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EL CICLO DE LA VIOLENCIA

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Volando a un metro por encima del suelo, el ágil deslizador de Palpatine se escoró sobre las planicies por debajo de la meseta de Theed, dejando sólo rastros curvados en las hierbas altas. El día era brillante y claro, con el aire cálido avivado por los insectos y lleno de polen.

—Interesante —dijo Plagueis desde el asiento individual del pasajero cuando el pie de Palpatine aflojó el acelerador.

—Tal vez me convierta en un corredor profesional.

—Los naboo podrían esperar más del hijo mayor de la Casa Palpatine. —Ignoro las expectativas de los otros —dijo Palpatine sin mirarle. —¿Fue el deslizador un regalo de tu padre?

Palpatine le miró.

—Un soborno. Pero uno que acepté. —¿Aprueba él que corras?

Palpatine hizo un sonido enojoso.

—Mi padre no ha montado conmigo desde hace años. —No sabe lo que se está perdiendo.

—No tiene nada que ver con mis talentos. —Palpatine se volvió ligeramente en el asiento del conductor—. Cuando era más joven fui responsable de la muerte de dos peatones. En aquel momento, mi padre me amenazó con no permitirme nunca volar, pero eventualmente se ablandó.

—¿Qué le hizo cambiar de idea? Palpatine se giró hacia delante. —Le agoté.

—Lo siento —dijo Plagueis—. No lo sabía.

Aunque, de hecho, lo sabía. Con la ayuda de 11-4D había descubierto que el tormentoso pasado de Palpatine le había tenido rebotando de una escuela privada a la siguiente, perseguido por incidentes de crímenes y ofensas insignificantes que habrían hecho aterrizar a un plebeyo en una institución correccional. Una y otra vez su padre, que compartía con su hijo una inclinación hacia la violencia, había utilizado su influencia para rescatar a Palpatine y evitar el espectro de los escándalos familiares. Para Plagueis, sin embargo, las transgresiones del joven eran sólo una indicación más de su excepcionalidad.

Aquí estaba un joven que ya se había elevado sobre la moralidad común y se había juzgado lo bastante único como para crear un código ético individual.

Palpatine apuntó a la distante línea de árboles.

—Hay algunas ruinas antiguas ahí, pero eso es territorio gungan. —¿Has tenido algún trato con ellos?

—Personalmente, no. Pero he visto los que vienen a Moenia a comprar bienes. —¿Qué piensas de ellos?

—¿Aparte de que son primitivos de orejas largas y lenguas babosas? —Aparte de eso, sí.

Palpatine se encogió de hombros.

—No me importan, siempre y cuando se queden en sus ciudades sumergidas y sus canales.

—Que no se metan por medio.

—Exactamente. Los humanos nos merecemos tener ventaja aquí. Plagueis no pudo reprimir una sonrisa.

—Hay muchos planetas en la galaxia donde la cuestión de quién tiene ventaja, por así decirlo, está en disputa.

—Eso es porque la mayoría de los seres tienen miedo de hacerse cargo. Piensa en lo que el Senado de la República podría conseguir bajo el liderazgo de un ser fuerte.

—He pensado en eso, Palpatine.

—¿Qué hace el Senado en respuesta a todas y cada una de las crisis? Despacha los Jedi para restaurar el orden y continúa sin encargarse de las raíces del problema.

Plagueis encontró entretenida la ignorancia juvenil del chico.

—Los Jedi podrían gobernar la República si quisieran —dijo después de un momento—. Supongo que deberíamos estarles agradecidos de que la Orden esté dedicada a la paz.

Palpatine negó con la cabeza.

—Yo no lo veo así. Creo que los Jedi se han dedicado a limitar el cambio. Esperan a que el Senado les digan cuándo y dónde intervenir, y qué arreglar, cuando de hecho podría utilizar la Fuerza para imponer su voluntad sobre la galaxia entera, si quisieran. Yo sentiría más respeto por ellos si lo hicieran.

