OBRAS CONSULTADAS
5. LA ESCISIÓN PROTESTANTE: LEÓN X, 1513-
“Dios nos ha dado el papado: disfrutémoslo”, escribió el excardenal Giovanni de Médicis, ahora papa León X, a su hermano Giuliano.1 Se ha discutido la
autenticidad de esta observación, pero nadie niega que es perfectamente carac- terística. El principio de León era disfrutar de la vida. Si Julio fue guerrero, el nuevo papa fue hedonista, y la única similitud entre ambos fue que sus intereses básicos eran igualmente seculares. Todo el interés de Lorenzo el Magnífico en la educación y el avance del más brillante de sus hijos había producido un culto bon vívant dedicado a patrocinar el arte y la cultura y a satisfacer sus gustos, fijándose tan poco en los costos como si la fuente de sus ingresos fuese alguna mágica cornucopia. León, uno de los grandes derro- chadores de su época, indudablemente el más despilfarrador que haya ocupado el trono papal, fue muy admirado por su generosidad en el Renacimiento, y sus partidarios llamaron Edad de Oro a su reinado. Fue de oro por las mone- das que caían en sus bolsillos, por comisiones, fiestas y entretenimientos continuos, la reconstrucción de San Pedro y las mejoras de la ciudad. Corno el dinero para pagar esto no tenía una fuente mágica, sino que procedía de las extorsiones e inescrupulosos diezmos impuestos por agentes papales, el añadido a otros descontentos, consistió en llevar el reinado de León a la culminación como el último de la cristiandad unida bajo la Sede romana.2
El lustre de un Médicis en el trono papal, que llevaba consigo el brillo del oro, el poder y el patrocinio de la gran casa florentina, auguraba, según creíase, un pontificado feliz que prometía paz y benevolencia en contraste con la sangre y los rigores de Julio. Conscientemente planeada para reforzar esta impresión, la procesión de León al Laterano, después de su coronación, fue la suprema fiesta renacentista. Representó lo que la Santa Sede significaba para su ocupante, en su última hora sin divisiones: un pedestal para mostrar las bellezas y los deleites del mundo, y un triunfo de esplendor en honor de un papa Médicis.
Mil artistas decoraron el camino con arcos, altares, estatuas y coronas de flores, y de unas réplicas de las “bolas de prestamistas”, emblemáticas de los Médicis, brotaba vino. Cada grupo de la procesión –prelados, nobles legos, embajadores, cardenales con sus séquitos, dignatarios extranjeros– iba rica y esplendentemente ataviado, como nunca; los clérigos rivalizaban en mag- nificencia con los legos. Por encima se agitaba un brillante despliegue de estandartes, con los signos heráldicos eclesiásticos y principescos. En seda roja y armiño, de dos en dos, 112 caballerizos escoltaban a León, sudoroso pero feliz, sobre su caballo blanco. Sus mitras, tiaras y orbes requerían cuatro portadores para llevarlas a la vista de todos. La caballería y los soldados de infantería prolongaban el desfile. La munificencia de los Médicis estaba a cargo de chambelanes papales que arrojaban monedas de oro a los especta- dores. Un banquete en el Laterano y una procesión de regreso, iluminada por
1 Pastor, VIII, 76.
2 Sobre el carácter y la conducta de León X, cf. ibíd. 71 ss.; Guicciardini y Vettori, citados en Routh, 104- 105; Chamberlin, 209-248.
