OBRAS CONSULTADAS
1. QUIÉN ESTÁ DENTRO, Y QUIÉN ESTÁ FUERA: 1763-
EL INTERÉS de la Gran Bretaña con respecto al territorio en el continente americano en el siglo XVIII consistía, sin duda, en mantener su soberanía, y, de acuerdo con todas las razones de comercio, paz y lucro, mantenerla con la buena voluntad y deseo voluntario de las colonias. No obstante, a lo largo de los quince años de relaciones que fueron deteriorándose hasta culminar en un disparo que se oyó en todo el mundo, sucesivos ministros británicos, ante constantes advertencias de hombres y hechos, repetidas veces tomaron me- didas que sólo podían dañar esa relación. Estas medidas, aunque fuesen justificables en principio, hasta el punto de que destruyeron la buena voluntad y la conexión voluntaria fueron demostrablemente improcedentes en la prác- tica, además de ser imposibles de aplicar excepto por la fuerza. Y como fuerza sólo podía significar enemistad, el costo del esfuerzo, aun de haberse logrado el éxito, claramente era más alto que la posible ganancia. A la postre, Gran Bretaña hizo rebeldes donde antes no los había habido.1
La cuestión principal, como hoy lo sabemos, fue el derecho del Parlamento como supremo cuerpo legislativo del Estado –pero no del Imperio, según los colonos– de fijar impuestos a las colonias. La metrópoli exigía ese derecho y los colonos lo negaban. Si este “derecho” existía –o no– institucional- mente, es imposible de responder en forma definitiva y, para los propósitos de esta investigación, ello no interesa. Lo que estaba en juego era un vasto Imperio territorial, plantado por un vigoroso y productivo pueblo de sangre británica. Como Laocoonte contemporáneo, el inevitable Edmund Burke lo percibió y dijo: “La retención de América valía mucho más a la metrópoli, económica, política y hasta moralmente, que ninguna suma que hubiese podido conseguir mediante impuestos o aun que cualquier llamado pnncipio de la Constitución”.2 En suma, aunque la posesión era de mayor valor que el
principio, sin embargo, lo menor fue antepuesto a lo mayor, y se buscó lo im- posible sacrificando lo posible. Este fenómeno es uno de los más comunes entre las locuras de gobierno.
1 Los hechos y el desarrollo, bien conocidos, de la política británica, de los asuntos coloniales que culminaron en la Revolución y en la propia Guerra de la Revolución no están anotados, pues fácilmente se les puede encontrar en las fuentes enumeradas al final del capitulo. Las referencias se reservan a las citas y a los hechos e incidentes relativamente menos conocidos. La fuente de los hechos biográficos y cuestiones de pensonalidad, si no se indica lo contrario, debe entenderse que es el DNB o el Establishment, de Valentine. Las declaraciones en el Parlamento pueden encontrarse bajo la fecha dada en los volúmenes pertinentes de la Parliamentary History, de Hansard: XVI (enero de 1765-noviembre de 1770), XVII (febrero de 1771-enero de 1774), XVIII (noviembre de 1774-octubre de 1776), XIX (enero de 1777-diciembre de 1778).
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Las dificultades surgieron del triunfo británico de 1763 sobre los franceses y los indios en la Guerra de Siete Años. Con la cesión de Canadá y tierras internas por Francia, la Gran Bretaña quedó en posesión de las grandes llanuras, a través de las planicies Allegheny, de los valles del Ohio y Mississippi poblados por indómitas tribus indias y por unos 8 000 o 9 000 católicos franco- canadienses. Los franceses, aún no enteramente expulsados del continente, conservaban la Louisiana y la embocadura del Mississippi, desde donde, posi- blemente, podrían emprender una campaña de retorno. La administración y la defensa de la nueva área significaría mayores gastos para los ingleses por encima del pago de intereses sobre la deuda nacional, que los costos de la guerra casi habían duplicado, de 72 millones de libras a 130 millones de libras. Al mismo tiempo, la cuenta del presupuesto se había decuplicado, pasando de 14.5 millones de libras a 145 millones.
