Una brisa de la tarde llevaba el olor de la sangre fresca. Chillidos de agonía y muerte atravesaban hilillos de niebla enganchados por las ramas nudosas de los árboles greel. Las detonaciones de las armas, viejas y nuevas, de proyectiles y de energía, reverberaban desde los acantilados que rodeaban la antigua fortaleza hacia el oeste, detrás de cuyo sistema principal estaban desapareciendo justo ahora mismo.
Como si se tratase de algún santuario fantástico subido encima de un lugar de culto, el Magíster Hego Damask se alzaba sobre la muralla más alta, con su capa negra agitándose, en armonía con los sonidos de la matanza. Y con el clamor de los grupos de seres volviendo de sus cacerías separadas, con la sangre de cualquier color y consistencia revuelta por la violencia primitiva, con las voces elevándose en una canción antigua o en un canto gutural y con las carcasas destripadas de su presa atada a literas antigravidez, listas para ser asadas sobre las hogueras que ardían en el patio central de la fortaleza, o para ser preservadas por taxidermistas hábiles. Veermoks, nexus y mongworsts.
Dragones krayt, acklays y reeks. Cualquiera que fuera su preferencia.
Una indicación del planeta que la había engendrado, la luna se conocía como Sojourn, «Estadía», un nombre susurrado por aquellos que la conocían ligeramente e incluso por aquellos que la habían visitado repetidamente a lo largo de los siglos. El sistema se podía encontrar en los registros, pero sólo si uno sabía dónde mirar y cómo descifrar los datos que revelaban su localización.
Aquí, una vez al año, Damask y la docena de muuns que formaban el Holding Damask albergaban una reunión de seres influyentes de la galaxia. Sus nombres podrían ser conocidos por unos pocos, pero eran principalmente invisibles para las masas y podían moverse entre ellas sin ser reconocidos, aunque eran responsables (no en menor medida) de los sucesos que daban forma a la historia galáctica. Eran conducidos a Sojourn en secreto, a bordo de naves diseñadas por Rugess Nome y que pertenecían a Hego Damask. Nadie venía sin invitación, porque hacerlo era arriesgarse a una destrucción inmediata. Lo que compartían, hasta el último de ellos, era la creencia de Damask de que el beneficio financiero importaba más que la notoriedad, la política o la moralidad vulgar.
Fundada generaciones antes por miembros del Clan Bancario InterGaláctico, Sojourn había empezado como un lugar de relajación para la clientela más rica del clan. Una bonificación para aquellos de exaltado privilegio. Más tarde, bajo la dirección del anciano Damask (el padre biológico de Hego), en su retiro de la presidencia del CBI, la luna se había convertido en algo más: un lugar donde los jugadores más importantes se reunían para intercambiar ideas. Fue en Sojourn donde había sido establecido el crédito galáctico estándar, donde se propuso por primera vez la cancillería de Eixes Valorum, donde se reorganizó la constitución del Directorado de la Federación de Comercio. Luego, bajo Hego Damask, Sojourn volvió a convertirse de nuevo en otra cosa. Ya no era un centro de recreo ni un grupo de expertos, sino un experimento en pensamiento intrépido, en
alquimia social. Un lugar en el que maquinar y hacer estrategias y doblar el curso de la historia galáctica en las manos de los sucesos fortuitos.
Donde una vez Iotran Brandsmen había proporcionado seguridad, el contingente de Guardias del Sol echani de vestimentas plateadas de Damask ahora predominaba. A un alto precio, retoños de árboles greel de madera escarlata habían sido sacados de contrabando de Pii III y plantados en el suelo modificado de Sojourn. Los bosques se habían llenado con animales de caza clonados y criaturas exóticas. La antigua fortaleza se había transformado en una especie de albergue, con los invitados muy importantes de Damask residiendo en toscos refugios, con nombres como Nido, Cueva, Escondite y Acantilado.
Todo para animar a la similitud de pensamiento que acabaría en asociaciones de una clase inusual.
