En las profundidades de Aborath, Venamis flotaba suspendido en un tanque de bacta, con sensores sin cables fijados a su estrecho pecho, a su cuello y a su cráneo hundido y sin pelo.
—Puedes ser el regalo más importante de Tenebrous para mí —dijo Plagueis mientras miraba subir y bajar el cuerpo de bith en el espeso líquido terapéutico.
—Su cerebro continúa recuperándose de los efectos de los alcaloides al entrar en coma —remarcó 11-4D desde la parte más alejada del laboratorio—. Su condición física, sin embargo, permanece estable.
Plagueis mantuvo su mirada en Venamis. La herida que el sable láser de Venamis había infligido en el cuello de Plagueis se había curado, pero la débil cicatriz era un recordatorio vívido de su mortalidad.
—Eso es bueno, porque no estoy interesado en su mente.
En un gesto de saludo, los nuevos apéndices del droide hicieron un movimiento de un corte quirúrgico.
El análisis de sangre había revelado un alto recuento de midiclorianos, lo que para Plagueis era mayor indicación de que un ser podía tener un gran potencial en la Fuerza y, sin embargo, ser aun un inepto.
Se preguntó: ¿era a Venamis a quien había sentido a través de la Fuerza después del asesinato de Tenebrous? Un Jedi habría sido un sujeto experimental más interesante, pero un Adepto del Lado Oscuro quizás era más apropiado para sus propósitos. Y dentro de muy poco el tanque de bacta adyacente contendría también a un yinchorri resistente a la Fuerza.
Inmediatamente después de la lucha en Sojourn, Plagueis le había ordenado a los miembros de la Guardia del Sol que localizaran la nave estelar que le había permitido a Venamis infiltrarse en la Luna de los Cazadores y que después la llevaran a ella y al bith envenenado a Aborah. Larsh Hill y los otros muuns habían sido informados de que se había capturado a un intruso y que se había dispuesto de él, pero de nada más. Una investigación de la nave había producido datos que podrían haber sorprendido incluso a Darth Tenebrous, quien había proporcionado la nave. Parecía que mucho antes de que se hubiera enfrentado a Plagueis o descubierto el destino de su Maestro, el propio Venamis había estado buscando aprendices potenciales.
Plagueis no podía evitar estar impresionado, aunque a regañadientes. El joven bith lo habría hecho bien en la era de Bane. Ahora, sin embargo, era un anacronismo y, por extensión, Tenebrous también.
Que Tenebrous se hubiera fijado en él no era una sorpresa para Plagueis. El bith y él habían llegado a un punto muerto décadas antes respecto a la ejecución del imperativo Sith. Siendo el producto de una de las civilizaciones más antiguas de la galaxia, Tenebrous creía que la victoria sólo se podría alcanzar a través de la unión de los poderes del lado oscuro y de la ciencia experta bith. Con la ayuda de sofisticados ordenadores y
fórmulas para fundir el futuro, la variedad de seres de la galaxia podrían proporcionarlo y la Orden Jedi gradualmente menguaría y desaparecería. Tenebrous había intentado persuadir a Plagueis de que la Fuerza no jugaba a juegos de azar con la galaxia. Y que mientras que la destinada ascendencia del lado oscuro se podría predecir, su alzamiento no podía ser influenciado o acelerado por los Sith.
Los muuns creían en fórmulas y en cálculos tanto como los bith, pero Plagueis no era un fatalista. Convencido de que a las brillantes ecuaciones de Tenebrous se les pasaba por alto un factor importante, había argumentado que los sucesos futuros, tanto si eran predichos por máquinas o vistos en destellos en visiones, a menudo estaban nublados y eran poco fiables. Lo que era más importante, había sido criado para creer en la eliminación de los competidores y veía a los Jedi justo así.
La Orden no era simplemente alguna corporación rival que se podía adquirir secretamente. Tenía que ser socavada, derrocada y desmantelada. Arrancada de raíz. Había asumido que, con el tiempo, habría sido capaz de convencer a Tenebrous, pero su antiguo Maestro obviamente le había nombrado indigno de vestir el mando de sucesor Sith y había mirado a otro lugar. Los deseos desenfrenados de los seres inteligentes eran una bendición para los Sith, porque esos deseos engendraban una abundancia de seres zelotes y audaces que se podían utilizar para defender la causa. Plagueis había sido instruido para que buscara seres adecuados, justo como lo había estado Tenebrous cuando había descubierto a Venamis. Quizás Tenebrous había visto el sigiloso ataque como beneficioso, sin importar el resultado. De haber salido Venamis victorioso, él sería merecedor del mando. Y si no, Plagueis podría llegar a aceptar la auténtica naturaleza de la relación Maestro-aprendiz.
Una vieja historia que nunca había tenido mucho sentido para él.