antorchas y fuegos de artificio, daban fin a la fiesta. La celebración costó cien mil ducados; una séptima parte de la reserva que Julio había dejado en la tesorería.3
Desde entonces, el dispendio no hizo más que aumentar. Se calculó que los planes del papa para San Pedro, en exuberantes diseños de Rafael, sucesor de Bramante, costaría más de un millón de ducados. Para la celebración de una real boda francesa, dispuesta para su hermano Giuliano, el papa gastó 150 mil ducados: cincuenta por ciento más de los gastos anuales de la casa papal, y el triple de lo que habían sido éstos en tiempos de Julio. Tapetes de oro y seda para los salones superiores del Vaticano, bordados por encargo en Bruselas, con base en dibujos de Rafael, costaron la mitad de lo que la boda de su hermano. Para estar a la altura de sus gastos, su cancillería creó más de dos mil cargos vendibles durante su papado, incluyendo una orden de 400 caballeros papales de San Pedro, que pagaron mil ducados cada uno por el título y los privilegios, más un interés anual de diez por ciento sobre el precio de compra. El total obtenido de todos estos cargos vendidos se ha calculado en tres millones de ducados. El séxtuplo del ingreso anual del papado. . . y aún resultó insufíciente.4
Para glorificar a su familia y a su ciudad natal con un monumento, en reconocimiento de si mismo y del “divino artista” que, como él, era floren- tino, León inició la que sería la obra de arte insuperada de su época: la capilla de los Médicis, creada por Miguel Ángel, en la iglesia de San Lorenzo, donde ya estaban enterradas tres generaciones de Médicis. Habiendo sabido que el mármol más bello se obtenía en la cordillera de Pietrasanta, a 160 kilómetros, en la Toscana, aunque Miguel Ángel decía que sería demasiado costoso llevarlo de allí, León no estaba dispuesto a admitir nada menos. Hizo construir un camino, por campo abierto, exclusivamente para el már- mol, y logró llevar suficiente para hacer cinco incomparables columnas.5
En esta etapa, se quedó sin fondos, además de haber dicho que Miguel Ángel era “un hombre imposible de tratar”.6 Prefirió la amable cortesanía de
Rafael y las fáciles bellezas de su arte. Se detuvo el trabajo en la capilla, para ser reanudado y completado durante el papado del primo de León, Giulio, el futuro Clemente VII.
Para la Universidad de Roma, León reclutó más de cien sabios y profesores para los cursos de derecho, letras, filosofía, medicina, astrología, botánica, griego y hebreo, pero debido a la corrupción de algunos de los nombrados y a la escasez de fondos, el programa, como tantos de sus proyectos, pronto se frustró, tras un brillante principio. Ávido coleccionista de libros y manus- critos, cuyos contenidos a menudo citaba de memoria, León fundó una im- prenta para imprimir los clásicos griegos que despertaban en él tanto entu- siasmo. Dispensó privilegios y fondos como confeti, cubrió de favores a Rafael, empleó brigadas de ayudantes para que ejecutaran sus diseños de ornamentos, escenas y figuras, pisos decorados y tallas para el palacio papal. Habría nom-
3 Gregorovius, VIII, 180-188; Lortz, 92 4 Pastor, VII, 341; VIII, 99-100; Hughes, 434. 5 Vasari, 271.
brado cardenal a Rafael si el artista no hubiese fallecido a los 37 años, según se dijo, por sus excesos amorosos, antes de envolverse en la púrpura.7
Las gastos más conspicuos e inútiles de los potentados, para simplemente causar efecto, fueron un gesto habitual de la época. En un banquete inolvi- dable ofrecido por el plutócrata Agostino Chigi, los platos de oro, después de que en ellos se sirvieron lenguas de loro y peces llevados desde Bizancio, fueron arrojados por las ventanas al Tíber. . . poco menos que gasto último, ya que bajo la superficie se había colocado una red para recuperarlos.8
En Florencia, el dinero se perfumaba. El apogeo de la ostentación fue el Campo del Paño de Oro, preparado para el encuentro de Francisco I y En- rique VIII en 1520. Dejó a Francia un déficit de cuatro millones de libras, que necesitaron casi una década para pagarse. Como Médicis, nacido entre el gasto conspicuo, a León, si hubiese sido lego, no se le podría censurar por haber reflejado su época, hasta el grado de exceso neurótico. Pero fue simple locura no percibir ninguna contradicción de su papel en un despliegue de ultramaterialismo, o siquiera considerar seriamente que, por su posición como cabeza de la Iglesia, el efecto de todo esto sobre el pueblo podía ser negativo. Despreocupado, indolente, inteligente, al parecer sociable y cordial, León era descuidado en su oficio pero muy concienzudo en el ritual religioso, pues guardaba los ayunos y celebraba misa diariamente y, en una ocasión, al ente- rarse de una victoria turca, caminó descalzo por la ciudad a la cabeza de una procesión que llevaba reliquias para rogar a Dios que los liberara del peligro del Islam. El peligro le recordó a Dios. Por lo demás, la atmósfera de su corte era de relajación. Las cardenales y los miembros de la curia que formaban el público de los oradores sacros conversaban durante los sermo- nes, que en tiempos de León se redujeron a media hora y después a quince minutos.
