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4 “¡RECORDAD A ROBOAM!”: 1772-

La Gaspée era una goleta aduanera británica, a las órdenes de un belicoso comandante, el teniente Dudington, quien cumplía con su tarea como si llevase una orden del rey de exterminar todo contrabando en las mil islas e islotes de la bahía de Narragansett. Abordando y examinando todo navío que encontrara, amenazando con echar de aquellas aguas a los recalcitrantes, provocó un anhelo de venganza en los habitantes de Rhode Island que encon- tró su momento cuando la goleta encalló abajo de Providence. En pocas horas, los marinos locales organizaron ocho partidas de hombres que atacaron el barco, hirieron al teniente Dudington, los llevaron a él y a su tripulación a la costa e incendiaron la Gaspée.1

Como tantas veces, la respuesta de Inglaterra empezó severamente y terminó con debilidad. El procurador general y el subfiscal de la Corona decidieron que el ataque a la Gaspée era un acto de guerra contra el rey, y por tanto, considerado como traición, lo que exigía que los culpables fuesen enviados para su juicio a Inglaterra. Antes, había que descubrirlos. Una proclama real ofrecía una recompensa de 500 libras y el perdón del rey a los informantes, y una imponente Comisión de Investigación, integrada por el gobernador de Rhode Island y los principales jueces de Nueva York, Nueva Jersey y Mas- sachusetts y la Corte del Vicealmirantazgo de Boston fue nombrada para

86 Schlesinger, 228.

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juzgar a los sospechosos. Este anuncio hizo renacer toda sospecha, antes dormida, de una conspiración contra la libertad. Rhode Island, que junto con Massachusetts era la más intratable de las colonias, se estremeció con gritos de “¡Tiranía!” y “¡Esclavitud!” “Diez mil muertes por el haltar y la ax”, proclamaba el Newport Mercury en escandalosas cursivas, eran preferibles a “una miserable vida de esclavitud en cadenas bajo una runfla de algo peor que tiranos egipcios”.2 Ningún informante se presentó; no pudieron descu-

brirse sospechosos aunque no había vecino que no supiese quiénes eran. Tras varias vanas sesiones en Newport, la Corte de Investigación, con todas sus pelucas y sus púrpuras, se retiró mansamente para nunca volverse a reunir. Otro castigo más que no se aplicaba, confirmando la impresión de Inglaterra como despótica en su intención y a la vez ineficaz en su ejecución.

La consecuencia fue importante porque los gritos de protesta de Rhode Island causaron que se diera un paso decisivo hacia la unidad. Siguiendo un modelo creado entre los pueblos de Massachusetts, la Cámara de Burgueses de Virginia invitó a las colonias a formar Comités de Correspondencia para consultarse sobre actos conjuntos y métodos de resistencia. Thomas Jefferson y Patrick Henry formaron parte del Comité de Virginia. Este fue el principio del avance hacia la unión intercolonial, que la Gran Bretaña confiaba en que nunca podría ocurrir, y en cuya imposibilidad se basaba su confianza. Los Comités despertaron poca atención salvo en los momentos de conflicto, y los asuntos norteamericanos, en general, también. Las cartas de la señora Delany, dama con buenas conexiones, esposa de un diácono anglicano que durante todo este periodo mantuvo una activa correspondencia con sus amigos y pa- rientes en los círculos sociales y literarios, no mencionan para nada a América.

