5. ANÁLISIS DE LA FORJA DE UN REBELDE DE ARTURO BAREA
5.3. El protagonista Arturo Barea
5.5.4. Opinión hacia la Iglesia
Otro aspecto interesante en lo que concierne a la posición política de la obra La forja
de un rebelde es la opinión del protagonista hacia la Iglesia. Como Arturo crece en
un ambiente muy religioso – su tía le obliga a rezar cada día y va a un colegio religioso – pronto desarrolla una aversión contra la Iglesia. Ya como niño, entiende la hipocresía de algunos curas. Comenta, por ejemplo, sobre un cura: “Vive allí un cura muy gordo que algunas veces viene a pasear por la alameda y se sienta debajo de un árbol. Vive con una muchacha muy guapa que las lavanderas dicen riendo que es su hija, pero que él dice es su sobrina” (Forja, 16). Otra vez, el protagonista nos cuenta un acontecimiento que ha experimentado en la iglesia:
En la iglesia de San Martín, don Juan, que es un cura muy bueno que hay allí, estaba un día en la sacristía con una mujer. La tenía sentada encima de él y las manos metidas en la blusa. Cuando entré yo se pusieron muy colorados los dos y el cura vino a decirme que me marchara que la estaba confesando. (Forja, 144)
joven protagonista: “Los curas abren todas las tardes los cepillos, sacan los cuartos, hacen cartuchos de un duro con las perras gordas y de medio duro con las perras chicas, se los reparten, y se ponen a jugar al julepe o al tresillo en la sacristía” (Forja, 145). En el primer tomo de la trilogía, Arturo también piensa en otra injusticia religiosa:
Pagando, los curas dicen misas y dan millones y millones de indulgencias. Si se muere un pobre y Dios le condena al Purgatorio a cien mil años y su viuda no puede pagar más que una misa de tres pesetas, no tiene más que dos o tres mil días de indulgencia. Pero si se muere un rico y paga un funeral de primera clase, aunque Dios le condene a millones de años de purgatorio, se reúnen tres curas, le dicen una misa cantada con órgano y todo le dan una indulgencia plenaria. Al día siguiente de morirse ya está en el cielo. (Forja, 155)
Cuando el protagonista ya es adulto, indigna a su hermano mayor José que vive en Córdoba con las palabras: “Quiero estar en la mezquita. La catedral no me interesa” y comenta: “Aun cuando era un chiquillo, no podía contener mi indignación porque el centro de la vieja mezquita hubiera sido destruido y profanado por los católicos” (Ruta, 125). Ya desde sus primero años de niñez, entonces, Arturo aprende a despreciar al modo hipócrito de vivir de la mayoría de los curas.
A causa de su contacto con tantas injusticias sociales, el joven Arturo pronto pierde su confianza en la religión católica:
Pero ahora ya no puedo evitar el comparar todas las cosas que veo con esta idea de un Dios, absolutamente justo, y me asusto de no encontrar justicia por ninguna parte. Indudablemente es muy bueno el que yo esté con los tíos y pueda llegar a ser ingeniero, pero mi madre tiene que lavar en el río, ser la criada de mis tíos [...] Hubiera sido mucho más sencillo que no hubiera muerto mi padre. (Forja, 154-155)
Al mismo tiempo, no quiere desterrar por completo la religión de su vida y está ante un dilema: “a mí me hace falta Dios [...] sigo yendo a la iglesia en el colegio y con mi tía. Pero ya no puedo rezar” (Forja, 157). Por esa razón, Arturo decide seguir el consejo del padre Joaquín, su profesor de historia y geografía y una de sus pocas personas de confianza. Este cura le aconseja al protagonista: “cree en lo que te dé la gana. Aunque no creyeras en Dios, si eres bueno es como si creyeras” (Forja, 148). Muchos años después, cuando Arturo habla con el cura de Novés, los lectores se dan cuenta de que todavía cree en Dios, explicando: “El que no venga a la iglesia no quiere decir que no crea en Dios.” (Llama, 55). Luego, dando las razones por su ausencia en las misas, los lectores se enteran de su definición individual de religión:
Yo no vengo a la iglesia porque en la iglesia están ustedes y somos incompatibles. A mí me enseñaron una religión que, en doctrina, era todo amor, perdón y caridad. Francamente, salvo muy contadas excepciones, me he encontrado siempre con que los ministros de esta religión poseen todas las cualidades humanas imaginables, menos precisamente estas tres cualidades divinas. (Llama, 56)
Como Arturo ha crecido en un ambiente religioso, no puede vivir sin Dios pero tampoco puede conformarse con el hecho de que la Iglesia represente todo lo que él no considera como religioso.
Durante la Guerra Civil con la quema de los conventos, resurge el dilema religioso del protagonista. Al principio, todavía no le parece tan horrible que “unas cuantas iglesias ardían”, pero tan pronto como se entere de que su antigua escuela se está quemando, se siente afectado: “El nombre de la Escuela Pía me había impresionado: mi vieja escuela estaba ardiendo” (Llama, 121, 122). Arturo está dividido: “Traté de aclarar el conflicto dentro de mí. Me era imposible aplaudir la violencia. Estaba convencido de que la Iglesia en España era un daño que había que corregir, pero a la vez me rebelaba contra esta destrucción estúpida” (Llama, 124). Está en contra de las quemas de iglesias, sin embargo, ve la necesidad de combatir la Iglesia que claramente está en contra de la República: “tampoco apruebo que las iglesias se hayan convertido en depósitos de armas ni que los Caballeros Cristianos se hayan reunido para conspirar con pretexto de la Adoración Nocturna” (Llama, 135).
El protagonista, entonces, se ha formado una propia opinión hacia la Iglesia católica en España. Como ya de niño se ha enterado de mucha hipocresía por parte de la mayoría de los curas, nunca puede conformarse con la versión oficial de la religión española. Un día, Arturo incluso comenta: “me temo haber padecido demasiada religión en mi vida” (Llama, 55). Por otro lado, no quiere vivir sin Dios y, como lo hace con tantas otras cosas, no condena a todos los curas en su totalidad. Durante la Guerra Civil, por ejemplo, encuentra a un cura muy bondadoso, que le parece a Arturo ser la “reencarnación del padre Joaquín” (Llama, 353). Barea incluso comenta que el cura don Leocadio Lobo “es el hombre para quien guardo mi mayor amor y respeto” porque estima al protagonista aunque se ha divorciado y no va a la iglesia (Llama, 353). La opinión hacia la Iglesia muestra, como los otros aspectos analizados en lo que concierne a la postura política de la obra, la posición ideológica y política clara de Barea, que siempre trató de ser lo más objetivo posible y, así, logró permanecer fiel a sus convicciones.