El papa gozaba con los concursos de versos improvisados, jugaba a las cartas, prolongaba los banquetes con música y, especialmente, toda forma de teatro. Le encantaban la risa y la diversión, escribió un biógrafo contem- poráneo suyo, Paolo Giovio, “fuese por una inclinación natural a este tipo de pasatiempo o porque creyera que evitando preocupaciones y cuidados, podría así alargar sus días”. Su salud era preocupación de todos porque, aunque sólo de 37 años al ser elegido, sufría de una desagradable úlcera anal que le causaba grandes dificultades en las procesiones, aunque hubiese ayu- dado a su elección porque permitió a sus médicos difundir el rumor de que no viviría largo tiempo (factor siempre persuasivo entre los demás cardenales) Físicamente no se parecía al ideal renacentista de noble virilidad que Miguel Ángel encarnó en la figura de su hermano para la capilla de los Médicis, aunque no tuviese gran parecido con el original. (“Dentro de mil años”, dijo el artista, “¿a quién le preocupará si éstos fueron sus rasgos verdaderos?”)9
León era de corta estatura, gordo y fofo, con una cabeza demasiado grande y unas piernas demasiado cortas para su cuerpo. Sus manos, suaves y blancas
7 Vasari, 231.
8 Gregorovius, VIII, 244; Pastor, VIII, 117. 9 De Tolnay, 68.
eran su orgullo: las cuidaba continuamente y las adornaba con anillos res- plandecientes.10
A León le encantaba cazar, acompañado de séquitos de cien o más: con halcón en Viterbo, cacería de ciervos en Corneto, pesca en el lago de Bolsena. En el invierno, la corte papal gozaba con programas musicales, lecturas de poesía, ballets y obras de teatro, incluyendo las atrevidas comedias de Ariosto, Maquiavelo, y La Calandria, obra del antiguo tutor de León, Bernardo da Bibbiena, quien acompañó al papa a Roma y fue nombrado cardenal.11
Cuando Julián de Médicis llegó a Roma con su esposa, el cardenal Bibbiena le escribió: “Alabado sea Dios, pues aquí sólo nos falta una corte con damas”.12 Toscano hábil y culto, competente diplomático de gran ingenio,
ánimo y gustos mundanos, Bibbiena fue el más íntimo compañero y consejero del papa.
El amor de León a los clásicos y al teatro llenó Roma con interminables espectáculos en extraña mezcla de paganismo y crístianismo: espectáculos basados en la mitología antigua, mascaradas de carnaval, dramas sobre la historia de Roma, espectáculos de la Pasión presentados en el Coliseo, ora- ciones clásicas y espléndidas fiestas de Iglesia. Ninguna fue más memorable que la célebre procesión del elefante blanco que llevaba regalos al papa del rey de Portugal para celebrar la victoria sobre los moros. El elefante, guiado por un moro, con otro sobre los hombros, llevaba bajo un castillo cubierto de joyas un arca decorada con torres y pretiles de plata, que contenía ricas vestimentas, cálices de oro y libros finamente encuadernados, para deleite de León. En el puente de Sant'Angelo, el elefante, obedeciendo una orden, se inclinó tres veces ante el papa, y roció a los espectadores con agua entre gritos de júbilo.13
En ocasiones, el paganismo invadió el Vaticano. En el curso de una de las Oraciones Sagradas, el orador invocó a los “inmortales” del panteón griego, causando risas y cierta ira entre el público, pero el papa escuchó compla- ciente, y toleró el error “dada su buena naturaleza”.14 Le gustaba que los
sermones fuesen, ante todo, cultos, que reflejaran el estilo y el contenido clásico.
