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Sobre el amor a los libros: la pérdida de la imagen, la lectura y la industria

A. A modo de introducción

2. Capítulo segundo: Autoridad, acumulación y revisión del saber: sobre la

2.1 Sobre el amor a los libros: la pérdida de la imagen, la lectura y la industria

Las obras de los filósofos y teólogos circulaban de manera restringida; eran tratadas como objetos lujosos y casi sagrados por parte de quienes los poseían, y con veneración por parte de los monjes encargados de copiarlas: “Los monjes que escriben laboriosamente en los scriptoria de los monasterios solo se interesan muy secundariamente en el contenido de los libros; para ellos lo esencial es la aplicación, el esmero, el tiempo empleado, las fatigas sufridas para escribirlos. Ese trabajo es obra de penitencia que les valdrá el cielo”2.

El trabajo de transcripción era esmerado; la meticulosidad de la técnica caligráfica implicaba arduas y extenuantes jornadas que servían como acto de expiación, a la vez que alejaban a los escribas de las tentaciones y vicisitudes de vida en general3. Su labor requería aislamiento y concentración, pues solo así se garantizaba que las copias elaboradas por encargo tuviesen una caligrafía espléndida, acorde con el fervor con que se trataban los escritos de los sabios y los sabios santos –en tanto irrefutables–, y en consonancia con las exigencias de los grandes señores que los encargaban para su salvaguarda o exhibición, incluso al margen de su contenido. Dicho de otra forma, procedían como enamorados de los libros. De ahí que lo importante era la posesión y no la lectura: “Se puede amar los libros hasta el punto de no leerlos”4.

Como mencioné antes, el ejercicio cotidiano de la escritura en las universidades se relacionaba con la conservación de las disertaciones de los maestros, tarea que servía a un doble fin: garantizar la preparación de los exámenes orales o escritos, y sumar ejemplares a las modestas –por ese entonces– bibliotecas de las universidades. De este modo, la copia de los ejemplares se convirtió en una fuente de ingresos considerable

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Jacques Le Goff, op.cit., p. 28.

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Más adelante volveré sobre este asunto, en la medida en que cierto ascetismo aparece vinculado tradicionalmente con la imagen del pensador, relación que coincide con las formulaciones freudianas respecto al vínculo entre el trabajo de pensar y la sublimación de la fuerza pulsional erótica.

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Gérard Wajcman, Colección seguido de La avaricia, Ediciones Manantial SRL, Buenos Aires, 2010, p. 17.

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para las comunidades que circundaban las instituciones, lo que fortaleció a los talleres de los copistas, ya se tratase de los de los clérigos que reproducían en los monasterios los ejemplares de las lecciones para colección, o de los artesanos y estudiantes que producían ejemplares más sencillos, destinados a la consulta y preparación de los exámenes.

Algunos efectos de la producción masiva y en periodos de tiempo más cortos, de los ejemplares de las lecciones de los maestros y de ejemplares económicos de los textos antiguos, fueron: la pérdida paulatina de los ornamentos que acompañaban a los títulos y a las letras mismas, la homogenización de los detalles caligráficos y la inserción de abreviaturas y claves; modificaciones que al parecer fueron aceptadas sin mayores objeciones, pues se preveía que esto facilitaría la circulación del saber entre aquellos que sabían leer5. La uniformidad en el estilo, que perdió cualquier vestigio de las formas y las imágenes que hasta ese entonces acompañaban a las letras, se convirtió en la condición de los textos académicos de circulación masiva. A todas luces, terminó por imponerse la alternativa dispuesta para facilitar la producción y reproducción de la palabra escrita.

Empero, es posible suponer que la pérdida de tales ornamentos también sirvió para evitar las distracciones fruto de la fascinación que transportaban las letras. Recordemos aquí la dedicación de los laboriosos monjes, que prendados del oficio caligráfico, es decir de la forma, se olvidaban por completo del contenido de los manuscritos. Al igual que para cada uno de nosotros se actualiza este desprendimiento y represión de la imagen, según el relato histórico, esa pérdida resultó imprescindible para garantizar la circulación y la lectura de los textos, lo que ciertamente incrementó en aquellos la validez de los enunciados. “Leer supone, además, que se renuncie al menos un poco al amor por el libro”6.

En los dos casos, es decir, en el relato histórico y en la historia del sujeto, el ejercicio de la escritura y la lectura exigen la “puesta en acto de la represión, sin la cual aquel que ve los signos quedará apegado a su forma y por consiguiente no logrará desprender un

5 “Así, el comercio del libro se internacionalizó: importaban a París obras médicas de Montpellier y

jurídicas a Bolonia”. Ibíd., p.98.

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valor literal que subsiste solamente en su borramiento”7; podríamos afirmar entonces que

los ornamentos desaparecieron por razones prácticas y de la práctica; una pérdida que trajo como ganancia la lectura y la posibilidad de la revisión de los libros, que hasta ese entonces se habían mantenido incólumes y estáticos.

Ahora bien, con el incremento exponencial del número de universidades, patrocinadas por uno u otro poder, a lo largo y ancho de lo que por aquel entonces era la espina dorsal comercial y marítima europea, y con el subsiguiente incremento del número de estudiantes, la industria de fabricación y venta de textos escritos tuvo su apogeo. Los textos producidos para el consumo masivo fueron adaptados en concordancia con la demanda. Esta definición de los industriales y comercializadores dio, por cierto, su propio empuje al avance de la técnica tipográfica, cuyo progreso más destacado sería la creación de la imprenta; en un primer momento se diseñaron ejemplares en un formato más pequeño y manejable, se abandonó la caña de escribir por la pluma de ganso8, lo que permitió mayor facilidad y rapidez en el trabajo pues, como ya dijimos, había que producir rápidamente9 y a buen costo. Fue en razón del valor comercial que atribuyeron las empresas editoriales y los círculos universitarios, que los textos escritos quedaron subsumidos en la cadena del mercado y del consumo.