Damask permanecía en la muralla mientras que la luz disminuía y la oscuridad avanzaba sobre el paisaje boscoso. En el gran patio de abajo, las llamas de las hogueras saltaban más alto y los olores de la carne quemada flotaban pesadamente en el aire. Vinos y otros licores fluían libremente. Mujeres twi’leko y theelin les entretenían. Y la multitud se volvía pendenciera. Se requería que cada grupo de caza mostrara y descuartizara sus piezas. Que se mancharan los miembros y otros apéndices de sangre. No todos los seres eran comedores de carne, pero incluso aquellos que subsistían con granos y otros cultivos eran arrastrados al desenfreno. A medianoche se harían burlas en sátiras de los principios que servían de guía a la República y prominentes senadores, salvo aquellos que estaban presentes, estarían sujetos al ridículo. Que ceremonias y símbolos Sith se habían incorporado a las ceremonias y a la arquitectura de la fortaleza era un secreto sólo de Damask.
Sintiendo la llegada de Larsh Hill y otros dos muuns, se apartó de la vista del parapeto.
—La hutt ha estado esperándote desde la caída de la noche —dijo Hill. —El precio de reunirse conmigo —dijo Damask.
Hill le dirigió una mirada de largo sufrimiento. —Si no supiera eso, se habría ido hacía mucho.
El Magíster siguió al trío hacia abajo por un largo tramo de escalones de piedra y hacia un área de recepción abierta calentada por alfombras coloridas, tapices y un gran fuego. Gardulla Besadii la Anciana, señor del crimen y notable jugadora, flotaba en un palanquín apropiado a su gran tamaño, asistida por un séquito que incluía un mayordomo rodiano, guardaespaldas y otros. Los propios guardias de Damask estuvieron rápidos en escoltar a todo el mundo excepto a la hutt de vuelta hasta la sala de espera. Larsh Hill y los otros dos muuns de capas oscuras permanecieron al lado de Damask.
Enroscada recta sobre su poderosa cola, Gardulla extendió sus brazos desnudos y regordetes.
—He estado admirando a sus artistas, Magíster —dijo ella—. Particularmente a las cantantes theelin. Quizás pueda usted procurarme alguna.
—Tenemos una twi’leko que proporciona las mujeres —dijo Damask desde su sillón—. Tendrá que hablar con ella.
Gardulla notó el tono cortante de su voz. —Vayamos a los negocios entonces. Damask ofreció un gesto de disculpa.
—Una agenda ocupada me permite un tiempo escaso para las nimiedades. Poco acostumbrada a las conversaciones directas, la hutt frunció el ceño.
—Planeo hacerme con Tatooine, Magíster —dijo entonces—, y he venido a solicitar su apoyo.
—Un planeta árido en el sector Arkanis del Borde Exterior —le explicó Hill en voz baja desde detrás del sillón.
—Con apoyo, presumo que estamos hablando de créditos —dijo Damask. Gardulla se reposicionó en la litera.
—Soy consciente de que usted desaprueba la especia y la esclavitud, pero hay beneficios que conseguir en Tatooine por otros medios.
—Nada de granjas de humedad, entonces. Gardulla le miró encolerizadamente. —Se está riendo de mí.
Damask hizo un gesto negligentemente.
—Le tomo el pelo, Gardulla. Sé poco sobre Tatooine, aparte de que el planeta es heredero de una catástrofe ecológica en el pasado difuso y que sus vastos desiertos ahora apoyan una población de vagos, sinvergüenzas y viajeros desventurados de todas las especies. He oído decir que nada da buen resultado en Tatooine y que los seres que residen allí envejecen prematuramente.
Damask también sabía que los antiguos Sith habían tenido una vez un puesto avanzado en Tatooine, pero se guardó eso para sí mismo.
—Afortunadamente, la longevidad viene naturalmente con mi especie —dijo Gardulla—. Pero no quiero enemigos de una clase diferente, Magíster. Enemigos a los que nada les gustaría más que verme en la tumba prematuramente.
—El clan Desilijic.
