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Algunas Indulgencias de la vida universitaria

A. A modo de introducción

3. Capítulo tercero: Sobre frailes, vagabundos, bohemios y otros menores de

3.4 Algunas Indulgencias de la vida universitaria

Como recordarán, ya había mencionado que antes de contar con planta física propia, cuando las universidades funcionaban en los monasterios e incluso en casas de familia, la disposición era, escuelas arriba y burdeles abajo; lo que resultaba reprochable para algunos habitantes de las ciudades, pues se relacionaba a la educación formal con la prostitución, igualmente formalizada. “En el piso de arriba los maestros disertaban; debajo de ellos, las rameras practicaban su profesión depravada. En una parte las rameras se peleaban entre sí o con sus alcahuetas, mientras que en la otra, los escolares se enzarzaban en sus disputas”50.

De modo que con la adquisición de terrenos para el funcionamiento de las universidades y con la construcción de dormitorios para los universitarios, se solucionaron los reclamos de los sectores sociales que manifestaban al clero y a los gobernantes su desacuerdo ante la presencia de los estudiantes en las calles y su estilo de vida licencioso; es decir, se les limitaron los espacios para el goce, en un intento deliberado por separar los placeres de la carne de la dedicación intelectual, lo que encajó muy bien con la piedad recién incorporada a la disciplina universitaria.

Se rescató a las muchachas de la «vida descarriada» que, hemos de señalar, descarriadas o no, no tenían oportunidad alguna de vincularse como estudiantes universitarias, y en caso de aspirar a la educación escolástica o filosófica solo podían optar por la formación religiosa o la instrucción privada; que en cualquiera de los dos casos, resultaba mucho más onerosa para sus familias que en el caso de los jóvenes varones51. En todo caso, las antiguas habitantes de los primeros pisos fueron desplazadas afuera de las murallas de las ciudades, con lo que según los guardianes del

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Lester Little, op.cit., p. 44.

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orden, se disminuyó la acumulación de desperdicios que “traicionaban la salud y ofendían las sensibilidades”52, a la vez que se creaban opciones para garantizar la

permanencia de los estudiantes que provenían de tierras lejanas, y que tenían dificultades para conseguir hospedaje; lo que al parecer “era una medida de protección, porque los aposentos en las cercanías de la universidad podían serles riesgosos”53

.

En resumen, se tomaron medidas para restringir al máximo la convivencia entre los estudiantes universitarios y los habitantes de las ciudades. Una forma evidente de segregación que servía para recalcar aún más las diferencias entre aquellos dedicados al oficio del saber universitario, y los demás.

Los estudiantes universitarios en general –no solo los frailes vagabundos o los goliardos– eran reconocidos por su vida disipada, por la alternancia entre la dedicación a las labores intelectuales y otras actividades no tan enaltecidas o moralmente aceptadas. Juan Carlos Indart describe en este sentido a la llamada estudiantina; el nuevo estilo de vida social que surgió alrededor de las universidades y que estaba conformado por tabernas, alojamientos y otros recintos en los que los estudiantes pasaban el tiempo, cuando no estaban en los claustros.

Tales estudiantinas crecieron de manera incontenible a la par del aumento de las universidades, lo que, como hemos dicho, generó “gran malestar para el orden antiguo, que veía en el nuevo vínculo social vicios insoportables”54; casi de la misma forma en que

hoy en día se continúan percibiendo como peligrosos y promotores de desórdenes de todo tipo los alrededores de las universidades.

“A nosotros nos alcanzó mucho el estilo de una de las últimas famosas estudiantinas, la de la bohemia parisina, la de la belle époque”55, un estilo nocturno de comer a deshoras,

de «amor libre» con chicas livianas o con la niña de la familia del pueblo que recibía al estudiante en su casa, que por su parte aumentó la visibilidad de los universitarios en las ciudades, quienes a pesar de contar con tan «mala reputación» eran respetados en la

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Ibíd., p. 45.

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Juan Carlos Indart, op. cit., p. 34.

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Ibíd.

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medida en que representaban la dignidad de las instituciones en las que se protegía el saber, por lo cual resultaban favorecidos e indultados, inclusive en las ciudades y pueblos en las que causaban los mayores escándalos56.

Ahora bien, ya antes habíamos señalado que la dedicación a los estudios universitarios era una forma de evitar otras responsabilidades; el convertirse en estudiantes hacía que se postergara hasta después de la obtención del título el cumplimiento de cualquier compromiso diferente al de estudiar. “Están exceptuados de las obligaciones de los otros vínculos sociales, mientras dure la adquisición del saber universitario”57.