Pero eso explicaba el curioso comportamiento en los meses y semanas previos a los sucesos de Bal’demnic. Era imposible saber durante cuánto tiempo se había estado planeando el ataque de Venamis, pero Tenebrous, a pesar de su desapego frío, simplemente había estado preocupado por la decisión. En Bal’demnic había estado distraído y esa falta de atención le había costado la vida. Pero en aquellos momentos finales, antes de que hubiera comprendido completamente el papel que Plagueis había jugado, había estado a punto de revelar la existencia de Venamis. Ahora marcaba poco la diferencia y, de hecho, Plagueis encontró la vacilación del bith despreciable.
Como Plagueis, Tenebrous había abrazado obviamente el hecho de que la Regla de Dos de Darth Bane había expirado. Muy pocos Lores Sith la habían honrado, en cualquier caso, y por buenas razones, como Plagueis veía. Las metas del Gran Plan eran la venganza y la readquisición del poder galáctico. Pero mientras que la mayoría de los Señores Sith desde Bane habían ayudado a su propia manera a debilitar a la República, sus esfuerzos habían tenido menos de desinterés y lealtad a la Regla que de debilidad e incompetencia. Podrían haber estado impulsados hacia cumplir el imperativo de Bane y, sin embargo, cada uno había caído presa de debilidades y excentricidades individuales y así habían fallado en vengarse de la Orden Jedi. Plagueis lo comprendía. Él nunca habría
sido alguien que se quedara esperando o que dedicara su reinado meramente a posicionar al subsiguiente Lord Sith para que tuviera éxito. Ni se habría contentado con permanecer a la sombra de Tenebrous como aprendiz de haber triunfado realmente el bith donde otros habían fallado.
¿Cómo, con toda su sabiduría, no había visto Tenebrous que Plagueis era la culminación de las ansias de venganza de un milenio? ¿Cómo no había comprendido el bith que el destino le había llamado?
En un raro momento de elogio, el bith incluso había dicho eso.
Del mismo modo que las fuerzas tectónicas hacen que una peña se precipite hasta un río, desviando para siempre su curso, los sucesos dan origen a individuos que, entrando en la corriente de la Fuerza, alteran la marea de la historia. Tú eres uno de ellos.
¿Tenía que creer ahora Plagueis que Tenebrous también había considerado que Venamis era uno de ellos?
Si era así, eso le degradaba.
Los datos descubiertos a bordo de la nave estelar de Venamis no arrojaron ninguna luz sobre qué edad había tenido cuando Tenebrous le encontró, ni había revelado nada sobre su entrenamiento. Fijar modos de entrenar a un aprendiz era algo del pasado, no obstante. La doctrina era para los Jedi. Donde los Jedi obsequiaban al poder, los Sith lo ansiaban, donde los Jedi creían que conocían la verdad, los Sith la poseían. Poseídos por el lado oscuro, al final se convertían en su conocimiento.
Durante los pasados quinientos años, los Sith de la línea de Bane se había abstenido de seleccionar a niños como aprendices, encontrando más ventajoso descubrir a seres que ya habían sido endurecidos o marcados por la vida.
Plagueis, sin embargo, había sido una excepción.
Muunilinst no había seguido el ejemplo cuando, en la locura que era la Tercera Gran Expansión, los planetas del Núcleo y del Borde Interior se habían extendido para asentarse y reclamar muchos de los planetas explorados y que estuvieron disponibles por la Ley de Colonización y la Enmienda de Concesión de Planetas. La razón era simple: aunque los muuns tenían riqueza más allá de los sueños más salvajes de muchas especies y acceso a naves estelares de la mayor calidad, estaban poco dispuestos a dejar sus holdings desatendidos en Muunilinst.
Ni estaban interesados en colonizar porque sí, en expandir su semilla, porque cuantos más muuns contuviera la galaxia, menos riqueza habría por ahí.
Al final, sin embargo, la autarquía y el aislacionismo cedieron a un deseo de hacerse esenciales para la galaxia y los muuns empezaron a financiar asentamientos establecidos por otros planetas, o por grupos independientes, autoexiliados tan a menudo como no. Y así las colonias en la parte más distante del Corredor Braxant se volvieron dependientes de Muunilinst para que les diera apoyo, pidiendo préstamos contra la promesa de descubrir venas ricas en minerales y metales preciosos. Sin embargo, cuando los tesoros propuestos no se materializaban o los mercados se saturaban, resultando en precios más
bajos, las poblaciones agobiadas de aquellos asentamientos se encontraban desesperadamente endeudados con Muunilinst y se veían forzados a aceptar una supervisión directa de los muuns.
Así resultó que el padre del clan de Plagueis, Caar Damask, llegó a ser administrador del rico planeta de Mygeeto.
