¿Por qué será la sumisión un pecado con tantas adeptas? Para comprender cómo funciona esta propensión al sacrificio, tenemos que regresar sobre nuestros pasos y recordar, primero, aquello de la maternidad. Evolutivamente la mujer tiene que estar preparada para olvidarse de sí misma y de sus aficiones, para poder ocuparse de ese pequeño tirano que es el bebé. Entonces, ¿por qué no puede practicar su habilidad? ¿En qué circunstancias es deseable sacrificarse y en qué circunstancias no? Una clave: si el bebé tiene bigote, ya es pecado.
Pensemos también en la dialéctica del amo y del esclavo, o en el cuento de la pila y el juguete. Es innegable la ventaja que supone para la pequeña pila sentir que ella es la única capaz de dar vida a ese juguete, pensemos en ese dios que cada Irene crea para su consumo personal, en ese ¡pobre Juan! que hace de su sierva su dueña.
Cuando escucho a algunas de estas mujeres extremadamente diligentes, sacrificadas, que están siempre dispuestas a socorrer al de al lado aunque no se lo pidan, que no se conforman con hacer bien su trabajo sino que suelen «hacer los deberes» del otro, etcétera, suelo imaginarlas con una capita atada al cuello que las identifica como «Súper Irene» o «Súper Marta» o «Súper Josefina». Una capita imperceptible, pero muy eficaz, que las eleva ante sí mismas y las convierte en «Súper heroína», «Súper mujer», «Súper amiga»… Debajo de la debilidad se esconde la fantasía de fortaleza, debajo de la entrega, el deseo de poder… Una fortaleza triste, un poder caducado, un pésimo negocio, un mal pecado.
Si el pecado de sumisión consiste en el deseo de ser una «Súper alguien», la penitencia es desdibujarse y perderse a sí misma y el único camino de vuelta es reencontrarse.
El desdibujamiento progresivo y gradual de los propios límites debería funcionar como una voz de alarma. La sumisión no es una virtud, sino un pecado. Algunos signos, a manera de pitido, pueden ayudar a reconocer el peligro: la
malquerida debería preguntarse, por ejemplo, ¿desde cuándo no hace aquello que solía gustarle hacer antes de conocer a su Juan? Seguro que recuerda las tres últimas ocasiones en las que dejó de hacer algo para complacerle. ¿Recuerda las tres últimas veces en las que él dejó de hacer algo que le gustara para complacerla a ella? ¿Alguna vez es capaz de hacer planes por su cuenta, con sus amigas o con sus compañeros de trabajo? ¿Se «atrevería» a hacer algo inofensivo con lo que su Juan no estuviera de acuerdo?
De nuevo, y a riesgo de parecer tozuda, insisto: no tenemos otra cosa que lo que somos. Poco o mucho, sea lo que sea, eso es lo único con lo que de verdad contamos. Bien es verdad que ese «conócete a ti mismo» es una labor que puede llevar años. Irene se había perdido a sí misma de tal forma que para ella fue toda una aventura reencontrarse. Ahora, una vez que sabe quién es, conservarse a sí misma, es su siguiente labor.
8
Ahora sí, ahora no
Parece que yo siempre voy a estar ahí, que no importa lo que él haga. Nada será suficientemente doloroso como para hacerme dejarle. Porque cada vez que le dejo, regreso. Nunca voy a apartarme de su lado. Y si me aparto, volveré.
Así describía Sara su relación con Javier. Era una relación tempestuosa, terrible. Nadie podía explicarse qué hacía una chica como ella, junto a un señor como aquél. Las broncas sin motivo justificado se sucedían y Sara tenía el privilegio de ser elegida por Javier como la única responsable. Ella tenía que disculparse y arrepentirse de lo que hacía y de lo que Javier le había hecho. Sara tenía una lógica desconcertante para explicarlo:
Así como muchas parejas se dividen las tareas de casa y ella plancha y él hace la compra, nosotros nos dividimos las tareas de la pareja, y en esa división a mí siempre me toca pedir perdón.
Sara y Javier se llevaban francamente mal. Javier no perdía ocasión para enfadarse, ni para desaparecer. Y ella tenía un carácter lo suficientemente fuerte como para no soportar cualquier cosa. A veces, Sara se sentía como un valor sometido a los vaivenes de la bolsa; sus cotizaciones subían o bajaban ante Javier arbitrariamente y sin explicación. Sorprendía que esa Sara, que en otras circunstancias era una mujer decidida, exigente, casi malcriada, esa misma que era capaz de reivindicar sus derechos y montarle a Javier unas broncas monumentales, se transformara en una niñita asustada cuando dejaba de ver a Javier durante unos días. Cuando él se apartaba de su lado, ella sólo quería que volviera, a cualquier precio, se olvidaba de la bronca y pedía perdón aun sin saber muy bien por qué.
