OBRAS CONSULTADAS
3. LA INSENSATEZ A TODA VELA: 1766-
Después de un error tan absoluto que hubo que retractarse, los políticos británicos bien podrían haber hecho una pausa para reconsiderar la relación existente con las colonias y preguntarse qué curso debían seguir para obtener, por una parte, una benéfica lealtad y, por la otra, asegurarse la soberanía. Muchos ingleses fuera del gobierno consideraban este problema, y Pitt y Shelburne, que pronto llegarían al poder, subieron a sus cargos con la intención de aplacar la desconfianza y restaurar la ecuanimidad en las colonias. El destino, como sabemos, se inmiscuyó.
La politica no se reconsideró porque el grupo gobernante no tenía el hábito de la consulta con un propósito establecido, tenían al rey encima de ellos y se hallaban en pugna entre sí. No se les ocurrió que pudiese ser sabio evitar toda medida provocativa durante tiempo suficiente para tranquilizar a las colonias de Inglaterra acerca del respeto a sus derechos, sin dejar excusa a los. agitadores. La violenta reacción a la Ley Postal sólo confirmó a los ingleses en su creencia de que las colonias, encabezadas por “hombres per- versos e intrigantes” (como dice una resolución de la Cámara de los Lores), tendían a la rebelión.1 Ante la amenaza, o lo que se considera como una
amenaza, los gobiernos habitualmente tratan de aplastarla, rara vez de exa- minarla, comprenderla y definirla.
Una nueva provocación surgió en la anual Ley de Alojamiento de 1766 para el alojamiento, aprovisionamiento y disciplina de las fuerzas británicas. Contenía una cláusula en que requería a las asambleas coloniales ofrecer cuarteles y abastos como velas, combustible, vinagre, cerveza y sal a los sol- dados regulares No habría tenido mucho que pensar el Parlamento para reconocer que esto seria considerado como otra forma de impuesto interno, como inmediatamente ocurrió en Nueva York, donde había los principales acantonamientos de tropas. Los colonos pronto vieron que se les pedía pagar todos los costos del ejército en América como un “dictado” del Parlamento. La Asamblea de Nueva York se negó a asignar los fondos requeridos, lo cual causó gran ira en Inglaterra, como nuevo testimonio de desobediencia e in- gratitud. “Si llegamos a perder la superintendencia de los colonos, la nación se pierde”, declaró Charles Townshend ante tumultuosos aplausos en la Ca- mara.2 El Parlamento respondió con la Ley de Suspensión de Nueva York,
que declaraba nulos y vanos los actos de la Asamblea hasta que aprobara los fondos. Una vez más la madre patria y sus colonias se encontraban en pugna.
1 Citado en Bailyn, Ideological, 151. 2 Citado en Miller, 240.
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Por entonces ocurrió un disturbio político cuando el rey, habiendo encon- trado causa para disputar con Rockingham, obedeció las instrucciones de la Providencia de “despedir a mi gabinete”.3 Unas negociaciones inmensa-
mente complicadas pusieron a Pitt a la cabeza de un heteróclito gabinete mientras que los Rockingham, insultados, se pasaron a la oposición. El nuevo gobierno contenía más discordantes opiniones y personajes de lo habitual, porque Pitt, en situación de regatear enérgicamente sus términos y resuelto a mandar sin ataduras, deliberadamente reunió un grupo mixto que pudiese dominar libre de toda “conexión”. El costo financiero fue caro porque hubo que dar buenas pensiones a los más obcecados, para persuadirlos de que dejaran el sitio a sus sucesores.
Por una parte, Shelburne entró como secretario de Estado, con responsa- bilidad por las colonias; se conservó a Grafton y Conway, y lord Camden, otro miembro del círculo de Pitt, fue nombrado lord canciller. Por otra parte, lord Northington, agente del rey, fue nombrado lord presidente del Consejo; se encontró un lugar para el hermano de lord Bute; el impredecible Charles Townshend fue canciller de la Tesorería y el conde de Hillsborough, tan hostil a las colonias como favorable les era Shelburne, ingresó como presidente de la Junta de Comercio. Hillsborough era una mezcla de “arrogancia, estupi- dez, obstinación y pasión”, según Benjamín Franklin,4 al que trató ruda-
mente. Las diferencias privadas de estos hombres, más obvias entonces que ahora, inspiraron la elaborada frase sarcástica de Burke acerca de “una pieza de mosaicos diversificados, un pavimento teselado... aquí un pedazo de piedra negra, allá un pedazo de piedra blanca...”5 Desde luego, Burke era
un decepcionado seguidor de Rockingham.
