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Amigas testigos

En lo que a los amores de cada una se refiere, las amigas cumplen un ciclo más o menos previsible. Al principio son el público objetivo, ellas aplauden el prodigio y la suerte que tuvo la elegida de haber topado con ese ser sobrenatural. Las amigas asisten a la retransmisión en directo de cada movimiento: los comienzos, la incertidumbre, la emoción de cada encuentro. «¡Hoy la ha mirado!». «¿Llamará o no llamará?»… Es como si todas juntas respondieran al teléfono cuando él llama, como si todas se acicalaran y asistieran juntas al primer encuentro… Y al día después de ese encuentro, y a la espera, y al otro día. Hasta que llega un momento en el que ya las amigas no caben todas juntas en la escena y se quedan solas haciendo un corro, ilusionadas y sin ella, porque la elegida ya no las necesita. Cuando ella está con él, las amigas sobran, y es así como tiene que ser.

Las amigas podrían hacer un gráfico del estado preciso en el que se encuentra la relación de una determinada mujer en cada momento. Si las cosas van bien con el chico, ellas están de más y no existen. Cuando la relación empieza a ir mal, ellas son las primeras en enterarse. Escuchan las desdichas e inmediatamente, las muy ingenuas, se ponen en contra del «malo» y de parte de su amiga. Entonces la amiga se ofende porque no la entienden. No entienden que su queja no pretende poner en tela de juicio las bondades de su dios.

Las amigas deberían haber comprendido que la protagonista ha sido la elegida para recibir una revelación divina y por eso hay que pagar un cierto precio, nada más. Ella es la única que sabe quién es el verdadero-dios-verdadero. Ella sabe que se hace llamar Antonio o Hugo para despistar, pero ella, que le conoce profundamente, ella, que le ha visto por dentro, ella, que ha tenido la suerte de pasar alguna noche junto a él… ¡ella sabe que es dios!

Las amigas padecen, disfrutan, se ocupan con los avatares, las idas, las venidas, las peleas definitivas y las violentas reconciliaciones. Cuando él la deja,

ella va a buscar a sus amigas. Cuando él regresa son las amigas las abandonadas. Para merecer el título de amiga, hay que estar allí, como si no se tuviera otra cosa que hacer que esperar por el parte de la climatología emocional de la amiga: borrascas, sol radiante, marejadas, nubosidad variable ¡y el tsunami! Después del tsunami las amigas son especialmente necesarias para encontrar uno por uno los pedazos de ella, que quedaron esparcidos por la orilla, y han de guardarlos con cariño hasta que puedan reconstruirla. Las amigas restauran, remiendan con hilos de su piel, con los hilos que sobraron de la última vez que otra amiga las recompuso a ellas. Las amigas zurcen los pedacitos, llevan de la mano, dan de comer y enseñan otra vez a caminar. Las amigas prometen un futuro mejor, ese que según ellas su amiga se merece. Y así una vez y otra vez, a pesar de que, cuando la convalecencia parece encaminada, toda la filigrana se va al traste. Con una sola llamada de teléfono, con sólo escuchar la voz de Adán, la artesanía emocional que la amiga ha bordado se desbarata.

¡Y hay que saber moverse en ese nuevo escenario! Porque después de la reconciliación, las amigas son testigos incómodos. Las agujas de remendar y el hilo de zurcir todavía caliente entre las manos de la amiga, recuerdan a la enamorada el dolor de ayer y ella sólo quiere saber de la dicha de hoy. Ella sólo pide ser feliz junto a ese hombre extraordinario que la quiere tanto y que tanto la hizo sufrir sin querer. Lo que pasa es que sus amigas no lo conocen como ella y por eso no lo entienden. En momentos como éstos las amigas se transforman en el enemigo de la felicidad de la pareja. Hay que evitarlas, mantenerlas alejadas para que no estropeen la imagen idílica de esa supuesta unión feliz.

Esto es así en todas las relaciones, con los buenos y los malos amores, con las amigas a las que sus parejas quieren bien y con las malqueridas. Pero cuando las cosas no van bien, las amigas se convierten en el mensajero inoportuno, portador de un mensaje que no se quiere escuchar.

La malquerida desaparece, se evapora, se avergüenza de haber caído por enésima vez. Le da pudor incluso con las amigas más cercanas y se encierra en su búnquer de dolor, porque ella es la única que sabe que la felicidad verdadera estará por llegar. Oculta a las amigas las «buenas nuevas», la llamada que esta mañana le hizo dios directamente a su teléfono móvil, y el encuentro apasionado, desesperado, que tuvieron anoche. ¡No hay duda: es dios! Y así, hasta la próxima…

abochornada, lastimada, malquerida, más malquerida que nunca, amoratada por la angustia. Vendrá buscando un refugio, la madriguera de un café por la tarde, un desayuno o una copa. Entonces las amigas se convertirán en sábanas capaces de secar todo su llanto, en esparadrapos para vendar, para vengar su desconsuelo.

La amiga observadora ha escuchado la historia cien veces, la misma historia, con el mismo final previsible de la otra vez y la vuelve a escuchar como si fuera nueva

o diferente. La amiga lo piensa, pero casi nunca dice aquello de: «Lo sabía, te lo dije, ¿qué esperabas?, se veía venir…». Da igual lo que la amiga diga o lo que se calle, lo importante es que está allí. Y ésa es la función de una amiga, estar allí.