Javier había desaparecido muchas veces, sin avisar. Otras veces lo había dejado ella definitivamente porque no estaba dispuesta a tolerar ciertas cosas. Daba igual la razón que tuviera el uno para marcharse o la otra para enfadarse, más tarde o más temprano Sara llamaba, él respondía y por el camino agitado y luminoso de la reconciliación, ambos regresaban a compartir su trocito de infierno junto al otro.
A la mañana siguiente de una de sus múltiples reconciliaciones, Sara me contó:
Creo que nunca había echado un polvo como ése. Valió la pena todo. La ruptura, esos dos meses horribles en los que creía que me iba a morir, la humillación de haber sido yo quien llamara después de haber jurado que no quería saber nada de él. Todo lo que me ha hecho sufrir se me olvidó cuando lo vi. Estoy en una nube. Esto es lo más maravilloso que me ha pasado. Yo soy de las que prefiere la pasión a la costumbre. Javier me hace sufrir, pero es que los otros me hacían morir de aburrimiento. A partir de ahora cualquier cosa que pase entre nosotros no me importa, está justificada. Después de la noche que pasamos juntos, me puedo morir mañana, que ya he vivido el mejor momento de mi vida.
Ningún argumento racional puede enfrentarse a la contundencia de una reconciliación apasionada. La excitación desbordada del reencuentro barre todos los buenos propósitos y sobre todo barre la memoria. Si Sara se hubiera muerto a la mañana siguiente con ese cuerpo contento, y esa sonrisa fresca que llenaba su cara, no habría tenido que pasar por los tormentos que la esperaban dos semanas después. A pesar de que era la fotocopia exacta de tantas ocasiones anteriores, ella no era capaz ni de recordar ni de prever el desenlace. Prefería estar dispuesta a morir de amor al mejor estilo Julieta, que reconocer que en realidad llevaba el camino triste de ser una Ofelia desdeñada.
Pero algo habría en esa relación que les compensara. La pasión del reencuentro, la excitación que produce la incertidumbre, el miedo a perderlo todo y el triunfo de poseerlo todo, son los alimentos que mantienen viva una relación que no puede pasar la prueba de la costumbre. El pecado de la intermitencia goza y sufre los rigores de un parque de atracciones emocional: un día, la cueva del
miedo llena de fantasmas aterradores; al día siguiente, el castillo encantado del mundo de la fantasía, en el que todo se ve color de rosa; poco después el jardín de los horrores con sus torturas y sus bestias salvajes; y siempre, siempre, la montaña rusa con sus subidones y sus declives, con su vértigo y su emoción ¡y todo eso por un solo ticket y con la misma persona!
Las amigas de Sara, que preferían tierra firme, veían con mucha claridad que esa relación estaba enferma y que estaba enfermando a Sara. Les resultaba difícil entender sus reconciliaciones. «Si lo habéis dejado—le decían—, ¿por qué no aprovechas el tirón y terminas de una vez para siempre? ¿Por qué intentarlo por décima vez, si es evidente que no va a funcionar?».
Daba igual que todas las veces anteriores hubiera salido mal, Sara sabía con certeza, cada vez, que ésta sí serían felices. Además, en cuanto alguno de los dos pronunciaba las palabras mágicas: «Yo te quiero», la teoría de que la relación tendría el éxito asegurado quedaba científicamente demostrada.
Durante el tratamiento de Sara, entendimos, entre otras cosas, la razón de su disposición incondicional a apuntarse culpas y errores. Si Sara era la culpable de la bronca, ella tendría en su mano la «obligación moral» de regresar y de ser ella la primera en llamar. Era una buena manera de acortar la espera. Si ella era la responsable de los males de la relación, entonces también estaría en su mano la posibilidad de curarla. Ella, con un poco más de voluntad, con otro poco de paciencia y mucha fe; ella, poniendo un poco más de su parte, mejorando su carácter, podía conseguir que las cosas funcionaran. Era una gran responsabilidad, pero ella estaba al mando.
Lo más difícil para Sara fue reconocer la autonomía de Javier, sus limitaciones e imposibilidades y el hecho de que nada, o casi nada, tuvieran que ver esas limitaciones con ella. En los límites de Javier, Sara se topaba con sus propios límites, con unas fronteras infranqueables que no podía pasar por alto. Era como si algo en la actitud de Javier le dijera: «Hagas lo que hagas, hasta aquí hemos llegado». «Con la iglesia hemos topado, Sancho». Y cuando alguien topa con la iglesia del otro, ha topado con su propia iglesia, porque la iglesia de cada quien es la iglesia del otro. Allí donde el otro no puede dar más de sí, cualquier intento externo es inútil.
Con muchísima pena, con horror, Sara descubrió que, por mucho que perdonara, por mucho que estuviera dispuesta a darlo todo, o incluso más que
todo, había algo que no dependía de ella, ni de su buena voluntad, ni siquiera de su inmenso amor por él. Javier era Javier. Javier tenía su propia historia, sus propios códigos para manejarse en el mundo. Esa manera de querer, esa manera de reaccionar y no otra, eso era Javier. Y ella no podía hacer nada al respecto. No es que Javier no la quisiera, es que ésta era su forma de querer.