La necesidad inmediata de la victoria fue establecer una fuerza armada calculada en diez mil hombres en la América del Norte para la defensa contra los indios y el resurgimiento de los franceses, y al mismo tiempo, co- lectar ingresos en las colonias para pagar dicha defensa. Para su propia defensa, como la veían los ingleses. La simple insinuación de un ejército permanente, que en la mentalidad del siglo XVIII evocaba las peores connota- ciones de tiranía, al punto pondría en estado de alerta y de desconfianza a los colonos que tenían ideas políticas. Sospechaban que los británicos des- confiaban de ellos, ahora que se habían librado de la amenaza de los franceses, suponiendo que albergaban la intención de sacudirse el yugo británico y por ello creían que la metrópoli estaba planeando “poner sobre nosotros un gran número de tropas bajo pretexto de defendernos pero, en cambio, desti- nadas a ser un freno sobre nosotros”;3 mantenerlos, según escribió otro colo-
no, “en apropiada sujeción”.4 Aunque esta idea ciertamente no estaba ausente
de algunas cabezas inglesas, no parece haber sido tan básica y determinante como lo creían los susceptibles norteamericanos. La actitud del gobierno me- tropolitano no era tanto de temor a una rebelión colonial cuanto un sentido de que no debía permitirse que, por no dar un adecuado apoyo a la defensa, continuaran fraccionándose las colonias, y que se necesitaban medidas para que las colonias soportaran su parte correspondiente de la carga.
La perspectiva de unos impuestos despertó en las colonias aún más oposición que la perspectiva de un ejército permanente. Hasta entonces, los fondos para el gobierno local de las varias colonias habían sido aprobados y asig- nados en sus propias asambleas. Excepto en forma de derechos aduanales que regulaban el comercio para beneficio de la Gran Bretaña, las colonias no habían estado sometidas a impuestos metropolitanos, y el hecho de que esto no hubiera ocurrido fue creando gradualmente la suposición de que no existía tal “derecho”. Los colonos, no representados en el Parlamento, fincaron su resistencia en el principio del derecho inglés a que no se les fijaran impuestos, como no fuese por sus propios representantes, pero el fundamento fue la reacción universal a todo nuevo impuesto: no pagaremos. las colonias, aunque jurando su lealtad a la Corona, se consideraban inde-
3 Citado en Knollenberg, Origin, 91. 4 Ibid., 92, 318, n. 17.
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se las habían arreglado para seguir unidos, aunque no siempre muy armo- niosamente, sin que nadie estuviese seguro de las reglas, pero en cuanto se sugirió un prospecto de un impuesto, así como el ejército permanente, esto fue denunciado en las colonias como una violación de sus libertades, como un avance de la tiranía. Se habían echado las bases del conflicto.
A estas alturas, es necesario entrar en ciertos detalles de los límites, la envergadura y los azares de este ensayo. Lo que sigue no pretende ser otro relato más, debidamente equilibrado, de los acontecimientos que precipitaron la Revolución norteamericana, de los que ya existe superabundancia. Mi tema es más limitado: una elucidación de la insensatez del bando británico, porque en ese bando fue donde se siguió una política contraria a su interés. Los norteamericanos reaccionaron excesivamente, cometieron torpezas, riñeron, pero actuaron, si no siempre admirablemente, sí en su interés, sin perderlo de vista. Si la locura que nos interesa es la contradicción del interés propio, en este caso debemos seguir a los ingleses.
