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ALIADO DEL INFIEL: INOCENCIO VIII, 1484-

OBRAS CONSULTADAS

2. ALIADO DEL INFIEL: INOCENCIO VIII, 1484-

Amable, indeciso, sometido a sus consejeros más enérgicos, el sucesor de Sixto formó un contraste con él casi en todo aspecto, salvo que dañó igual- mente al pontificado, en este caso por omisión y debilidad de carácter. Su nombre original fue Giovanni Battista Cibo, y fue hijo de una próspera familia genovesa. Al principio no fue señalado para la carrera eclesiástica, pero entró en ella después de una juventud normalmente disipada, durante la cual engendró y reconoció a un hijo y una hija ilegítimos. Ninguna con- versión súbita o circunstancias dramáticas le hicieron entrar en la Iglesia, aparte del hecho aceptado de que, para cualquiera con buenas conexiones, la Iglesia ofrecía una buena carrera. Cibo llegó al arzobispado a los 37 años y a un oficio en la curia papal a las órdenes de Sixto, quien, apreciando su naturaleza maleable, le nombró uno de sus muchos cardenales en 1473.1

La elevación al papado de esta persona bastante oscura y mediocre fue un resultado no planeado, como a menudo ocurre cuando dos candidatos feroz- mente ambiciosos se bloquean mutuamente el camino. Estos dos, que después realizarían sus ambiciones, eran el cardenal Borgia, futuro Alejandro VI, y el cardenal Giuliano della Rovere, el más capaz de todos los sobrinos de Sixto, el futuro Julio II. Giuliano, conocido como el cardenal de San Pedro en Vincoli, tan dominante y pugnaz como su tío, pero más eficiente, aún no pudo obtener los votos de una mayoría del Colegio. Tampoco pudo Borgia, pese a cohechos hasta de 25 mil ducados y promesas de ascenso lucrativo que hizo circular entre sus colegas.2 Como informó el enviado florentino, el

cardenal Borgia tenía la reputación de ser “tan falso y orgulloso que no hay peligro de que lo elijan”.3 En esta situación, los dos rivales vieron el peligro

de la elección del cardenal Marco Barbo, de Venecia, muy respetado por su noble carácter y estrictos principios, que indudablemente habría limitado la

1 Pastor, V, 246-270; Burckhardt, 126. 2 Mallet, 100.

esfera de un Borgia o un Della Rovere y hasta, posiblemente, habría pensado en una reforma. Cuando faltaban cinco votos para que Barbo fuera elegido, Borgia y Della Rovere unieron sus fuerzas en favor del modesto Cibo, indife- rentes a la afrenta, para los reformadores, de elegir a un papa que había reconocido hijos ilegítimos. Con sus votos combinados, su candidato fue coronado como Inocencio VIII.

Como papa, Inocencio se distinguió principalmente por su extraordinaria indulgencia hacia su indigno hijo Franceschetto, primera vez que el hijo de un papa había sido públicamente reconocido. En todos sentidos, el papa sucumbió a la energía y voluntad del cardenal Della Rovere. “Enviad una buena carta al cardenal de San Pedro”, escribió el enviado de Florencia a Lorenzo de Médicis, “pues él es papa y más que papa”.4 Della Rovere se

trasladó al Vaticano y, en dos meses, elevó a su propio hermano, Giovanni, de prefecto de Roma a capitán general de la Iglesia. El otro promotor de Inocencio, el cardenal Borgia, quedó como vicecanciller a cargo de la curia.

Inocencio dedicó toda su atención a otorgar riquezas a Franceschetto, quien era, a la vez, avaro y disoluto, y acostumbraba recorrer las calles de noche rodeado de malos compañeros, con propósitos lujuriosos. En 1486, el papa dispuso la boda de su hijo con una hija de Lorenzo de Médicis y la celebró en el Vaticano con una ceremonia tan elaborada que, debido a la escasez de fondos, se vio obligado a empeñar la tiara papal y los tesoros del Vaticano.5 Dos años después organizó otra fiesta, no menos extravagante,

también en el Vaticano, para la boda de su nieta con un mercader genovés.

