorizar de manera presuntamente directa a una población, a relatar ficcionalmente que invadieron los marcianos.
Esta problemática define un techo para la lucha cultural y política, porque lo que estamos discutiendo es del orden de la verdad, la for- mulación de la verdad o de la mentira. No estamos discutiendo, como sucede en las sociedades “normales” –en tanto nos propongamos acer- carnos a una sociedad normal– sobre la convivencia, los efectos, el tra- to, el respeto recíproco, el debate público racional como valor. Un signo indicativo de que podríamos estar acercándonos a una sociedad normal tendría lugar si ya no discutiéramos el tema de la seguridad. En algunas situaciones se nos presenta más bien el estado del escándalo moral, con efectos triviales, anecdóticos, más que intimidatorios, tal como ocu- rre en sociedades “normales”. Entonces ya no está todo el mundo tan atemorizado porque lo van a asaltar de día o de noche, en cualquier momento y lugar, o porque lo van a violar y secuestrar.
Ustedes saben que en la capital de México se cuentan en decenas de miles las víctimas de la violencia de los últimos años. Hablando con una argentina que vive en México, ella me contaba de su incomodidad, de su malestar en el estado cultural nuestro, porque en el Distrito Federal de México no hay una narrativa de la inseguridad comparable con la nuestra, no obstante los más de cuarenta mil muertos. Por otra par- te, ustedes saben cómo son esas muertes, el tipo de violencia, de una brutalidad y nivel de ostensión terribles. Nosotros solemos describirnos como si tuviéramos los cuarenta mil muertos, en contraste con las ac- titudes diferentes de los mexicanos. Entonces, hay una discrepancia de proporciones entre representaciones y acontecimientos.
Los estados mentales mantienen una relativa independencia respecto de lo que sucede. En Sarajevo la gente iba a comprar el pan bajo los bom- bardeos. Recuerdo un relato que decía que cuando iban a la panadería, el
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Imágenes y discursos sobre los jóvenesproblema era si iban varios en fila por un sitio estrecho, porque al primero que pasaba, el francotirador no le tiraba, al segundo le disparaba pero no le daba y el tercero era el que recibía por fin el disparo. Entonces para ir a comprar el pan por la mañana había que hacer cálculos sobre la puntería de los francotiradores. Susan Sontag, cuando visitó Sarajevo con una vo- luntad de contribuir culturalmente, llevó el montaje de una obra de teatro para ofrecerles esta actividad a quienes vivían aquella tragedia. Actuó sobre los estados mentales, efectivamente habitantes de una situación extrema, con un antídoto, con una elaboración dramática; no con una inmersión en el pánico y la desesperación.
¿Por qué todo esto nos resulta tan extraño, tan incomprensible, tan ajeno? Porque la nuestra es una sociedad profundamente involucrada con la estetización de la política. La estetización de la política en el siglo
xxi tiene relación con el modo en que se desenvuelve la industria del
entretenimiento. La palabra entretenimiento es una palabra inocente, está ligada al juego. Parece una palabra muy vinculada a la escuela también –es lo que pasa, por ejemplo, en el recreo–, o a la idea de que la pedagogía tiene que ser “entretenida”. El entretenimiento es algo que acontece en un estado mental que no es el de la conciencia, la racionalidad, el estado de la crítica: es un estado mental donde todas esas dimensiones se relajan o se suspenden. Donde el vínculo que se es- tablece entre el individuo y el medio –o el entorno– es de tipo libidinal, afectivo, sensible.
Esto tiene varias connotaciones, entre ellas el hecho de que cuando uno se ofrece a un entretenimiento está en un estado importante de desprevención. Es decir, exponerse a un entretenimiento –desde el pun- to de vista de las problemáticas de la ciudadanía, de la política o de la conciencia– es equivalente a dejarse operar por un cirujano: no decido lo que hago cuando me opera porque estoy durmiendo. La metáfora es exagerada para acentuar lo que quiero decir; si voy al teatro, voy al circo o me pongo a ver una película, dejo de ser completamente dueño de mi voluntad y de mi conciencia en el momento en el que me pongo a ver esa obra como espectador. Es por ello que algunas estéticas de vanguar- dia interpelan al espectador para que sea un partícipe activo.