Lo primero que debe decirse acerca de la relación británica con América es que, aunque las colonias eran consideradas de vital importancia para la prosperidad y el rango mundial de la Gran Bretaña, se les prestaba muy poca o ninguna atención. El problema norteamericano, aunque fuese haciéndose cada vez más agudo, nunca –salvo durante un breve periodo de tumulto, al rechazar la Ley Postal– fue interés primario de la política británica hasta el real rompimiento de las hostilidades. El problema, importantísimo y omnipresente que absorbía toda la atención era el juego de las facciones, la obtención de cargos, la manipulación de conexiones, la formación y el rompimiento de alianzas políticas; en suma, el asunto más urgente, más vital y más apasionante que ningún otro, de quién está dentro, quién está fuera. A falta de partidos políticos en toda forma, la formación de un gobierno estaba más sujeta a maniobras personales, más de lo que ha estado desde entonces. “Las cábalas parlamentarias”, que plagaron los doce primeros años del rey Jorge III, escribió lord Holland, sobrino de Charles James Fox, “siendo meras pugnas por obtener el favor y el poder, causaron más sangre y rencores personales entre individuos, que las grandes cuestiones de polí- tica y principio que surgieron de las guerras norteamericana y francesa”.5
El segundo interés era el comercio. Se sentía que el comercio era la sangre vital de la prosperidad inglesa. Para una nación isleña, representaba la riqueza del mundo, el factor que establecía la diferencia entre las naciones ricas y las pobres. La filosofía económica de la época (que después se llamaría mercantilismo) sostenía que el papel de las colonias en el comercio era servir como fuente de materias primas y mercados para los productos manufactu- rados ingleses, y nunca usurpar la función manufacturera. Esta simbiosis era considerada inalterable. El transporte, en ambas direcciones, en naves inglesas y la reexportación de productos coloniales a través de la Gran Bretaña hacia
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mercados extranjeros eran aspectos del sistema, el cual era regulado por unas treinta Leyes de Navegación y por la Junta de Comercio, el arma§ más orga-
nizada y profesional del gobierno inglés. Los comerciantes de la colonia y los capitanes mercantes, a quienes las Leyes de Navegación prohibían exportar así fuese un clavo de herradura, como producto manufacturado, y comerciar con el enemigo durante las interminables guerras de Inglaterra en la primera parte del siglo, recurrían, ya rutinariamente, al contrabando y la piratería. Las alcabalas se evadían o se pasaban por alto, y no producían más que unas míseras 1 800 libras anuales para el Tesoro británico. Un remedio a esta situación ofrecía esperanzas de llenar las agotadas arcas después de la Paz de 1763.
Desde antes de que terminara la Guerra de Siete Años, un esfuerzo por aumentar los ingresos llegados de las colonias provocó un grito de indignación que habría de alimentar la futura resistencia. Para imponer la recaudación de los derechos aduanales, los británicos emitieron Decretos de Asistencia, u órdenes de cateo, que permitían a los empleados de las aduanas entrar en las casas, los talleres y los almacenes, en busca de bienes de contrabando. Los comerciantes de Boston, que, como toda la costa del este, vivían del comercio que evadía las aduanas, desafiaron los Decretos en tribunales, con James Otis como su defensor. Su oración, “un torrente de imperiosa elocuencia”, enun- ció el principio colonial básico de que “impuestos sin representación es tira- nía”.6 Desde entonces fue clara la señal de que habría dificultades en América
para todo el que supiera verla.
Otis no la inventó. Los gobernadores coloniales –si no sus jefes en la me- trópoli, quienes no suponían que los provincianos tuviesen o pudiesen si- quiera tener opiniones políticas– reconocían bien la aversión de los norte- americanos a todo impuesto no fijado por ellos mismos, e informaron, desde 1732, que “el Parlamento no encontrará fácil poner en vigor semejante Ley”7
Las indicaciones fueron bastante claras para sir Robert Walpole, principal estadista de la época que, cuando se le sugería poner impuestos a los norte- americanos, replicó: “¡No! Es medida demasiado arriesgada para mi; la dejaré a mis sucesores”.8 Las propuestas de impuestos se hicieron más
frecuentes durante la Guerra de Siete Años como reacción a lo avaro de las colonias en aportar hombres y fondos para mantener la guerra, pero nin- guna se adoptó porque el gobierno metropolitano por entonces no podía arries- garse a perder la voluntad de los quisquillosos provincianos.