Mientras el papa daba rienda suelta a sus caprichos, su vicecanciller, más concentrado en lo suyo, creaba muchos nuevos cargos para funcionarios apos- tólicos, cuyos aspirantes debían pagar: prueba de que esperaban tener ganan- cias remunerativas. Se puso a la venta hasta el cargo de bibliotecario vaticano, que hasta entonces se había ocupado por méritos propios. Se estableció una oficina para la venta de favores y perdones, a altos precios; 150 ducados de cada transacción eran para el papa, y lo que quedaba era para su hijo. Cuando alguien criticó el perdón en lugar de la pena de muerte por asesinato, homi- cidio por imprudencia y otros delitos graves, el cardenal Borgia defendió aquella práctica diciendo que “el Señor no desea la muerte del pecador sino, antes bien, que viva y pague”.6

En este régimen y bajo la influencia de su predecesor, el temple moral de la curia se deshizo como la cera, llegando a un grado de venalidad que no podía dejarse de observar. En 1488, a la mitad del reinado de Inocencio, fueron detenidos varios altos dignatarios de la corte papal, y dos de ellos fue- ron ejecutados por haber falsificado, para la venta, cincuenta bulas papales de dispensa en dos años.7 La pena capital, que debía mostrar la indignación

moral del papa, sólo sirvió para subrayar las condiciones de su reinado.

El Colegio de Cardenales, ahogado bajo el influjo de los cardenales de Sixto, que incluían miembros de las familias más poderosas de Italia, era un esce-

4 Ibid., 242. 5 Ullmann, 319.

6 Citado en New Cambrídge 77. 7 Hughes, 402.

nario de pompa y placer. Aunque algunos de sus miembros eran hombres dignos, sinceros en su vocación, la mayoría eran nobles mundanos y codicio- sos, que ostentaban su esplendor, entregados al juego interminable de ejercer influencia en beneficio propio o de sus respectivos soberanos. Entre los pa- rientes de príncipes estaban el cardenal Giovanni d'Aragona, hijo del rey de Nápoles, el cardenal Ascanio Sforza, hermano de Ludovico, regente de Milán, los cardenales Battista Orsini y Giovanni di Colonna, miembros de las dos familias eternamente rivales que gobernaban Roma.

En aquel tiempo, los cardenales no tenían que ser sacerdotes –es decir, calificar por su ordenación para administrar los sacramentos y celebrar la comunión y los ritos espirituales– aunque algunos de ellos pudieran serlo. Los que habían sido nombrados por el episcopado, el nivel más alto del sacerdocio, continuaban ocupando sus sedes, pero la mayoría formaba parte de los dignatarios de la Iglesia sin ninguna función sacerdotal. Tomados entre las primeras filas de la jerarquía, cada vez más dedicada a la adminis- tración, la diplomacia y los negocios financieros de la Iglesia, procedían de las familias italianas gobernantes o, de ser extranjeros, habitualmente eran más cortesanos que clérigos. Al avanzar la secularización, fueron cada vez más frecuentes los nombramientos de legos, hijos y hermanos de príncipes o agen- tes designados de monarcas, que no habían seguido la carrera eclesiástica. Uno de ellos, Antoine Duprat, canciller lego de Francisco I, fue nombrado cardenal por el último de los papas renacentistas, Clemente VII, y entró a su catedral, por vez primera, en su propio funeral.8

Así como los papas de este periodo, empleando el sombrero rojo como mo- neda política, aumentaron el número de cardenales, a la vez para ensanchar su propia influencia y para diluir la del Colegio, así también los cardenales reunían diversos cargos –cada uno de los cuales sería un nuevo caso de ausentismo– para aumentar sus ingresos, acumulando abadías, obispados y otros beneficios, aunque según el derecho canónico sólo un clérigo tenía derecho a los ingresos y las pensiones derivados de los bienes de la Iglesia. Sin embargo, el derecho canónico era elástico, como cualquier otro derecho, y “a modo de excepción” autorizaba al papa a conceder beneficios y pen- siones a laicos.