Localizado en el propio vecindario estelar de Muunilinst, y un terreno fértil para cristales de Adegan nuevos, artesianos y de nivel bajo, Mygeeto (Gema, como era conocido en la antigua lengua muun) también era uno de los planetas menos hospitalarios que los muuns habían adquirido. Cautivo de la nieve y el hielo, el planeta ostentaba pocas formas de vida indígenas y estaba asaltado constantemente por tormentas que amontonaban su superficie en espiras de cristal del tamaño de montañas. No obstante, a gran coste, los muuns habían tenido éxito en construir unas cuantas ciudades independientes y cámaras acorazadas, alimentándolas con la energía derivada de los propios cristales. Incluso en los mejores casos, Mygeeto era un desafío para la aproximación debido a su anillo de asteroides, pero los asteroides se convirtieron en impedimentos secundarios una vez que el Clan Bancario InterGaláctico asumió el control de las operaciones de minería en las plataformas de hielo y los glaciares. Incluso entonces los Jedi tenían prohibido ir de visita sin una autorización previa.
Ya un miembro de larga trayectoria en el CBI, el Damask mayor había aceptado la comisión como un favor personal para el Alto Oficial de Muunilinst, Mals Tonith, pero más con la esperanza de avanzar en una carrera que le había dejado varado y le había tenido confinado en un nivel administrativo medio. Sin ser reconocido por su genio y enfadado por ello, Damask había dejado a su esposa principal y a sus compañeros de clan y había intentado construirse, si no una vida, entonces al menos una carrera por sí mismo en el remoto planeta helado. El éxito en supervisar las operaciones mineras llegó rápidamente, pero la satisfacción, de cualquier clase, demostró ser esquiva hasta la llegada, diez años después de la suya, de una mujer muun de casta más baja que se convertiría primero en su ayudante y luego en su esposa secundaria, dando a luz a su debido momento a un hijo al que llamaron Hego, por el padre del clan de Caar.
Su formación en una ciudad abovedada en un ambiente congelado perpetuamente era en cierto modo la antítesis de la infancia muun típica y, sin embargo, el joven Hego se las arregló no sólo para soportarla sino para prosperar. Su madre se tomó lo que algunos consideraron un interés poco sano en su desarrollo, recordando cada detalle y animándole a compartir incluso sus pensamientos más furtivos con ella. Tenía especial interés en observar las interacciones de él con sus compañeros de juegos, de especies diversas, que ella nunca se quedaba corta a la hora de proporcionarlas, interrogándole después de cada sesión sobre sus sentimientos hacia este o aquel niño. Incluso Caar encontraba suficiente tiempo en un horario exigente para ser un padre mimoso.
Hego aun no tenía cinco años cuando empezó a sentir que de alguna manera era diferente. No sólo era más astuto que sus compañeros de juegos, sino que a menudo podía manipularles, provocando risas cuando lo deseaba o igual de a menudo lágrimas,
consuelo igual de a menudo como ansiedad. Aprendió a leer las intenciones y el lenguaje corporal. Cuando sentía que él no le gustaba a alguien se apartaría de su camino para ser generoso y, cuando sentía que a alguien le gustaba demasiado ocasionalmente se apartaba de su camino para ser difícil, como un medio para probar los límites de la relación. Adivinaba trucos y engaños y, a veces, se permitía hacerse la víctima, el crédulo, por preocupación de provocar sospechas no deseadas o por verse forzado a revelar demasiado sobre sus talentos ocultos.
Cuando sus habilidades aumentaron, otros niños se convirtieron en cosas con las que jugar más que compañeros de juegos, pero no con menos disfrute por parte de Hego. Una tarde, un muun más joven que había llegado a disgustarle empujó a Hego en un esfuerzo por ser el primero en llegar hasta la escalera que bajaba hasta el patio del nivel más abajo del hogar de los Damask. Agarrando a su amigo por la parte superior del brazo, Hego habló.
—Si tienes tanta prisa por bajar, entonces salta por la ventana.
Cruzando la mirada, Hego repitió la sugerencia y su víctima se lo tomó al pie de la letra. Se hicieron muchas preguntas después de que se descubriera el cuerpo roto del niño en el patio, pero Hego le ocultó la verdad a todo el mundo excepto a su madre. Ella le hizo repasar su explicación con crecientes detalles, hasta que finalmente habló.
—He sospechado durante mucho tiempo que tienes el don que tu padre y yo compartimos y ahora sé que es cierto. Es un poder extraño y maravilloso, Hego, y lo tienes en abundancia. Tu padre y yo hemos pasado nuestras vidas manteniendo nuestros dones como un secreto íntimamente guardado y quiero tu palabra de que de ahora en adelante hablaras de ello sólo conmigo o con él. Más adelante en la vida este poder te servirá bien, pero ahora mismo debe permanecer sin ser revelado.