Los dos funcionarios del gobierno colonial inmediatamente responsables de la orden de la Gaspée, Edward Thurlow, procurador general, y Alexander Wedderburn, subfiscal de la Corona, eran una pareja desagradable. Thurlow, incontenible en sus tiempos de chico de escuela, expulsado de la Universidad de Cambridge por insolente y mala conducta, sobrio y apegado a la letra de la ley, tenía mal carácter y, según fama, el peor vocabulario de todo Londres.3

Sin embargo, era una figura impresionante, aunque según Charles James Fox su profunda voz y solemne aspecto resultaban engañosos, “ya que nadie podía ser tan sabio como él parecia”.4 Su manera de tratar a los acusados

en el Tribunal era frecuentemente ofensiva. En política, era inflexible en su demostración de la soberanía británica sobre las colonias norteamericanas y, aunque se sabía que lord North lo detestaba, el rey acabó por recompensar su firme apoyo nombrándolo lord canciller y dándole un título de barón. Wedderburn, no menos partidario de la coacción sobre América, era un escocés de voraces ambiciones, dispuesto a emplear todos los medios, a hacer de parásito o engañar a cualquier socio, con tal de abrirse paso. “Tenía algo”, dijo un conocido suyo, “que hacía que ni siquiera los traidores confiaran en él”.5 Aunque despreciado por el rey, también él llegaría a lord canciller.

2 Citado en Morgan, Stiles, 261. 3 Feiling, 81.

4 Citado en Brougham, I, 116.

5 Atribuido a Junius, citado en Williams, Pitt, II, 277.

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sucesor de Hillsborough, el que firmó la orden.6 Como respuesta a un ataque

al Estado, actuaron convencidos de la justicia, y si tal fue la respuesta ade- cuada desde el punto de vista de un gobernante, fue simple locura como política práctica. En vista de la conocida indignación ante la idea de trans- portar norteamericanos para juzgarlos en Inglaterra, y la obvia irrealidad de esperar que unos habitantes de Rhode Island señalaran a sus compatriotas para que sufrieran tal destino, el mal estuvo, una vez más, “en afirmar un derecho que sabéis que no se puede ejercer”. Esto fue evidente en Newport, centro de comunicaciones costeras, desde donde se difundió la impresión de que la metrópoli era ineficiente.

Lord Dartmouth, aunque medio hermano de lord North, con quien había crecido y compartido el Gran Viaje, era un serio amigo de las colonias norte- americanas, tal vez como resultado de haber ingresado a los metodistas, cuyas misiones y prédicas en Norteamérica eran una importante actividad. Amable y piadoso (se decía de él que era el modelo del virtuoso sir Charles Grandison en la novela de Samuel Richardson de tal nombre), Dartmouth era apodado el Salmista. Había sido presidente de la Junta de Comercio en el gabinete de Rockingham, aunque se le atribuía muy poca capacidad administrativa. Lord North lo nombró secretario de Estado para las Colonias cuando Hilís- borough, como resultado de una intriga en contra suya lanzada por los Bedford por razones de cargo, y no de política, se vio obligado a renunciar. Único pronorteamericano en el gabinete, Dartmouth “desea sinceramente un buen entendimiento con las colonias”, escribió Benjamín Franklin, “pero su fuerza no es igual a sus buenos deseos”, y aunque quiere “la mejor medida, fácil- mente se le convence de que actúe por la peor”. Gradualmente, cuando la intransigencia de los norteamericanos fue socavando su bienintencionado paternalismo, acabaría por volverse contra la conciliación y en favor de la represión.

En este punto, el té se convirtió en el catalizador. Las dificultades finan- cieras y los notorios abusos de la Compañía de las Indias Orientales y sus complejas conexiones financieras con la Corona habían constituido, durante años, un problema casi tan espinoso como el de Wilkes, y sólo nos interesan aquí porque precipitaron el periodo del que ya no hubo retorno en la pugna británico-norteamericana. Para evadir la tarifa del té, los norteamericanos habían estado introduciendo de contrabando un té holandés, lo que había reducido la venta del té de la Compañía casi en dos tercios. Para rescatar a la Compañía, cuya solvencia era esencial para Londres, en una cantidad de 400 mil libras anuales, lord North inventó un sistema por el cual el té exce- dente que se almacenara en los depósitos de la Compañía podría venderse directamente a Norteamérica, evitando así gastos de aduana a Inglaterra y los ingleses. Si esta tarifa se reducía a tres peniques por libra, el té podría ven- derse por diez chelines en lugar de veinte, por libra. Considerando la extra- ordinaria afición de los norteamericanos al té. se esperaba que este precio