—¿Le otorgas respeto a tu padre cuando intenta imponer su voluntad sobre ti? El agarre de Palpatine en la palanca de control se tensó.

—Eso es diferente. La razón por la que no le respeto es porque no es ni la mitad de inteligente de lo que cree. Si pudiera admitir su debilidad, podría al menos sentir pena por él.

Deteniendo de repente el deslizador, se volvió hacia Plagueis una vez más, con su cara enrojecida por la furia. Entre ellos, colgando del retrovisor, estaba la moneda que Plagueis le había dado.

Antes de mucho tiempo, poseeré a este humano, se dijo Plagueis a sí mismo.

—La Casa Palpatine es rica —continuó el joven—, pero ni de cerca tan rica como algunas de las otras casas y ni de cerca tan influyente con el Rey y el electorado, a pesar de los intentos de mi padre de dirigir una posición de liderazgo con los aristócratas. Carece de la perspicacia política necesaria para elevar nuestra Casa hasta una posición de auténtico privilegio y, junto con ella, la consciencia para reconocer que el momento ha llegado para Naboo de explotar sus recursos inigualables y unirse a la galaxia moderna. En su lugar, él y sus secuaces, en completa y total ineptitud social, quiere que estemos enjaulados en el pasado.

—¿Comparte tu madre su visión? Palpatine forzó una risa.

—Sólo porque ella no adopta puntos de vista propios. Sólo porque él la ha convertido en su subordinada, al igual que ha hecho con mis hermanos y hermanas de buen comportamiento, quienes me tratan como a un intruso y sin embargo, para mi padre, representan todo lo que yo nunca podré ser.

Plagueis consideró los comentarios en silencio.

—Y sin embargo honras a tu Casa al utilizar su nombre. La expresión de Palpatine se suavizó.

—Durante un tiempo pensé en adoptar el nombre de nuestro linaje femenino. No he rechazado la dinastía en la que nací. He rechazado el nombre que se me dio. Pero no por las razones grandiosas que algunos creen. Sólo por lo contrario, en realidad. Estoy seguro de que tú, de entre todos los seres, comprendes eso.

Ahí estaba de nuevo, pensó Plagueis: la cadencia engañosa. El uso de la adulación, el encanto y la modestia como si se tratara de las fintas cortantes en un duelo. La necesidad de ser visto como un cándido, un humilde y un comprensivo. Un joven sin deseos de entrar en la política y sin embargo nacido para ella.

Tenebrous le había dicho desde el principio que la República, con la ayuda de los Sith, continuaría descendiendo en la corrupción y el desorden, y que llegaría un momento en el que tendría que depender de las fortalezas de un líder iluminado, capaz de salvar a las masas de seres menores de ser gobernados por sus pasiones irrefrenables, sus celo s y sus deseos. En la cara de un enemigo común, auténtico o fabricado, dejarían a un lado todas sus diferencias y abrazarían el liderazgo de cualquiera que les prometiera un futuro más brillante. ¿Podría este Palpatine, con la ayuda de Plagueis, ser el que provocaría tal transformación?

De nuevo intentó ver más profundamente en Palpatine, pero sin éxito. Las paredes psíquicas que el joven había levantado eran impenetrables, lo que convertía al joven humano en algo realmente raro.

¿Había Palpatine aprendido de alguna manera a controlar la Fuerza dentro de sí mismo, como Plagueis había ocultado sus propios poderes cuando era joven?

—Por supuesto que lo comprendo —dijo finalmente.

—Pero… cuando eras joven, ¿te cuestionabas tus motivos, especialmente cuando iban en contra de los de todos los demás?

Plagueis sostuvo su mirada desafiante.

—Nunca pregunté porqué esto o porqué aquello, qué pasa si esto o qué pasa si aquello. Simplemente respondí a mi propia determinación.

Palpatine se echó hacia atrás en el asiento de deslizador como si un gran peso se hubiera levantado de él.

