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Pablo Alabarces

In document Imágenes y discursos sobre los jóvenes (página 129-138)

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que debería ser objeto de otra mesa. Toda una serie de prácticas que estos sujetos que nos intersectan –es decir, sobre los que yo tengo que estudiar y sobre y con los que ustedes tienen que trabajar y tienen que convivir– despliegan de una manera muy amplia; prácticas que estos sujetos y “estas sujetas” (a partir de ahora cancelo la corrección de gé- nero) afirman cotidianamente. Por otro lado hay otra cuestión que en el cruce, en la intersección, aparece más clara: es el hecho de que parte de la crisis de la categoría de cultura popular nos ha llevado a explorar la categoría de subalternidad, categoría que es un poco… no quiero decir más precisa pero por lo menos nos permite explorar otras zonas que no son las tradicionalmente exploradas en la categoría culturas populares. Entonces, en la categoría de subalternidad podemos trabajar una gama muy amplia de articulaciones distintas de las relaciones de poder que colocan a ciertos sujetos y grupos en situaciones subalternas. Dentro de ellas está la clase, que es aquella que definía tradicionalmente la cues- tión de lo popular; pero también está el género y la edad, justamente aquella que nos pone en contacto con la cuestión de las culturas juve- niles. Estoy haciendo intentos importantes para explicar por qué estoy acá, razones en las que creo y sigo creyendo: porque la categoría de subalternidad es la que nos permite ponernos en contacto, porque im- plica hablar de sujetos populares y hablar de sujetos juveniles y también hablar de sujetos escolares; y también pensar las distintas relaciones que se establecen en el interior de las instituciones escolares, donde las relaciones de poder implican necesariamente estas relaciones de subal- ternización que se producen continuamente.

Y a la vez, no es menor recordarlo, debemos pensar las relaciones de poder y subalternización que se producen inclusive en el interior de los grupos subalternizados, que es una situación con la que nos encontramos continuamente: hasta donde sé, en investigaciones en escuelas también se encuentran y también se trabajan y piensan. Cuando me pidieron –o tuvieron la ilusión de tener– un texto para esta conferencia, respondí que jamás llego con un texto a una conferencia, sino que básicamente las conferencias me permiten poner en orden las ideas; entonces llego con algunas ideas que voy ordenando y espero que en el momento de la charla se empiecen a acomodar. Lo que sí pienso es un título, porque es lo que me permite pensar ciertas ideas y no otras; y ese título que

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propuse fue Retóricas aguantadoras y fieritas convertibles. ¿Y por qué esto? Pensé un título que pudiera causar una sonrisa… porque el foco, el título, anuncia el núcleo a partir del cual pensar ciertas prácticas, que encuentro ya no comunes sino hegemónicas en el mundo de los sujetos juveniles, en el mundo de los sujetos populares y su intersección. Tam- bién me pregunto –porque no lo sé, pero me lo pregunto– hasta qué punto estas prácticas tienen impacto fuerte en los ámbitos escolares. Y estoy seguro de que tienen un gran impacto, porque forman parte de una trama crucial de las subjetividades de los chicos y chicas en los tiempos contemporáneos; pero quiero presentarlas además con la vuel- ta que la investigación de muchos años le quiere dar a esto. No se trata de aislar, comprender, presentar ciertas prácticas a las que llamamos, como efecto periodístico, cultura del aguante porque así los periodistas entienden rápido. Todos ustedes saben que no se trata de una cultura, se trata de una subcultura, de un estilo; no denomina una cosmovisión completa sino más bien una cosmovisión parcial que pone en contacto a ciertos grupos. Pero entonces, a estas subculturas del aguante, sobre las que venimos trabajando obsesivamente, las encontramos en el iti- nerario del mundo futbolístico pero se han desbordado por completo y atraviesan de manera muy amplia distintos mundos de lo social y cultu- ral, pero también distintos mundos de las clases. No se trata solamente de prácticas o de repertorios o de retóricas de ambientes populares en el sentido de la clase social.

Hemos tendido a interpretar a esta serie de prácticas bastante com- plejas como una lógica, lo que nos puede permitir inferir determinadas cuestiones más amplias, más generalizadoras pero también, inclusive, nos debería permitir inferir determinadas políticas educativas, sociales, culturales. Yo no sé lo que la escuela está haciendo hoy con los chicos pero cuando escucho a los colegas y a la gente en la vida cotidiana que hablan del deterioro de la calidad educativa, lo que sí me animo a ase- gurar es que lo que la sociedad adulta hace con los jóvenes, no solo la escuela sino la sociedad adulta en general, es no conocerlos; y también me atrevería a asegurar que no se preocupa por conocerlos. Básicamen- te, se empeñan en marcar distancia entre aquello que se imaginan que deberían ser los jóvenes y aquello que los jóvenes persistente y testaru- damente insisten en mostrar que son.

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Yo creo que en parte eso se debe a que la escuela, a pesar de todo lo que le ha ocurrido en los últimos años, –que los expertos describirán con mayor conocimiento que el mío– sigue atravesada fuertemente por lo letrado y eso parece ser lo que ha permanecido con las dificultades y desafíos que el mundo contemporáneo le ha marcado continuamente de una manera acelerada y escandalosa en los últimos veinte años.