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reducido superaría su resistencia patriótica a pagar la tarifa. Se informaba que un millón de norteamericanos tomaban té dos veces al día y, según un escrito de Filadelfia, “las mujeres son tan esclavas de él que preferirían prescindir de la comida que de una taza de té”.7Desde el desplome de la

no-importación, el comercio restaurado, aparte del té, había apaciguado a ambos bandos y muchos pensaban que las pasadas dificultades pertenecían a la historia. Por consiguiente, la Ley del Té de mayo de 1773 pasó por el Parlamento sin la menor idea de que provocara otro estallido en Norteamérica.

Una de las principales dificultades de la relación imperial-colonial fue que los británicos estaban irremisiblemente mal informados –y así siguieron– acerca del pueblo al que insistían en gobernar. Sólo unos quince años habían transcurrido, dijo el coronel Barré a Josiah Quincy, agente de Massachusetts, desde que dos tercios del pueblo de la Gran Bretaña creía que los norteame- ricanos eran negros.8 Norteamericanos que vivían en Londres, como Arthur

Lee de Virginia, parcialmente educado en Inglaterra y que vivió allí desde diez años antes de las hostilidades, y Henry Laurens, rico comerciante-plan- tador de Charleston y futuro presidente del Congreso Continental, y otros plantadores de Carolina del Sur, como Ralph Izard y Charles Pinckney, se asociaban principalmente con comerciantes y hombres de la City. Shelburne y otros de sus partidarios, aunque amigos de Burke, no tenían ingreso en la sociedad aristocrática que, a su vez, no sabía nada de ellos.

Escritos y peticiones, como las Letters de Dickinson, la Summary View of the Rights of British America de Jefferson, y muchos otros sobre cuestiones y sentimientos de las colonias se publicaban en Londres, pero los pares del reino y gentiles hombres campesinos casi nunca los leían. A agentes especiales como Josiah Quincy las más de las veces se les negaba audiencia en los Comunes, por uno u otro asunto técnico. “En todas las compañías yo me he esforzado por presentar el verdadero estado de cosas del Continente y de los auténticos sentimientos de sus habitantes”, escribió Quincy, pero añadió que no podía garantizar el éxito de sus esfuerzos.9 Convencidos del prejuicio

de “nuestra preeminencia inherente”, según la frase de Hillsborough,10 los

ingleses seguían pensando en los norteamericanos como unos sucios y ruidosos agitadores, sin considerar los ejemplos que había entre ellos, como Benjamín Franklin, de hombres de talentos tan diversos y sagacidad política tan grande como la de cualquier cabeza en Europa, y totalmente dedicados al objetivo de la reconciliación.

También la actitud de los amigos de las colonias era errónea. Rockingham consideraba a la Gran Bretaña como la madre y a las colonias como “los hijos [que] deben ser obedientes”.11 Chatham compartía esta opinión, aunque

si uno de los dos hubiese visitado Norteamérica, asistido a las asambleas coloniales y experimentado el humor de la gente, tal vez ese conocimiento habría servido como remedio. Es un hecho asombroso que, aparte de oficiales del ejército y de la armada, ningún ministro de un gobierno británico, desde

7 Citado en Miller, 343. 8 Jesse, II, 400.

9 Citado en Bonwick, 78. 10 Citado en Miller, 206.

11 Citado en Valentine, North, I, 170.

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norteamericanos pugnaban por la rebelión y que su independencia sería la ruina de Inglaterra. La insistencia de Chatham en la reconciliación se basaba en su temor de que si Norteamérica fuese impelida a resistir por la fuerza y se perdiera el Imperio, Francia o España lo adquirirían y “si esto ocurre se acabó Inglaterra”.12 Perdiendo ese poderío, quedaría aislada de todo desarro-

llo como potencia mundial. Sombríamente, el rey pensaba algo así cuando escribió, “Debemos mantener las colonias en orden antes de enzarzarnos con nuestros vecinos”.