Una de las exigencias que lograban evadir, y que llama particularmente mi atención, era el tener que enlistarse para la guerra, pues eludir esta obligación en nombre de la educación es mucho más antigua que la aparición de las universidades; a diferencia de la permanencia en la soltería, que fue privativa del vínculo universitario, cuyo júbilo se dejaba oír abundantemente entre los estudiantes: “¡Tú nos has mimado en extremo, Señor, aleluya! ¡Nos has librado del yugo del matrimonio, aleluya!”58, a la vez que era

censurado por los administradores, pues suspendía los importes de los jóvenes a los principados y al clero: “Tú, que prefieres usar de tu crédito en la corte para tus amigos, antes que para ti mismo […] si te quedas soltero es por puro egoísmo”59.

Como podemos derivar, en el caso de la postergación del matrimonio, los reproches tenían que ver fundamentalmente con la disposición del dinero, una que en todo caso habría de llegar tras la obtención del título y, con él, de las responsabilidades propias de la adultez. Pero cuando se trataba del cumplimiento de las obligaciones de prestar el servicio anual en la milicia, que obedecía al orden feudal, otros factores venían a sustentar la diferencia entre aquellos aptos para la vida militar y los que deberían ocuparse del trabajo intelectual.

56 Ibíd., p. 35. 57 Ibíd., p. 36. 58

Jacques Le Goff, op. cit., p. 145.

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En algunos de los escritos de las dinastías egipcias en los que se buscaba instruir a los nuevos escribas sobre el valor de la enseñanza, se hacía evidente que la educación era particularmente apta para aquellos que no tenían disposición para la guerra y tenían poca fortaleza física: “Sé escriba, que tu cuerpo pueda ser liso y que tus manos se cansen pronto, no te quemes como la lámpara, ni mueras en batalla, ya que tu físico es débil, desde el momento en que no hay huesos de hombre en ti […]. Aplícate en ser escriba, es una bella profesión adecuada a ti”60.

Podemos sostener que la guerra servía a los propósitos prácticos de los gobernantes respecto a la expansión y la conquista, de modo que los hombres idóneos para desempeñar las actividades propias de los campos de batalla debían de ser los más fuertes, los que podían resistir el esfuerzo y el dolor, pero además, debían ser los más propensos a dejarse llevar por la efervescencia del combate, incluso hasta el punto de franquear la barbarie, y sin preguntarse mucho por los motivos; bastaba con que alguien orientase su conducta y dirigiese sus acciones61.

En este sentido, la opción por rehuir el enlistamiento para la guerra, tras notar que no se tenía la fortaleza física o la disposición anímica, y más si se disponía de otro camino, era una decisión más que prudente, ante todo si lo que se quería era evitar poner la propia vida en riesgo. Además, en razón de la legitimidad que, se sabía, podía adquirirse por cuenta de la formación académica, las largas jornadas de enseñanza, incluso cuando estas se impartían acompañadas de métodos que violentaban el cuerpo, no resultaban tan insoportables si se las comparaba con la posibilidad de estar y morir en batalla. De hecho, era posible evitar cualquier castigo, si como estudiante se obedecían las normas impuestas, en particular, aquellas que buscaban refrenar y sofocar el ímpetu de las pulsiones.

No obstante, ha de cuestionarnos que esta condescendencia no haya sido reprochada por la Iglesia, por los gobernantes políticos, ni mucho menos por los universitarios; como sí lo fue la mera postergación del matrimonio; más aún si tenemos en cuenta el gran

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Mario Alighiero Manacorda, op. cit., p. 49.

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Sigmund Freud. La desilusión provocada por la guerra, vol. XIV, Amorrortu Editores, Argentina, 1996, p. 285.

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número de guerras que se suscitaron durante la Edad Media por cuenta de la expansión del cristianismo, que empezaron en el siglo XI y se prolongaron hasta las colonizaciones europeas del siglo XVI, que seguramente requirieron una cantidad considerable de soldados, y que se vio menguada además por la peste negra que devastó Europa a mediados del siglo XIV.

Podemos suponer que esta ausencia de recriminaciones o señalamientos obedeció a la conveniencia que en todo caso se reconocía a la formación académica de un grupo suficiente de titulados –que de hecho, si bien en momentos fue excesivo, en todo caso se trató de una élite–, lo cual compensaba la mengua correspondiente de los enlistados en el ejército.

3.5 Sobre la facultad de unos cuantos elegidos: goce,