Viéndose como príncipes del ámbito de la Iglesia, los cardenales considera- ban su prerrogativa, para no decir su deber, competir en dignidad y esplendor con los príncipes laicos. Quienes podían permitírselo vivían en palacios con varios cientos de servidores, viajaban en un atuendo marcial, con espadas, sabuesos y halcones para la caza, competían al pasar por las calles en el número y la magnificencia de sus servidores montados, cuyo empleo daba a cada príncipe de la Iglesia una facción entre los siempre inquietos ciudadanos de Roma. Patrocinaban bailes de máscaras y músicos y fiestas espectaculares durante el carnaval; daban banquetes al estilo del de Pietro Riario, incluyendo uno del opulento cardenal Sforza, del que un cronista dijo que no podía aven- turarse a describirlo “para que no dijesen que estaba contando cuentos de hadas”. Jugaban a las cartas y a los dados. . . y hacían trampa, según una que- ja de Franceschetto a su padre, después de perder 14 mil ducados en una

noche a manos del cardenal Raffaele Riario. Esta acusación tal vez tuviese cierto fundamento, pues otra noche, el mismo Riario, uno de los muchos sobrinos de Sixto, ganó ocho mil ducados jugando con otro cardenal.9

Para no perder influencia, los cardenales insistieron, como condición al ser elegido Inocencio, en una cláusula que volvía a fijar en 24 su número. Al surgir vacantes, rechazaban a los recién nombrados, lo que vino a limitar el nepotismo de Inocencio. Sin embargo, la presión de los monarcas extran- jeros logró imponer algunos candidatos, y entre las primeras selecciones de Inocencio se encontró el hijo natural de su hermano, Lorenzo Cibo. La ilegi- timidad era obstáculo canónico al cargo eclesiástico, que Sixto ya había pasado por alto en favor de Cesare, hijo del cardenal Borgia, a quien ayudó a empe- zar a subir por la jerarquía eclesiástica desde los siete años. Legitimar a un hijo o sobrino llegó a ser cosa de rutina para los seis papas renacentistas: otro principio de la Iglesia pisoteado.

De los pocos nombramientos que le toleraron, el más notable que hizo Inocencio para el Sacro Colegio fue el del nuevo cuñado de Franceschetto, Giovanni de Médicis, de 14 años, hijo de Lorenzo el Magnífico. En este caso, no fue el deseo de Inocencio sino la presión de la gran familia Médicis la que logró el nombramiento, como cardenal, del chiquillo para quien su padre había estado acumulando ricos beneficios desde la infancia. Tonsurado –es decir, consagrado para la vida clerical– a los siete años, Giovanni fue nom- brado abate a los ocho años, con el encargo nominal de una abadía conferida por el rey de Francia, y a los once fue nombrado ad commendam para la gran abadía benedictina de Monte Cassino, y desde entonces su padre había mo- vido todas sus palancas con objeto de obtener para él un cardenalato, como paso hacia el propio papado. El joven Médicis cumpliría con este destino como el quinto de los seis papas de nuestro relato: León X.10

Después de plegarse a los deseos de Lorenzo, Inocencio, firme por una vez, insistió en que el niño había de aguardar tres años antes de ocupar su lugar, dedicando el tiempo al estudio de la teología y del derecho canónico. El can- didato ya era más docto que la mayoría, pues Lorenzo le había dado una buena educación entre distinguidos tutores y sabios. Cuando por fin, en 1492, Giovanni, a los 16 años, ocupó su lugar de cardenal, su padre le escribió una carta seria y reveladora. Advirtiéndole de las malas influencias de Roma, “ese pozo de todas las iniquidades”, Lorenzo pedía a su hijo “actuar de tal manera que convenzas a todos los que te vean, de que el bienestar y el honor de la Iglesia y de la Santa Sede te importan más que nada en el mundo”. Tras este insólito consejo, Lorenzo pasa a indicar que su hijo tendrá opor- tunidades “de estar al servicio de nuestra ciudad y nuestra familia”, pero que debe cuidarse de las seducciones del mal en el Colegio de Cardenales, que “en este momento es tan pobre en hombres de valor. . . Si los cardenales fueran lo que debieran ser, todo el mundo estaría mejor, pues siempre elegi- rían un buen papa logrando así la paz de la cristiandad”.11

