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Dora Barrancos

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Imágenes y discursos sobre los jóvenes

En nuestro país, esta circunstancia sentó un precedente que abrió ca- mino para el ingreso de las jóvenes en Química. En los años veinte hubo un grupo de muchachas que se formó en ese campo del conocimiento y, desde luego, no dejaron de ser observadas como una rareza por sus colegas. Puede pensarse que las egresadas pudieron compatibilizar la vida doméstica con la actividad profesional, pues algunas bioquímicas pudieron montar laboratorios en sus propias casas. Las historias de dos químicas de esa época, a las cuales entrevisté hace un tiempo –ambas llegaron a cumplir cien años–, permiten inferir, sin embargo, que era difícil sostener una carrera y que sólo una férrea voluntad de realización profesional hacía posible desempeñarse fuera del ámbito doméstico. No debe extrañar que muchas universitarias terminaran no ejerciendo la profesión para dedicarse a la atención de los hogares.

En los años treinta y cuarenta se produjeron transformaciones singulares en la subjetividad femenina. Fue un período de transición en el que consi- guieron irradiarse unas sensibilidades un poco menos apegadas a la moral constrictora burguesa, que contribuía fuertemente a obturar el desempeño económico de las jóvenes. Ya durante el transcurso de la década del 20 hubo cambios que deslindaron los tiempos, la propia moda determinó el acortamiento de las cabelleras –todo un signo de la constitución de “lo femenino”–, y también de las polleras. El cinematógrafo tuvo una notable expansión y los modelos femeninos que mostraba eran mucho más osados que los canónicos normativos, los avisos publicitarios mostraron cuerpos mucho menos vestidos y más seductores, invitando a ser imitados.

Como he dicho antes, las muchachas de clase media pudieron in- gresar a nuevas carreras, pero especialmente debe computarse la saga feminista. Fueron años en que las feministas ampliaron su actuación, sobre todo para ganar igualdad jurídica y el derecho al sufragio. Nuevos grupos de mujeres se sumaron a esas demandas y su agencia llevó a que, en 1932, la Cámara de Diputados debatiera el voto y hasta lo con- sagrara, pero esa media sanción no fue convalidada por un senado con- servador que ni siquiera posibilitó la oportunidad de su tratamiento.

En los años posteriores las mujeres jóvenes, sobre todo las solteras, in- crementaron su presencia en diversas actividades económicas, en particular en el sector servicios. Las mujeres que provenían de los segmentos medios tuvieron una presencia proverbial en el magisterio –circunstancia que en

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verdad se remonta al siglo xix–; y quienes tenían como origen las capas

sociales más bajas, desempeñaron labores de auxilio doméstico.

A mediados de los años cuarenta se produjeron importantes cambios en nuestra sociedad, siendo remarcable la asunción del régimen peronista y la ampliación de la matrícula en la enseñanza secundaria y universitaria durante su desempeño. Tanto es así que en los años cincuenta, la Argen- tina podía exhibir los estándares de inclusión de jóvenes en los estudios universitarios más altos que ningún otro país de América Latina. La am- pliación de las oportunidades de enseñanza secundaria para las mujeres permitió su incorporación masiva a la universidad en los años sesenta y, aunque todos los ambientes se poblaron con muchachas, la enorme mayoría se concentró en las Ciencias Sociales y en las Humanidades. No puedo dejar de mencionar una circunstancia que pone de manifiesto el carácter segregado, en materia de género, del magisterio universitario: si bien el número de docentes mujeres se incrementó, el 95% de los profe- sores de la Universidad de Buenos Aires eran varones.

La expansión extraordinaria de la matrícula femenina en las últimas décadas del siglo pasado –debe decirse que el fenómeno no ha sido exclusivo de nuestro país– tuvo una serie de consecuencias que impacta en nuestros días. Las universidades presentan una significativa matrí- cula femenina en casi todos los campos disciplinarios, menos en las Ingenierías, donde su presencia es esquiva y habría que pensar en una profunda reforma de la escuela media para mejorar la situación. Las vocaciones “tecnológicas” de las mujeres deben asistirse a través de incentivos, de medidas de acción positiva, para facilitar la elección y la continuidad en las áreas tecnológicas complejas en las que mengua su participación, comenzando por la educación secundaria.

Se ha sostenido que la obturación del mercado laboral para las mu- jeres en las actividades de mayor productividad obedece a su menor calificación. Es un punto de vista que debe alterarse, pues no resulta consistente con los datos empíricos. Si observamos a las mujeres de sectores populares, veremos que están formalmente más calificadas que los varones, dado que tienen mejor desempeño en la escuela primaria, egresan en mayor proporción de las escuelas medias y tienen mayor permanencia en las universidades. No obstante, continúa existiendo una severa segmentación del mercado laboral que exhibe actividades

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a las que todavía sólo acceden los varones, podría decirse que la mayor parte de las actividades transformadoras industriales les pertenecen.