También en otro sentido sentía Chatham, como otros muchos, que el destino de Inglaterra era inseparable del de las colonias, “pues si no se tolera libertad en América, se marchitará y morirá en este pais”.13 Tal era el argumento de

la libertad. El argumento del poder sostenía que, si no se les fijaban impues- tos, las colonias atraerían a muchos hábiles artesanos y fabricantes ingleses a asentarse allí, que prosperarían y acabarían por dominar, dejando a la vieja Inglaterra como “un pobre, desierto y deplorable reino”.14 Las cartas a la

prensa repetían este tema, algunas de ellas prediciendo que pronto las colonias sobrepasarían en población a la metrópoli “y, entonces, ¿cómo los goberna- remos?”, o hasta se convertirían en sede del Imperio después de dos siglos.15

Si los norteamericanos llegaban a superar numéricamente a los ingleses, de- claraba la St. James Chronicle en vísperas de la Navidad de 1772, entonces sólo interés y amistad naturales en alguna forma de comunidad mantendrían a Norteamérica apegada a Inglaterra, por lo que unidas podrían “desafiar al mundo en armas”.

La Ley del Té resultó una asombrosa decepción. En lugar de aceptar alegremente el té barato, los norteamericanos estallaron, airados, no tanto por un sentimiento popular como por la agitación inspirada por los comer- ciantes, que se veían eliminados como mayoristas y consideraban arruinado su comercio por escasez de ventas, por culpa de la Compañía de las Indias Orientales. Propietarios y fabricantes de navíos, capitanes y tripulaciones, que vivían del contrabando, también se sintieron amenazados. Los agitadores políticos, encantados al encontrar una nueva causa, les dieron toda la razón. Lanzaron el horrorizado grito de “Monopolio”, hablando de que Norte- américa había caído en las garras de una Compañía notoria por su “ava- ricia negra, sórdida y cruel”. Si dominaba el té, pronto se extendería tam- bién a las especias, sedas, porcelana y otros artículos. Una vez que el té de la India fuese aceptado en Norteamérica la tarifa de tres peniques “en- traría en el bastión de nuestras libertades sagradas” y lograría así el pro- pósito del Parlamento: obtener impuestos para aumentar sus ingresos; y sus autores no desistirían “hasta haberlo conquistado todo”.16

12 Citado en Williams, Pitt, II, 297.

13 Discurso del 27 de enero de 1766, citado en Williams, Pitt:, II, 198. 14 Citado en Miller, 207.

15 Hinkhouse, 106-110. 16 Citado en Miller, 342-343.

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Los pacificadores, en las colonias, trataron de lograr la devolución de los barcos que transportaban el té, antes de transportar a tierra ningún cargamento o pagar tarifas. Esto se logró en muchos puertos, excepto en Boston, mediante la amenaza de las multitudes y atemorizando a los repre- sentantes de la Compañía con renunciar como abastecedores de los comer- ciantes al menudeo. En Boston, dos de los consignatarios eran hijos del gobernador Hutchinson, que había llegado a creer en una actitud firme ante los agitadores. Se mostraron dispuestos a recibir la entrega. El primer barco cargado de té atracó en un muelle de Boston el lº de diciembre de 1773, seguido por otros dos. Como los cargamentos, una vez descargados, después de un periodo establecido podían ser decomisados por los encargados de las aduanas por no pagar derechos, los patriotas sospecharon que los comi- sionados venderían el cargamento confiscado, bajo cuerda, para obtener ingresos. Para adelantárseles y también para intimidar a los posibles com- pradores, abordaron los barcos durante la noche del 16 de diciembre y en el incidente que para siempre quedaría en los libros de historia como la Fiesta del Té de Boston, abrieron las cajas de té y arrojaron el contenido al agua.