—Ellos son precisamente la razón por la que deseo alejarme de Nal Hutta. Y de los que son como Jabba Desilijic Tiure y el resto.
Sin su ayuda financiera puedo conseguir eso. Sé que ha hecho amigos hutts en su previo vecindario planetario.
—Es cierto que Drixo y Progga han tenido éxito por ellos mismos en Comra —dijo Damask—, pero su éxito vino a un alto precio.
¿Qué está ofreciendo a cambio de nuestra inversión? Una luz apareció en los ojos oscuros y oblicuos de la hutt.
—Una trazada de carreras de vainas que hará que las de Malastare y en su propio Muunilinst parezcan como carreras amateur. Además, el renacimiento de un evento anual de carreras de vainas que traerá a decenas de miles de jugadores a Tatooine y llenará mis
arcas a rebosar. —Hizo una pausa y luego añadió—: Y estoy dispuesta a aceptarle como socio.
—Un socio silencioso —le corrigió Damask. Ella asintió.
—Como desee.
Damask unió sus largos dedos y levantó las manos hasta su barbilla prominente. —Además de un porcentaje de los beneficios, quiero que lo arregle para el que el Jefe Cabra opere libremente en Nar Shaddaa.
Gardulla adoptó una expresión incrédula. —¿El jefe del crimen dug?
—Usted le conoce —dijo Hill cortantemente. La hutt se irritó.
—No puedo hacer promesas, Magíster. Sol Negro está profundamente atrincherado en Nar Shaddaa y los Vigos están adiestrando a Alexi Garyn para que asuma el control de la organización. Ellos pueden no apreciar o permitir…
—Esos son nuestros términos, Gardulla —le interrumpió Damask—. Encuentre algún modo de permitirle a Cabra llegar a un acuerdo con Sol Negro y nosotros apoyaremos su toma de Tatooine. —Él hizo un gesto hacia el patio de la fortaleza—. Esta misma noche puedo organizarlo para que se encuentre con oficiales que representan al Banco de Aargau, que le avanzarán cualquier cantidad de créditos que usted necesite.
Después de un largo momento de silencio, Gardulla asintió.
—Acepto sus términos, Magíster Damask. No estará decepcionado.
Cuando la hutt hubo dirigido su litera antigravedad fuera de la habitación, miembros de la Guardia del Sol hicieron pasar a un grupo de altos reptiles inteligentes que se alzaban sobre dos gruesas patas y cuyos anchos morros se curvaban hacia abajo en la punta. El contacto previo de Damask con los yinchorri se había limitado al holoproyector. Ahora se inclinó hacia delante con vivo interés mientras el miembro que habló se presentó en un básico brusco como Qayhuk, secretario del Consejo de Ancianos, y se lanzó inmediatamente a una diatriba denunciando al Senado por negarse a admitir a Yinchorr en la República. Con ánimos belicosos de sus compañeros, Qayhuk continuó diciendo con un énfasis de golpeo de puños que aunque su planeta natal había sido cartografiado cientos de años antes por la República, Yinchorr permanecía siendo un planeta desfavorecido y perdido que se merecía un tratamiento muchísimo mejor.
—O alguien pagará con sangre por la injusticia actual —advirtió el secretario.
Larsh Hill esperó hasta estar seguro de que Qayhuk había terminado para hacer un comentario en voz baja.
—No estoy seguro de que incluso el Senado esté listo para ellos.
Sosteniendo la mirada venenosa de Qayhuk y moviendo su mano, Damask habló. —No tiene interés en ver a Yinchorr sentado en el Senado.
Qayhuk se ofendió.
—No tiene interés en ver a Yinchorr sentado en el Senado —repitió Plagueis. Qayhuk miró a su hermano de piel verde y luego miró a Hill.
—¿El Magíster Damask está sordo o mal de salud?
Hill se volvió hacia Damask con preocupación pero no dijo nada.