En asuntos políticos, la laxa actitud de León no obtuvo triunfos y anuló algunos de Julio. Su principio era evitar dificultades hasta donde pudiera, y aceptar lo inevitable. Su método seguía al de los estadistas Médicis que permitía, por no decir prescribía, entrar en componendas con ambos bandos. “Habiendo hecho un tratado con un bando”, solía decir León, “no hay razón por la que no se trate con el otro”.15 Aunque reconociendo los dere-
chos franceses a Milán, entró secretamente en tratos con Venecia para ex- pulsar a los invasores franceses. Cuando se alió con España, del mismo modo se coludió con Venecia para expulsar de Italia a los españoles. El disimulo se
10 Pastor, VII, VIII, passim; Calvesi, 149. Citado Paolo Giovio: Chamberlin, 218 11 Pastor, VIII, 111-112.
12 Ranke, I, 54; Mitchell, 14. 13 Pastor, VII, 75.
14 Mitchell, 88.
volvió su hábito, más pronunciado conforme el papado se metía en más difi- cultades. Evasivo y sonriente, eludía las preguntas y nunca explicaba cuál era su política, si es que tenía alguna.
En 1515 volvieron los franceses, con Francisco I a la cabeza de un impre- sionante ejército de tres mil caballeros nobles, buena artillería y una infan- tería de mercenarios alemanes, decididos a reconquistar Milán. Tras una juiciosa consideración, el papa se unió a los no muy enérgicos miembros de la Liga Santa en la resistencia, dependiendo de los suizos como fuerza combativa. Por desgracia, en la enconada batalla de Marignano, fuera de Milán, los franceses salieron victoriosos. Aunque el combate duró dos días las fuerzas papales, acampadas en Piacenza, a menos de ochenta kilómetros, no tomaron parte.
Una vez más dominando el gran ducado del norte, los franceses lo sellaron mediante un tratado de “paz eterna” con los suizos. Ahora estaban en posi- ción demasiado fuerte para que el papa pudiese enfrentarse a ellos, por lo que León, razonablemente, cambió de bando y, reuniéndose con Francisco en Bolonia, llegó a un acomodo que en gran parte era una cesión. Entrego Parma y Piacenza, durante largo tiempo disputadas por Milán y el papado, y zanjó la vieja pugna por los derechos franceses concernientes a nombra- mientos e ingresos eclesiásticos. Una provisión destinada a mejorar la calidad de los nombrados, requería que los obispos tuviesen más de veintisiete años y fuesen expertos en teología o derecho, pero estas condiciones podían sus- penderse convenientemente si los nombrados eran parientes de sangre del rey o de los nobles.16 Estas reformas, emprendidas con tal espíritu, como
las del Concilio Laterano, constituyeron una endeble mejora.
En general, el Concordato de Bolonia, aun cuando la Iglesia francesa encontrara objetables algunas de sus estipulaciones, constituyó un nuevo ren- dimiento de poder eclesiástico por el papado, así como la reconquista de Milán por los franceses constituyó la última reducción –durante este perio- do– de la independencia italiana. Aunque este resultado fuese, sin duda, obvio para sus críticos enconados como Maquiavelo y Guicciardini, si es que León lo notó, no pareció preocuparle mayormente. Fuori i barbari no era su grito de batalla. Él prefería la armonía. Siempre incapaz de rehusar, prometió, a petición de Francisco, cederle el Laocoonte, planeando hacer una copia, que después ordenó al escultor Baccio Bandinelli (y que hoy se encuentra en los Uffizi)17 Obtuvo una princesa francesa para su hermano y otra
para su sobrino Lorenzo, y se mantuvo en buenas relaciones con los franceses hasta que el poder cambió, con el ascenso de Carlos V como emperador en 1519, lo que venía a unir los tronos español y Habsburgo. Considerando conveniente volver a cambiar de bando, León procedió a aliarse con el nuevo emperador. Las guerras continuaron, en gran parte como conflicto de las grandes potencias que ventilaban su rivalidad en suelo italiano, mientras que los Estados italianos, en su eterna separación, cambiaban de manos entre ellos.