Por lo tanto, en la medida en que la cultura del entretenimiento pre- valece en los medios de comunicación, no se desenvuelve una distancia
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crítica respecto de la sociedad del entretenimiento. La sociedad de los medios de comunicación, de las nuevas tecnologías, no es solamente una sociedad de la información, es una sociedad del entretenimiento, de la gestión de los estados mentales. Fue en una novela, Neuromante, donde se inventó la palabra “ciberespacio”. La inventó un novelista, no la inventaron los matemáticos que hacen los algoritmos del software sino que fue William Gibson, para describir una sociedad en la cual la gente está conectada entre las redes y el sistema psiconeurofisiológico. La mente, el sistema psiconeurofisiológico, se conecta por un dis- positivo de carácter virtual, informático. Lo que ocurre ahí son diversos tipos de acontecimientos, muchos de los cuales son de tipo cognitivo, informacional, representacional, vinculados con lo real. Pero muchos otros están relacionados con una dimensión estética en el sentido de la sensibilidad; basta recordar que la etimología de “estética” remite a lo sensible o al estado de la sensibilidad. Lo contrario es la anestesia, que tiene la misma raíz que estética.
En esta discusión reside una de las razones de la crisis profunda que transita la escuela, en tanto la escuela moderna concierne al orden de lo real, de la conciencia, de la información, compite frente a los jóvenes con la sociedad del entretenimiento. Entonces, en las horas de clase lo que se desenvuelve no es el entretenimiento, sino ese orden racional que en estos contextos resulta confuso. Y es una confusión que nuestra última dictadura, en particular, estetizó.
El problema con los medios no es sólo todo lo que estamos diciendo habitualmente sobre sus contenidos y agendas, sino la estetización, la manera de entender el entretenimiento, la diversión, la distracción que comenzó a producirse masivamente en la dictadura. Las derechas están defendiendo ese estado de cosas con uñas y dientes, y ese aspecto de la batalla cultural –como se la suele denominar–, más allá de la discusión sobre si es o no una batalla, ese aspecto todavía mantiene su hegemonía. Y no depende solamente del monopolio ni de la pluralidad de voces.
Si en el contexto de una mayor oferta comunicacional no se pone en tela de juicio la hegemonía de la modalidad del entretenimiento, asisti- mos a escenas catastróficas como las que vivimos a diario. ¿Qué sucede con el escándalo? No mancha a alguien en el orden de la racionalidad, sino en lo libidinal, es decir, la mancha que se produce sobre alguien
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Imágenes y discursos sobre los jóvenesque es difamado es lo que conduce al orden de la violencia simbólica y también luego de la violencia efectiva. Es la manera en que ocurren los linchamientos, los actos de violencia racista, las manipulaciones de masas. Ocurren en ese marco, no en el orden de la racionalidad.
La discriminación racial no es una opinión, no se detecta pregun- tándole a la gente qué opina, al menos no con la importancia que se le suele asignar. Puedo pensar que los miembros de un grupo étnico son feos y como una opinión cosmética es prejuiciosa y revulsiva; pero tal opinión no se sigue necesariamente con el modo en el que alguien va actuar. Tampoco es que sea una opinión meramente inocente, pero no es decisiva respecto de la violencia. Sin embargo, sí se vinculan con el modo en que alguien va a comportarse; los procesos difamatorios llevan a que el estado mental de un colectivo establezca una mancha sobre otro grupo. Y eso es lo que produce las condiciones en las cuales tiene lugar la violencia, por omisión o por acción.
Lo que hizo posible la sociedad de los desaparecidos fue el estado de distracción y estupidez en que estaba sumergida la cultura mediática en ese momento –entre otras razones, desde luego–. Nuestra dictadura fue ejemplar en eso, porque utilizó el aspecto de la manipulación esté- tica del totalitarismo, aunque no sus aspectos doctrinarios, conceptua- les, de la conciencia. No hubo un desarrollo político-doctrinario de tipo ideológico propio de la dictadura. Pero lo que sí hubo fue un desarrollo de la industria del entretenimiento.
No es indiferente la aparición de la televisión a color en ese momen- to. No es casual el papel que desempeñó el mundial de fútbol. Como tampoco son casuales los premios, promociones y el lugar social que tuvieron las figuras del entretenimiento de esos años. Algunas personas se consideraban inocentes porque hacían chistes para niños, les pre- guntaban sobre el sabor de la sal, y entonces parecían ingenuas y meri- torias. Las mismas ocupaban lugares destacados en la industria cultural de la dictadura haciendo películas sobre policías. Es decir, mostraban cómo los genocidas y criminales eran buena gente y hacían películas de aventuras. Esto ha pasado a formar parte del olvido.
Hay una cuestión que ocurre en nuestros medios de comunicación actuales, que afectan también al conjunto de las tecnologías y que lleva a la escuela a un estado de retraimiento, a un estado de minusvalía, a estar
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a la defensiva. Como docente universitario cuando estoy en un ambiente pedagógico lo menciono en el sentido de la práctica profesional: dicta- mos muchas horas de clase, por lo tanto, compartimos con muchos de quienes están aquí presentes la experiencia de estar frente a un aula.