9 Pastor, V, 354, 370; Chambers, 291, 304, 307. 10 Chamberlin, 211.

11 Citado en Pastor, V, 358-359; Olin, XV; Mallet, 52. Publicado por primera vez en Fabroni, Vida de Lorenzo, 1784

Aquí, expresado por el gobernante secular más notable del Renacimiento italiano, vemos el meollo del problema. Si los cardenales hubiesen sido hom- bres dignos, habrían elegido papas más dignos, pero unos y otros eran partes del mismo organismo. Los papas eran los cardenales en estos sesenta años, elegidos del Sacro Colegio y que, a su vez, nombraban a cardenales de su misma calaña. La insensatez, en forma de dedicación total a mezquinas y miopes luchas por el poder con perverso descuido de las verdaderas necesi- dades de la Iglesia, se volvió endémica, pasando como una antorcha de cada uno de los seis papas renacentistas al siguiente.

Si Inocencio fue incapaz, ello se debió en parte a la perpetua discordia de los estados italianos y también de las potencias extranjeras. Nápoles, Floren- cia y Milán generalmente estaban en guerra en una u otra combinación contra uno u otro de los vecinos pequeños; Génova “no vacilaría en incendiar al mundo”, según se quejó el papa, que era genovés;12 la extensión territorial

de Venecia era temida por todos. Roma era el eterno campo de batalla de los Orsini y los Colonna; en los Estados más pequeños surgían a menudo here- ditarios conflictos internos de las principales familias. Aunque al subir al trono Inocencio deseó seriamente establecer la paz entre los adversarios, no tuvo la resolución necesaria para lograrlo. La energía a menudo le fallaba por causa de recurrentes enfermedades.

La peor de sus preocupaciones fue una campaña de brutal acoso que perió- dicamente se convertía en guerra abierta, obra del perverso rey de Nápoles, cuyos motivos no parecen más precisos que simple maldad. Empezó con una insolente demanda de ciertos territorios, se negó a pagar el habitual tributo de Nápoles como feudo papal, conspiró con los Orsini para fomentar los dis- turbios en Roma y amenazó con recurrir a una arma temida de todos: un Concilio. Cuando los barones de Nápoles se levantaron en rebelión contra su tiranía, el papa se puso de parte de ellos, por lo cual el ejército de Ferrante marchó contra Roma y la sitió, mientras Inocencio buscaba frenéticamente aliados y fuerzas armadas. Venecia se mantuvo apartada, pero permitió al papa contratar a sus mercenarios. Milán y Florencia rechazaron toda ayuda, y por complejas razones –tal vez por el deseo de ver debilitados los Estados papales– optaron por Nápoles. Esto fue antes de que Lorenzo de Médicis, el gobernante florentino, estableciera conexiones de su familia con Inocencio, pero éstas no siempre eran decisivas. En Italia, los socios de un día podían ser los adversarios del día siguiente.

La llamada del papa, pidiendo ayuda extranjera contra Ferrante, despertó interés en Francia, basada en la antigua y ya débil pretensión angevina a Nápoles que, pese a los desastres de previos intentos, la Corona francesa no se decidía a abandonar. La sombra de Francia atemorizó a Ferrante, quien pronto, cuando el sitio de Roma había sumido ya a la ciudad en la desespe- ración, convino en firmar un tratado de paz. Sus concesiones al papa, que parecieron asombrosas, se comprendieron mejor cuando, más adelante, él 1as violó todas, repudió el tratado y volvió a la agresión.