—A algunos de nosotros se nos requiere que hagamos lo que otros no pueden hacer —añadió Plagueis de un modo conspiratorio.

Plagueis no tuvo necesidad de ahondar más en los traumas que fueran que hubieran dado origen a la naturaleza astuta y reservada de Palpatine. Simplemente necesitaba saber: ¿Tiene este joven humano la Fuerza?

Dos días estándar más tarde, en Malastare, un planeta de terreno variado que ocupaba una posición destacada en la Vía Hydiana, incluso el estrépito ensordecedor y el olor nauseabundo de los acelerones de las vainas de carrera no eran suficiente para distraer a Plagueis para que no pensara en Palpatine. Holdings Damask había solicitado una reunión con el senador Pax Teem y el líder del Protectorado Gran le había proporcionado a los muuns los asientos de palco para la Carrera Memorial Phoebos. Habían llegado directamente de Naboo a la espera de discutir asuntos de negocios, pero los grans, los dugs, los xi charrianos y casi todos los demás en la ciudad de Pixelito estaban más interesados en el deporte y en las apuestas.

—¿Ha escogido un ganador, Magíster? —preguntó Pax Teem después de que dos vainas de carreras pasaran desgarrando los puestos de observación.

—Creo que sí —dijo Plagueis, perdido en sus pensamientos sobre Naboo.

Sus conversaciones con Palpatine parecían haber abierto alguna clase de compuertas emocionales en el humano. Los muuns apenas habían dejado atrás Naboo cuando el primero de varios holocomunicados fue recibido de Palpatine, respecto a los últimos planes de los realistas para minar la propuesta de Bon Tapalo para la monarquía.

Plagueis había escuchado atentamente, pero, de hecho, Palpatine tenía poco precioso que ofrecer. Desde el anuncio de la información sobre las acciones de los realistas durante el conflicto gungan, el padre de Palpatine había estado conduciendo sus reuniones tras puertas cerradas en la finca de la familia y le había prohibido a su hijo de que incluso discutiera la futura elección. La campaña de Tapalo, por contraste, estaba en alza, como resultado de haber anunciado un trato pendiente con el Clan Bancario InterGaláctico. La urgencia de las transmisiones de Palpatine sugería que había formado un apego con Plagueis y se estaba abriendo a él no sólo como a un empleador secreto sino también como a un consejero potencial. En Hego Damask, Palpatine veía la riqueza y el poder que había buscado durante mucho tiempo para la Casa Palpatine. Confiado en que el joven humano continuaría siendo útil mucho después de que se hubiera realizado el plan de los Holdings Damask para Naboo, Plagueis no hizo nada para desanimar ese apego.

—¿Por qué es que nunca vemos a humanos compitiendo en las carreras? —le preguntó a Teem después de un momento.

El gran agitó su mano de seis dedos con rechazo.

—No tienen talento para ello. El favorito para ganar hoy es el dug a los controles del corredor azul.

Plagueis siguió a la vaina de carreras durante un momento. En las gradas bajo él, miles de dugs (alzándose sobre los cuatro apéndices, sobre sus piernas traseras o apoyados sólo sobre sus brazos) estaban ladrando sus ánimos.

Plagueis encontraba opresiva la alta gravedad de Malastare y a los grans incluso más. Habían llegado al planeta mil años antes como colonos y habían procedido a aplastar a los dugs nativos hasta la sumisión. El protectorado había crecido desde entonces para eclipsar al planeta natal de los grans, Kinyen, y era una fuerza poderosa dentro del Senado de la República, con una amplia influencia en los Bordes Medio y Exterior.

Sentado junto a Plagueis, Larsh Hill se inclinó hacia delante para dirigirse a Pax Teem.

—Quizás Gardulla será capaz de tentar a los humanos para que piloten las vainas de carreras en el circuito que está restaurando en Tatooine.

Teem trompeteó con irritación. —Así que es cierto: apoyan a la hutt. —Son sólo negocios —dijo Hill. Pero Teem no estaba aplacado.