Habiendo vivido una vida subrepticia durante tantos años, Hego encontró la noción de compartir el secreto con sus padres completamente natural.
Nadie le hizo responsable del salto por la ventana de su compañero de juego, pero, poco después, el flujo constante de compañeros de juegos empezó a secarse. Peor aun, su padre empezó a volverse distante, incluso mientras Hego se encontraba volviendo más y más parte del mundo de Caar. Consideró que su padre podría haber estado mintiendo sobre tener poder o había llegado a pensar en Hego como alguna especie de monstruo. Y sin embargo observó que su padre empleaba sus poderes sobrenaturales de persuasión y manipulación en sus tratos de negocios.
Como Muunilinst, Mygeeto recibía muchos visitantes importantes y, a veces, le parecía a Hego que, en lugar de ser capaz de explorar la galaxia, la galaxia estaba viniendo a él. En varias ocasiones, su padre se encontraba con Caballeros y Padawans Jedi que venían en busca de cristales de Adegan, que la Orden Jedi utilizaba en la construcción de sables láser de entrenamiento. Hego había perfeccionado hacía mucho su habilidad de enmascarar sus poderes ante otros. Incluso sin revelar su auténtica naturaleza a los Jedi, era capaz de sentir en ellos una especie de poder afín, aunque claramente con intenciones contrarias al suyo propio. Desde el principio él supo que
nunca podría ser uno de ellos y empezó a aborrecer sus visitas, por razones que no podía comprender. Incluso más intrigante, llegó a sentir un poder más cercano al suyo propio en un visitante bith llamado Rugess Nome. Nome no era un Jedi sino un ingeniero de naves estelares, que llegaba en una nave luminosa de su propio diseño. Antes de que pasara mucho tiempo, sin embargo, Hego empezó a sospechar que su madre era la razón de las visitas frecuentes de Nome. Y la sospecha de que había algo entre ellos incitó sentimientos de furia y celos en el joven Hego y una especie de abatimiento en conflicto en su padre.
Hego había tomado su decisión de recurrir a su poder para tratar la situación intolerable cuando, durante una de las visitas de Nome, fue llamado a la oficina de su padre, donde Caar, su madre y el bith le estaban esperando.
—Eres de nuestra sangre, Hego —había dicho Caar sin mirar a su esposa—, pero ya no podemos criarte durante más tiempo como nuestra progenie.
Hego había mirado de su padre a su madre con creciente angustia, temiendo las mismas palabras que Caar añadió un momento después.
—En realidad —dijo con un asentimiento en dirección a Nome—, y de modos que eventualmente llegarás a entender, le perteneces a él.
Una década después, Hego descubriría que mientras que Caar había hecho, de hecho, todo lo que podía para guardarse sus habilidades de la Fuerza para sí mismo, había llegado a llamar la atención de Nome cuando los dos habían tenido la oportunidad de encontrarse en el Centro Espacial de Puerto Alto. Pasarían años antes de que Nome encontrara a la madre de Hego, a quien había reclutado no como aprendiz, porque ella no era lo bastante fuerte en la Fuerza, sino como una discípula, cuya tarea había sido enamorar a Caar y llevar el fruto de esa seducción: un niño que Nome y la ciencia bith predijeron que nacería fuerte en la Fuerza. Los padres de Hego salvaguardaron el secreto hasta que su poder había empezado a revelarse.
Y entonces se había hecho un trato: Hego, a cambio de la realización del sueño de la vida de Caar Damask de ser aceptado en el escalón más alto del Clan Bancario InterGaláctico.
Cinco años después de la revelación en la oficina, Caar fue llamado de vuelta a Muunilinst para convertirse en director de la rama del tesoro del CBI. La madre de Hego se desvaneció, para no volver a ser vista de nuevo ni por su marido ni por su hijo. Y el aprendizaje de Hego del Lord Sith Darth Tenebrous comenzó.
Además de ser ampliamente respetado como un sabio ingeniero y diseñador de naves espaciales, Rugess Nome dirigía una organización en las sombras que a lo largo de las décadas había reunido datos de inteligencia sobre los datos de casi cada criminal, contrabandista, pirata y terrorista potencial que había dejado una marca en la galaxia.
Con el joven Hego camuflado como el contable de Nome, los dos Sith secretos habían viajado mucho, a menudo conspirando con los seres más notables de la galaxia y
Nosotros los Sith somos una oposición invisible, le había dicho Tenebrous a su joven
aprendiz. Una amenaza fantasma. Donde los Sith llevaron una vez armadura, ahora
llevamos capas. Pero la Fuerza trabaja a través de todos nosotros mucho más poderosamente en nuestra invisibilidad. Durante el presente, cuanto más encubiertos