Seis meses después de la frase de Otis, Inglaterra adoptó la primera de la que sería una larga serie de medidas contraproducentes, cuando el procura- dor general en Londres declaró que los Decretos de Asistencia eran legales para imponer las Leyes de Navegación. El resultante costo en mala voluntad superó con mucho a los ingresos recabados en las siguientes tarifas y multas.
Mientras tanto, el Tratado de Paz de 1763 había causado divisiones, siendo considerado demasiado blando por William Pitt, arquitecto y héroe nacional de las victorias de la Gran Bretaña en la guerra. Bajo los célebres true-
§ En mi opinión “el brazo” o “la rama” serían términos más indicados (Nota del corrector digital) 6 John Adams, citado en Bailyn, Ordeal, 56.
7 Citado en Morgan, Stamp Act, 4. 8 Citado en Jesse, I, 251.
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tiempos de paz y a un menor impuesto sobre la tierra. Todo ello resultó ilusorio. En cambio, lord Bute, nombrado por Jorge III para remplazar a Pitt, quien, resentido, se apartó al no ser atendido en la cuestión de la guerra, fijó una alcabala en la Gran Bretaña sobre la sidra, con calamitosos efectos. Como los Decretos en América, esta ley capacitaba a los inspectores a visitar los lugares y hasta a vivir con los poseedores de las fábricas de sidra para llevar la cuenta del número de galones que producían. Tan ruidosas y vio- lentas fueron las protestas de los ingleses contra esta invasión, que hubo que llamar a las tropas a las tierras con pomares, mientras que en Westminster Pitt fue inspirado a hacer su inmortal declaración de principio: “El hombre más pobre en su choza puede desafiar toda la fuerza de la Corona. Puede ser frágil; su tejado puede tambalearse; el viento puede pasar por ella y entrar la tormenta; la lluvia puede entrar. . . ¡pero el rey de Inglaterra no puede entrar allí; todas sus fuerzas no se atreven a cruzar el umbral de la humilde morada! “9 Ésta fue la voz que, de no ser por trágicas fallas en el hom-
bre habría podido prevenir todos los errores.
Como nadie había calculado cuánto produciría el impuesto a la sidra, no era claro cuánto del déficit podría compensarse antes de que el senti- miento popular derribara al gobierno. El ministro del Tesoro era un cono- cido libertino, sir Francis Dashwood, que pronto sería quinceavo barón de Despensas. Fundador del notorio Hellfire Club, que se entregaba a todo tipo de desenfrenos en un monasterio reconstruido, no era un financiero competente: su conocimiento de la contabilidad, dijo un contemporáneo suyo, “se limitaba a pagar las cuentas de la taberna”, y una suma de cinco cifras era para él “un secreto impenetrable”.10 Al parecer, intuyó que el
impuesto a la sidra no le daría la gloria; dijo: “La gente me señalará di- ciendo ‘Allí va el peor ministro del Tesoro que jamás tuviéramos’ ”.11
La conciencia de su incapacidad para la labor de gobierno comúnmente afligía a los nobles lores que ocuparon los cargos, sobre todo cuando su unica cualidad era su noble cuna. La importancia extra de una noble cuna era aceptada por todas las clases en el mundo del siglo XVIII, desde el hacen- dado hasta el rey; la ilustración de la época no llegó hasta el igualitarismo. Jorge III lo puso en claro: “Lord North no podrá pensar seriamente que un caballero privado como el señor Penton puede ponerse en el camino del hijo mayor de un conde, e indudablemente si esa idea se sostiene es dia- metralmente opuesta a lo que yo he sabido toda mi vida”.12
Sin embargo, como calificación para ocupar un cargo, la aristocracia no engendraba necesariamente confianza en sí misma. La consideración a la cuna y las riquezas impelió al marqués de Rockingham y al duque de Grafton al cargo de primer ministro, y al duque de Richmond al cargo de secretario