Damask ocultó su sorpresa. Como se rumoreaba, ¡los yinchorri eran aparentemente
resistentes a la sugerencia de la Fuerza! ¿Pero cómo era posible que los midiclorianos en
un ser de inteligencia relativamente baja pudieran erigir una pared impenetrable contra la influencia de un Sith? ¿Era esto alguna clase de mecanismo de supervivencia, el modo de los midiclorianos de proteger la consciencia de sus recipientes al negarse a ser manipulados? Necesitaría poseer uno de estos seres para descubrir el secreto.
—Podríamos estar dispuestos a ayudarle a ejercer presión para que tengan representación en el Senado —dijo al fin—, pero el proceso podría requerir años estándar o incluso décadas y no estoy convencido de que tengan la paciencia para ello.
Las amplias narinas de Qayhuk se inflamaron.
—¿Qué es una década cuando hemos sido pacientes durante un siglo? ¿No somos inteligentes? ¿O se requiere que abracemos las condiciones junto con aceptarlas? Damask negó con la cabeza.
—Nadie les está pidiendo que aplauda el arreglo. La expresión de Qayhuk se suavizó de alguna manera. —¿Entonces tenemos un acuerdo?
—Redactaremos un contrato —dijo Damask—. Mientras tanto, quiero asegurarles que puedo llamarles para pedirles un favor personal de presentarse la necesidad.
Qayhuk le miró.
—¿Un favor personal? ¿De qué clase? Damask mostró las palmas de sus manos. —De cualquier clase que requiera, Secretario.
El yinchorri y su hermano intercambiaron miradas inciertas, pero Qayhuk al final asintió con acuerdo.
—Hecho, Magíster.
—¿Un favor? —preguntó Hill mientras acompañaban fuera a los yinchorri. —Nada más que una prueba —le dijo Damask.
Los siguientes en ser admitidos para una audiencia eran dos gran.
El más grande de la pareja, un senador de la República llamado Pax Teem, representaba al Protectorado Gran. Teem apenas había tomado asiento cuando habló.
—Prométame, Magíster Damask, que no ha entrado en un trato con Gardulla.
—Nuestros tratos con los hutts —dijo Hill— no son menos confidenciales que nuestros tratos con usted, senador Teem.
El trío de ojos con tronco del gran se crisparon con furia.
—Rumores sobre los planes de Gardulla para renovar la trazada de carreras de vainas de Tatooine y entrar en competición directa con Malastare.
—Con certeza no ha venido todo el camino hasta aquí para oírme tratar de rumores. Teem movió su gran mandíbula.
—Se hicieron promesas, Magíster.
—Y se cumplieron —dijo Damask. Entonces, con una voz más calmada, añadió—: Como una manera de compensar las pérdidas por los ingresos derivados de las carreras de vainas, el coste de las exportaciones de combustible de Malastare se podría subir.
El gran rumió.
—Eso suena más como una posibilidad que como una garantía. Damask se encogió de hombros.
—Lo llevaremos ante el comité dirigente. Pero por ahora, considérelo un punto inicial para la discusión. —Reclinándose en la silla, evaluó a Teem antes de decir—: ¿Qué más le está preocupando, senador?
—El favoritismo que muestra usted hacia la Federación de Comercio.
—Meramente les ayudamos a asegurarse una representación completa en el Senado —respondió Hill.
Teem se volvió estridente.
—El directorado lo estaba haciendo perfectamente bien por sí mismo sin una representación completa. ¿Y a cambio de qué? ¿De entregar algunos monopolios de transporte de los que disfrutaban en el Borde Exterior?
—Lo que es justo es justo —dijo tranquilamente Hill. Teem le dirigió una mirada mordaz.
—La justicia no tiene parte en ello. Está usted interesado únicamente en tener al directorado para que haga su voluntad en Coruscant. —Abruptamente, se levantó sobre sus grandes pies e hizo rechinar sus dientes cuadrados—. ¡Incluso un aumento de las tasas para el combustible de Malastare dará más beneficios a los Holdings Damask y a la Federación de Comercio que a mí!