Lo que abrió el paso a la insensatez no fue el mosaico, sino la caída de Pitt. Con catastróficos efectos sobre su popularidad, Pitt aceptó un título nobiliario y salió de la Cámara de los Comunes para ingresar en la Cámara de los Lores como conde de Chatham. Su decisión se debió en parte a un deseo de evitarse –por causa de su mala salud– la tarea extra del primer ministro: ser jefe de la Cámara de los Comunes. El público reaccionó como si Jesucristo se hubiese unido a los mercaderes del templo. Se cancelaron las fiestas en que se celebraba el retorno del héroe, las colgaduras fueron arran- cadas de la Sala de Guildhall y surgieron libelos, escritos insultantes. Se consideró que el Gran Común había abandonado al mismo pueblo que lo había considerado su representante, que se había vendido a la corte por un título nobiliario.
En los Lores, con un público menor y menos sensible, el nuevo conde causó menos efecto como orador y perdió su base acostumbrada en la otra Cámara, más populosa. La gota lo atacó con fuerza; se volvió malhumorado y moroso; empezó a tratar a sus colegas con dureza, tiránicamente. Dijo el general Conway, “Lenguaje como el de lord Chatham, nunca se había oído al oeste de Constantinopla”.6 Víctima de dolores crónicos, herido por la condena
3 Citado en Knollenberg, Growth, 35. 4 Citado en Van Doren, 383.
5 Burke en el Parlamento, 19 de abril de 1774. 6 Citado en Macaulay, III, 672.
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una carta su ira contra “el espíritu de infatuación que se ha apoderado de Nueva York... Su espíritu de desobediencia creará justamente un gran fer- mento aquí... La última Ley Postal ha atemorizado a esa gente irritable y desconfiada, haciéndolos perder la cabeza”.7
Sin su amo, el heteróclito gobierno cayó en desorden. “Continuas cábalas, facciones e intrigas entre los que están dentro y los que están fuera” dijo Benjamín Franklin, “mantienen todo en estado de confusión”.8 El duque
de Grafton, que para su desgracia había aceptado la Tesorería, para la cual sabía que no era capaz,9 con el objeto de dejar a Pitt libre de todo cargo
administrativo, ahora a los 32 años tuvo que actuar como jefe. Si bien sin- tiéndose más desconcertado que nunca en ese papel, iba a Londres “sólo una vez a la semana o cada dos semanas a firmar papeles en la Tesorería, y con la misma poca frecuencia a ver al rey”.10 Aplazó una reunión del
gabinete para acudir a las carreras a Newmarket y una segunda vez porque celebraba una gran fiesta en sus posesiones. La nave del gobierno quedó vir- tualmente sin piloto. Lord Shelburne, que había empezado a trabajar por medio de los agentes coloniales para restaurar la buena voluntad en las colo- nias, cayó junto con sus colegas. Lord Camden, quien aparte de la ley era una especie de diletante en política, no se pronunció. No quedó nadie que fuese capaz de contener al miembro más brillante e irresponsable del gabi- nete, Charles Townshend.
