• No se han encontrado resultados

Es que yo lo quiero»

Todos conocemos a algunas mujeres pésimamente malqueridas que se empeñan en mantener una relación imposible a pesar del sufrimiento y de la insatisfacción que les produce. Cuando alguien de su entorno, atónito ante tanta obstinación, reclama alguna explicación, suele recibir una respuesta lapidaria: «Es que yo lo quiero».

«Ya sé que sufro, sé que me trata fatal, que no me merezco que me traten así. Duermo mal, hace meses que perdí el apetito, lloro, la angustia me devora. Lo sé todo, pero no puedo hacer nada porque ¡es que yo lo quiero!». Más que un argumento, ese «es que yo lo quiero» es un veredicto. Sentencia firme sin posibilidad de apelación. Palabra de dios.

Quien así habla está convencida de que el suyo es un amor capaz de mover una montaña e incluso de cambiar a un hombre. Su amor no es de este mundo. Porque es un amor que todo lo soporta. Su amor es dios. No hay amiga, ni terapeuta, ni chamán que pueda enfrentarse al ejército indestructible de una frase así. No hay evidencia que valga, porque un amor de esa categoría está más allá de la razón. Y un amor que pasa por encima de la razón, es un amor que está loco.

¿Cómo diagnosticar de loco a un amor? ¿Qué define la pérdida de juicio en el amor? Imaginemos que el amor es como un baile, no importa cuán desenfrenado, apasionado y peculiar sea ese baile, siempre es algo que se hace entre dos, y para que ese baile funcione, es necesaria una especie de acoplamiento, de reciprocidad, algún tipo de sintonía, un cierto acuerdo de que ambos están haciendo algo juntos, de que se está bailando el mismo baile. Puede que bailen fatal y decidan tomar unas cuantas clases; puede que bailen a su aire, ajenos al ritmo de la música, pero que se lo pasen tan bien juntos que les dé igual hacer un poco el tonto; puede que sólo conozcan un paso y que independientemente de la música que suene ellos bailen siempre lo mismo. Todo eso es bailar, nadie pretende un baile de salón acompasado y milimétrico de esos artificiales que sólo sirven para los concursos. Es suficiente con que haya dos que estén de acuerdo y bailen juntos.

Ahora bien, cuando hay una que se está cayendo a trompicones por unas escaleras y otro que está mirando impasible desde arriba, y se empeñan en repetir el numerito, eso no es un baile, eso es un amor loco. Cuando él suele decirle: «Vete tú bailando un tango que ahora vuelvo» y la deja sola haciendo piruetas en la pista mientras él se va a la barra a tomarse una copa con otra, eso no es un baile, eso es un amor loco. Si ella se queda toda la noche sentada, rechazando otras invitaciones porque está esperando a que la saque a bailar ese que está bailando apretado con la rubia, quedarse sentada no es bailar, eso es un amor loco. Si se empeña en hacer sublimes pasos de vals en torno a uno que sólo está interesado en bailar rap, eso tampoco es un baile, eso es un amor loco. Si alguien la saca a bailar una y otra vez, y una y otra vez él se da la vuelta y la deja dispuesta, sola y sin saber qué hacer en medio de la pista porque se distrajo y se fue detrás de la primera que pasó por ahí, eso no es un baile, eso es un amor loco. Si cada paso es una zancadilla y siempre es ella la que termina «con la frente marchita» pegada al suelo, eso tampoco es un baile, eso es un amor loco. Si hace horas que ella está con una copa aguada y caliente entre las manos y se le acerca el encargado de la sala de baile para avisarle que ya cerraron hace dos horas y ella insiste en esperar porque está segura de que él regresará, eso tampoco es un baile, eso es un amor loco. Si él le propone un salto mortal y le dice «confía en mí» y en el último momento aparta los brazos y ella termina en el hospital, eso, definitivamente, no es un baile, eso es un amor loco.

Se trata de no perder el juicio de realidad y de reconocer el contexto. Un baile, una pareja, es una cosa de dos, de dos que puede ser que equivoquen el paso, que pierdan el ritmo, y lo retomen, que se tropiecen, que se den pisotones alternativamente, que se caigan por turnos, que se caigan a la vez y se vuelvan a levantar, pero de dos que se ocupan el uno del otro y que están de acuerdo en que están haciendo algo juntos.

Un amor delirante, un amor loco, es el que está convencido de que puede vencer en todas las batallas, como si fuera Napoleón. Y ya sabemos cuál es el porvenir que les espera a quienes se creen Napoleón: los pobres terminan encerrados en un psiquiátrico, narcotizados o con una camisa de fuerza. Igual destino merecería un amor capaz de llevar a su dueño al abismo. Si un amor se comporta como un loco, habría que tratarlo como tal, encerrarlo bajo llave y protegerlo de los desmanes que pueda cometer contra sí mismo. La locura no es bella. Un amor de esa naturaleza parece fascinante, pero es patético y sobre todo peligroso. Cuando escuchamos «pero es que yo lo quiero» a una mujer que sufre los embates de un mal amor, nos la imaginamos amoratada, malquerida, pero con la cabeza muy en alto y una mano escondida en el pecho —como Napoleón—

señalando el corazón, sujetando su corazón, para que no se le caiga en pedazos. Ese «es que yo lo quiero», se pronuncia a ciegas, sin tomar en cuenta ni la realidad, ni el veredicto de la margarita.

La margarita

Ya hemos visto a lo largo de estas páginas que la vieja fórmula de interrogar a la margarita: «¿Lo quiero?, ¿no lo quiero?, ¿me quiere?, ¿no me quiere?», es una fórmula engañosa, que arroja una información viciada e incompleta. Para que las respuestas de la margarita sean fiables, hay que hacerle preguntas más complejas: «¿Me quiere como yo quiero que me quiera?», «¿Me quiere realmente a mí?», «¿Me quiere como yo necesito que me quiera?», «¿Me quiere como yo me merezco que me quiera?». En fin, la pregunta nuclear de este libro: «¿Me quiere bien

o me quiere mal?». Para eso es preciso hacerse unas cuantas preguntas antes de interrogar a la margarita: «¿Qué cosas no estoy dispuesta a tolerar?», «¿Qué espero yo de una relación?», «¿Es aceptable que un hombre me ponga la mano encima?». Las respuestas a estas cuestiones hay que buscarlas primero dentro de nosotras mismas y luego en la realidad de los hechos concretos y no en las palabras, tan fáciles de pronunciar, tan agradables de escuchar y a veces tan huecas. Con una cierta frecuencia el «es que yo lo quiero» tapona cualquier cuestionario de esta naturaleza y hace que la interesada se olvide de ella misma y de sus propias expectativas y exigencias.