El gran les mostró su espalda a los muuns y empezó a dirigirse con paso majestuoso hacia la puerta, dejando a su ayudante agitándose con confusión durante un momento antes de que él también se levantara y se diera prisa en salir.
La boca de Hill se abrió por la sorpresa. —Él no puede…
—Déjale irse —dijo Damask.
El muun más anciano comprimió sus labios ya finos.
—Si vamos a beneficiarnos del poder que blanden en el Senado, necesitaremos encontrar algún modo de aplacarlos, Hego.
—No estoy de acuerdo —dijo Damask—. Necesitamos encontrar un modo de mostrarle a Teem que es prescindible.
Para cuando los guardias hubieron acompañado adentro al cuarteto de gossams que dirigían Minería Subtext, su ira se había elevado tanto en su garganta que podía saborearla. Típicos de su diminuta especie, los tres saurios tenían piernas de articulación
inversa, cabezas en forma de pez y largos cuellos que Damask sabía que podía romper con dos dedos. Y quizás lo hiciera, por cómo habían engañado a Tenebrous.
—Nos sorprendió recibir su invitación, Magíster —dijo el oficial jefe de operaciones de Subtext—. No teníamos ni idea de que estuviéramos incluso en sus escáneres.
Damask apenas sonrió.
—Vigilamos de cerca los sucesos galácticos. Confío en que hayan estado disfrutando de nuestra comida y nuestros entretenimientos.
—Más de lo que sabe, Magíster —dijo el jefe gossam con una risa significativa. O quizás más de lo que admitiremos.
Damask forzó una risa similar.
—Más de lo que sé… Eso es realmente muy divertido. —Dejó de reír para añadir—: Permítanos mostrarles cómo ejecutamos el funcionamiento interno de la Reunión.
Los gossam se miraron los unos a los otros con sorpresa antes de que su líder hablara. —Estaríamos honrados.
Damask se puso en pie y asintió hacia los cuatro Guardias del Sol, que se colocaron junto al gossam como hicieron él, Hill y los otros dos muuns llevándoles hacia un grupo de antiguas cabinas de turboascensores.
—Toda la auténtica acción tiene lugar debajo —dijo Damask, poniendo la cabina en movimiento con un gesto de su mano.
En silencio descendieron dos niveles y, cuando las puertas de la cabina se separaron, entraron en un vestíbulo cavernoso subterráneo.
En el centro del espacio débilmente iluminado había varias plataformas grandes y cuadradas que se podían elevar por medio de poleas hidráulicas, operadas por equipos separados de sudorosos ugnaughts de nariz chata que resollaban. Una plataforma, cargada con una escombrera de metal, estaba justo descendiendo, ante los sonidos de vítores roncos y aplausos salvajes que entraban a través de la abertura en el techo alto. Asegurado por grilletes y cadenas en una plataforma adyacente se retorcía una bestia siseante, rugiente y llena de dientes del tamaño de un bantha.
—Estamos directamente bajo el patio central —explicó Damask mientras la plataforma cargada con la bestia se estaba elevando—. Cada carga simboliza un aspecto abominable de la República, prácticas que todos deseamos ver derrocadas.
Para entonces la plataforma se había elevado hasta el nivel del patio. La multitud se acalló durante un momento y entonces, de manera simultánea con enormes descargas de energía, estallaron en ovación una vez más.
—Esas descargas eran los cañones láser haciendo su trabajo —dijo Damask lo bastante alto como para ser oídos cuando la plataforma volvió a bajar a la vista, revelando que lo que había sido una bestia ahora era un montón humeante y de olor apestoso de nervios y huesos. Dirigió una sonrisa siniestra a los gossams—. Es todo teatro, ya me comprenden. Alegría para las masas.
—Obviamente un auténtico ídolo de masas, Magíster —dijo uno de los gossams, tragándose algunas de sus palabras.
Damask separó mucho sus delgados brazos.
—Entonces deben unirse a ello. —Aproximándose, asintió con la barbilla hacia una de las plataformas vacías, junto a la cual se habían posicionado los Guardias del Sol—.