Townshend, “deleite y adorno de los Comunes y encanto de toda sociedad privada”, según dijo Burke,11 podía pronunciar un discurso asombroso aun
en estado de ebriedad, y tenía inteligencia y capacidad que le habrían podido llevar, según Horace Walpole, a ser, “el hombre más grande de su época”,12
si sus defectos hubiesen sido tan sólo moderados. Pero no lo eran. Era arro- gante, ligero, sin escrúpulos, y su palabra no valía nada; solía invertir su actitud en 180 grados si le parecía conveniente. “¿Hará menos daño Charles Townshend en el Ministerio de Guerra o en la Tesorería?”, preguntó una vez el duque de Newcastle, al considerarlo para ocupar un cargo.13 Buscado
por sus habilidades, había ocupado varios cargos en la Junta de Comercio, el Almirantazgo y el Ministerio de Guerra, entre renuncias y negativas a servir. “No estudiaba nada con cuidado y atención”, escribió Walpole, “tenía facultades que abarcaban todo el conocimiento con tal rapidez que parecía crear conocimiento en lugar de buscarlo”, y con tan abundante ingenio “que en é1 parecía pérdida de tiempo el pensar”.14 El brillo de estos talentos ocul-
7 Citado en Ayling, Pitt, 364.
8 Franklin, Autobiography, Parte I, 532. 9 Brooke, 226.
10 Walpole, Memoirs, III, 391.
11 Burke en el Parlamento, 19 de abril de 1774 12 Citado en DNB.
13 Citado en Namier, Crossroads, 195. 14 Memoirs, II, 275.
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taba una escasez de sustancia, como lo sugirió David Hume en la frase “pasa por ser el hombre más listo de Inglaterra”.15
La falla era la “inmoderada pasión” de Townshend “por la fama”, lo que acaso tuviera que ver con el hecho de que era un hijo menor y posiblemente con el tener padres tan notablemente escandalosos que vivían separados. Su padre, disoluto y excéntrico, el tercer vizconde Townshend, era, como dijo Walpole a un amigo, “no el menos loco de vuestros conciudadanos”.16 Otra
falla del hijo era que padecía desmayos, lo que hoy se habría considerado epilepsia aunque Walpole lo describiera con bastante desenvoltura: “Cae víc- tima de un ataque, resucita, truena en el Capitolio...”17 Emulando a Pitt,
pero sin el sentido de dirección de éste, Townshend estaba dispuesto a “no tener partido, no seguir jefes, a ser gobernado absolutamente por mi propio juicio”.18 Y como coincidencia, el juicio era la más débil de sus facultades.
Estando en la Junta de Comercio, donde sus diversos periodos hicieron que se le considerara como el más enterado de los asuntos de América, había sido el primero en 1763 en proponer aumentar los ingresos de las colonias para costear su defensa y también pagar salarios fijos a los funcionarios y jueces coloniales, haciendo así que “ya no dependieran del capricho de nin- guna Asamblea”. Ésta era la pesadilla de las colonias, considerada como paso inconfundible hacia la supresión de sus derechos.
Townshend resucitó ahora ambas ideas, descuidadamente, casi sin planearlo Cuando en enero de 1767 presentó su presupuesto que pedía una continuación del impuesto sobre la tierra, de cuatro chelines, provocó grandes murmullos de descontento entre los miembros campesinos. Siempre ansioso de ser popular, dijo que el impuesto debería reducirse a tres chelines si el gobierno no tenía que gastar más de 400 mil libras en la administración de las colonias. Ante esto, Grenville, quien recordaba el destino de la Ley Postal, se apresuró a sugerir que el presupuesto podría reducirse si a las colonias correspondía la mayor parte del costo de su defensa y administración. Como diciendo “esa no es ninguna dificultad”, Townshend, para asombro de sus colegas en el gabinete, garbosamente “se comprometió a encontrar en América un ingreso suficiente para los propósitos requeridos”. Aseguró a la Cámara que podría hacerlo “sin ofender” a los norteamericanos, con lo que quería decir por medio de un impuesto externo mientras al mismo tiempo decía que la distin- ción de lo interno y externo era “ridícula en opinión de todos, salvo de los norteamericanos”.19 Para entonces, los propios norteamericanos hablan borra-
do la distinción en el Congreso de la Ley Postal y en discursos públicos, pero la opinión de los norteamericanos no era factor del que Townshend se tomara la molestia de informarse.