—¿Es este el propósito de su visita? ¿Reabrir las heridas que aun no han curado? —Sí —dijo rotundamente Plagueis.

El trío de péndulos oculares de Teem giraron hacia él. —No…

—No complique la ofensa —le interrumpió Hill. Teem fingió incomprensión.

—¿De quién supo de nuestro interés en Naboo? —preguntó Plagueis.

El gran miró a sus camaradas, pero no encontró apoyo en su abrupto silencio. —¿De quién? —repitió Plagueis.

Un mugido de resignación escapó de Teem.

—Se nos aproximó Minería Subtext, tras la desaparición inexplicable de algunos de sus miembros. Los que me encontré en Sojourn, sospecho.

—Gozaban de buena salud cuando dejaron la Reunión —dijo Hill. Teem asintió.

—Estoy seguro de que sí.

—¿Por qué se les aproximó Subtext? —dijo Plagueis. Teem dudó.

—Para informarnos —dijo entonces— que ustedes están involucrados en un trato para el plasma.

—Confiando en que ustedes intentaría subvertir nuestros esfuerzos al hacerlos públicos —dijo Hill.

El gran bufó.

—Primero hacen un trato con Gardulla que favorece a Tatooine por encima de Malastare y ahora el plasma de Naboo captura su atención, a pesar de su oferta de incrementar los costes de las exportaciones de energía de Malastare. Así que, ¿por qué no deberíamos haber alertado a sus oponentes en Naboo, cuando ustedes habrían hecho lo mismo?

Plagueis esperó a que terminara y a que pasara un grupo de vainas de carrera. Entonces fijó su mirada en los grans reunidos.

—Se hacen daño a ustedes mismos al intentar sabotearnos. El Protectorado podría haberse beneficiado de Naboo, como hará la Federación de Comercio, pero ya no.

Los enormes pies de Pax Teem golpearon el suelo del palco privado.

—¡Nos negamos a que nos humillen! De nuevo les recuerdo, Magíster, que se hicieron promesas.

Plagueis sonrió para sus adentros. Era cierto que Tenebrous había tenido planes para el gran. En cierto momento Pax Teem había sido propuesto como alguien a quien los Sith podrían mover hasta la cancillería y podrían manipular desde lejos para que cometiera errores que harían caer a la República. Pero Plagueis había empezado ahora a explorar sus opciones.

—No carecemos de aliados y amigos en el Senado —estaba diciendo Teem con enojo—. Podemos aplastar cualquier legislación que ustedes deseen verla pasar u organizarlo para que sus leyes y contratos sin licitación languidezcan en el procedimiento durante años.

Pondremos a uno de los nuestros en la cancillería. Le negaremos a la Federación de Comercio los derechos de transporte a Kinyen y a lo largo de la Dorsal de Comercio. Lanzaremos a los dugs contra los muuns. —Miró a Plagueis—. Nunca conseguirán lo que quieran, Magíster.

—Al contrario —dijo Plagueis, mientras los otros muuns y él se levantaban—. Ya tengo lo que quiero.

Una creciente ovación subió desde las gradas mientras un piloto toong alcanzó al dug favorito.

Plagueis se volvió hacia Hill mientras salían del palco privado.

—Ordena a la Guardia del Sol que recoja a los mineros que dejamos varados en el Brazo Tingel. Que les ejecuten y haz que dejen sus cuerpos a las puertas del cuartel general corporativo de Minería Subtext en Corellia.

Una nave estelar clase Capital recién creada devolvió a Plagueis y a Hill a Naboo. Fabricada por Hoersch-Kessel y Gwori, la nave tenía una forma como de una vaina alargada con una parte baja plana. Un ala lateral que cortaba transversalmente la parte trasera convexa del casco, en la que se albergaban series de poderosos receptores transmisores de hiperondas. A bordo junto con los ejecutivos jefes de los Holdings Damask había varios miembros de alto rango del Clan Bancario, incluyendo al sobrino del Presidente Tonith, todos ellos vestidos con los trajes ceremoniales completos del CBI. Había pasado un mes desde la visita inicial de Plagueis y mientras tanto Palpatine y él habían hablado por holo en muchas ocasiones.