Las lecciones de los maestros debían ser estudiadas y aprendidas por los estudiantes para preparar los exámenes, pero ya no de manera colectiva, pues cada quien podía adquirir sus propios ejemplares. Esto, sumado a la práctica de la lectura silenciosa, redujo considerablemente el tiempo dedicado a las labores intelectuales, pues evitaba las distracciones y desviaciones propias de la discusión o la argumentación retórica. La lectura silenciosa, como práctica que ya en el siglo IV asombraba a San Agustín y que

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Gérard Pommier, Nacimiento y renacimiento de la escritura, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1996, p. 201.

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La palabra ganso como adjetivo, según la Real Academia de la Lengua Española, es sinónima de atributos como: tardo, perezoso, descuidado, torpe, incapaz, grosero, malcriado.

http://lema.rae.es/drae?val=ganso Fecha de consulta: 01/09/2013. Curiosa coincidencia entre estos adjetivos y el nombre del animal del que provenían las plumas para la copia de los ejemplares rústicos y torpes, que seguramente eran señaladas como reproducciones groseras, torpes y descuidadas, por parte de los poseedores de las versiones de colección.

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pronto se incorporó a la dinámica universitaria, fue poco a poco individualizando el trabajo de los estudiantes.

Veamos las ventajas que destacó el Santo, sobre la forma de estudiar de su maestro San Ambrosio: “Pero cuando leía, llevaba sus ojos por los renglones y planas, percibiendo su alma el sentido e inteligencia de las cosas que leía para sí, de modo que ni movía los labios ni su lengua pronunciaba una palabra. […] También juzgaba yo que el leer de aquel modo sería acaso para no verse en la precisión de detenerse a explicar a los que estaban presentes, y le oirían atentos y suspensos de sus palabras, los pasajes que hubiese más obscuros y dificultosos en lo que iba leyendo: o por no distraerse en disputas de otras inquietudes más intrincadas, y gastando el tiempo en esto repetidas veces, privarse de leer todos los libros que él quería”10. En términos contemporáneos, las

ganancias de este tipo de lectura tienen que ver con la eficiencia; pues se garantiza un menor esfuerzo [ya que no es preciso explicarle a los oyentes], mayor rapidez y concentración, beneficios que a su vez permiten que el lector abarque un mayor número de textos en menor tiempo, pues no hay nada que lo detenga, lo cual, sabemos bien, puede terminar convirtiéndose en un gran problema; de ahí que debamos preguntarnos qué perdemos cuando ganamos.

Fruto de estas nuevas prácticas y de aquello que se exigía a los estudiantes, el estudio individual y silencioso seguramente simplificaba las cosas, ya que era preciso que creyeran sin vacilación en el contenido de los textos. Tal obediencia ciega fortalecía la credulidad acrítica de los estudiantes, quienes se limitaban a repetir de memoria los postulados de los autores y de sus maestros [práctica que en la actualidad es reprochada, pero no por eso, menos abundante]. Así entonces, el reconocimiento ahora estaba supeditado, más que a la elocuencia, a la laboriosidad demostrada en la lectura y repetición de los textos11.

Uno de los pocos estudiantes de la Edad Media cuya mención encontré en los relatos históricos fue conocido como Pedro El Comedor, cuya reputación como «devorador de

10

San Agustín, Confesiones, Libro VI, Editora Espasa-Calpe Argentina S.A., Buenos Aires, 1954, p. 110

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libros» durante su época de universitario le valió el sobrenombre y un lugar como erudito reconocido después de su titulación en la Universidad de París, luego de la cual elaboró varias “exposiciones sistemáticas de las verdades filosóficas y de los hechos históricos contenidos en la Biblia, que se convertirían en los manuales básicos para la enseñanza en el siglo XIII”12

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Fruto de tal obediencia y gracias al registro de las disertaciones de los maestros, poco a poco se fue consolidando un estilo propio del oficio intelectual, en el que los manuales, es decir, las recopilaciones con selecciones de textos sobre los que se debía discutir y que debían ser estudiados por los estudiantes, cobraron gran importancia en las clases señalando, a mi modo de ver, el modelo de los actuales programas de asignatura, que limitan y predefinen los contenidos de las sesiones de trabajo, y que deben ser seguidos, sin mayores alteraciones, tanto por los profesores como por los estudiantes.

Los manuales de la Edad Media y los programas de asignatura contemporáneos al parecer facilitan la labor del maestro, pues evitan las distracciones o desviaciones en el

curso de los temas que se espera abordar; sirven además de soporte para encuadrar los

conocimientos que los estudiantes deben adquirir en un periodo determinado, lo que a su vez desembaraza a los estudiantes de la preocupación de no haber atendido o entendido algún asunto en clase, pues incluyen los contenidos teóricos y las discusiones a desarrollar, de modo que restringe las sorpresas, pues prevé que en las evaluaciones aparezcan discusiones o dilemas no incluidos en el manual o programa.

En otras palabras, podemos ver en los manuales los antecedentes de cómo el vínculo universitario –que propongo entender por ahora, como la relación entre conocimientos, estudiantes y profesores–, quedó supeditado a las evaluaciones estandarizadas y pre programadas de un modo tal que, en caso de mantenerse de manera unívoca este estilo de mera repetición y calificación, difícilmente habríamos presenciado algún tipo de avance o transformación del saber.

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