9 Hansard, XV, 1307.
10 Rockingham, Memoirs, 1, 117. 11 Citado en Walpole, Memoirs, I, 152. 12 Citado en Pares, 57.
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de Estado, durante el decenio de 1760. Rockingham, aun siendo primer mi- nistro (el título de Premier, aunque describiera el cargo, no se empleaba), tenía la mayor dificultad para hablar de pie, y Grafton se quejaba regu- larmente de no sentirse capaz de desempeñar la tarea. El duque de New- castel, que heredó posesiones en doce condados y un ingreso de cuarenta mil libras anuales y que sirvió varias veces como primer ministro y ejerció patrocinio político durante cuarenta años, era timorato, ansioso, celoso y, probablemente, el único duque de quien se sabe que, dondequiera que fuese, esperaba ser tratado con desprecio. Lord North, quien encabezó el gobierno durante la década crucial de 1770, protestando casi todo el tiempo, y el propio Jorge III se alejaron de sus responsabilidades diciendo que estaban por encima de su capacidad.
El impuesto a la sidra provocó el tumulto final que llevó a la caída del aborrecido conde de Bute, de quien se sospechaba que quería derrocar al rey, sosteniendo como los tories la “prerrogativa” real. Renunció en 1763, y fue sucedido por el cuñado de Pitt, George Grenville. Aunque el impuesto a la sidra claramente había sido un fracaso y fue derogado en dos años, el gobierno, en su busca de ingresos, probaría los mismos métodos fiscales en América.
George Grenville, cuando aceptó el primer cargo, a los 51 años, era un hombre serio, laborioso, diletante, inflexiblemente honrado entre hombres venales, de estrecho criterio, mojigato y pedante. Economista por tempe- ramento, decía que su regla era vivir de sus ingresos y ahorrar su salario. Aunque ambicioso, carecía de los dones que allanan el camino a la am- bición. Horace Walpole, el hombre mejor informado de todos, lo conside- raba “el hombre de negocios más capaz de la Cámara de los Comunes”.13
Aunque no fuese noble ni heredero de un título, Grenville, por medio de sus antecedentes y su familia, estaba conectado con las familias gobernantes whigs, que monopolizaban los cargos del gobierno. Su madre era una Temple, a través de la cual su hermano mayor, Richard, heredó el título de lord Temple; su tío materno, el vizconde Cobham, era propietario de Stowe, una de las posesiones más soberbias de la época. George siguió el camino clásico, pasando por Eton y Christ Church, Oxford, estudió derecho en el Inner Temple y fue recibido por la Barra a los 23 años, ingresó al Parla- mento a los 29 en 1741, por el burgo de su familia, que representó hasta su muerte, aspiró a un ministerio con la intención insólita de ganárselo mediante el dominio de su cargo, ocupó la mayor parte de los puestos importantes bajo la égida de Pitt, que se había casado con su hermana, mien- tras que él no olvidó casarse con una hermana del conde de Egremont, importante secretario de Estado.
Ésta era la pauta de los ministros británicos. Procedían de unas 200 fa- milias, con 174 títulos nobiliarios en 1760, se conocían unos a otros, de la escuela y la universidad, estaban emparentados por medio de cadenas de pri- mos, parientes políticos, padres adoptivos y hermanos de segundos y terceros matrimonios, se casaban unos con las hermanas, las hijas y las viudas de
13 Walpole, Memoirs, IV, 188.
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por casarse),14 se nombraban unos a otros para ocupar los cargos, y se con-
cedían puestos y pensiones. De unas veintisiete personas que ocuparon los