Los datos de inteligencia que proporcionaba el humano, aunque escasos, les habían permitido a Plagueis y Hill mantenerse un paso por delante de los detractores de Bon

Tapalo y, como resultado, él continuaba disfrutando de un ligero margen con el electorado.

Los grupos de muuns se acercaron a los puestos de inmigración en el espaciopuerto de Naboo donde fueron interceptados por un contingente de personal de seguridad armado llevando chalecos de cuero, botas altas y sombreros de ala ancha. Conducidos hasta un área de espera de paredes de cristal equipada sin mucho más que bancos y unidades de baños, los muuns esperaron durante más de una hora hasta que dos Guardias del Palacio entraron, demandando saber quién de ellos era Hego Damask.

Después de identificarse y asegurarle a Larsh Hill que no necesitaba preocuparse, Plagueis siguió a los guardias fuera de la terminal hasta un deslizador Gian de morro redondo que les esperaba. Un guardia uniformado sentado en los controles le ordenó a Plagueis que se sentara en el banco trasero del deslizador descapotable, donde uno del personal de escolta se reunió con él. No tenía ni idea de adónde le llevaban, pero se negaba a darle a los guardias la satisfacción de decirle que pronto lo descubriría, o palabras a ese efecto. En su lugar se sentó en silencio en el asiento acolchado, con cuidado de no registrar ni siquiera la sorpresa más ligera cuando el piloto empezó a dirigir el deslizador lejos de Theed y a través del ondulante terreno verdoso a través de cual le había llevado Palpatine.

—También puede ponerse cómodo —dijo al fin su compañero de asiento—. Viajaremos durante dos horas.

Plagueis asintió como respuesta y se permitió entrar en un trance ligero, en preparación para lo que fuera que le estuviera esperando en su destino. Gradualmente las planicies onduladas empezaron a elevarse y una cordillera de montañas vino a la vista, dibujadas contra el brillante cielo azul de Naboo. El deslizador siguió un valle de un río ancho hasta las montañas exuberantes por el follaje, donde rebaños de shaaks de patas cortas pastaban y retozaban. Mientras el deslizador ganaba altura, el río se estrechó y se hizo más rápido, alimentado por cascadas y lagos cristalinos. Nubes blancas puras estaban empezando a formarse en las cimas de los picos más altos donde cuando el deslizador giraron a través de la vasta distancia de un meandro y se detuvo delante de una casa majestuosa construida en el estilo de las cúpulas grandes y las torres gráciles de Theed. Dos de los guardias le llevaron por unas amplias escaleras de piedra hasta un recibidor frío y débilmente iluminado. Abandonado allí, Plagueis vagó más allá de tapices y estatuas con pedestales en la parte opuesta del recibidor, donde ventanas desde el suelo al techo con la parte superior de forma redondeada que dominaban una terraza y un gran lago más allá. Sentada a una mesa había una mujer humana de aspecto aristocrático de mediana edad y un joven malhumorado de la edad de Palpatine o más joven, ocupado en lo que parecía ser una conversación seria. Tocada por una brisa que bajaba por las pendientes de las montañas, la superficie del agua centelleo como una gema de Mygeeto. Mientras Plagueis le volvió la espalda al lago, cuando su atención fue atraída hacia un tapiz que mostraba el mismo emblema familiar que había observado en

el bolsillo de la chaqueta de Palpatine y exhibiendo un trío de criaturas: veermok, aiwha y zalaaca.

Fue consciente de que alguien se aproximaba a él desde atrás, pero no se movió. —Un trabajo bello, ¿verdad? —dijo una voz humana de bajo en básico.

Plagueis se volvió para encontrar a un hombre alto de modales patricios de pie en el

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