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Ambas caras de la moneda

In document La novela de la Guerra Civil Española (página 121-124)

5. ANÁLISIS DE LA FORJA DE UN REBELDE DE ARTURO BAREA

5.3. El protagonista Arturo Barea

5.5.2. Ambas caras de la moneda

En comparación con Agustín de Foxá, que casi exclusivamente describe los horrores de sus adversarios políticos (Cf. capítulo 4.5.1.), Arturo Barea también critica dentro de sus propias filas. Esto no quiere decir que tampoco muestre los errores de sus adversarios políticos. Las elecciones de 1936, por ejemplo, las comenta con las siguientes frases críticas: “Cuando llegó el día de las elecciones las derechas se cuidaron de conducir a las urnas a los asilados en institutos de beneficencia, a las monjas de los conventos y a los criados de casa grande”; además, “en los barrios más pobres de Madrid se pagaban los votos a veces hasta por cincuenta pesetas” (Llama, 75). El narrador también explica que durante la Guerra Civil, “los fascistas conducían sus propios coches y los usaban para salvar a sus amigos y para matar a sus enemigos” (Llama, 150) – que es la tarea heroica de Joaquín Mora y Pedro

Otaño en Madrid de Corte a Checa. Muchas veces, el narrador presenta los horrores causado por los enemigos de manera objetiva y neutral: “El 30 de octubre un solo avión mató a cincuenta niños” (Llama, 192).

Aparte de la descripción de esas atrocidades cometidas por sus adversarios políticos, Barea no excluye las crueldades de los republicanos. Como Foxá, describe la brutalidad injustificada de los milicianos en un capítulo que se llama “La caza del hombre” (Llama, 147). Un madrileño cuenta de manera muy fría y violenta que ha pasado el día, dándoles el paseo a fascistas, que para Arturo resulta en “un escalofrío a lo largo del espinazo” (Llama, 143). El protagonista y su hermano Rafael están en contra de los milicianos y piensan: “Si esta clase de gentes se hacían los amos, iba a haber una matanza horrorosa” (Llama, 143). Esperan a un reglamento desde el Gobierno, “pero suponiendo que no fuera así, suponiendo que revolución significaba el derecho de matar impunemente, ¿dónde íbamos a parar? ¿Nos íbamos a matar unos a otros por una palabra, por un grito, por un ademán?” (Llama, 145). El protagonista teme que los milicianos, que según él eran una minoría del pueblo, destruyan su visión de una revolución socialista y justa: “Entonces la revolución, la esperanza de España, se iba a convertir en la orgía sangrienta de una minoría brutal” (Llama, 145). Arturo vehemente está en contra de las ejecuciones “en masa”, sin tribunales (Llama,156). Una vez incluso acompaña a su amigo Antonio a uno de los tribunales e intenta hacer justicia (Cf. Llama, 164-165). Igualmente que en Madrid, también en Novés reina la violencia y brutalidad, ya que los obreros matan al cura del pueblo y al cacique Heliodoro (Cf. Llama, 189). A través de los ojos de uno de los colegas de Arturo, las atrocidades de los milicianos se hacen sentir aún peor. El colega le cuenta al protagonista: “Yo no pertenezco a las derechas, como tú sabes. Yo pertenezco a los tuyos. Pero los tuyos me han matado un hijo” (Llama, 171).

Fuera de los milicianos, también critica a la desorganización y heterogeneidad de las fuerzas de las izquierdas. Durante la Segunda República, el protagonista se queja: “Las derechas están todas unidas y nosotros andamos cada uno por nuestro lado” (Llama, 46). Cuando Arturo organiza el mitín en Novés, ya se percibe esta falta de unanimidad, representado por los delegados. “El republicano [...] era incapaz de decir una sola sentencia sin nombrar y citar a don Manuel Azaña”, el comunista intenta prometer “millares de vacas y lecherías” al pueblo en que “no hay más que dos vacas”, y el anarquista ataca a los otros y dice que el problema español “no se

arregla ni con socialismo ni con comunismo” y opina que el republicano no “ha perdido nada en esto” (Llama, 71-72). Más tarde, esa situación cómica se transforma en un asunto cada vez más problemático. Al principio de la Guerra Civil, “el gobierno era impotente ante este caos, porque no había un solo grupo que aceptara sus órdenes” (Llama, 150). Los lectores se dan cuenta de la aversión entre los distintos partidos políticos republicanos: “El orgullo de cada Partido parecía mucho más fuerte que el sentimiento de defensa común. La victoria de un batallón anarquista se restregaba en la cara de los comunistas y la victoria de una unidad comunista se lamentaba y desvirtuaba por los otros” (Llama, 151). Con el tiempo, no se percibe ninguna mejora de la situación complicada: “existía tan poca unidad en nuestro lado [...] cada grupo se había vuelto monopolista e intolerable” (Llama, 311). En otras palabras, el protagonista ve claramente el peligro de autodestrucción de los republicanos si no se unen. Finalmente, la desorganización y heterogeneidad dentro de las fuerzas izquierdas eran causas principales por la victoria de los sublevados.

El narrador también critica ciertos rasgos de la sociedad republicana. Como Arturo está en contra de la violencia, no puede entender que mucha gente quiera ver a los fascistas asesinados y comenta: “me impresionó terriblemente la brutalidad colectiva y la cobardía de los espectadores” (Llama, 158). El protagonista tampoco puede comprender cómo uno de sus viejos conocidos se haya convertido en un asesino de la noche a la mañana: “Aquí había alguien a quien yo conocía desde que era niño. Le conocía como un hombre alegre y trabajador, enamorado de sus chiquillos y de los chiquillos de los demás [...] Y aquí estaba convertido en un asesino” (Llama, 158).

Igualmente, no todos los 'enemigos' son representados de manera negativa, como lo es el caso en Madrid de Corte a Checa. Don Pedro, por ejemplo, uno de los antiguos jefes del protagonista, vota a los derechas pero es un hombre muy bueno que económicamente ha ayudado a un empleado enfermo. Arturo se pregunta: “¿cómo podía yo discutir con este hombre a quien respetaba inmensamente, aunque no estuviera conforme con sus ideas políticas?” (Llama, 136). Al principio de la Guerra Civil, le ofrece: “Si algo le pase a usted, llámeme” (Llama, 136). Cuando don Pedro de verdad es detenido, el protagonista intenta ayudarlo y logra liberarlo con las palabras: “Le acusáis de pertenecer a las derechas. Es verdad. Es verdad también que es un católico ferviente y un hombre rico, si es que esto es delito, y que tiene una colección de monedas de oro. Pero nada de esto creo que es un crimen”

(Llama, 160). Arturo también está a favor de la libertad de opinión y se niega a despreciar a todos los fascistas: “Sabía que había fascistas de buena fe, admiradores del pasado glorioso, soñadores de imperios que desaparecieron para siempre, conquistadores que se creían en una cruzada; pero no eran más que la carne de cañón del fascismo” (Llama, 250).

Como ya está mencionado, Arturo Barea era un socialista y republicano. NO obstante, se atrevió a mostrar los defectos de las fuerzas izquierdas, como las atrocidades de los milicianos, la desorganización y heterogeneidad de los partidos políticos y la brutalidad del pueblo. Además, podía reconocer que no todos los 'enemigos' eran personas malas. Mostrando 'ambas caras de la moneda', el autor logra crear una visión amplia y realista en vez de pintar todo de blanco o negro.

In document La novela de la Guerra Civil Española (página 121-124)