Por el contrario, la dimensión corporal que ese mundo letrado re- chaza porque no puede penetrar ni puede comprender, es parte de mi objeto de estudio y es la que abordaré a continuación.

Vamos a ver un video, es un sketch que todo el mundo debe cono- cer, pero que me permite mostrar las cosas de las que quiero hablar. Se trata de la parodia que el personaje Peter Capusotto, interpretado por el actor Diego Capusotto con brillantes guiones propios, en coautoría con Pedro Saborido, hace de los modos en que se transforman canciones del rock en letras de hinchadas futbolísticas.

La inteligencia de la parodia consiste en explicar en siete minutos lo que uno necesita diez años para investigar y unas veinte páginas para explicar. Está todo a la vista, está tan a la vista que está puesto por escrito y además puesto corporalmente. Habrán visto que los dos fragmentos donde Capussotto canta la canción en donde se pone en juego la retó- rica aguantadora finalizan con él mismo tomándose los genitales, con lo cual marca corporalmente todo aquello que la retórica está describiendo y que señala, básicamente, un ejercicio de prácticas corporales; una retó- rica que, como Capusotto señala con claridad meridiana, constituye un mundo metafórico, el que a su vez indica una lógica absolutamente polar entre hombres y no hombres; es decir, sin mujeres. Un universo exclusiva y cerradamente masculino, donde el polo positivo pertenece al macho y el negativo al no-macho, básicamente reemplazado por el “puto” –lo estoy diciendo sin sonrojarme ni reírme, estoy usando palabras latinas–; a partir de esa bipolaridad, en consecuencia, todo se ordena en torno del eje metafórico penetración anal o como mucho sexo oral, pero siempre entre hombres. Ahora bien ¿qué hacen las mujeres al ser atravesadas por un lenguaje tan exacerbadamente masculino? No hace falta que empe- cemos a pensar en nuestra alumnita de cuarto grado porque todas las chicas hoy están hablando este lenguaje. Es decir, están siendo habladas por un lenguaje desaforadamente masculino, cerradamente masculino.

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Desde ya, un lenguaje con mucho de metáfora. Por supuesto, los enfrentamientos entre grupos no se verifican a través de penetracio- nes sino a través del intercambio de golpes. Este supone la penetración como forma metafórica; pero no implica una homofobia exacerbada ni literal, pues –tal como aparece en nuestras investigaciones– hay líderes de hinchadas que son homosexuales y sin embargo, su hinchada los reconoce en tanto y en cuanto tengan el aguante necesario, enten- diendo el aguante como una capacidad para la pelea independiente de su capacidad sexual o su orientación sexual. Es decir, es un universo metafórico muy complejo, no solamente porque define una lógica en donde la mayor o menor valía está indicada por el largo del pene o por la capacidad de realizar una cantidad de sexo oral o de sexo anal. Es un mundo, por lo menos, discutible y no demasiado cautivante.

Lo más interesante es la relación que existe con el combate, con los cuerpos entrenados para el combate. Uno de los grandes problemas del aguante es que no consiste solamente en alentar, en seguir, cuestión que se manifiesta en el mundo de la cumbia, del rock y también del fút- bol; sino que también es necesario que se verifique en el enfrentamien- to. Una barra, una hinchada, un grupo, puede decir que tiene aguante pero tiene que comprobarlo, es decir, sin pelea no hay aguante; por lo tanto sin aguante no debiera haber pelea, y esta es una de las cosas que más quiero señalar: que en torno del aguante gira uno de los problemas centrales de la cultura juvenil: la violencia (y no solo la futbolística); es decir, al grito de “aguante tal o cual” se genera la mayor cantidad de peleas entre barrios, grupos, etcétera. Además, es una lógica tan com- pleta que obliga a la amplia mayoría de nuestros jóvenes a comportarse de acuerdo con ella; esto es, no se puede retroceder, porque plantarse es lo que permite verificar ese capital, entendiendo al aguante como un capital simbólico. A partir de ahí, viene esa condición de macho o no macho que de ella se deriva.

Ahora bien, insisto en la palabra lógica porque no se trata solamente de una retórica. Lo que hemos encontrado, y ya no es una hipótesis de trabajo sino que es una afirmación bastante concluyente, es que se trata de una lógica que ordena las prácticas. Se trata de una moralidad que define lo que está bien y lo que está mal, y en consecuencia los sujetos capturados en ella –que, reitero, son ampliamente mayoritarios