Ante la perspectiva de aligerar sus propios impuestos, la Cámara sin más aceptó la garantía de Townshend, con mayor razón puesto que había quedado impresionada por el testimonio curiosamente complaciente de Benjamín Fran-
15 Namier, ibid.
16 Citado en Sherson, 16.
17 Citado en Namier, Crossroads, 195. 18 Ibid., 201.
19 Ibid., 210; Miller, 242, 250.
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deseaban causar dificultades al gobierno, los miembros campesinos presenta- ron una moción de reducir el impuesto a la tierra, de cuatro chelines a tres chelines por libra, privando así al gobierno de cerca de 500 mil libras anuales y poniendo al canciller de la Tesorería ante la necesidad de cumplir su promesa.
Sin consultar a sus colegas del gabinete ni notificarles su intención, Towns- hend propuso una serie de derechos aduanales a las importaciones que entraran a las colonias americanas, sobre cristales, pinturas, plomo, papel y todos los tipos de té, con el propósito declarado no de controlar el comercio sino de aumentar los ingresos.21 Según sus propios cálculos, la ganancia esperada
era de 20 mil libras por el impuesto al té y poco menos de 20 mil libras del resto, en total 40 mil libras, o sea una décima parte del costo total de gober- nar las colonias y menos de una décima parte de la pérdida del reducido impuesto a la tierra. Por esta mísera cantidad, que apenas reduciría y muy probablemente aumentaría el déficit nacional, al costar más el cobro que lo que produciría, Townshend estaba dispuesto a arruinar lo que la derogación de la Ley Postal se había propuesto ganar. Como casi todas las locuras, el interés egoísta paralizó la preocupación por el interés superior del Estado. En ausencia de Chatham, Townshend vio un camino abierto para llegar a primer ministro y, con ese fin, un modo de aumentar su prestigio en la Cámara de los Comunes, el “templo elegido” de la fama, como lo llamó Burke.
Su propuesta parece haber anonadado a sus colegas, en el sentido literal de que los dejó mudos. Aunque elevar los ingresos llegados de las colonias, reconoció Grafton, iba “contra la decisión conocida de cada miembro del gabinete”, y la acción unilateral del canciller “era tal que confío, ningún ga- binete se someterá a ella”, el gabinete en realidad sí se sometió.22 Cuando
Townshend amenazó con renunciar a menos que se le permitiera cumplir su promesa, el gabinete, en la creencia de que su partida causaría la caída del gobierno, aceptó mansamente. Como siempre ha ocurrido, conservar el cargo fue la preocupación principal.
En su estado de ánimo prevaleciente, el Parlamento se sintió feliz de dar a los norteamericanos otra lección, aunque la última le hubiese sido contra- producente. En mayo de 1767, la Ley de Ingresos, que incluía las Tarifas de Townshend, fue aprobada en ambas Cámaras fácilmente y sin causar división, es decir, sin necesidad de contar los votos. Como tratando deliberadamente de mostrarse provocador, Townshend despertó la fobia a América en el preám- bulo a la ley, donde anunció que los ingresos se utilizarían para aumentar las ganancias y ayudar a enfrentarse al costo de la defensa de las colonias y
20 Éste es un término no histórico que por entonces no estaba en uso, pero como lleva consigo una connotación exacta para el lector moderno, que ninguna otra palabra puede trinsmitir, he decidido utilizarlo, con ciertos remordimientos de conciencia.
21 Winstanley, 111.
22 Grafton, 126-127, 175-179; Walpole, Memoirs, III, 51, n.; Winstanley, 141, 144, Namier y Brooks, passim.
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“para subvenir al costo de la administración de justicia y apoyo de la nómina civil”. Sin esta afirmación, sus tarifas tal vez no hubiesen causado ningún escándalo. Ahora, la locura iba a toda vela.