Ferrante se dirigió al papa con desprecio e insultos abiertos mientras sus

agentes provocaban la rebelión en varios Estados papales. Esforzándose por sofocar levantamientos y conflictos en muchos lugares a la vez, Inocencio vaciló y dio largas a todos los asuntos. Redactó una bula para excomulgar al rey y al reino de Nápoles, pero no se atrevió a emitiría. El enviado de Ferrara informó de comentarios hechos en 1487 sobre “la pusilanimidad, impotencia e incapacidad del papa”, que si no eran disipados por alguna muestra de valor, dijo, tendrían graves consecuencias.13 Éstas fueron evitadas

cuando Ferrante, en otra total inversión de política, pareció renunciar a la guerra y ofreció un arreglo amistoso que el papa, pese a todas sus humilla- ciones, se apresuró a aceptar. Para sellar esta frágil amistad, el nieto de Ferrante se casó con una sobrina de Inocencio.

Tales eran los combates de Italia, pero aunque esencialmente frívolos y hasta disparatados, resultaban destructivos, y el papado no se libró de sus consecuencias. La más grave fue su pérdida de categoría. A lo largo del con- flicto con Nápoles, los Estados papales fueron tratados como pariente pobre, y el propio papa con menor respeto, como consecuencia de la insolencia de Ferrante. Unos panfletos distribuidos por los Orsini en Roma pedían el derro- camiento del papa, al que llamaban “marino genovés” que merecía ser arro- jado al Tíber.14 Aumentaron las intrusiones de las potencias extranjeras,

violando las prerrogativas papales; las Iglesias nacionales cedían beneficios a personas nombradas por ellas mismas, retenían diezmos, regateaban la obe- diencia a los decretos papales. La resistencia de Inocencio fue débil.

El papa construyó entonces la célebre villa y galería de esculturas en la colina del Vaticano, llamada el Belvedere por su soberbia vista de la Ciudad Eterna, y encargó frescos de Pinturicchio y de Andrea Mantegna, que des- pués han desaparecido, como para reflejar el lugar de su patrón en la historia. Inocencio no tuvo tiempo, fondos ni tal vez interés para muchas otras cosas en el patrocinio de las artes, ni para el apremiante problema de la reforma. Su preocupación en esta esfera se concentró en la menor de sus necesidades: una cruzada.

Cierto es que la opinión pública creía en una cruzada como la gran restau- ración. Los predicadores que, por invitación, acudían al Vaticano unas dos veces al mes para hablar ante la corte como Oradores Sagrados, invariable- mente incluían una cruzada en sus exhortaciones. Era deber del Santo Padre, y parte esencial de su cargo, recordaban al pontífice, establecer la paz entre los cristianos; Pax-et-Concordia era el propósito del gobierno pontificio. Poner fin a la lucha entre las naciones cristianas constituía la petición más frecuente de los oradores, invariablemente aunada a un llamado a las armas, a los reyes cristianos, contra los infieles. Sólo cuando se les disuadiera de entablar sus guerras podrían unirse los gobernantes seculares contra el enemigo común, el Turco, la “Bestia del Apocalipsis”, en palabra de Nicolás de Cussa, “el enemigo de toda naturaleza y humanidad".15 Se decía que una guerra ofensiva

contra los turcos sería la mejor defensa de Italia. Se podrían recuperar Cons- tantinopla y los Santos Lugares, y los otros territorios cristianos perdidos.

13 Ibid., 269. 14 Ibid.

La unidad religiosa de la humanidad bajo el cristianismo era el objetivo último, y también esto imponía la derrota del sultán. Toda esta empresa ele- varía a la Iglesia por encima de todo pecado e iniciaría –o bien remataría– la reforma.

Inocencio hizo grandes esfuerzos por lanzar a las potencias a una cruzada, como lo había hecho Pío II aun más devotamente, cuando todavía estaba fresca la impresión de la caída de Constantinopla. Y, sin embargo, la misma deficiencia que hizo vanos los esfuerzos de Pío y de otros antes de él, la des- unión entre las potencias europeas, no inferior a la existente entre los prín- cipes de Italia, siguió viva. Pío había escrito: “¿Qué poder mortal sería capaz de poner en armonía a Inglaterra y Francia, genoveses y aragoneses, húngaros