Las noticias de este ataque a la propiedad, al llegar a Londres el 20 de enero, exasperaron a los ingleses. Arruinaban los planes de un tranquilo establecimiento de un impuesto, ponían en peligro las finanzas de la Com- pañía de las Indias Orientales y probaban que el pueblo de Massachusetts era de incorregibles insurrectos. El interés de Inglaterra habría podido su- gerir en este punto la revisión de la serie de resultados cada vez más nega- tivos obtenidos en las colonias, con objeto de redirigir el curso de los acon- tecimientos, que se volvía alarmante. Esto habría necesitado pensamiento, pero la pausa para pensar con serenidad no es un hábito de los gobiernos. Los ministros de Jorge III no fueron una excepción.

Se lanzaron entonces a toda una serie de medidas, generalmente llamadas las Leyes Coactivas o Punitivas, y en Norteamérica las Leyes Intolerables, que sirvieron para fomentar el antagonismo en la dirección que ya había señalado, dejando atrás todo camino que hubiese podido conducir a otros resultados.

Como acto de guerra contra propiedad de la Corona, la Fiesta del Té fue catalogada como otro acto de traición. Decidiendo juiciosamente evi- tarse el embarazo de los procedimientos de la Gaspée, el gabinete eligió, en cambio, castigar a todo Boston por Ley del Parlamento. Por consiguiente, se presentó la orden de cerrar el puerto de Boston a todo comercio hasta que se hubiese pagado una indemnización a la Compañía de las Indias Orien- tales, así como a los comisionados de aduana por los daños sufridos y hasta que “paz y obediencia a las leyes” se hubiesen asegurado lo suficiente para poder comerciar con seguridad y cobrar debidamente todas las tarifas.

Mientras se preparaban la cuenta, el gabinete, no habiendo aprendido na- de los diez años de airadas protestas transcurridos desde el primer impuesto de Grenville, como de costumbre, no esperaba encontrar dificultades. Los minis- tros creyeron que las otras colonias condenarían la destrucción de la propiedad perpetrada por los bostonianos, que no intervendrían en favor suyo y que en

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pero suponer que la Ley del Puerto de Boston contribuiría a controlar la situación o a estabilizar el Imperio o que sería considerada con ecuanimidad por los vecinos de Massachusetts, era permitir que la reacción emotiva preva- leciera sobre todas las indicaciones o las evidencias recientes.

El emocionalismo siempre es colaborador de la insensatez. Se mostró en este momento en las terribles burlas de que Benjamín Franklin fue blanco en las audiencias del asunto de las cartas de Hutchinson. Estas cartas, diri- gidas a Thomas Whately, secretario del Tesoro, en que se le recomendaban medidas más enérgicas para suprimir la rebelión de Massachusetts, habían sido adquiridas, bajo cuerda, por Franklin, y al ser publicadas causaron que Massachusetts, furioso contra Hutchinson, pidiera al Parlamento su despido como gobernador. Wedderburn dirigió el interrogatorio de Franklin en las audiencias sobre la petición, en una Cámara llamada la Cabina, ante 35 miem- bros del Consejo Privado –el mayor número que jamás asistiera a tales y un ávido público de pares del reino, miembros del Parlamento y otros invitados. Respondieron con verdadero deleite y abiertas risas cuando Wedderburn se elevó, a través de bromas y pullas, hasta alturas de brillante y malévola invectiva, presentando al norteamericano más influyente que había en Londres como ladrón y traidor.17 Según se dijo, lord North fue el único

que no rió. Franklin fue despedido al día siguiente de su puesto de subjefe de Correos de las colonias, lo que no hizo nada por alentar al hombre que era el más decidido partidario de un acomodo, y Franklin no lo olvidó. Cuatro años después, al firmar el tratado de Alianza con Francia que confirmaba el nacimiento de su nación, se puso la misma ropa de terciopelo de Manchester que había llevado el día en que fue acusado por Wedderburn.18

El sentimiento contra Boston era tan poderoso en el gobierno que la Ley