¿Cómo pudo suceder? El propio Townshend era un ambicioso sin escrú- pulos; la verdadera responsabilidad fue del gobierno y del Parlamento. Resulta endeble la excusa que el duque de Grafton presenta en sus memorias, cuando dice que sólo Chatham tenía autoridad para despedir a Townshend y que “nada más que ello habría podido impedir la medida”. Un gabinete unido con sentido de responsabilidad del gobierno simplemente habría aceptado la renuncia con que Townshend amenazaba y buscado otro medio de supervi- vencia. El Parlamento de Inglaterra, la asamblea representativa más antigua de Europa en cuestión de experiencia nacional, habría podido pensar en las consecuencias antes de apresurarse a aprobar. Ni siquiera los Rockingham elevaron la voz para contener la medida. “Los amigos de América son muy pocos”, escribió Charles Garth, agente de Carolina del Sur, “para tener una parte en una lucha con el canciller de la Tesorería”.23 Artículos airados
en la prensa y escritos de indignación exigían que se obligara a las colonias ingratas a reconocer la soberanía británica. Antes que conciliarse con los norteamericanos, el gobierno y el Parlamento estaban dispuestos a darles una buena paliza. Las Tarifas de Townshend llegaban en momento oportuno.
Su autor no vivió para presenciar el destino de sus medidas. Contrajo lo que se llamaba una “fiebre” en aquel verano y, tras varias aparentes recupe- raciones, su inconstante carrera, breve pero de tal importancia para Norte- américa, terminó con su muerte, en septiembre de 1767, a la edad de 42 años. “El pobre Charles Townshend al fin se encuentra asentado”, comentó un miembro del Parlamento.24
Durante todos estos acontecimientos, nadie pudo comunicarse con el gran Chatham. El aturdido duque de Grafton no dejó de preocuparse por verlo, por consultarlo, aunque fuese por media hora, por diez minutos, y el rey añadió sus súplicas en carta tras carta, hasta proponiendo visitar en persona al enfermo. Las respuestas llegaron de lady Chatham, amante esposa del en- fermo, y bendición de su torturada existencia, quien se negó, en su nombre, por causa de su “absoluta incapacidad... agravamiento de enfermedad... indecible aflicción”. Algunos colegas pensaron que tal vez estuviese ganando tiempo, pero cuando por fin Grafton, tras repetidas presiones, fue admitido para una visita de pocos momentos, encontró a un hombre acabado “con los nervios y el ánimo afectados en grado terrible... el gran espíritu estaba que- brantado, y debilitado por el desorden”.25
Aislado en Pynsent, Chatham en un violento giro, ordenó al jardinero que cubriera de plantas verdes la desnuda colina que limitaba su vista. Cuando se le dijo que “todos los invernaderos de este condado no cubrirían una centésima parte” de lo que se necesitaría, ordenó al hombre, no obstante, traer árboles de Londres, de donde fueron conducidos en carreta.26 Pynsent,
23 Knollenberg, Growth, 301, n. 33.
24 Sir William Meredith, citado en Foster, viii. 25 Ayling, Pitt, 369; Wiliiams, Pitt, II, 242. 26 Walpole, Memoirs, III, 41-42.
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dejando su finca al héroe nacional.27 Para ocuparla Pitt había vendido su
propia posesión de Hayes, donde había gastado grandes sumas comprando casas cercanas para “librarse del vecindario”. Ahora lo poseyó un insistente deseo de recuperar Hayes y no descansó hasta que su esposa, obligada a valerse de la influencia de sus hermanos, con quienes Chatham había reñido, logró persuadir al nuevo propietario de volver a venderla.
Sin sentirse más feliz en Hayes, víctima de la gota y de la desesperación, Chatham no podía soportar ningún contacto. Se negó a ver a nadie, a comu- nicarse con nadie, no podía tolerar a sus propios hijos en la casa, no hablaba a los sirvientes y a veces ni siquiera á su mujer. Había que mantener calientes en todo momento sus alimentos para llevarlos a horas irregulares, cuando él sonaba su campanilla. Su violento carácter estallaba ante la menor falta. Durante varios días seguidos permanecía viendo por la ventana. No admitía a ningún visitante, pero lord Camden, informado de su estado, dijo: “Entonces, está loco”.28 Otros dijeron que “tenía gota en la cabeza”.
La gota en los días de grandes comilonas y mucha bebida de vinos fortifi- cados desempeñó un papel en el destino de las naciones. Fue una de las causas de la abdicación del emperador Carlos V en la época de los papas renacen- tistas. Un importante médico de los tiempos de Chatham, el doctor William