Pues, ese sistema económico que atribuye exclusivamen- te a la naturaleza el origen de la riqueza, si no cuenta con un razonable proceso de la producción e industrialización,
inalmente es lo que llevó a la Argentina con posterioridad a
ser simple “quinta” (léase “huerta”) de los británicos.
Por eso, si los futuros gobernantes de ines del siglo XIX
y buena parte del siguiente, hubieran seguido las enseñanzas de Belgrano, la Argentina no hubiera sido esquilmada por la piratería inglesa. El prócer desde el Consulado y desde el “Correo de la tarde”, permanentemente propugnaba no sólo
la doctrina de los isiócratas, cuanto complementar sus favo- res con la industria y el comercio.
Ni la agricultura ni el comercio serían, casi en ningún caso,
suicientes a establecer la felicidad de un pueblo, si no en-
trase a su socorro la oiciosa industria, porque ni todos los
individuos de un país son a propósito para desempeñar aquellas dos primeras profesiones, ni ellas pueden sólida- mente establecerse, ni presentar ventajas conocidas, si este
ramo viviicado no entra a dar valor a las rudas produc- ciones de una y materia y pábulo a la perenne rotación del otro (…). La importación de mercancías que impiden el con- sumo de las del país o que perjudiquen el progreso de sus
manufacturas o de su cultivo, lleva tras sí necesariamente la ruina de una nación.
El isiocratismo se apuntó, a su turno, predominante- mente en el siglo XVIII, como una escuela del pensamiento económico en la que protagonizaron eminentes doctrina- rios de su tiempo. François Quesnay, Anne Robert Jacques Turgot y Pierre Samuel du Pont de Nemours, entre otros; quienes manifestaban la existencia de una ley natural por la cual el buen funcionamiento del sistema económico estaría asegurado sin la intervención del estado; y en cambio, sur- gente del “laissez faire”, y en armonía con las leyes de la na- turaleza, sólo las actividades agrícolas tenían la palabra. La
historia de la isiocracia, su génesis, su desenvolvimiento o
desarrollo ulterior y su esplendorosa exultación hasta antes de ser superada, y luego, pasada a la historia como una que se lució en un tiempo conocido, integrando el amplio campo del liberalismo, quizá, el prócer durante su estadía en España, y siendo muy joven, llegó a conocer y avizorar algunas de sus enseñanzas o virtudes. Pero, a través de cuanto he reseñado escuetamente con anterioridad, Belgrano demostró tener un claro y preciso tino político económico… para comprender
que no sólo con la isiocracia. Algo y mucho más que ella.
Ya los mercantilistas, los sostenedores de un sistema que atiende, en primer lugar, al desarrollo del comercio, princi- palmente el de la exportación, considerando como un signo característico de la riqueza, la posesión de metales preciosos. Adam Smith y Alexander Hamilton, entre otros, opusieron serios reparos a tales doctrinas económicas.
Si bien Belgrano en 1809 habría aconsejado a Liniers que autorizara el libre cambio con los británicos, atacando así al monopolio colonial, convirtióse logrado aquel objeto, en pre- cursor del trabajo y del mercado internos.
Si el mercader introduce en su país mercancías extranje- ras que perjudiquen el consumo de las manufacturas na- cionales (…), el Estado perderá: primero, el valor de lo que ellas han costado en el extranjero; segundo, los salarios que el empleo de las mercancías nacionales habría procurado a diversos obreros; tercero, el valor que la materia prima
habría producido a las tierras del país o de las colonias;
cuarto, el beneicio de la circulación de todos estos valores,
es decir, la seguridad que ella habría repartido por los con- sumos sobre diversos objetos; quinto, los recursos que el príncipe o la nación tiene derecho a exigir de la seguridad de sus súbditos.
Con esto último que el prócer dejó testimoniado el 8 de septiembre de 1810, sólo resta la admiración y los vítores por la excelencia de la cátedra de política económica que él dejó y que, lamentablemente, si se hubiera seguido, no se habría dado lo que vino después con lo de la “huerta”, que diseñé desde el comienzo.
Y como culminación de este breve capítulo –que debiera ser mucho más extenso y compendioso-, recuerdo el testi- monio –que merece su transcripción- de la profesora Mary Terrasa (“El Día” de La Plata, del 14/06/1992) siguiente:
La historia presenta al Gral. Belgrano como el primer educador nacional. En España se recibió de abogado en la Universidad de Valladolid, y en Salamanca, dictó clases sobre Economía Política y Práctica Forense. El economis- ta francés François Quesnay (1694-1774), con su doctrina
isiocrática, interesó de manera singular a Belgrano. La
Economía Política fue discutida sabiamente por gran- des economistas del siglo XVIII. El francés era médico cirujano, y tanta era su fama, que en 1737 fue designado Secretario Perpetuo de la Academia de Cirugía. Fue mé- dico, cirujano y economista. Luis XV lo contrató en 1744 y se convirtió en el médico más acreditado. En 1756/1757 escribió para la Enciclopedia de Diderot dos artículos sobre Economía Política. Se fundan en la importancia económi- cas de las riquezas naturales que nos ofrece la tierra, funda- mentalmente la agricultura. El trabajo agrícola es el único que acrecienta la riqueza del país. En ninguna de las otras industrias sucede algo parecido y mucho menos en las que están relacionadas con artículos de lujo. En 1794 Belgrano fue designado Secretario Perpetuo del Real Consulado de Buenos Aires, especializado en Economía Política. Su pri- mera memoria “Medios generales de fomentar la agricultu- ra, animar la industria, proteger el comercio de un país agri- cultor”, es o constituye una relación directa con la doctrina de Quesnay; fue un vasto plan de difusión para fomentar y mejorar la agricultura, las artes y el comercio. La produc- ción y la distribución de la riqueza fue sabiamente interpre- tada por Belgrano; sus memorias convocaban a todos los
habitantes de Buenos Aires: el buen agricultor debía actuar con responsabilidad; su amor por la tierra generosa, unida a una constante dedicación, realizaría el milagro esperado, no sólo para el propio sustento, ya que podía vender la pro- ducción sobrante. Del cultivo de la tierra depende no sólo la riqueza o indigencia de los labradores, sino de toda la sociedad, porque el bienestar colectivo es consecuencia de la producción de la tierra. El 15 de junio de 1796, Belgrano lee su primera memoria. Gregorio Weinbert y un ministro español, Ernest Lluch, aseguran que Belgrano es el primer
introductor de la isiocracia en el área de la lengua caste- llana. Tema preocupante para Belgrano fue la protección y conservación de la naturaleza. Proponer en general normas protectoras que debieran ser cumplidas. Madre naturaleza, ciencia y sabiduría: desde la creación del mundo ha ejercido
poderosa atracción; tu inluencia está presente. Necesario es conocerte, estudiarte y poseer la habilidad suiciente
para no dañarte. El ser humano está perdiendo el instinto de conservación, no en lo mediato y la situación está agra- vándose a medida que mayor es su ignorancia.