Para una participación democrática entre los géneros, no basta con una mayor matrícula en la universidad, sino que deben ampliarse las capacidades profesionales, especialmente en las áreas técnicas y tecnificadas, comenzando por la escuela media. Hay que pensar cómo incorporar a las mujeres en los oficios típicos de los varones, rediseñar los espacios escolares y extinguir los dispositivos misóginos donde los profesores de disciplinas técnicas dan preferencia a los varones. Se impone subvertir estas modalidades pedagógicas pero, sobre todo, es imprescindible reconvertir el modelo hegemónico de enseñanza-aprendizaje.

No hay conocimiento progresivo si no hay democratización e igual- dad de oportunidades y en esto el Estado tiene gran responsabilidad, dado que es su función proponer las transformaciones en la educación y también intervenir en el mercado laboral para garantizar la equidad. Debe entenderse que mercado laboral es todo el conjunto de activida- des económicas que comprende tanto a las empresas privadas y a las diversas formas de empleadores, como al sector público, cualquiera sea su especialización en materia de producción de bienes y servicios.

En definitiva, deseo subrayar que sin la incorporación plena de las mujeres en los diversos procesos del conocimiento y en todas las acti- vidades económicas, no hay democracia completa ni ciudadanía plena. Las jóvenes deben encontrar caminos que clausuren las dificultades his- tóricas con que se ha enfrentado el género. Y este es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

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Juventud, ciudadanía

y seguridad prospectiva

El autor señala la necesidad de desarrollar y afianzar políticas de inclusión social por parte del Estado. Para ello apela al concepto de seguridad prospectiva, a partir del cual menciona las condiciones que considera indispensables para los proyectos de vida y el ejercicio de una ciudadanía autónoma, digna y solidaria.

Abordar cuestiones relativas a la juventud implica, más tarde o más tem- prano, hacer referencia a futuro, a mandatos y legados generacionales que los jóvenes recibirán de sus mayores; al igual que viejos y nuevos desafíos, cuando asuman plenamente la ciudadanía. Pero también po- demos considerar a la juventud como una realidad actual y actuante, dado que sus condiciones reales de existencia condicionan, en buena medida, la mayor o menor plenitud del ejercicio de dicha ciudadanía.

Bajo estas perspectivas, quizás fuera más acertado hablar de juventu- des para dar cuenta de la heterogeneidad de situaciones y posiciones so- ciales de quienes comprendemos que la categoría de juventud indica una variada y desigual diversidad de posicionamientos sociales, económicos y culturales que impactan en las posibilidades de su inserción plena como ciudadanos, condicionando la realización y la calidad de sus proyectos de vida, así como nuestro proyecto de país y de democracia. Posiciones sociales desiguales que, por supuesto, afectan también el tránsito hacia la juventud de quienes están comprendidos en el término niñez.

El futuro de la ciudadanía se gesta en nuestra actualidad, por ello la necesidad de desarrollar y afianzar prioritariamente las políticas de in-

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clusión social orientadas al abatimiento de exclusiones, primordialmente de niños y jóvenes, que conlleva determinar quiénes están excluidos y respecto de qué. Sin duda que hay ciertas condiciones o bienes indis- pensables que están comprendidos en el qué; entre ellos, son para mí bienes indeclinables: la alimentación, la salud, la educación y, por cierto, el trabajo, indispensable para el ejercicio autónomo y digno de la propia vida y de la ciudadanía.

Años atrás, un destacado académico mexicano, Pablo González Ca- sanovas, advertía que las consignas de lucha futura ya no serían contra la explotación, tal como lo habían hecho en épocas pasadas movimien- tos sociales, políticos y sindicales, sino contra la exclusión, y que ésta úl- tima sería más oprobiosa y más funesta en sus consecuencias dado que quienes estuvieran afectados por ella quedarían en la periferia de todo posicionamiento laboral y social. Esto, debido a que la exclusión deja, a quienes alcanza, fuera de todo tipo de relación social desde la cual sea posible luchar para el afianzamiento y vigencia de sus derechos, tanto en el terreno laboral como en el social.

El tema de la inclusión es de vieja data. Como expresión de ella, aun- que no utilizaran ese concepto expresamente, muy diversos autores con- sideraron prioritaria la inclusión educativa para cualificar la ciudadanía. Así, por ejemplo, Jean Jacques Rousseau postula en sus Consideraciones sobre el gobierno de Polonia que, siendo todos los individuos “constitu- cionalmente iguales”, el Estado debe proveer las condiciones para que

Licenciado y Profesor en Ciencias de la Educación, por la Universidad Nacional del Litoral, Argentina; Magíster en Educación, por la Universidad de Puerto Rico; Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona, España. Profesor titular ordinario del Departamento de Planificación y Políticas Públicas de la Uni- versidad Nacional de Lanús, Argentina. Director del Programa Interinstitucional de Doctorado en Educación unla, Untref, Unsam, Argentina.

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