16 Hughes, 448-449. 17 Gregorovius, VIII, 210.
La peculiar pasión familiar de los papas, que al parecer les hacia considerar más importante lograr fortunas familiares para ellos, que los asuntos de la Santa Sede, fue plenamente compartida por León, para su ruina.18 No te-
niendo hijos propios, enfocó sus esfuerzos en sus parientes más cercanos, empezando con su primo hermano Julio de Médicis, hijo bastardo de aquel Julián que fue muerto en la catedral por los Pazzi. León anuló la barrera del nacimiento mediante una declaración en que decía que los padres de Julio habían estado legalmente casados, aunque en secreto, y así legitima- do, Julio llegó a cardenal y a principal ministro de su primo, acabando por ocupar el trono, con el nombre de Clemente VII. En total, León distribuyó entre su familia cinco cardenalatos, a dos primos hermanos y a tres sobrinos, cada uno de ellos hijo de una de sus tres hermanas. Esto fue simple rutina. La dificultad vino cuando, a la muerte de su hermano, León resolvió que su sobrino común Lorenzo, hijo de su difunto hermano Piero, fuese el transmi- sor de las fortunas de los Médicis. Obtener el ducado de Urbino para Lorenzo se volvió la obsesión de León.
Arrancando por la fuerza de las armas el dominio al duque existente, al que excomulgó, el papa cedió el territorio y el título a Lorenzo, exigiendo al Colegio de Cardenales que confirmara el hecho. El duque, un Della Rovere sobrino de Julio, que compartía el vigor de su difunto tío, contraatacó. Cuando su enviado llegó a Roma, llevando el desafío del duque a Lorenzo, fue aprisionado a pesar de un salvoconducto y torturado para arrancarle información.19 Para proseguir su guerra por Urbino, el papa fijó impuestos
a todos los Estados papales, alegando que el duque era un rebelde. Esta desvergonzada campaña volvió la opinión en contra suya, pero, como Julio o como cualquier otro autócrata, León pasaba por alto el efecto de sus acciones sobre el público. Con una constancia que muy pocas veces mostró, llevó adelante la guerra durante dos años.20 Al término de ese tiempo, Lorenzo
y su esposa francesa habían muerto, dejando sólo una hija en tierna edad, cuyo inesperado destino, como Catalina de Médicis, consistiría en casarse con el hijo de Francisco 1, volviéndose reina –y gobernante– de Francia. Sin embargo, esta vuelta de la rueda de la fortuna llegó demasiado tarde para León; tampoco pudo impedir la decadencia de los Médicis. En la vana guerra por Urbino, León había invertido un total de 800 mil ducados, cayendo en una deuda que significó la ruina financiera del papado. Esto no lanzó al culpable al retiro sino, por medio de recursos más tortuosos, al mayor escán- dalo de la época.
La conspiración de los Petrucci fue un asunto oscuro y sórdido que ha desconcertado a todos los historiadores hasta la fecha. León declaró que, mediante la traición de un sirviente, había descubierto una conspiración de varios cardenales, conjurados para asesinarlo. La conspiración, encabezada por el joven cardenal Alfonso Petrucci, de Siena, que alimentaba un odio personal, dependía de un veneno que sería inyectado por un médico sobornado al pinchar un carbunclo que el papa tenía en una nalga. Se hicieron deten-
18 Sobre el nepotismo dc León X, cf. Young, 297. 19 Chamberlin, 231.
ciones, se torturó a informadores, y los cardenales sospechosos fueron ruda- mente interrogados. Atraídos a Roma con un salvoconducto, Petrucci y otros de los acusados fueron a dar a prisión; León condonó esta violación alegando que ningún envenenador podía considerarse libre de riesgos. Las audiencias produjeron horribles revelaciones; se arrancaron confesiones; y los supuestos informes de las actas asombraron y aterrorizaron a los romanos. Obligado