Suelo pedirles a mis estudiantes su correo electrónico, y es así como se detectan las poblaciones que tienen e-mail desde la infancia. En su mayoría son direcciones de hotmail con nombres infantiles. No pusieron el nombre y apellido que es lo que a uno le pasa cuando ya tiene un trabajo o va a la escuela. Pero también, el año pasado, tuve una alumna que traía los trabajos escritos en máquina de escribir, en un contexto urbano en el cual todos los demás tenían correos infantiles, menos ella, y ahí está la brecha. Aun en un lugar privilegiado, con todo el orden simbólico que implica el planteo de la igualdad.
Es por eso que tenemos tanta inadvertencia con respecto a los pro- blemas de la violencia en contextos de igualdad relativa o mayoritaria. La violencia en la escuela no tiene nada que ver con el orden de lo real, ni de la conciencia. Son cuestiones que acontecen en ese otro orden de los comportamientos masivos, de los grupos, de los colectivos, de lo pasional, de los temores, de las ansiedades.
Padecemos un desconocimiento práctico, colectivo, de lo que es la violencia simbólica. La violencia simbólica se produce cuando alguien dice algo sobre una minoría que históricamente fue segregada, despre- ciada o maltratada. Ya sean indios, negros, pobres, judíos, o quien sea que haya sido humillado históricamente, proscripto, asesinado, perse- guido, masacrado. En nuestro país hay que incluir a esta lista, la violencia política. La izquierda, la subversión, la guerrilla están incluidas dentro de esa violencia, tanto en sus versiones populistas como clasistas. Hablar de los montoneros del modo como se habla tantas veces, forma parte de la misma trama simbólica que hablar de los pueblos originarios, en tanto son quienes han sido exterminados.
Hubo corresponsabilidad con las muertes del indoamericano cuando se difundieron públicamente enunciaciones de desprecio hacia los inmi- grantes desde un cargo de gobierno. Tal corresponsabilidad se constitu- yó por la violencia simbólica precedente y predisponente de las muertes del indoamericano. Esto, en cualquier sociedad “normal”, en la que nos querríamos convertir, pasa a formar parte de la agenda, porque cuando
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Imágenes y discursos sobre los jóvenesla derecha esgrime el escándalo, la mancha, el progresismo responde con la gestión crítica de los enunciados públicos. La cuestión de la vio- lencia, entonces, no tiene que ver con la exhibición obscena de cadáve- res en tanto meras imágenes, tiene que ver con la gestión afectiva de las poblaciones implicadas por las modalidades de edición y los contextos.
Del mismo modo ocurre con el tratamiento de la mujer, no se puede decir cualquier cosa de una mujer, no se le puede cortar su pollera en la televisión o exhibirla como un objeto. Esto implica corresponsabilidades, porque da lugar a determinaciones sobre lo que ocurre en la calle con las violaciones, con el maltrato de las mujeres, con el hecho de que la mujer no pueda caminar por la calle igual que un varón por la noche. Esto es lo preocupante, no es el piropo o que alguien le diga algo agra- dable a una mujer, lo conflictivo es que una mujer no pueda caminar por la calle en condiciones de igualdad con un varón. En este momento estamos en un estado de la conciencia en el que una chica puede recibir una computadora en condiciones igualitarias, pero no puede caminar por la calle con esa computadora. Estamos en una cultura en la cual la mujer está sistemáticamente descalificada, cosa que no se percibe ni se problematiza en la medida de lo necesario, aun con todos los avances que hubo.
Para terminar, cuando educamos a los jóvenes consintiendo con la idea de que el pluralismo es lo que la televisión ejemplifica, que dos personas griten y se peleen en un programa de chimentos, o como jura- do de un programa de competencias, nuestros estudiantes asumen esa representación de lo que es debatir. El pluralismo no es eso. Se puede exponer a alguien monologando con inteligencia crítica y su ejemplo aportará más a la pluralidad que cantidades equivalentes de tiempo empleadas en discusiones presentadas como riñas. Cuando se exhiben polarizaciones en forma de riña los debates se convierten en un es- pectáculo donde impera lo afectivo, para ver quién gana, quién vence, quién es más agresivo y sorprende al otro; es como ver boxeo. Eso se ha instalado en nuestra lógica.
La construcción de una sociedad convivencial sustentada sobre la justicia social y el acceso igualitario al conocimiento requiere entre no- sotros, habida cuenta de nuestra historia reciente, de una sistematiza- ción de esfuerzos estético político-culturales, para delimitar y contener
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el consentimiento con la crueldad y la violencia simbólica en el sentido común. No es sólo un asunto de leyes progresivas que enuncien trans- gresiones a la corrección política, sino de instalar prácticas decentes en las relaciones sociales, aun en el seno de los conflictos presentes en toda vida en común.