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en los sectores juveniles, y no es un fenómeno meramente porteño o urbano sino que es nacional– se comportan de acuerdo a esa moralidad y ordenan sus acciones en función de ella. No se trata, ni mucho me- nos, de una acción instintiva, intuitiva y menos aun debido a esquemas que los medios nos tienen acostumbrados, como es la acumulación de adjetivos: violentos, drogadictos, alcohólicos, salvajes, bestias, etcétera. Por el contrario, se trata de una lógica de la práctica y una lógica de la moralidad para no usar también la categoría de racionalidad, que nos llevaría a otra discusión. Es una moralidad completa que regula los intercambios, ordena, explica y motiva una larga serie de prácti- cas. Esto nos conduce a dos direcciones largas de explicar aquí pero, a grandes rasgos, como para ir cerrando, una de las direcciones posibles es que deberíamos entender que los aguantadores y las aguantadoras lo hacen plenamente conscientes de que están en una posición subal- terna. Convencidos de la legitimidad de su moralidad, les parece que es irreprochable y lo hacen sabiendo que disputan espacios con otras moralidades que además son hegemónicas y que condenan a esa moral como subalterna, que debe ser abolida, combatida. Esto es: en el mis- mo momento en que los jóvenes pueden llamar putos a la yuta o que pueden llamar chetos a los otros, o caretas, están dándole nuevamente una dimensión ética a la clasificación. Al careta, al otro, se lo identifica con la posición hegemónica. El problema del caretaje consiste en no reconocer la pluralidad de mundos morales; lo que nos están diciendo en el uso y abuso de la retórica y de la ética del aguante, entre muchas otras cosas, es que hay múltiples éticas y que una sociedad compleja tiene que admitir la pluralidad de mundos morales, algunos mejores y otros peores. El mundo moral del aguante, por cierto, no es el mío, no es mi favorito, y digo más, ese machismo exacerbado no contribuye a despertar mis simpatías. Pero existe como moralidad, funciona como tal y hay que entenderlo como una moralidad y no como gestos instintivos, salvajes, expulsados del proceso socializatorio. Me acordaba de este ar- gumento cuando un colega recordaba a Elias y a los hooligans ingleses. Nuestros fieritas aguantadores tampoco responden a “los sectores más rudos de la clase obrera”, como decía la primera sociología eliasiana de los hooligans; insisto, no hay determinación de clases en esto, porque se atraviesa de una manera mucho más transversal la estructura social.

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La segunda dirección es aquella que tiene que ver con lo que hablaba al comienzo sobre lo letrado y lo corporal. Se trata de una experiencia básica- mente corporal en torno a la cual se construyen identidades muy podero- sas, lo cual no significa, por ejemplo, dar vuelta todos los giros lingüísticos ni los avances en las teorías modernas de las identidades de treinta años para acá. No estoy sosteniendo que las identidades hayan dejado de ser discursivas, móviles, complejas, variables, y que hayan vuelto a ser esen- ciales y corporales. Lo que estoy diciendo es que también son corporales; que un mundo que confía de una manera fuertísima en el espacio de lo simbólico para construir identidad y la vida de relaciones e intercambio, no se da cuenta de que en torno del cuerpo también está funcionando una afirmación de identidad muy poderosa y potente, se está construyendo un relato de la identidad que no descuida lo lingüístico. La experiencia del aguante también es el relato de este, es la cicatriz que como símbolo indica el aguante, y también es el cántico en torno de aquel, son una serie de códigos muy complejos. Lo lingüístico no desaparece, sino que debe com- partir espacios con una serie de prácticas e identidades que están basadas de una manera muy poderosa sobre el cuerpo. Inclusive en el lenguaje del otro, las prácticas de discriminación a las que estos actores son sometidos también son lingüísticas dado que se los califica como bestias, salvajes, animales, inadaptados.

Insisto, entonces, lo simbólico no desaparece bajo esa forma, ocupa otro lugar para que lo corporal reaparezca; y cierro con esto, porque los que escribimos sobre la violencia futbolística creemos que es expandible a otros campos, a los mismos sujetos en otras instituciones. Sostenemos, justamente, que este imperialismo lingüístico, es decir, la idea de que la lengua denomina al sujeto y este es aquello que la lengua denomina, muestra el fracaso de las declamadas políticas de prevención, porque es- tas interpelan a los sujetos desde lógicas que son ajenas a las experiencias que constituyen estos sentidos. Son políticas que trabajan desde un len- guaje radicalmente diferente, que no entiende que esa práctica es otra. Entonces, cuando el discurso hegemónico, y en muchos casos la escuela, participa de esto y renuncia a la interpretación calificando de irracional la práctica es porque se concibe que asignarle racionalidad a esa práctica implicaría reponer lo corporal como significante, lo que a nuestra cultura no le interesa demasiado y a la escuela cada vez menos.

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Tal vez esto sea un exceso, pido disculpas. Alguien que viene a mostrar un video donde se presume de “romper culos” no puede ser otra cosa que un provocador profesional, quizás estoy interpelando en un sentido equivocado a gente que está desarrollando políticas mucho más adecua- das, pero el diagnóstico del que parto es muy fuerte: seguimos sin enten- der a los jóvenes. Inclusive mi propia descripción puede ser un poco par- cial o esquemática. Creo que estoy presentando líneas insuficientes para reclamar ciertos cambios radicales, que necesitan de intervención política –por cierto, una dimensión más amplia que lo meramente estatal–, pero este es el rol de los intelectuales, el rol de la academia: tratar de generar el tipo de discusión que nos permita intervenciones de este género. Por eso la provocación, por eso el movimiento en exceso.

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Sujetos de derecho, escuelas y políticas

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